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Mirando al conductor A I IENTRAS resbala el tranvía eléctrico sobre los ráils y el troler roza los alambres y arranca de ellos chis pazos color de violeta, yo, apoyándome en la barandilla movible, línea divisoria entre los viajeros y el conductor, respiro el aire fresco de la noche, que, sacudido por el rápido caminar del vehículo, hiere mis carnes con voluptuosos pínchacillos de ducha. El interior del coche es una jaula provisional, donde viven, hablan, respiran, bostezan, sudan, se examinan, se molestan y se acompañan, opuestos y curiosísimos ejemplares humanos. JVlás que grupo de personas acomodadas (vamos al decir) en un tranvía por la casualidad, es aquéllo un muestrario vivo, á que el tranvía sirve de escaparate. Un individuo flaco, espiritualizado, pulcro, que parece embebido en sí propio, naufraga bajo la ola aceitosa constituida por un sujeto gordinflón, el cual suda y oscila con oscilaciones de cetáceo, derramando sobre los vecinos su grasíenta carnosidad; frente á un atildado poUuelo, canijo de cuerpo y espléndido de indumentaria, que no cesa de estirarse los puños para lucir sus gemelos áureos, de recogerse el pantalón para enseñar los calcetines, y de retorcerse el bigote con su mano izquierda cuajada de sortijas, dormita un obrero de robusta musculatura y remendado traje: lleva la gorra caída hacia atrás, despeinadas las greñas, los codos puestos sobre dos muslos herculianos, y la barba apuntalada por dos manazas ennegrecidas y cubiertas de callo. Dos compañeros del trabajador hojean El Socialista y La T evista Blanca; próximos á ellos, otros dos individuos, sacerdote y lego, releen Xa Semana Católica y El Siglo Futuro; más cerca, dos novios se entusiasman prologando la boda que será; más lejos, se aburre un matrimonio, bostezando la boda que fue; y mientras una muchacha de rostro candoroso y apariencia monjil se arrima todo lo posible á un mozalvete que la mira con cara estúpida, una moza, de aire chulapesco, pone de vuelta y media á un estudiante que quiere arrimarse más de lo justo. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, de diversa organización física, de opuestas posiciones sociales, hacen juntos el viaje breve del tranvía, como hace la humanidad el viaje largo de la existencia; en el coche, unos viajeros se apean, otros suben; en la existencia, unos hombres nacen, otros mueren; y el coche sigue su camino, sin ocuparse de los que bajan y de los que suben; y la existencia sigue también el suyo, sin ocuparse de los que nacen y de los que mueren. En el asiento que deja un individuo se acomoda otro; el sitio que desocupa un cadáver viene á llenarlo un vivo; muchas veces el viajero que va á subir y el que se dispone á bajar se tropiezan, permanecen juntos un segundo... también la muerte y la vida abundan en esos tropezones imprevistos, componiendo cuadros muy semejantes al que ofrece ahora el coche eléctrico hacia su parte más inmediata á mí. Junto á una muchacha, en todo el poderío de la juventud, que cubre su cabzza con ancho sombrero de flores y su cuerpo estatuario con un vestido color rosa, acaba de tomar asiento una viejecilla pálida, enlutada, quien, sin duda, tomó billete en el tranvía de las Ventas, para apearse lo más cerca posible del cementerio. La cabellera de la joven ostenta en su rubia coloración reflejos solares. Un mechón de pelos, encrespándose á impulsos del aire y esparciéndose en finísimas hebras sobre las flores del sombrero, parece haz menudísimo de rayos de sol fecundando una planta; como parece la boca de la hermosísima criatura, al contraerse para sonreír, capullo bermejo que se entreabre á luz; y el brillo de sus ojos, la luz dedicada á entreabrirlo; y el cutis de su rostro, cubierto por sedoso vello, piel de fruta en sazón; y los pliegues de su vestido, hojas múltiples de una rosa gigante que esparce, á cuenta de perfumes, vahos de mujer. La vieja se cubre con un manto negro, doblado hacia la frente en forma de capucha mortuoria; por los pliegues de esta capucha se escapan