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EL NUEVO REY DE SERVIA pL muerto... mejor di ho, los muertos al hoyo y Pe d r o Karageorgevitch, que es el primero de los reyes de sn nombre en aquel país, en el trono. Grandes deben ser los deberes que impone la condición rea! ó grandes son los estímulos que despierta un trono y el mando supremo de un pueblo. Si no, apenas se comprende que pxeda una persona que vive feliz con su famili cambiar la tranquilidad por la intranquilidad de un reinado en país tan turbulento como Servia; donde muchos de sus reyes acaban la vida trágicamente. desnaturalizar el carácter y la brillantez del espectáculo taurino. Ello es que para la corrida de la Asociación de la Prensa se quitó el aparato y que no ha vuelto á armarse otra vez. El público del Circo tampoco está muy satisfecho del ejercicio de Mephisto, no porque le haga mal, sino porque además de ser muy breve, el tablero llena la pista, los demás artistas tienen que trabajar en el escenario, y la gente de la galería ve menos por la distancia y porque el dishoso aparato se interpone entre el escenario y las localidades. Por lo demás, Mephisto hace lo que Didvolo. La dife- cen lo hiciesen, aun á riesgo de matarse, con tal que les diesen lo que las empresas dan por representación á Diávolo y Mephisto. Ya lo dijo el pobre Espartero al explicar por qué los toreros se exponen á que un toro les dé una cornada: ¡Más cornadas da el hambre! REFORMA LANINO DEL TRAJE FEME- Francia, Alemania y Holanda, aparte de otras cuestiones de mayor entidad para sus respectivas existencias, u 3 í ll J 9 ñ t é: -n r rtt. h! i- 3 Pedro Karageorgevitch, sorprendido ó no por los sangrientos sucesos de Belgrado, que esto queda por aclarar, aceptó la corona que le ofreció la Representación nacional de su país, y á la corte fue á ocupar el elevado y peligroso puesto ofrecido. Elevado, porque lo es un trono, siqtriera la nación en la que sz reina sea pequeña. Peligroso, porque dada la facilidad con que allí se fraguan conspiraciones y se realizan atentados, el monarca tiene que vhir en continuo recelo, por santas que sean sus intenciones y buenos sus propósitos. El rey Alejandro tenía machos enemigos, pero también tenía fíeles partidarios que nada pudieron hacer por él, fuera de algunos que perdieron la vida realizando un sacrificio estéril. Pero en algunos casos no es el número el que realiza los acontecimientos, sino la audacia. Entre muchos sensatos que haya, si hay un insensato, la probabilidad de la insensatez subsiste. Pedro 1 ha anunciado su firme propósito de ser un servidor de los intereses de su país. Probablemente será sincero; pero con un ejército que hace lo que el servio, ¡cualquiera tiene la seguridad de acertar y se considera al amparo de toda voluntad torcida! Pero ello es que el nuevo rey ha realizado todos los actos propios de sus altas funciones, y las fotografías que publicamos SOM testimonio de ello. Representa la primera la salida de Pedro I del Parlamento después de jurar, guardar y hacer guardar las leyes del reino. En la segunda aparece el rey á caballo en el campo donde pasó revista á las tropas. V la tercera reproduce al coronel Mitit, i eonduciendo al campo de la revista al regimiento que manda. El coronel Mititch es quien, según todos los testimonios, asesinó al rey Alejandro. El castigo de su deslealtad ya se ve cuál es: seguir en el mando de su regimiento y pasar como héroe á los ojos de su pueblo. No sabemos lo que será á los del nuevo rey, para quien la conducta de Mititch con Alejandro no puede servirle dé garantía de seguridad. rencia está en que el lazo es menos grande y en que el artista de Parish viste de smoking y aquél vestía de malla. La primera noche Mephisto, por imprudencia de un joven dependiente del Circo ó por desvío de la máquina en su rápido descenso, se echó encima del aludido dependiente, causándole lesiones graves, de las que el herido, según parece, va reponiéndose, afortunada- MEPHISTO T espués de Diávoío en la Plaza de Toros, ha venido Mephisto al tSirco de Price. Diávoío despertó la pública curiosidad en las primeras exhibiciones, pero después estorbó. Los aficionados á los toros se dieion por molestados con ver una parte déla plaza ocupada por el inmenso armatoste del looping the loop. Decían que era mente. 1 publico no advirtió lo ocurrido y esto evito que el espectáculo desgraciado no fuese más sonado. Por lo demás, el ejercicio sigue siendo muy discutido. Hay quienes aseguran que ellos le realizarían con igual lucimiento. De seguro que sí, porque más que nada es cuestión de serenidad, de la que no todos los espíritus humanos disponen. Puede que algunos de los que lo d Fo (s Ernesl 0 Brod se ocupan ahora activamente de una cuestión siempre permanente y aun candente: de la reforma del traje femenino. Son muchos los espíritus independientes que han declarado la guerra al corsé, á los trajes ceñidos y á las faldas extravagantes, y los que han solicitado el concurso de las mujeres ilustradas y el de las artistas para que tncnu militari impongan á modistas y modistos la vuelta al traje plegado, flexible, sencillo y airoso de estilo griego modernizado. Pero es fácil de comprender que tales anhelos quedarán reducidos á la sublime categoría de generosas utopias, porque ni que decir tiene que no son griegas las mujeres de todas las latitudes, en primer lugar; y en segundo, porque las modistas y modistos, cuya razón de ser y de existir no es otra que complicar las cosas, necesitan seguir haciendo trajes originales y costosos. Los adversarios del corsé han sido muchos y, entre ellos, algunos muy ilustres. Rousseau emprendió contra esa prenda tan formidable cruzada, que de hallarse hoy en el mundo el melancólico filósofo, todos los modistos hubieran intentado corromperle ó suprimirle. Los vestidos que dejan adivinar las formas del cuerpo, afirman las personas idóneas, son entre todos los más hermosos, pero con la condición de velar ó dejar entrever un cuerpo hermoso... axiomático principio es éste con el cual seguramente convendrá todo el mundo. Otro de los obstáculos con que lucharán sin resultado los reformistas, es la consideración tristísima de que nadie, ó casi nadie, está formado conforme á las estrictas reglas del canon, del famoso y exigente canon. Todos, absolutamente todos, tenemos algún defecto más ó menos visible en nuestros cuerpos, imperceptible á veces, el cual defecto únicamente algún especialista facultativo sería capaz de señalar. Casi todos tenemos un hombro más desarrollado que el otro, y las piernas de igual magnitud parece que constituyen una singular rareza. Y no es que tan defectuosos hayamos venido al mundo, sino simplemente que ignoramos nuestro individual manejo. Todos esos defectos, naturalmente, nos harán desechar el vestido griego, por muy modernizado que nos lo pergeñaran, para ninguno de los dos sexos. Los trajes, inadecuados, las hombreras, las ligas torpemente sujetas, acaban por hacer cabal la irregularidad en las mujeres, y los inconvenientes que acarrea el uso de esos efectos son de una gravedad tanto mayor, cuanto que nadie sospecha el desarreglo que producen.