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C RÓNICA. AMOR HONREMOS A CAMPO- Siguiendo el consejo del Kempis, alguna vez voy á visitar á los muertos, á mis muertos... Nada me importan los Pérez y García, cuyos nombres leo en las losas sepulcrales á mi paso por el cementerio, pobres seres desconocidos, sin personalidad... Mis visitas no son para ellos. También entre los muertos hay clases. Mis visitas son para los grandes, para Espronceda, para Castelar, para Ayala... Y ayer mañana me fui á la Sacramental de San Justo á saludar á Campoamor. ¡1 conserje, en mangas de camisa, fumaba tranquila mente un cigarrillo, sentado á la puerta de su oficina -Buenos días. -Buenos nos los dé Dios. ¡Vaya un fresco! ¿Quiere usted decirme... ¿La tumba de Campoamor? -Sí, señor, sí. ¿Cómo dice usted? ¿Campoamor? No sé. No lo conozco... Veremos el libro. Y se levantó de la silla. -Sí; Campoamor... Un poeta. Debe usted conocerle. Vendrá mucha gente á visitarle. -Sí que vendrá, pero á mí no me suena ese nombre. Veremos los asientos Entre usted en la oficina. Cogió de sobre una mesa un libro de comercio de esos en cuya pasta se lee Mayor, y me preguntó: ¿Sabe usted en qué fecha murió ese sujeto? -Sí; el 12 de Febrero de 1901. -Diga usted, y aunque sea mal preguntado, ¿ese Campoamor era pariente de usted? -Pariente... espiritual. -Pues aquí le tenemos. (Leyendo. Ramón de Campoamor y Campoosorio. Patio de San Millán. Sarcófago núm. 499. Y cerrando el libro: -No tiene pierde... Pasa usted el primer patio, y en el segundo, todo seguido, pues al final. Y de pronto, dándose un golpe en la frente: -Campoamor, sí; ahora recuerdo. Un señor que fue diputado... ¡Vino mucha gente al entierro! C n la tumba del poeta- -un sarcófago sencillo, de pie dra gris, tomada de humedad- -no hay ni flores ni coronas. Pero, Dios mío, ¿es que se han concluido las flores en España? Nos hemos olvidado ya de Pampoamor, es triste decirlo. Murió el hombre, y con él toda su admirable obra poética, sus doloras, sus humoradas, sus pequeños poemas... Ya nadie le lee. Los espíritus superiores, los hombres fuertes, han declarado que la poesía es la gran corruptora de la imaginación. Todo lo bueno, todo lo grande, todo lo bello, está considerado como cursi El prosaísmo lo invade todo. Los nombres de los grandes capitalistas, de los grandes banqueros, se citan más, suenan más que los nombres 1 de los grandes escritores. Rothschild ha vencido á Zola y á Víctor Hugo. El marqués de Comillas- ¡nuestro pobre marqués de Comillas! -es para mucha gente superior á Galdós y á Valera. Porque la cuestión está en ganar dinero. Y lo demás es música. ¡El ideal! ¡Unos cuantos miurets de á mil, que dicen esos señores en su lenguaje abyecto! (Aviso á la Academia: miuras, billetes de mil pesetas. Y pensando así, creyendo que la vida no tiene otra finalidad que el goce de la materia- -las buenas tajadas el vino añejo, las mujeres gordas, -que no hay mejor lectura que las cotizaciones de la Bolsa, ni mejor diversión que los toros, ¿qué extraño es que la gente se haya olvidado de Campoamor? ¿Que el admirable poeta de las doloras no tiene flores en su tumba? Bueno, ¿y qué? ¡Eso de honrar á los artistas está pasado de moda! Ahora estamos á lo que importa, á los negocios- -buenos ó malos, -á vivir, á hacer dinero. Porque lo que dice esa gente: ¡Si la poesía está llamada á desaparecer! p e r o las lectoras de Campoamor no deben consentir que su poeta, aquél que las amó tanto y las perdonó tanto, aquel gran psicólogo del alma femenina que veía en la mujer la única obra casi perfecta de Dios, no tenga flores en su tumba. De todos los poetas