mechones de cabellos blancos, que semejan copos de nieve y líneas de una cara enjuta, donde la piel es disfraz hipócrita de calavera y los matices amarillentos, embajadores de la muerte que arropada con el vestido, negro como la toca, palpita dentro de aquel traje- sudario, sobre el cual se cruzan dos manos trémulas, faltas de sangre y de calor. Un traqueteo del carruaje mezcla las dos figuras; el color sombrío del traje negro se confunde con el color alegre del traje rosa; la capucha mortuoria, con el ancho sombrero de flores; la cabellera, hecha de pedazos de sol, con la cabellera hecha de fragmentos de nieve; la sonrisa de los labios rojos, con el gesto de los labios lívidos; el brillo de los ojos llenos de luz, con el brillo de los ojos llenos de sombra; la carne fresca, como fruto en sazón, con la carne rugosa, como podrido fruto... El tranvía se detiene, y la joven del sombrero de flores, la hermosísima rosa humana, desaparece en las tinieblas de la caJle. La vieja, próxima á la muerte, se ensancha par- estar más cómoda, ocupando casi todo el espacio que la joven, pletórica de vida, ha dejado vacío... Yo vuelvo á mirar hacia afuera, á respirar el aire que penetra por las corridas vidrieras de mi automóvil económico; aire puro y fresco que hiere mis carnes con voluptuosos pinchacillos de ducha. Mis ojos raparan en el conductor, y no puedo reprimir un gesto de sorpresa. Hs un mozo de aspecto fuerte, de aspecto señoril y simpático. Su chaqueta uniforme cae con descuidada elegancia al largo del tronco; su fisonomía revela inteligencia; sus manos limpias, y bien cuidadas, manejan los manubrios del aparato eléctrico con elegante pulcritud; su mirada tantea las curvas de la vía y busca los aparatos de señales, con mirar inteligente y cuidadaso. ¡Qué diferencia entre el conductor de tranvías eléctricos y los conductores que, hace pocos años, guiaban los tranvías impulsados por la fuerza animal! Estos, con la faz congestionada por el esfuerzo que supone regir las bestias; la voz ronca de puro gritar blasfemias para estimularlas; el traje descompuesto por las contracciones bruscas de los músculos al recoger las riendas, al esgrimir el látigo, al forzar el torno; sucias las manos, merced á los roces del cuero; impregnadas las ropas con el olor agrio de la cuadra é influidos sus actos de hombre por sus brutales f nas de obrero, aparecían á nuestros ojos como seres de pobrísima condición, á quienes las rudezas del oficio atrofiaban la inteligencia de paso que llenaban sus manos de callos y sus pantalones de estiércol. ¿Qué puntos de semejanza existen- -pensaba yo contemplando al conductor del carruaje eléctrico- -entre los conductores de hoy y los de ayer? Ninguno. Y, sin embargo, casi todos esos conductores son lo s de antes. En los tranvías se cambió la fuerza impulsora, pero no se cambiaron los obreros que la manejaban; el mismo conductor que dirigió el paso de los animales, dirige, adiestrado convenientemente para ello, el aparato eléctrico. Son los mismos hombres, sí, pero son otros hombres. Ha bastado introducir mejoras en la manera locomotiva, cambiar un sistema por otro sistema, un aparato por otro aparato, una máquina por otra máquina, para que los hombres que las manejan, mejoren y cambien también. Ya no necesita el conductor tratar con las bestias; acostumbrarse al uso de palabras soeces, de blasfemias roncas, de descompuestos ademanes, con objeto de que el animal, hecho á tales pedios persuasivos, se doblegue á él; ya no es preciso que sus manos críen callo al roce de las riendas, y sus músculos gimnasteen dominando el tronco que rigen; ya no tienen que entrar en cuadras malolientes para dar descanso á las bestias y sustituirlas con otras, ni sacudir la tralla y acomodar sus actividades, sus cuidados y su inteligencia á las brutalidades de un par de muías. Ahora un aparato sencillísimo, reluciente como un espejo, coquetón como una muchachuela joven, es el encargado de mover el tranvía; dos manubrios, de fácil mecanismo, sustituyen al tronco mular; un pedal que comunica con