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LAS DE MI TIEMPO T ecía D. Joaquín Francisco Pacheco, mi ilustre ami go y maestro del siglo pasado, que la cuestión d ¿la vejez era la única en que nunca había estado de acuerdo con el Supremo Hacedor. Nuestra vida es suya, añadía, puesto que El nos la da y nos la reclama cuando le place. Venga, pues, la muerte cuando El lo disponga. Pero ¿por qué ha venido antes esta larga enfermedad del envejecer, que no hace falta, después de todo, para morir, y que sólo sirve para ridiculizar una cosa tan seria, tan hermosa y tan grande como es la vida? Eso de quitarle á uno un día el cabello, otro día los dientes, otro la claridad de la vista, otro la agilidad y el vigor de pierna? y músculos: ¿á qué conduce? ¿Es el aviso gradual del fin? Noticia fresca. ¡Como si no lo supiéramos! ¿Es para irnos resignando al estallido? Error lastimoso: yo sostengo que nadie, como pueda pensar en ello cuando llega la hora, se muere á gusto; y no conozco en la Historia universal más excepción á este respecto que Santa Teresa. Algunas de esas tristes reflexiones de mi eminente amigo el gran jurisconsulto, el gran orador de quien ya nadie se acuerda, han predominado, lo confieso, en mi marchito ánimo estos últimos días, con motivo de haber encontrado, contemplado, hablado y estudiado, aunque someramente, en paseos, visitas y espectáculos á vams distinguidas señoras de mi época, de mi amistad y de mi preferencia, que todavía se exhiben y discurren por este Madrid tan variado y distinto del de mi tiempo. Y entiendo por mi tiempo los últimos cuarenta años de la gran centuria que perdimos hace un trienio. Grande, sí, zn todos sentidos, y muy superior de seguro (ya lo verán los que lo vean) á este siglillo xx que hasta ahora no anuncia nada de particular, como no sea alguna locomoción hecatómbea y perfectamente innecesaria. ¡Qué gran tristeza, en efecto, el ver desfiguradas, inservíbles y paseando sus sombras por un mundo que ya no les hacecaso, á dos generaciones de bellezas femeninas, que fueron el adorno, el encanto, el orgullo de toda una sociedad! Porque es menester decirlo todo: esa gran ridiculez de la decadencia humana, lo es más, mucho más, en ¡a mujer que en el sexo feo. Y el propio nombre de éste lo explica: la misión del hombre no es agradar, es vencer, cualquiera que sea su posición, en los múltiples afanes y trabajos de la vida, y hasta suele haber figuras varoniles que logran hermanar la senectud con la respetabilidad externa. Pero la pobre criatura del sexo opuesto, que necesita ante todo y sobre todo gustar, gustar para ser novia, para ser esposa, para ser madre: la pobre reina y esclava al par de la forma, ante todo y sobre todo de la forma, que es su fuerza, su razón de ser, su explicación vital; cuando esa cualidad constitutiva se le borra y la deja y desaparece, no hay nada, confesémoslo, más digno de lástima. Mis contemporáneas, según el resultado de mi observación reciente, están divididas en, tres grupos, dos muy numerosos y otro no tanto. Constituyen el primero las aniquiladas, las sesentonas, en las que no queda ya ni un rasgo, ni una línea, ni un trasunto de lo que fue hermosura; moles informes vestidas ó, mejor dicho, cubiertas de negro, casi todas abuelas, que van á misa apoyadas en la criada ó en la nieta, y que todavía presiden nominalmente la familia, ya en la mesa, con un gran apetito aobreviviente, ó ya en en la butaca fija del gabinete, con un sueño perpetuo á prueba de visitantes y ruidos de todo género. Y, sin embargo, yo conocí en mi primera juventud á muchas de esas ruinas hechas unas enhiestas bellezas, con magníficas cocas en que empleaban sus trenzas, con miriñaques que no cabían en el Prado, con risas sonoras y gracejos inagotables, que explicaban sus respectivas escoltas de pollos, y ¿por qué no decirlo? hasta con ideas propias, muchas de ellas, que saltaban de su conversación como las