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1 DETECTORES DE ONDAS HERT Z 1 ANAS 11 Así como no podemos explicar satisfactoriamente, sino por medio de hipótesis más ó menos probables, la propiedad de las masas pulverulentas metálicas de no dejar pasar la corriente eléctrica de las pilas ordinarias, tampoco podemos explicar de una manera satisfactoria la admirable influencia que sobre ellas ejerce la onda hertziana, convirtiéndolas en masas conductoras. Únicamente podemos apuntar algunas hipótesis. Unos dicen que la onda hertziana polariza en cierto modo los granillos metálicos, aumentando los contactos y haciéndolos continuos. Otros afirman que la onda hertziana rompe la pequeña costra de óxido metálico que recubre cada granillo, con lo cual los contactos de las partes metálicas puras son más fáciles. Algunos agregan que no solamente la onda hertziana rompe la costra oxidada, sino que desprende délos granillos metálicos partículas pequeñísimas que forman como numerosos puentes ó cadenas entre unos y otros g ranillos, restableciendo la continuidad metálica y haciendo conductora toda la masa. Sea lo que fuere, el hecho es real y positivo; la onda hertziana, al caer sobre el cohesor, hace posible el paso de la corriente de la pila local y determina la señal telegráfica por dicha corriente producida. Si un pequeño martillo da un golpe sobre el tubo de cristal, el polvo metálico se desarregla, por decirlo así, ó se separan los granillos, ó cambian de posición, colocando de frente al movimiento superficies oxidadas, ó se rompen los puentes metálicos, ó sucede algo, en suma, por lo cual la masa qu; era conductora deja de serlo y Ja corriente eléctrica de la pila queda cortada. Una nueva onda hertziana reproducirá el mismo efecto que la anterior, facilitará de nuevo el paso de la corriente y d 2 t S origen á una nueva señal telegráfica, así como otro golpe del martillo desarreglará el polvo metálico del cohesor é interrumpirá de nuevo la corriente. Tenem s, pues, resuelto el problema de la telegrafía sin hilos, al menos en teoría. Marconi lo ha resuelto en la práctica; otros muchos obtienen también resultados importantísimos, y nos vamos aproximando á una verdadera solución industrial del problema. Agreguemos, para completar la explicación anterior, que así como en el punto de partida las hondas hertzianas no emanaban directamente de la chispa eléctrica oscilante, sino de una serie de hilos que formaban á modo de inmensa arpa eléctrica, así también en la estación de llegada la honda hertziana no viene directamente al cohesor por el aire, sino que es recogida por una serie de antenas, ó mejor dicho, por una serie de hilos que constituyen á modo de una segunda arpa eléctrica, acordada cuidadosamente con el arpa de emisión para responder á la misma nota eléctrica de esta última. liste sistema de hilos recoge la onda hertziana y la conduce al cohesor. Con esto tenemos ya completo el sistema, y en sus líneas generales, la solución que hemos indicado coincide con la solución práctica. Pero no pasa dia sin que la solución del problema reciba modificaciones y perfeccionamientos. Estas modificaciones y estos perfeccionamientos responden, como es natural, á imperfecciones y deficiencias del sistema actual. Indiquemos una de las desventajas de la telegrafía sin hilos respecto á la telegrafía ordinaria y aun á la telegrafía óptica en la que se empleasen rayos de luz. En la telegrafía ordinaria el telegrama sale de un punto determinado y llega á otro punto determinado, sin que pueda sufrir perturbación alguna por otros despachos de otras líneas, y además conservando el secreto. Aun en la telegrafía óptica pudieran emplearse espejos ó lentes que lanzasen el rayo de luz en una dirección determinada. Pero en la telegrafía sin hijos nada de esto sucede. La onda hertziana se transmite todo alrededor del punto de partida: no diremos precisamente en forma esférica, porque la intensidad con que se transmiten dichas ondas en dirección oblicua á la antena no se conoce todavía con exactitud. Pero basta que la vibración que corre por la antena se transmita polarizada alrededor de la misma, para que pueda llegar, no sólo á la estación á que se destina, sino á otras muchas estaciones. E inversamente, las ondas de otras estaciones pueden venir á la de llegada produciendo una gran confusión. En suma, todos los telegramas van á todas partes; todas las naciones pueden mezclar sus despachos telegráficos; en tiempo de guerra los recibirá el enemigo al mismo tiempo que el aliado ó que el compatriota, todo lo cual constituye un grave inconveniente de la telegrafía sin hilos. Y es más, el rayo de la onda hertziana no puede dirigirse en determinada orientación por medio de lentes ó espejos, porque como la onda hertziana es muy ancha, los espejos ó las lentes necesitarían dimensiones enormes. Sin embargo (y decimos esto entre paréntesis) de poso y como mera noticia, hemos leído con sorpresa y hasta con incredulidad que se han hecho ensayos empleando tales aparatos. Hoy por hoy la dificultad subsiste y el problema está en pie: comunicar una estación con otra estación determinada, impedir que otras estaciones