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DIÁLOGO DE LOS DIOSES Neptuno (el del Prado) -Señor Apolo, ¿qué hora es? Apolo (el de las Cuatro Estaciones) -Se lo preguntaré á la Cibeles, que ve el reloj del Banco. Cibeles. -No hay que preguntarme nada, que lo mismo veo yo que ustedes. El Banco hace economías y no alumbra el reloj. Neptuno. ¡Qué miserable! Pero creo llegada la hora de nuestro ameno y discretísimo coloquio. ¿Hay moros en la costa? Jipólo. -Dos hay parados al lado de mi fuente, pero éstos no oyen ni ven. Parecen enamorados. Cibeles. -Por aquí va uno corriendo: ha pescado un reloj en la lechería de enfrente. No hay temor de que se pare á escucharnos. Jipólo. ¿Oye usted, señor Neptuno? Todavía hay quien bebe leche. ¿No decía usted que no? Neptuno. -Se lo oí decir á un concejal, ese que me echa discursos de tres á cuatro y me echa también otras cosas, según está el humor. Cree que por estar yo bajo la jurisdicción municipal en el ramo de ornato y policía, puede atreverse á todo... Una noche alzo el tridente, y ¡aquí murió un concejal! Cibeles. -Ahora viene un guardia de riguroso rayadillo: persigue al del reloj... Esperad; voy á soltarle un chorro: ¡ay, pobrecillo, cómo tirita! Apolo. ¿Protege usted á los ladrones, señora mía? Cibeles. -Protejo á quien me da la gana. Apolo. ¡Oiga, oiga la muy... Aleptuno. -Cepos quedos, ó les echo los caballos encima. ¡Vaya unos dioses! Cibeles (refunfuñando) ¡Si no se oyeran las cosas que se oyen... Apolo. ¡Si no se vieran las cosas que se ven... Neptuno. -Comprendo que los dioses vemos y oímos cosas que no son para enderezarnos por el camino de la perfección, pero tengamos educación siquiera nosotros los dioses. Cibeles. -Bueno. ¿Qué hay de política? ¿Sale Silvela? ¿Entra Villaverde? ¿Por cuál nos decidimos? Neptuno. -Mi vecino Cervantes, que por estarían cerca del Congreso debe de estar bien informado, me dice que lo mismo le da, porque los dos son académicos y le hacen unas honras todos los años. Y agrega que al país deben importarle lo mismo, porque también le hacen unas honras todos los días... Jipólo. -Pregúntele usted si han acabado con el mensaje y los azucarillos. En los puestos de este lado no se ve un azucarillo decente ni por un ojo de la cara. Cibeles. ¿Es verdad que hay calenturas? Neptuno. -Calenturas hay. Si usted se digna venir á tentarme el lomo á las tres de la tarde, se convencerá. Ahora bien sé que el Gobierno hace correr el rumor de que hay calenturas y tifus y cólera y que han envenenado la leche y el pan y la sal, con los demás asquerosos bodrios de que se alimentan los mortales, que por fuerza lo han de ser con tales cosas, para que el miedo ponga alas en las mayorías y minorías y se acaben los discursos y nos dejen en paz á los dioses y á Maura. Cibeles. -Es un fresco. Neptuno. ¡Como que va para dios! Cibeles. ¿Conocen ustedes á San Pedro? ¿Quién es San Pedro? Jipólo (Con cierta chunga) ¡Anda, y lo que sabe! Neptuno. -Parece mentira, niña, que usted que cogió tan buen sitio, y junto á usted han pasado todos los presidentes de) Consejo desde antes de Narváez, ignore que San Pedro es el primer santo, el primer pontífice, la primera piedra que... Cibeles, -Entonces, ¿por qué Ja otra noche dos señores calvos, ventrudos, cogotudos y con alfileres de corbata preciosos, decíanse parados delante de mis leones: Ríase uste 4 de puentes ni berenjenas; todo eso lo arreglará San Pedro Y el otro respondía: ¡Ya quisiera yo que arreglase lo de los francos! pero verá usted que no... ¡Si San Pedro es una calamidad! TNeptuno. -No me explico... Y