chispas del pedernal. Hoy no son más que una especie de cementerio ambulante. ¡Qué dolor y qué tiranía del decaimiento! El grupo segundo es el de las resistentes, las cincuentonas que no se dan por vencidas y que luchan aún- -en primer término con gran valentía, ya que no con gran éxito, en las filas y en las escenas de) Madrid mundano. Son, en su especie, firmes caracteres, enemigas teóricas y prácticas de la repulsiva vejez, que niegan en absoluto y á quien combaten sin tregua con todas las armas que la fortuna y la posición las concede. La vejez es la canicie, y no hay una sola que no tenga su cabellera rubia y brillante, ni su tesoro de aparentes perlas entre los labios, ni su talle sostenido artísticamente por el mejor corsé, ni sus pies diseñados por la botina ó el zapato de mejor corte, ni sus trajes innumerables que acusan la mejor factura, ni su elegancia, en fin, de hace treinta años, en todo el ostentoso apogeo del más lujoso buen gusto. Su conversación no ha perdido el vibrante tono de aquellos lustros, y su coquetería heroica se sostiene aún en todas las brechas del trillado campo de honor. ¡Ah, bravas criaturas merecedoras de mejor suerte, ó sea de la juventud hasta el último día de la vital jornada! Parece á primera vista que vosotras creéis de buena fe en esa juventud. Pero yo me temo que de puertas adentro, y llegado el instante de deshacer la pintada trenza, y de limpiar la artificial dentadura, y de desceñir el corsé poderoso viendo descender al abismo tesoros lacios y cansados; yo me temo que al encontraros, en fin, á solas y con la única intimidad de vuestra partida de bautismo, sintáis profundamente toda la amarga realidad del doble ridículo de vuestra decadencia y de vuestro artificio. Y el tercer grupo, en fin, de mi clasificación, es el más acreedor al respeto, el de las dignan, que han aceptado con franca resignación melancólica y secreta los años grises, y dejado sin quejarse, uno por uno, en las zarzas y espinas del camino todos los preciosos jirones de su belleza, de su alegría, de su vanidad y hasta de su bien parecer. Esposas buenas y sencillas, madres modelos, directoras de hogar irreprochables, amigas afables, figuras modestas sin vanos adornos, almas piadosas, tolerantes y caritativas, ellas dicen con su ejemplo que la mejor venganza contra esa tristísima ley, poco meditada, del sucesivo, irremediable quebranto físico de la edad, que á nada conduce más que á la fealdad exterior y á la aspereza antipática del sentir y del pensar: la mejor venganza contra esa cruel Naturaleza que debía contentarse con llegar á la plenitud del crecimiento y esperar en él, tranquila y sin cuidado, la muerte, es despreciarla en el camino recto del deber y al amparo de una esperanza inmortal. r Para evitar estas desigualdades debía limitarse, por quien puede hacerlo, la cantidad imponible. En tanto que se determina la eficacia y razón de esta asociación de caballos que corren y aguas que carenan al individuo, bueno sería normalizar el uso del azar á proporciones inofensivas. Porque hay quien se desboca sin ser caballo y hay quien merece serlo aunque no se desboque, según se obstina en que pase á su puerta la rueda hípica de la fortuna. EMILIO SÁNCHEZ PASTOR r, ¡o I COS DE LA CARRERA DE SAN JE RON 1 MO Expira lo que hemos dado en llamar movimiento po ¡t j CO (y a desbandada de diputados y senadores y el calor hacen cambiar la fisonomía de la Carrera, siempre n meno, interc. en t e. t. d 6 n q buenos mozos de los que llevan sombreros de paja tendida hacia delante para que los rayos solaincomoden por la noche, discuten á la pueita d e casa d e Lhardy. ¿Y P o r fin. cuándo te vas? -Cuando D. Melquíades me quiera dar las dos mil pesetas sobre los muebles de mi casa; pero quiere siete P o r ciento a m es, y esto... ¡Hombre! ¿pero qué más te da, si probablemente no pensarás pagarle? ¿Para qué regateas? ¡Por conciencia, para que pierda menos