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T ETECTORES Z 1 ANAS DE ONDAS HERTI Hemos escrito un título que realmente no está en castellano; por lo menos, de cuatro palabras, dos no lo son. Pero ¡qué remedio! Cuando el cuerpo se ensancha, ó todo por igual ó alguna porción del mismo, los antiguos trajes se hacen pequeños y hay que darles ensanches, ó como si dijéramos, hay que acuchillarlos. Y así los que escribimos artículos de propaganda científica nos vemos obligados, con harto dolor, á ir acuchillando el lenguaje. La palabra detector está tomada del inglés y su origen es latino, y se aplica á ciertos aparatos que avisan la existencia de ondas hertzianas. Son, por decirlo de este modo, agentes de policía de dichas ondas. Tampoco el adjetivo hertziano es de origen español; romo que se deriva del nombre del insigne físico Hertz, que por medio de experiencias memorables descubrió lio ondas en cuestión, y procuró demostrar que dichas o idas y las de la luz ordinaria son idénticas en el fondo. Lilias y otras son ondas luminosas, según la hipótesis admitida; unas y otras son vibraciones del éter, con esta diferencia: que las ondas de éter en la luz son infinitatrente estrechas, y la onda hertziaaa, en comparación co ellas, es enormemente ancha. Li retina humana es sensible á la luz ordinaria; s i endo la misma nomenclatura, p diéramos decir que es un detector de ondas luminosas. Pero la retina humana no es sensible á k ondas de la telegrafía sin hilos. Un observador situado en la estación de llegada no percibiría dichas ondas. Para utilizarlas hay en cierto modo que construir una retina artificial de sensibilidad exquisita, y precisamente á esta retina que la física fabrica es á la que hemos dado el nombre de detector. Este nombre es moderno y es genérico; antes se Han- ubi, y aún sigue llamándose, cohesor, por ia razón que luego varemos. En otros dos artículos hemos procurado explicar en forma vulgarísima el transmisor ó generador de ondas hertzianas, y hemos indicado las principales cualidades de éstas. El problema de la telegrafía sin hilos ha Regado, pues, en nuestras explicaciones á este punto: la onda hertziana, engendrada en la primera estación, viene á parar como señal telegráfica á la estación receptora, y es preciso que en ella se convierta en algo visible, en algún signo ó señal con apariencias físicas que el telegrafista perciba. En una palabra, necesitamos un aparato receptor. Que la onda hertziana alcanza distancias mucho mayores que la onda luminosa, ya lo sabemos, y en el último artículo procuramos explicar de una manera provisional ó definitiva esta propiedad admirable de las ondas hertzianas: recorrer miles de kilómetros y llegar á la estación extrema con energía bastante para producir ciertos efectos- físicos. Pero aun así y todo, llega con energía tan pequeña, que los efectos que produce no son directamente perceptibles. Y aquí permítasenos una comparación. ¿Puede un empleado de ferrocarriles, en un punto en que la vía se bifurca, empujar con su fuerza física un tren de modo que abandone la línea recta que viene siguiendo y que tome la vía de bifurcación? Evidentemente esto no es posible; la fuerza de un hombre es insuficiente para torcer la marcha de un tren, pero la fuerza de un hombre basta para manejar la palanca que mueve las agujas, y el guarda- agujas podrá con su fuerza muscular lanzar al tren por una ú otra vía. Otro ejemplo aún. ¿Puede una persona, sea cual fuere su energía, encender con ella, directamente aplicada, cien arcos voltaicos y otras tantas lámparas eléctricas? Ni por la forma ni por el fondo puede producir estos maravillosos efectos. En cambio un niño, dando vuelta á una llave, permite el paso de la corriente, que al punto enciende lámparas y arcos. Pues una cosa parecida sucede con los receptores en la telegrafía sin hilos. La onda hertziana, después de recorrer miles de kilómetros, llega con poquísima fuerza á la estación extrema, menos fuerza que un obrero, menos fuerza que un niño, y aquí parece que el problema es ya imposible. Pues no lo es si por medio de un artificio convertimos á ¡a o da hertziana en guarda- agujas ó la convertimos en el r. ir. o que ha de dar vuelta á la llave Más claro aún. Establezcamos en el punto de llegada una pila, t; n poderosa como se quiera. Su fuerza no dependerá de b distancia á que se encuentren las dos estaciones; su enet íj a es tan grande como pueda convenirnos; será la suficiente p producir por sí señales telegráficas. Será como la corrient del último ejemplo, que estaba detenida en la llave y no pcírba y no encendía las lámparas, y no las encendió Tiaii? que ú niño vino y dio á la llave media vuelta. Todo queda reducido i inventar esta llave maravillosa que ha de abrir la onda rieríziana en momento oportuno. Esta llave singularísima es prsc ra- nte el antiguo cohesor, y es en algunos sistemas ei ó t tor moderno. Por de pronto, hablemos sóíc del