eso que como viejo soy el mismo demonio. Es decir, no tan viejo que no pudiera ser hijo del conde de Cheste. Apolo. -Pues esta más claro que el agua. ¿Hablaron de puentes? Pues, porque San Pedro fue Pontífice. ¿De francos? ¿Qué cosa más franca que un santo? El arreglará lo de los puentes y lo de los francos. Es lo mismo que decir: él trabajará como pueda en la viña del Señor. Neptuno. ¿Trabajar? ¡Lo que es eso... Cibeles. -Esperad. Nada: era otro pobre que ha conquistado una cartera. Jipólo. ¿En la crisis? Cibeles. -En el bolsillo de un padre de la Patria. ¿Qué dirá la Patria? Neptuno. ¿Le persiguen? CtMUo. -No; la Patria no se ha enterado. No conoce á sus padres. Neptuno. ¡Le alabo el gusto! Apolo (á la Cibeles) ¿Qué tal van esos Jardines? Cibeles. -Tirando. Con este calor, mucha gente se queda k veranear en casa. Ya no salen hasta Septiembre. ¿Y ese Eldorado? Apolo. -Tirando. Cerbón nos traía una carga de risa del mismo Guadalquivir, y... Cibeles. -Se la han derretido. ¡Es mucho calor éste! Neptuno. -Que hubiera hecho lo que Orejón y otros d i s -G u a r d a r las gracias en el pozo de la nieve que hay cerca de lu Plaza de Toros, y por Octubre ¡vaya frescura! Cibeles. -Cuando no hace falta. Neptuno. -Alguna vez hay que darle salida. ¿Qué más da que sea en Agosto ó en Octubre? Además, todos los médicos dicen que en verano son malos los estimulantes y los chistes. Levantan ampollas. Cibeles. -Quizá sea de los chistes que oigo- -todos los autores echan un cigarro junto á la verja, -por lo que me voy dcscascarillando. Apolo. ¡Qué duda tiene! De un chiste que me colocaron noches pasadas, saltó una lasca del tamaño de un duro de esta espalda que se ha de comer la tierra. ¡Menuda lasca les van á sacar á los autores en el estreno! Ya está el público más avisado que un centinela. ¿Catorce reales? dicen. ¡Ya verás la que armamos! Y cuando hay de qué, la arman; y no vale luego el aposito con que acude la prensa de tiene, pero le falta. Neptuno. -Hacen bien, Lo que siento es no poder ir á ver gansadas de esas y dar porrazos con el tridente y llevarme los caballos para atrepellar á medio mundo. Jipólo (aparte) ¡Qué bárbaro! Cibeles (aparte también, es decir, mirando á Recoletos) ¡Ay, quién fuera con este dios tan robusto! Neptuno. -Ha llegado mi hombre. Dice que es el verdadero y legítimo Emperador del Sahara y que yo soy un cochero de punto, un SIMÓN, para hablar claro, y que le lleve á no sé donde. Me hace gracia este curda, y le llevo. Conque adiós, señores. Hasta un día de ést Jipólo. ¡Vaya! Debajo de m! se paran dos tórtolas humanas. Como ya va clareando, han comprado un churro y se lo comen bocado uno y bocado otro... ¡Tú; no, tú! ¡Y dale con el tul ¡Ah, Dios mío! ¿No decían que ¡a forma poética iba á desaparecer á noventa días plazo? No desaparece. ¡Poesía eres tú! ¡Benditos sean ustedes, los del churro y el tú! Cibeles. ¡Ay, qué ganga! Un enamorado. Se detiene, me mira, mira á los leones con cierto respeto, se desnuda y... Se desnuda y ¡zas! enterito á la fuente. Es un fresco; mejor dicho, es un caluroso. De amor, ni pizca. Ya lo he calado. El bañista murmura complacidísimo: ¡Uf, los cursis que no se remojan! Como venga un rayadillo de esos le pongo nuevo: le pongo viejo, quiero decir, porque en quitándole la goma, no hay tripa de vaca como el rayadillo de orden público. ¡Y esta cochina Cibeles que no da más agua! ¿Esta cochina Cibeles... á mí, á una diosa con dos leones por delante? ¡Así está el mundo! ¡Así está Españal JOSÉ N O G A L E S lir mientras no pueda ofrecer para una alianza barcos y ejércitos. Pero