el timbre, al pito; un regulador, á la tralla; el conductor no tiene por qué confiarse al poderío de sus blasfemias y de sus músculos: ha de confiarse á su conciencia de mecánico; ya no es una bestia que arrea á otra: es un operario que maneja una máquina. Y ese cambio del animal por la máquina, ese mejoramiento que representa el motor eléctrico sustituyendo al motor de sangre, ha bastado para que el obrero, el conductor de los tranvías, mejore también la exterioridad de su persona y se presente á nosotros con las manos limpias, el rostro despejado y el ademán correcto. ¡Qué fácil sería cambiando, mejorando los aparatos morales, los intelectuales motores que hoy en forma de costumbres y leyes sirven para guiar entendimientos y corazones y conciencias, modificar y mejorar el entendimiento y el corazón y la conciencia de los hombres también! JOAQUÍN D 1 CENTA dores exigiendo la inmediata degollina de monjas y frailes, la separación de la Iglesia y del Estado, y la subvención de las escuelas laicas; los militares el aumento de cuadros en activo y el servicio militar obligatorio, y todas hs fuerzas vivas, en fin, arrimando las ascuas á sus sardinas correspondientes. Y as! no gobierna ni el Preste de las Indias. j J o; no es tan fácij como parece convencer á la gente de que no es el Estado el que tiene la obligación de echar una gallina en el puchero de cada hijo de vecino, sino que es el mismo vecino el que debe buscar la gallina. Se reúnen los agricultores castellanos y dicen que primero les aspan que sacarles un cuarto para hacer torpederos, y se reúnen las autoridades de San Fernando para anunciar una tremolina si los torpederos no se hacen ó, por lo menos, se pagan. Se juntan los contribuyentes y juran resistirse como gatos panza arriba si les piden algo para armamentos y maniobras, tropas y fortificaciones, y vuelven á juntarse á los ocho días para amenazar al Gobierno con un motín diario si quitan la guarnición de tal ó cual parte, suprime ésta ó la otra Capitanía general ó intenta amortizar el obispado más insignificante... Esta semana se anuncian alborotos pidiendo economías, y á la siguiente se recrudece la excitación y se pronostican graves trastornos si las economías se llevan á la práctica... El bello ideal de la Nación es que se supriman los impuestos ó, por lo menos, que se rebajen extraordinariamente y que se concedan primas á la navegación, se establezca una Audiencia territorial en cada pueblo, una Capitanía general con diez batallones de guarnición en cada cabeza de partido, y un puerto en cada remanso de la costa, y que se suban los aranceles de Aduanas para los trigos extranjeros; y, sin embargo, se ponga aquí el pan al alcance de todas las fortunas. Fresquitosy recientes están dos ejemplos: el del Ayuntamiento de la Granja anunciando que piensa dimitir porque no tiene fondos para cubrir sus atenciones, y que no dimitirá si el ministro de la Guerra envía allá de guarnición unos cuantos soldados; es decir, que si el Estado le manda dinero, él no tiene inconveniente en pagar al Estado; y el de la Prensa, que se ha pasado la vida protestando de que se sostengan los arsenales de la Nación, donde se tira ei dinero y no se hace nada, y ahora pone el grito en el cielo porque no se consigna la cantidad suficiente para el sostenimiento de esos arsenales. Todos sabemos cómo se deben distribuir los fondos públicos para que nadie chille, p: ro á todos se nos olvida decir de dónde han de salir los fondos. El Estado ha de arreglarse de modo que el comercio sea protegido, que la industria florezca, que la cultura nacional esté á la altura que la civilización requiere, que el país pueda defenderse por mar y tierra de enemigos poderosos, y que todo el mundo viva bien trabajando lo menos posible. Pero ¡cuidado con pedir el más pequeño sacrificio, porque las clases castigadas se levantarán como un solo hombre indignado contra el despilfarro y el desbarajuste! l ¡n resumen, señores diputados: enhendo yo que es absolutamente necesario predicar otras cosas, y que mientras todos no