pueden tener queja las mujeres, de todos, menos de Campoamor. Aquel espíritu generoso, amable las adoró siempre, y con benevolencia entre jesuítica y volteriana, calificó de simpático el pecado, disculpó indulgente los extravíos de la pasión, y si cantó á María, cantó también á Magdalena antes de su arrepentimiento. ¡Divino poeta! Para él la Mujer lo fue todo en la vida. Ella fue su musa, su inspiradora, y para ella fueron todas sus canciones. Y sin embargo, ¡oh ingratitud! las mujeres se han olvidado de él, y Campoamor no tiene flores en su tumba. O i Cavia me lo permite, yo quisiera usar del derecho de tener por una sola vez- ¡por una sola vez! -una modesta ideíca ¿Porqué no inicia cualquiera de nuestras damas, cualquiera antigua amiga de Campoamor, cualquiera de sus lectoras, el proyecto de ir un día determinado, en solemne manifestación, á depositar, con las señoras que quieran adherirse al acto, un ramo de flores en la tumba del poeta? ¡Sería un espectáculo hermoso! Ciento, doscientas señoras, vestidas de negro, con la clásica mantilla española á la cabeza, llenos sus coches de flores, de flores para el divino autor de las doloras. Seguramente que el Sr. Sánchez Guerra- ¡que lo prohibe todo! -autorizaría con mucho gusto esta simpática manifestación. Lectoras de Campoamor, privaos una tarde de pasear por la Castellana ó el Retiro, é id á visitar la tumba de vuestro poeta Y si no, temed que Campoamor se asome un día á las puertas del cielo, y como la protagonista de su poema Historia de muchas carias, os grite indignado: ¡Ingratas! O i la duquesa de Alba, tan gran artista, quisiera hacer suyo este proyecto! MIGUEL SAWA V ÍCTOR PÍAS HUGO EN LAS ESCUELAS Todas las biografías del ilustre poeta, al narrar las gestas de su niñez y su estancia en Madrid, coinciden en asegurar que asistió como escolar al Seminario de Nobles, y esto no es verdad. El padre de Víctor Hugo, militar valeroso é inteligente, se ganó la confianza de José Napoleón Bonaparte, y con él fue á Italia cuando su hermano le nombrara rey de Ñapóles, y con él vino á Madrid. Quizá lo inseguro de la situación decidió al general Hugo á no traerse á su familia hasta que se consolidara la nueva monarquía, y por ello su esposa é hijos anduvieron por Italia y por Francia mientras el jefe de la familia peleaba en España contra el Empecinado, ó gobernaba provincias, ó desempeñaba cargos de importancia en la corte. Por fin se decidió y mandó venir á los suyos en 1811, cuando Víctor Hugo contaba nueve años, y al poco tiempo, con el natural cuidado por la educación de sus hijos Abel, Eugenio y Víctor, les hacía buscar un buen colegio é ingresaban como internos, no en el Seminario de Nobles, sino en la Escuela Pía de San Antonio Abad, instalada entonces, como ahora, en la calle de Hortaleza. En 1. de Septiembre comenzó el curso, y en el Diario de Madrid se publicó una lista de colegiales, detalle de las asignaturas y distribución de las horas del día. Las asignaturas que se enseñaban eran las siguientes: religión, primeras letras, matemáticas, geografía, lengua castellana y latina (humanidades, propiedad latina y rudimentos) francés, música y dibujo. En la lista aparece Víctor Hugo estudiando matemáticas con su hermano Eugenio, mientras que SH otro hermano, Abel, cursaba álgebra y geometría. En latinidad, dibujo y francés estaban matriculados los tres hermanos, que seguían, naturalmente, los cursos de religión, lectura y escritura, lengua castellana y música. La vida del poeta en la escuela era la de todos los colegiales; isien poco agradable por cierto. A las seis y media se levantaba, oía misa- y se