aparte de que la seguridad de una nación con el litoral de la nuestra no está en el poder defensivo y ofensivo de tres plazas, como ha sostenido el Sr. Maura, porque un enemigo no ataca nunca por la parte más fuerte é inexpugnable, sino por la más débil y desamparada; aparte de que no hay escuadra bastante, por mucha que se construya, para defender la extensión inmensa de nuestras costas, conviene tener en cuenta que las naciones que se alian no llevan á la unión solamente barcos y soldados; llevan también prosperidad económica, progreso, engrandecimiento moral y material; no quince millones de ciudadanos que no saben leer y escribir; no una hacienda entrampada, una industria naciente, una agricultura á merced de las nubes, un territorio sin explotar y casi sin explorar y un estado social estancado en la tradición y en la rutina. En la cuestión religiosa se han manifestado tendencias muy diversas, á las que ha hecho frente el Sr. Maura con la suya intransigente. Porque, eso sí, él lo ha hecho todo y él lo ha hablado todo. El yo pienso yo he hecho yo creo ha dominado en los discursos del ministro de la Gobernación, como si fuese el ministro universal, Silvela su secretario y ¡os demás ministros los oficiales de secretaría. Se ha hablado de Marina, y Sánchez Toca no ha dicho nada; de política internacional, y Abarzuza ha enmudecido; de defensas terrestres, y Linares ha permanecido mudo... Silvela resumirá para exponer el criterio del Gobierno... si Maura se lo permite. El término del debate se espera con impaciencia, y hasta se dice que vendrá una crisis parcial para dar entrada al gobernador civil de Madrid, Sr. Sánchez Guerra, que, después de la airosa situación en que quedó con el proceso del general Borbón, ha hecho nuevos méritos suspendiendo á los jefes de policía que no pudieron impedir el duelo Soriano- Blasco Ibáñez, como si la responsabilidad del fracaso policiaco no alcanzase por igual al gobernador, jefe superior de la vigilancia, y á los subalternos. COSAS j- 1 ay quien dice que le es antipática la grafologia. A i i no: bien lo sabe Dios. ¿Qué daño ha hecho á nadie la pobre para que se la tenga tirria? Muy lejos de eso, la grafologia me hace muchísima gracia. ¡Ahí es nada adivinarle á uno el talento, el carácter y todo lo que tiene dentro, sólo con ver la forma de su letra! Vea, el que lo dude, la adivinación de la personalidad de León XIII, hecha por la grafóloga Mine. Fraya, de reputación europea. No ha tenido más que ver la forma de letra del ilustre Pontífice, para darse cuenta de sus dotes de energía, de la serenidad de su juicio, de la bondad de su alma, de la habilidad de su diplomacia, y hasta de su gusto poético. De donde puede deducirse lógicamente que no se necesita para conocer sus méritos leer su historia, ni saber cómo gobernó en Benevento y en Perusa, ni qué dotes diplomáticas lució en Bélgica, ni cómo rigió el orbe católico desde el Vaticano, ni leer sus encíclicas ni sus odas latinas. ¿Para qué? Con estudiar grafotógicamenle un escrito suyo, se adivina todo; verdad que ésta es una adivinación al revés, como Quo vadis, porque venimos á adivinar cómo es un Papa á los noventa y cuatro años de estarle viendo; pero eso no quita. Así hay medios de comprobar que lo dicho es exacto, cosa que no suele acontecer con las adivinaciones del porvenir. A mí que me den grafologías de éstas, que son las más seguras. Tráiganme un autógrafo de D. Francisco de Quevedo, y verán qué pronto les averiguo que era hombre de gracia. Muéstrenme la firma de Napoleón 1, y ¡que me emplumen si no