el pobrecilio. c o n eI a I a c ue ha Dos S. LÓPEZ GUIJARRO ROÑICA DE VERANO. AGUAS Y CABALLITOS En esta provincia de Guipúzcoa, donde todos los adelantos modernos tienen su representación, aquí donde la industria hace progresos admirables, se ha llegado á europeizar todos los balnearios estableciendo las carreras de caballitos mecánicos, que por espacio de mucho tiempo explotó exclusivamente el casino de San Sebast ¡an. La diversión suele ser cara, pero entretenida, y ayuda á los efectos medicinales de las aguas en no pequeña p a rte. Cuando acaba la comida, que en los balnearios es largacomo en los buques, porque además de comer hay que entretener el tiempo, comienzan las carreras, y en torno del juguete más caro que han conocido los hombres se agrupan los enfermos (ésta debe ser su denominación oficial) para ver cómo se puede realizar esa aspiración común en la raza humana de ver cómo se multiplica un duro sin esfuerzo, sin violencia, sin trabajo. Antes los caballitos eran casi inofensivos; se jugaba por papeletas que contenían cada una el número de un jinete; el que antes llegaba á la meta ganaba á todos; esto era una rifa Después se puso el tapete al lado de los caballos, se señalaron sus números en él con las casillas formadas por líneas amarillas, se pintaron la mitad de los jinetes de rojo y la otra mitad de encarnado, se permitió poner á cada caballo la cantidad que se quisiera, y surgieron las com... j i binaciones de color: mayores, menores, pares, nones, cuadros y columna; esto va es una ruleta. Una ruleta abreviada y entretenida, porque en vez de bolita salen veloces los ejemplares de las mejores cuadras, y á poquito dinero que se interese se recibe la sensación j i Gran n J n o J 1 r u J iLondres. J del í- i Prix de París- del Derby de Hay quien ypor dos realitos que ha apuntado al tres, y quisiera meterse dentro del muñeco M cabalga sobre el que jaco que lleva ese numero, para hacerle correr o pararse a su debido tiempo, y hay quien llega a creer que aquellas figuras cobran vida real y que su jockey esta vendido al oro de la reacción ó al del banquero, porque no Ilesa s jamas a la meta. Todas estas emociones son útiles para el sistema ner. vioso o para cualquier otro sistema de los que naen el r r j TJ cuerpo humano; porque si no, para que fin en toda Eu 1 i nii t i i ropa están los caballitos al lado de los manantiales cloru ro- sodicos- bicarbonatados y demás denominaciones quimicas que figuran en los análisis? Como las ciencias sigen adelantando una barbaridad, algún d, a se h á l l a l a relación existente entre las aguas sulfurosas y los caballos mecánicos de carrera; algún día demostrara un sabio, aficonado a verlas venir, que las afecciones del estomago se curan con cuatro vasos de agua mineral por la mañana y tres golpes a color por la noche en uno de esos hipódromos verdes que siguen al K, bañista como el oranizo a la lluvia. i c JI j, i ji Para todas las enfermedades del hígado, las carreras deben constituir un gran alivio. Antiguamente se reco, mendaba a los biliosos que vieran correr el agua de un n o para curarse, y nadie negara que es mas d. vert. do ver correr los caballos que el liquido del mismo Orinoco, con ser tan grande. Por de pronto, se quita mucho peso de encima; esa moneda que, según todos nuestros hacendistas, necesita ser saneada, se va del bolsillo rápidamente á buscar la salud en la caja del banquero, que á pesar del pronóstico de todos nuestros hombres públicos, no tiene inconveniente en recibirla sin temor á infecciones ni contagios. La juego- terapia ó la cura hípica llegará á sistematizarse y á dosificarse para que ejerza su benéfico influjo sobre el paciente en los dos sentidos de la palabra, esto es, en el de sufrir y en el de pacer al lado de los caballitos, que engordan y viven gracias al amor de la humanidad, á los riesgos del azar y á las caricias ó, en este caso, coces de la suerte. En