desayunaba; á las siete y media, repaso de lecciones; á las ocho, matemáticas, lectora y escritura; á las diez, dibujo y estudio de lecciones; á las doce, recreo; á las doce y media, comida; á la na, recreo; á las dos menos cuarto, estudio; á las dos y media, latinidad, lectura, escritura y religión; á las cuatro y medía, geografía; á las cinco, música; á las cinco y media, francés; á las seis y medía, merienda y recreo; á las siete y media, estudio de lecciones; á las ocho y media, rosario y cena, y á las nueve, á dormir Apenas si asistieron un curso á la Escuela de San Antón Víctor Hugo y sus hermanos, porque en el mes de Julio de 1812 salió de Madrid la corte de José 1, en YJ Sta de que se acercaba Wellington juntamente con las fuerzas españolas mandadas por el conde de España y por el Empecinado. Víctor Hugo, su madre y sus hermanos se trasladaron á Francia, porque en España ya no había seguridad para los franceses, distraídos con guerras exteriores y teniendo que pelear aquí con el ejército anglo- español. No hay, pues, tal Seminario de Nobles, sino la modesta Escuela Pía de San Antón, como puede ver el curioso lector en el periódico que dejo indicado NARVÁEZ M A L T R A P I L L O todos los portales kioscos di necesidad; aquel Madrid de los posos negros y las baterías de Sabatini, resaltaba verdaderamente inhabitable. Ahora no puede formarse concepto aproximado ni aun remoto de lo que era aquéllo. Abrasaba el ambiente; respirábase polvo; los miasmas asfixiaban. Los que vivíamos en aquel Madrid recordamos los tiempos de nuestra infancia como se recuerda horrible pesadilla, y necesitamos leer las páginas pintorescas del insigne Mesonero Romanos para convencernos de que no hemos soñado todo aquéllo. De los puntos de mí pluma ha brotado el nombre del célebre autor de las Escenas Matritenses y de Memorias de un setentón, y seria incurrir en imperdonable pecado de irreverencia á su grata y respetable memoria remedar con brochazos toscos lo que tan admirablemente realizó en obra imperecedera el pincel delicado de El Curioso Parlante. A bien que no me proponía yo recordar ahora lo que era Madrid como villa en el año de gracia de mil y ochocientos y cincuenta y cuatro años, sino referir cómo y cuánto preocupaba á los habitantes de la apital de España, en los comienzos de Julio del susodicho año, la marcha del general O DonnelI (que ya no era general ni nada) al fre te de las tropas sublevadas en el Campo de Guardias. Las hojas clandestinas circulaban profusamente; la Gaceta publicaba á diario noticias de contrariedades y de fracasos de la fuerza expedicionaria; unos días llena- 1 ban las columnas del periódico oficial reales órdenes j concediendo gracias, cruazs, grados, pensiones, etc. etc. á las tropas leales; otros aparecían en montón disposiciones exonerando á los generales sublevados, sin perjuicio de ser jozgados por los Tribunales militares (si fueran habidos) on todo el rigor de la ordenanza; en fin, cada día proporcionaba una emoción nueva, traía un nuevo rumor sensacional cada hora, y era aquello vivir en continuo sobresalto. Pocos sabrán que por los días á que; me refiero- ¡hace ya muy cerca de medio siglo! -se proclamó en España la República. a No, hombre, no- -me dirán los que presumen de buena memoria; -usted confunde sucesos y fechas. Supone acaecido en 1854 íMe aconteció en 1873. En 11 de Febrero de este último año fue proclamada por el Senado y el Congreso reunidos en Asamblea Nacional, la T epúbliea española. Pocos meses después, en Junio del mismo año de i8 y 3, la Asamblea Constituyente republicana proclamó- -casi por unanimidad- -la República