adivino ei el acto que era un general de barba de pavo! Ahora bien: no todos los grafólogos somos iguales. Hay viles falsificadores, de tal modo ignorantes de la cosa, que les manda usted un trozo de. carta de su patrona sin advertirles de quién es, y van y dicen: La firmeza con que está trazada la g de haiga, revela un perfecto dominio de las reglas gramaticales 1 V á propósito de cañonazo, ó si se quiere, de cosas de gvamática. Leo: Esta tarde ha ingresado en la Casa de Socorro de... un carretero á consecuencia de un par de coces que le dio una muía en... ¿En dónde dirán ustedes? ¡en la Cuesta de San Vicente! Más vale que haya sido en la cuesta que en una pierna, me dije yo; pero luego he sabido que una de las coces le había herido al pobre hombre en un brazo. Fíese usted de las coces que dan las muías en las cuestas, sobre todo cuando son á pares; porque una de ellas le da al carretero y aún queda otra para la sintaxis. I enemos un explosivo nuevo al que hemos bautizado en seguida, según costumbre, con un diminutivo cariñoso: ¡tidita! ¡Qué monada de nombre! ¡Lidita! Pero... le nota ne fait ríen á la chose, y ustedes perdonen la erudición. Una bomba cargada con esta nueva substancia, basta para matar á cientos de personas, realizando por ende un importante progreso en la tFera económica. iQué número de balas hacían antes falta para matar cien personas! Ahora da gusto; tiene usted que matar una porción de gente, y no gasta usted más que una sola. ¡Oh tiempos del obscurantismo, en los que parecía el colmo del aprovechamiento matar dos pájaros de un tirol CARLOS. Lnu D I- C U E N C A Crónica política l- í 1 debate político del Congreso ha adquirido esta semana grandes vuelos. Las dos cuestiones principalmente debatidas han sido la religiosa y la de la escuadra. En la primera el Sr. Maura se ha mostrado un perfecto ultramontano; el Sr. Canalejas un perfecto radical. En la segunda se ha representado el cuento de las olivas del inmortal poeta. Se ha hablado de construir una escuadra sin haber plan de construcción, ni acuerdo del Gobierno, ni dinero para construirla. Esto es: se ha reñido al tratarse del empleo que se ha de dar al producto de unos olivos... que aún no se han sembrado. A Maura se le echa en cara su pasado entusiasmo por el presupuesto de la paz; pero el hombre que ha gobernado como liberal y ahora gobierna como ultramontano, había de tener salida para todo, y la tiene con una frase muy bonita de las suyas, en la que la virginidad de nuestras islas adyacentes aparece expuesta al egoísmo de los sátiros. Coincidiendo con esas manifestaciones ha sonado el primer grito de alarma del pueblo productor. Le ha dado la Cámara de Comercio de Salamanca. Y es que las clases contribuyentes discurren de esta manera: Escuadras ya se han hecho. Y se han perdido, que es lo peor. Ha habido muchos millones para Guerra y para Marina, y en cambio no los ha habido para Agricultura, Industria, Comercio é Instrucción Pública. Justo es que alguna vez corresponda el beneficio á estos ramos. Además, eso de armarnos está muy bien, pero cuando tengamos algo que defender. Se comprende una caja de caudales con todas las seguridades que pueda inventar la mecánica, y hasta con una guardia armada que la defienda, cuando hay riquezas que guardar en ella; pero es insigne locura construir la caja antes de poseer los tesoros que ha de encerrar. Frente á esta aspiración de la generalidad de las masas se encuentra la opinión de los que creen que el aislamiento en que vive España es un peligro pava su integridad, y que de él no podrá sa-