rimero; es decir, del detector especialísimo á qui damos ti nombre de cohesor. Fijemos bien las ideas, que en estas materias nunc? las explicaciones están demás. La onda hertziana no es la que marca U iaí íefcgraFiea; es la que abre una especie de llave para que m z la corriente de la pila local, que es la que tiene energía suficiente para marcar signos telegráficos. En suma, la onda hertziana, ú venir ú pimío deí cgada, donde de antemano está preparada tma energía tan grande como nos convenga, es el niño que abre la llave y permite el paso de la corriente. Se realiza de este modo un fenómeno que toma visos de paradoja, una fuerza muy pequeña produciendo un efecto mucho mayor. Y es que la onda hertziana no es una fuerza actuante por sí, sino una fuerza determinante para hacer entrar en juego otra mucho más poderosa. Es una fuerza ó causa ocasional, ó mejor dicho, directiva. Algo de esto, dicho sea de paso, debe suceder en nuestro cerebro, en el que habrá que distinguir las fuerzas efectivas de las fuerzas directrices. Las que á su vez tendrán otras, y así sucesivamente en serie, cuyo último término puede ser casi cero, ó cero del todo; ¿quién entiende la nada? Pero no nos extraviemos de nuestro objeto principal. Hemos dicho que la onda hertziana, en rigor, no hace otra cosa que abrir el paso á una corriente local, moviendo cierta llave sutilísima, que es precisamente el cohesor. Expliquemos en qué consiste este aparato. Así como el transmisor no es otra cosa que el mismo aparato de que se sirvió Hertz para sus célebres experiencias, y no es otra cosa que un mecanismo para producir corrientes alternativas de alta frecuencia, de suerte que la ciencia pura es la que ha suministrado á la industria de la telegrafía sin hilos e! medio de engendrar ondas hertzianas, así procede también el aparato receptor de estudios y de investigaciones del orden puramente científico sin fin alguno utilitario. Seguramente que no pensaba Hertz en la telegrafía sin hilos cuando buscó los medios de engendrar una oscilación eléctrica que ¡e permitiese comprobar la teoría del célebre Maxwell é identificar la vibración eléctrica con la vibración luminosa. Sin embargo, después de la investigación científica, vino la aplicación industrial, y el mismo aparato de Hertz, ampliado y modificado convenientemente, se convirtió en el aparato transmisor de la telegrafía sin hilos. Pues otro tanto podemos repetir con relación al aparato receptor. Un físico francés, M r Brandy, hizo estudios experimentales de interés sumo sobre la influencia de las ondas eléctricas en diferentes masas pulverulentas de carácter metálico, y llegó á estos resultados: que una masa metálica compuesta de granillos, no deja pasar la corriente eléctrica. Si se interpone en un conductor cuyas extremidades van á parar á los dos polos de una pila, la corriente no pasa. Es como si hubiéramos cerrado el hilo conductor por una llave aisladora. ¿Por qué goza de esta propiedad la masa de granillos metálicos á que nos hemos referido? ¿Será porque entre los granillos no hay bastante contacto? ¿Será porque entre unos y otros se extiende una capa de aire como verdadero aislador? ¿Será, en fin, porque la superficie de los granillos metálicos está oxidada, y esta capa de óxido es la que interrumpe la corriente? Será por lo que fuere; pero es un hecho que la masa de granillos metálicos no deja pasar el fluido eléctrico. Si en el conductor que une los dos polos de la pila intercalamos un tubo de cristal; si unimos los dos trozos del conductor á dos pequeños émbolos metálicos que llenen dicho tubo, pero que no estén en contacto, y entre los dos émbolos colocamos una capa de estos polvillos metálicos á que antes nos referíamos, es un hecho que la corriente queda cortada, que la masa metálica interpuesta en forma pulverulenta es como una llave qne cerró el paso. Y aquí viene el segundo hecho, deducido de la experiencia: cuando sobre la materia metálica pulverulenta cae, ó por ella circula una onda hertziana, la masa metálica pierde su carácter aislador, conviértese por el sontrario en materia conductora, y pasa la corriente eléctrica de la estación de llegada con fuerza bastante para determinar señales telegráficas. En suma, la onda hertziana que llega a) aparato, no tendría por sí energía bastante para marcar señales, pero tiene fuerza suficiente para convertir á la masa de polvo metálico, de aisladora, en conductora de la corriente; ó dicho de otro modo, para abrir la llave y dejar qne la corriente pase. Este aparato del tubo de cristal, de los dos émbolos y de la masa de metal pulverulenta, es el receptor de la onda hertziana; es, como decíamos antes, la llave sutilísima que abre la onda hertziana que llega de seis á siete mi) kilómetros de distancia. Y este aparato tan sencillo como admirable, es el qHe ha recibido el nombre de cohesor. -Sí, señor; y para que á usted no le quede duda de que los tengo, véase la clase: el teatro ha muerto con epitafio; éste es uno. -No caigo así de pronto. Explíquemelo usted. -Hombre, parece mentira. ¿No se ha enterado usted de que entre aquel montón de cenizas sólo quedó en píe la anunciadora, y de que en ésta quedó también sin quemar al final de un cartel, donde decía Colorín colorado? ¿Y qué? -Que resulta un símbolo. Colorín colorado, este teatro se ha acabado. ¿Qué tal? -Le encuentro demasiado profundo, casi subterráneo, y sobre todo largo. -El otro es mejor, y también es de símbolo. ¡Vaya por Díosl- -Sí, señor. El título del teatro era corto, quiero decir que estaba incompleto; porque debiera llamarse Eldorado... á fuego. No hay cosa más contagiosa que los chistes malos, y cuando me preguntó mi parecer le dije: ¡Largo ¿Largo también? ¡Largo de aquí! Señalé la puerta para justificar mi chirigota. A, mi simpático amigo el marqués de Tovar ya saben uste des lo que le ha ocurrido. Iba en su automóvil, y al pasar por delante del tercer Vivero se encontró de repente con una manada de toros. Al tratar de parar, fue despedido del vehículo y pisoteado por los animalitos. Cuando losjvaqueros se percataron del taso, acudieron en el acto... para insultar al caído y amenazarle con agredirlo, cosa que parece evitó una pareja de la Guardia civil. Hasta ahora era una cosa muy desagradable encontrarse uno con toros en un camino; pero ya resulta mucho más expuesto todavía si se encuentra además con vaqueros. Hay muchos refranes castellanos que están pidiendo urgentemente una reforma, y hay que empezar alguna vez la tarea. Allá va uno que encontrará lógico el marqués en ests ocasión: El peor mal de los males es tratar con mayorales. A. falta de hombres de bien, mi marido es el alcalde. A falta de otros asuntos más propicios, pudiera yo meterme con los ministros salientes ó con los entrantes, pues ahora abundan los Gobiernos de entra y sal; pero, la verdad, mortificar á los recién caídos me parece poco noble, y amargar á los recién llegados su primera alegría téngolo por muy cruel. Nueva interrupción del chisgarabís, que no hizo más que medio mutis. ¡Claro! Usted tiene una debilidad por los ministros, y los trata á todos como á vecinos. ¿Por qué? -Porque ha vivido usted en la plaza de los Ministerio -1 1 CARLOS LUIS DÜ CUENCA COPLAS DE CIEGO La historia de mí nación contendrá esta anotación: Mes de Julio: El mismo día cesaron la compañía de Maura y la de Cerbón. ¿Conque en Madrid han montado Mazzantini y Recatero un restaurante? Me agrada, psesto que allí comeremos consomé á la media vuelta, patatas fritas al sesgo, langostinos al relance y albóndigas al cuarteo. Lo que hace falta es que sirvan los dos simpáticos diestros poquito arroz con recortes y mucho arroz con galleos. Don Raimundo, el maestro de escuela, sus niños reunió, y á los párvulos dignos de premio carteras les dio. ¡Quiera Dios que no jueguen con ellas, pues dicho se i que á los chicos les dura jy poco lo qne se les da! A los cronistas de viajes qne echan mano del francés hay que llamarles al orden, pues uno decía ayer: Anoche las de Rodríguez salieron en el exprés: Paz salió para le champs y Pilar para la mer. JUAN PÉREZ ZUÑÍGA José ECHEGARAY Las fiestas de Valencia Aalencia arde en fiestas, y nunca mejor puede emplearse el verbo arder, porque ¡cuidado con la pólvora que se consume en la ciudad del Turia cuando tocan á divertirsel Pero no sólo es aquél el pueblo de la pólvora... y de Blasco Ibáñez. Lo es también de la cultura y del gusto artístico, que se manifiestan en cuantos festejos allí se organizan. La belleza celebradísima con justicia de sus mujeres, la brillantez deslumbradora de sus trajes típicos, reminiscencias del influjo morisco y aun del romano; la abundancia de flores; la esplendidez del cielo, todo contribuye á hacer de las fiestas de Valencia algo que, por lo original, lo variado y lo pintoresco, sólo se ve allí. Los forasteros del tren botijo son recibidos en Catarroia por un tren artísticamente decorado. Este año va sentado cu la máquina un aldeano de figura colosal empinando el botijo de! agua fresca. Todos los años hay algo nuevo que aplaudir y alabar. Son recibidos los visitantes con el disparo de las COSAS AAaya una semaníta socorrida para buscar en ella cosas alegresl El incendio del teatro Eldorado y la muerte de León XIII han absorbido por completo el público interés, hasta el punto que nadie ha hablado de otra cosa. ¿Quién encuentra un suceso cómico en esta atmósfera de seriedad y de tristeza? ¿Quién? Yo, -me dice un chisgarabís de mi vecindad que ha renunciado definitivamente á la carrera de Veterinaria porque, seg ín propia confesión, lo que á él le tira es el humorismo. -No ponga usted ese gesto de asombro- -añade; -yo tengo dos ó tres chistes hechos sobre el incendio de E 1 d -ado, vívitc; y coleando. ¡Usted ¡os tiene? i ii. Tmrtr n 1 mirar innmirannnTTnmrTnii- ím- iuinnrrmn i I T I T f i r m iai ¿n i IJ- EUB I n T T T T u i T l l