federal. Si usted quiere extremar la exactitud histórica, exceptuaremos que en 5 de Agosto de 1883 fue también proclamada en Badajoz una República sin adjetivo, que sólo doró veinticuatro horas; pero en 1854, ¿quién pensaba en eso? ¿Que quién pensaba en eso? Pues varios alcireños á los cuales capitaneaba un hombre muy popular, muy entusiasta y muy decidido, llamado Escobedo. Escobedo y sus partidarios luciéronse dueños de la ciudad de Aleira; fortificáronse en ella; proclamaron la República, forma de gobierno aceptada (de buen ó mal grado) por los vecinos, y en república continuaron constituidos desde el 6 de Julio, hasta que en 3o del mismo mes, O Donnell- -que ya volvía á ser general y desempeñaba el Ministerio de la Guerra- -dispuso el acabamiento de aquella republiquita alcireña. Y si hay quien dude de esto que digo (y no hay razón para dudarlo, pues ¿qué interés tengo yo en engañar á ustedes? y aunque lo tuviera) puede buscar en las colecciones de la Gaceta la correspondiente al día 10 de Julio de 1854, y allí verá narrados nada menos que por el capitán general de Valencia los actos y gestas del ciudadano Escobedo, á quien la autoridad llama un hombre obscuro, pero que si á tanto osó y tal logró siendo obscuro, ¡qué no habría logrado si llega á ser esclarecido! Nada, que por aquel tiempo andaban las cabezas muy calientes y los espíritus más enardecidos todavía. ANTONIO S Á N C H E Z P É R E Z Notas é impresiones La única manera de no variar, es no oensar. E RENÁN Actualidades de antaño JVA UCHO calor hace ahora en Madrid, convengo en SAINTE- BEUVE ello; pero- -pueden ustedes creerme- -hacía muLa juventud es concepto relativo; el espíritu desconoce los cho más en Julio de 1854. rigores de la cincuentena. No sé lo que por entonces dirían los termómetros de H RYNER la villa y corte; afirmo que, dijeran ellos lo que dijeran, El arte es la elección de entre lo verdadero. Madrid era por aquellos días una especie de sucursal A KARR del infierno. Hasta en un asunto trivial puede hacerse resaltar la noVerdad es que no he visto el infierno (en buena hora bleza. lo diga) pero vi la coronada villa de mediados del siglo L. ROBERT decimonono y estoy seguro de que no puede ser peor el La taberna es para los pobres diablos lo que los salones infierno, por malo que sea. Con razón corría muy acre- á la moda suelen ser para los literatos: la una y los otros lleditado por toda la península el dicho vulgar de que había van igualmente al abismo á sus clientes. A FRANCB en Madrid nueve meses de inviernoy tres de infierno Los diplomáticos sacan provecho mayor oyendo que ha ¡Ah! si los madrileños de hogaño, los que juzgan artículos de primera necesidad para la vida las imperiosas blando, hasta cuando su hablar es una maravilla. G. HANOTAUX vacaciones del estío y el más imperioso veraneo en las Un diplomático belicoso no vale más cjue un soldado que playas de moda, hubiesen conocido el Madrid de sus abuelos, confesarían que aquellos respetables predeceso- no quiere batirse. MARQUÉS DE GARBIAC res suyos merecieron ser incluidos en el martirologio El escritor lanza sus ideas al mundo como granos que gery venerados en los altares. minan según el terreno donde caen. Aquel Madrid sin agua, sin paseos, sin alumbrado, E. ROD sin más distracción que ver corros de niñas cantando á La vida es una operación matemática: el hombre feliz es la limón ó escuchar coplas al famoso Perico el ciego; aquél cuyo cálculo es exacto. aquel Madrid en el que toda vía pública era urinario y M CHAUPPY ¡Oh pensamiento! Sólo en ti residen la dicha y la desdicha. Bl It ii- -nrnir TVI ir I I IÍIIJ I I N I nraunninn