perturben dicha transmisión, y aun impedir toda otra dase de comunicación con estacionas distintas. A primera vista el problema no parece tan difícil, y aún parece que la acústica nos brinda con una solución muy sencilla: acordar aquellas dos arpas de que antes hablábamos, de modo que correspondan, por decirlo así, á la misma nota eléctrica. Se sabe que cuando una nota resuena, si encuentra una cuerda tendida capaz de reproducir dicha nota, la cuerda entra en vibración y la reproduce; y que por el contrario, si no es capaz de reproducirla, ó permanece silenciosa ó vibra débilmente. Pues aplicando este principio á la transmisión de las ondas hertzianas, parece que debe encontrarse una solución al problema. Y sin embargo no es así. Estos acordes eléctricos no son tan fáciles como los acordes musicales. Dos razones se oponen á establecer este paralelismo que antes suponíamos entre las ondas hertzianas y las ondas sonoras. Una nota acústica, por breve que parezca, tiene muchas vibraciones, y sólo se amortiza, es decir, se acaba después de haber vibrado muchas veces: por eso es nota musical. De lo contrario, no es más que ruido. Pues bien, la honda hertziana tiene una amortización rápida: la experiencia lo prueba. Esta es una primera dificultad que, por decirlo así, se presenta en el transmisor. Otra dificultad del mismo género aparece en el receptor, mejor dicho, en el cohesor, que es su parte esencial. El cohesor no es un aparato propiamente acústico; al menos, no parece serlo. Es un aparato que engalga y desengalga, y perdónesenos que nos expresemos de este modo, la corriente de la pila local. Es decir, que deja pasar ó interrumpe dicha corriente, sin que en este doble efecto entre para nada la sonoridad. Puede decirse que más bien responde al ruido eléctrico que á la nota eléctrica, de modo que funciona para ondas hertzianas relativamente cortas, como para ondas hertzianas relativamente largas. Toda onda hertziana ejerce acción sobre él; pudiéramos decir, según el resultado de algunas experiencias, aue funciona en una extensión de cinco octavas. De aquí resulta, en opinión de algunos, que es imposible la sintonización entre el transmisor y el receptor, aun reduciendo la amortización, aun engendrando la nota eléctrica por medio de condensadores, botellas de Leyden, transmisiones por inducción, etc. etc. iQué importaría todo esto, en efecto, si el cohesor es tan torpe, ó si se quiere, tan sensible, que toda onda hertziana le convierte de aislador en conductor y provoca el paso de la corriente de la pila local que ha de producir la señal eléctrica? En el concepto, pues, de muchos técnicos, este problema de la sintonización ó acorde eléctrico entre dos estaciones, ó no se podrá conseguir nunca con el cohesor ordinario, ó se conseguirá difícilmente y de una manera imperfecta. Por eso se procura sustituir al cohesor con otra clase de aparatos á que se ha dado el nombre de detectores de ondas hertzianas, y que se fundan en principios completamente diversos de aquellos á que dieron origen los estudios de Brandly. Dícese que últimamente Marconi ha empleado un detector magnético, de suerte que la onda hertziana no actúa sobre una masa d: polvo metálico, como en el cohesor ordinario, sino sobre un campo magnético giratorio, cuyas variaciones se transmiten á un teléfono. No entraremos en la descripción de este sistema, porque el presente artículo va resultando demasiado largo, y porque todavía la explicación del nuevo aparato aparece un tanto confusa. JOSÉ ECHEGARAY NOTAS TEATRALES Aunque v e n g un poco tarde ocuparme en el incendio de Eldorado, no ha pasado la oportunidad de uno de los principales aspectos, acaso el más interesante de tan triste asunto. En punto á información, así gráfica como narrativa, todo está hecho y dicho y el público conoce hasta los más nimios detalles del siniestro. Se sabe por dónde y cómo principió el incendio; que no hubo manera de atajarlo; á cuánto ascienden las pérdidas materiales; que la catástrofe se produjo de modo casual, etc. etc. Lo que no se sabe, aunque se presume, es lo que va á ser de los infelices que ahí ganaban su pan y que se encuentran en pleno verano sin esperanza de inmediata nueva colocación y, por consecuencia, sin tener qué comer. Este aspecto, que ha tratado la Prensa someramente, merece estudio detenido y seria atención. Maro está que no me refiero ni puedo referirme á to dos los que resultan perjudicados con el siniestro de referencia, porque en esa esfera, como en todas las de la sociedad, hay seres privilegiados y desheredados de la fortuna y, naturalmente, precisa atender antes á los últimos que á los primeros. Grandes han sido, desde luego, la contrariedad, la tribulación y el disgusto del Sr. Montilía, empresario y dueño del destruido teatro; considerables han sido también los disgustos y las contrariedades, con motivo de tal suceso, de los artistas de primera línea que en aquel coliseo actuaban; pero afortunadamente para ellos, ni esos artistas ni el empresario corren el riesgo de quedarse sin comer con motivo de la desgracia ocurrida. L OS P E C E S P E OUEÑOS El empresario tenía, según parece, asegurado el edificio, y