establecimientos de aguas que obran sobre el higado, la parte de color que tiene el juego ofrece incidentes muy chistosos. Entre los puntos hay muchos que tienen la piel como el cuero de unas botas claras recién adobadas con Dandy, pues estos señores de matiz alimonado suelen salir del juego diciendo que no han visto un amarillo en toda la noche. Y no hay más que mirarlos para saber que no es verdad. Los caballitos, por de pronto, sirven para alterar el valor de las saludables aguas de estos balnearios. A unos les cuesta cada vaso muchos duros, á otros la temporada les sale de balde, y todavía hay algunos que se llevan á su casa la salud que les faltaba y dinero encima. r e s n o Ies ¿Quién, D. Eduardo? ¡Es e! tío de peor intención y e n eI m u n d N o U exaSeres como- dicen los literatos- que escriben d castelIan en francés. -Calcula; vive al final de la calle de Leganitos; por a 1 u e faarrl I a s c a s a s t i e n e n t o d a v í a amadores en las P a r t a s y e n Ia noches de invierno, cuando nieva ó hace alre mu y f n o y e d e s d e s u c a m a 1 u e u n v e c i n o d a t r e s y r e P l c l u e repetidas veces, da una vueltecita en el lecho y exc Iama: ¡Dios mío, que no le abran! V e r a n o e j u n a fae dlclon n cuantos etrOS d e b a s t a c a l a d a ue cuestan a TM 1 noventa céntimos d met TM; s e h a c e na u n trajéate muy presentable. a- lo creo: de unos visillos blancos me he arregla. megi. d 3 ro u n a b l u s a V n dos claveles y una faldita de a P a c a lTM c o n P a I d e J a b o n d e v e f i n a- ele f, ricé a er y f c o a oficial de Hacienda publica, á ¡c f P P l ue t l e n e S r a n Porvenir porque es de Palma de Mallorca, -j -Si, señor; un libro titulado Materia periodística. c- -Vamos, un manualito del perfecto periodista, ni í m á j n ¡m n o s ¡d e P Academia d o n a iodís? ica se r M f u n d ó n E x t r a n j e r O vr -No; unas cuantas observaciones modestísimas sobre S t a m a t e r ¡a p o r ejemplo probar que los grandes pe... f. riodicos, con el error que cometieron cuando el cambio de la moneda, sustituyendo la rpieza de dos cuartos rpor J la de cinco céntimos en lugar de haber filado el precio Ti de diez para cada ejemplar, y con el abuso del telee rama- ¡H o m b r e qué teoría tan chusca, hoy que la inforH m a d o n t á f i c a s b a s d d p e r i o d i c 0 1 Exactamente; r o e telegrama, como el epigrama, d e b s r c o r t Q t e r e s a n t e c o m o S t e I ¿a g n minuc ¡as n ¡mn n a o c a i d a d d e d o n d í P c e d e n er u su en t n e r tanc ¡a d ublico acaba s cc ¡on te áfica s e gast mucho diner ¿inutilmente: e cuando todos los intereses se unen para defenderse, la i prensa, con la puja en los telegramas, destruye los suyos. -Didáctico está usted, c -Ademas, y como si no fuera bastante, los telegram a s s h ¡n c h n t ¡p u b l i c a n d o s e despachos c o m o ste. E, p afectado) l H ¿Y Vómo ha llegado tan alto? -Como el caracol, á fuerza de arrastrarse, -Quisiera decirlo en letras de molde, pero que ño se enterase nadie. Publícalo en El Siglo. -Continúa preocupándome la filosofía. La holganza es un precioso derecho individual; es innegable que la razón está de parte de las mayorías, es ciertísimo que la mayor parte de los hombres son holgazanes; luego los que verdaderamente estafan á las sociedades son los que por medio del trabajo se apropian lo que debía pertenecer á los que huelgan. Dios trabajó seis días; no hay noticia de que haya vuelto á hacer nada: de manera que la forma de acercarse á la divinidad está en la holganza... -Vete á disertar al Ateneo, ó vete á Leganés, es lo mismo. Créeme, tanto humanitarismo embrutece. Con razón le dijo un gallego á cierto sabio del pasado siglo: aTantu estudiar, tantu estudiar, y cada día más brutu. -iQué calores! Afortunadamente, el sol se nubla algunas veces. -No haga usted caso; es que hace tal temperatura, que el propio sol se va á la sombra. JUAN VALLERO D E TORNOS