arrimemos el hombro para hacer costumbres políticas, es inútil que el ilustre jefe de la unión republicana se levante airado á poner como chupa de dómine á Fernando V i l SINESJO D E L G A D O Chismes y cuentos í a oratoria es una de las bellas artes que importan á muy poca gente en este siglo del comercio á todo trapo, en el cual se hace más caso de un mercado que se abre, que de cien bocas que hagan lo mismo para lanzar á los cuatro vientos párrafos brillantes y conceptos nobles y elevados. Y de todas las clases de oratoria, la parlamentaria es la que con menos cuidado tiene á todos los nacidos, por lo cual dudo yo que, á consecuencia del discurso de tres horas y pico pronunciado por el Sr. Salmerón el viernes, estén temblando á estas fechas las instituciones, como creen algunos ciudadanos libres que se disponen á sacrificarse por el país metiéndose á concejales en cuanto vengan los suyos. ¡Ay! no. Ya no se tambalea nada con los apostrofes fogosos y con las catilinarias tremendas, Pero si no sólo se tambaleara el Estado constituido, sino que se viniera abajo de la noche á la mañana, el compromiso en que se iba á ver D Nicolás iba á ser de los gordos. Porque no es creíble que en quince días el Gobierno de la República enseñara á leer á todos los españoles á quienes estorba lo negro, ni acabara con los caciques, ni destruyera los conventos, ni diera pan y descanso (porque trabajo, lo que se llama trabajo, no lo pide casi nadie) á todos los obreros que lo necesitan. Y no haciendo todo eso en dos semanas, el país entero se llamaría á engaño y sería capaz de poner á mi amigo Picón cual digan dueñas. Aquí somos así; rápidos como centellas. Lo que nos prometen han de cumplirlo en veinticuatro horas. ¿No lo hacen? Pues las promesas eran falsas y los ministros unos traidores. Y habí a ustedes de ver cosa buena. Los catalanes pidiendo sus Cortes y su presidente particular para andar por casa; los trabajadores de todas partes demandando jornal seguro y ropa limpia; los librepensa- RETAZOS HIGIÉNICOS RFriMFNTAriÓNÍ H l- Aplacar la sed que nos devora REG 1 MENTACI ON Hl ver e s n e c e s i d a d ¡m C FMEEL VPP L n A EN P VERANO SE P e r i o s a 1 c W T de continuo u e s t r o H fis ¡oIog smo h u m a n o pero para calmar la sed de forma que no se perjudique á la salud y no sea causa de los frecuentes trastornos gastro- intesrinales que en esta época se sufren, es preciso regimentar el uso de las bebidas, y al efecto, expongo á los lectores de A B C las reglas higiénicas que para lograrlo pueden poner en práctica. i a El agua, potable para que sea sana y no constituya vehículo comunicativo de gérmenes productores de enfermedades infecciosas, debe hervirse previamjnte y dejarla enfriar antes de bebería. 2. a Dos horas después de las comidas no debe beberse agua ni líquido alguno que pueda perturbar la digestióji. 3.i Si durante las dos horas que tarda en efectuarse la primera digestión se sintiera sed, puede esta aplacarse humedeciendo la boca y garganta (fauces) con pequeñas cantidades de agua ligeramente acidulada con vinagre, que jamás ha de deglutirse y ha de servir sólo de enjuague. 4. a Como en el estío se suda mucho, perdiendo el organismo humano grandes cantidades de líquidos, es preciso reponerlos: de aquí la imperiosa sed que sentimos. Disminuyendo, pues, la secreción sudorífera, aumentando en cambio la urinaria, lograremos amortiguar la sed, y para conseguir esta compensación es necesario usar bebidas diuréticas, como son la cerveza y el café frío mezclado con agua. 5. a Los refrescos fríos y los helados deben usarse sólo después de las comidas, siendo muy perjudiciales si se toman dentro de las tres horas antes ó tres horas después de haber ingerido alimentos. 6. a Las bebidas refrigerantes que pueden conceptuarse higiénicas, son la cerveza, el cafe frío ó helado, las gaseosas acídulas y las horchatas ligeras. Teniendo en cuenta y practicando estos preceptos, puede asegurarse que la sed estival se amortiguará en verdaderas condiciones de perfecta higienización. DOCTOR CORRAL Y MA 1 RA