aunque así no fuera, ó suponiendo que el seguro no compense ¡a pérdida sufrida, su posición le permite sortear con comodidad relativa- -de lo cual, repito, me alegro mucho- -la presente contrariedad. En el mismo caso están las primeras partes de la compañía. Artistas de mérito y de prestigio, es muy fácil que encuentren contrata inmediatamente, y si no la encuentran por lo avanzado de la estación, como ganan grandes sueldos y de algunos se dice que hasta son ricos, bien pueden permitirse el lujo de descansar una temporadita, sin la abrumadora preocupación de pensar cómo han de satisfacer las necesidades materiales de cada dí... Tan cierto es esto, que esos mismos dignísimos artistas, en vísperas de la función verificada en Apolo á beneficio de los perjudicados con el incendio y destrucción del teatro referido, se han apresurado á publicar la siguiente noticia: Los artistas del teatro Eldorado señoritas Amparo Taberner y Julia Mesa, y señores Cerbón, González (don Antonio) Gurina (D. Benito) y Barnés (D. Francisco) nos manifiestan que renuncian á todo, lo que les corresponda de los beneficios que se obtengan para los damnificados por el incendio del antiguo coliseo de la calle de Juan de Mena. Reconocen con plausible sinceridad y loable delicadeza que hay otros mucho más perjudicados y más necesitados que ellos en la ocasión presente. C n el personal de un teatro componen el mayor nú mero los coros y las segundas y aun terceras partes, actores más que modestos, cuyos sueldos miserables apenas les permiten cubrir, con trabajo, sus más apremiantes necesidades. Viven al día, y no comen el día que no trabajan: peces pequeños que, si no son devorados por los grandes, mueren en seco tan pronto como salen de su elemento natural, que es el teatro donde actúan. Es, pues, evidente, de toda evidencia, que los más perjudicados son los pzces pequeños del derruido teatro de la calle de Juan de Mena. Esos modestos componentes de toda compañía escénica, que más que artistas son artesanos, ó más propiamente, jornaleros, no por humildes menos dignos de consideración, pasan la pena negra para contratarse, verificándolo en la mayoría de los casos por valiosas é insistentes recomendaciones. Esto, tratándose de los hombres; que las pobres mujeres tienen, á veces, que apelar á ciertos recursos y tocar determinados resortes- -que no he de mencionar aquí por respeto á los lectores, -medíante los cuales obtienen contratas de dudosa clasificación... y aseguran el pan de cada día, que no siempre es pan de flor... Figúrese ahora el lector la situación de este personal á que me refiero, al ser convertido en cenizas el teatro Eldorado, donde había conseguido, por fin, asegurar la comida del verano. jpstá muy bien lo del beneficio en Apolo, y es muy generosa la renuncia de los artistas de primera fila á lo que de ese beneficio pudiera corresponderles; pero hay que hacer algo más en favor de esa clase que pudiéramos llamar el proletariado de la escena. Hay una Sociedad de Actores que debe servir para algo más que para decir periódicamente que tiene en caja tantos ó cuántos miles de duros y para molestar de cuando en cuando á los propietarios de los teatros cuyos empresarios no cumplen sus compromisos- -cosa esta última á todas luces injusta y evidentemente caprichosa, ilegal y arbitraria, -de que me ocuparé en otra ocasión con más detenimiento. Esa Sociedad, que tantos miles de duros tiene encaja, podía, sin gran sacrificio por su parte, hacer un donativo decente al p: rsona) que motiva estas consideraciones, remediando por el pronto y en lo posible la reciente desgracia. Esto por el pronto; que después d; be hacer algo más serio y trascendental, si ha de responder al espíritu de compañerismo, sin el cual no tendría razón de ser. Questo que los modestos actores á que me refiero pa san, como digo, la pena negra para poder contratarse, porque, aunque son necesarios, nadie los solicita á causa de ser muy crecido su número y de no fundar en ellos el éxito del negocio, ¡a Sociedad mencionada debía crear una comisión, comité, jurado, ó como quisiera llamarle- -que el nombre no hace á la cosa, -que estuviera en relación directa con los empresarios é influyera cerca de los mismos al formarse las compañías, para la colocación de esos elementos necesarios, útiles é indispensables, de los cuales nadie se acuerda. No pretendo yo que la Sociedad imponga su deseo en tal sentido á las empresas. Bastaría con que hiciera indicaciones amistosas que, razonables y justas como habían de ser, tendrían siempre la probabilidad, la casi seguridad de ser atendidas. Una Sociedad presidida por hombre de tan generosas iniciativas como Díaz de Mendoza, y que cuenta además con los consejos y la experiencia de elemento tan sano como el veterano actor D. José Mesejo, debe hacer algo más de lo que hace. Hay que atender por lo pronto á los que se han quedado en la calle al desaparecer Eldorado. Y después hay que ocuparse en mejoi ar la triste suerte de esa clase desvalida, tan necesitada de honrosa protección. FRANCISCO FLORES GARCÍA (l) Q u e y scPa berner y Gonzabto. an contratado ya la Gurina, la T i- irr- niiBinninrTyTnnTTímiTi