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f r í í- til 4 t, y f s M Dl II 0 I III ÓltUPO DE PERIODISTAS TOMANDO NOTICIAS EN LA PUERTA DE! VATICANO EL C A R D E N A L D E C A N O Y C A M A R L E N G O LUÍS QUE HA ASUMIDO INTERINAMENTE EL PODER ORECMA DEL PAPA PÍO CENTRA, C J M W B O PRIVADO DE LEÓN Xlll QUE HA PERMANECIDO SIEMPRE AL LADO DE SU SANTIDA LEO p r á la hora del mediodía del miércoles 20 de Febrero de 1878, hace ya veinticinco años y cinco meses. La monumental plaza de San Pedro veíase rebosante de un inmenso gentío, ávido de conocer el acuerdo tomado por el Cónclave de cardenales reunido con motivo del nombramiento de sucesor de aquel otro Pontífice, también de grato recuerdo, que se llamó Pío JX, Las miradas de la apiñada muchedumbre, delatoras de su impaciencia, se dirigían ansiosas é interrogantes á uno de los balcones de la fachada principal de la imponente basílica vaticana. En aquel balcón había de presentarse la figura del cardenal primer diácono del Sacro Colegio, encargado de anunciar al pueblo el resultado de la elección que se estaba verificando dentro del sagrado recinto. Sonaba la hora de la una y media de aquella memorable tarde cuando, calmando las impaciencias del bullicioso gentío que invadiera la plaza, la venerable figura del cardenal monseñor Caberini apareció por fin en el hueco de aquel balcón. El silencio más absoluto se hizo entre la multitud allí congregada, y entonces el cardenal Caberini, con voz emocionada y clara, á ella dirigiéndose dijo: 7 V) f o vobis gandium magnum. Jiabemus papam qui sib nomcn imposint leo dicimus lerliuss. Las últimas frases del cardenal primer diácono fueron, saludadas con voces y gritos de manifiesta alegría. El pueblo acababa de saber con inmenso- regocijo la feliz nueva del, nombramiento de sucesor de Pío IX. Este había recaído en la persona del cardenal Joaquín Pecci, que había tomado el nombre de León XIII. Ahora bien; ¿quién era y qué magia tenía el nombre de Peed para así despertar el entusiasmo de aquellas gentes dé manera tan inusitada? Los hechos han dado á conocer la grandiosidad de aquella figura, cuya llorada y sentida muerte vuelve hoy á agrupar al vecindario de Roma en la monumental plaza. No será mi pluma la que, pecando de imperdonable