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A ELECCIÓN DEL PAPA. LAS OPERACIONES DEL CONCLAVE. COMO SE VOTA El día de la elección la campana del Prefecto de ceremonias suena tres veces. Es que llama á los Cardenales á la Capilla Paulina. Y á ella acuden vestidos de una amplia túnica de lana de color morado, sin mangas, abrochada á lo alto del pecho y con una larga cola. Es el traje de ritual del cónclave. El subdecano les da la comunión. Después se reúnen en la Capilla Sixtina para la primera votación. La célebre Capilla se transforma en sala de escrutinio. En ella hay sesenta y cuatro doseles con otras tantas mesitas cubiertas de tapices verdes ó morados. En medio hay otras seis mesas donde los electores pueden escribir sus papeletas. Delante del altar del Ultimo Juramento hay una gran mesa sobre la cual se hace el escrutinio. Cerca se halla la chimenea donde se han de quemar los votos, y en una pieza, cerca de la puerta de entrada, se colocan los vestidos blancos para el nuevo P. ipa. Acompañados de sus secretarios entran las Eminencias enl a Capilla y se instalan en sus sitiales. Oran un instante, según los ritos. ¡Extra onmes! ¡todo el mundo fuera grita el jefe de ceremonias, y salen los secretarios seguidos por él mismo. Un Cardenal echa el cerrojo. Quedan solos los Cardenales, el espíritu libre y la conciencia desnuda, dice Gregorio XV. La elección debe ser por inspiración, sin inteligencia previa, debiendo los Cardenales aclamar unánimemente á uno de ellos al decir Ego ¿ligo, yo le nombro. As! fueron nombrados varios Papas del siglo xvi, pero el exceso de precauciones que Gregorio XV estableció le hace impracticable. Por eso ha caído en desuso, emphíndose actualmente el de escrutinio. Gregorio XV establece dos sesiones por día. Preparados los boletines, tienen éstos tres espacios. En el superior aparecen impresas las palabras: Ego Cardtnalis... (Yo el Cardenal... y á continuación pone su nombre el votante. En el espacio del centro se lee: Eligo in Summum Pontífice J m. T) m. meun D. Card... (Elijo para Soberano Pontífice al CardeníJ... aquí el nombre del candidato del votante. El tercer espacio está en blanco y en él pone el volante un lema y una cifra. CardvnaXis sea el papel, las viñetas impiden que se lea al trasluz y asegura el secreto del voto. Estos votos son depositados en dos bandejas de plata colocadas sobre el altar. Los electores designan por sorteo tres secretarios escrutadores y otros tres enfermeros, que salen á recoger los votos de los Cardenales que por estar enfermos no pueden abandonar sus celdas. El decano avanza el primero hasta el altar; toma su voto le eleva sobre el cáliz y dice: Pongo por testigo á Nuestro Señor Jesucristo, que será mi Juez, de que voto al que juzgo digno de ser elegido, y tjueharé lo mismo en mi voto de acumulación. El voto cae en el cáliz. Los enfermeros seguidamente, y después los demás Cardenales, por orden de edad, se encaminan al altar; se arrodillan, juran y votan. Cuando los enfermeros han traído los votos de los enfermos, se verifica el escrutinio por los secretarios, que llevan el cáliz á la gran mesa central. No pueden leer más que el centro de la papeleta, porque los sellos impiden ver las dos partes dobladas. Rara vez el primer escrutinio ha dado más de las dos terceras partes de los votos á un nombre. Se comienza una nueva votación, la de acumulaeión, que permite á los electores adjudicar su sufragio á uno de los Cardenales favorecidos en la primera votación. Cada uno de ellos debe escribir en la nueva papeleta la misma contraseña que en la primera. El espacio del centro contiene esta fórmula: Accedo f everendiss. D. meo. D. card. (Accedo al Cardenal... Y si quiere insistir en su primer voto escribe: Nemini (nadie) Esto hacen los electores del candidato que ha obtenido una mayoría relativa. VIDA EN BROMA. LA DE PELLEJIN EL DEBUT Cardinabs Acce cío r avcrend. Í 5 st) D. Card Si los votos de este nuevo, escrutinio, unidos á los del anterior, aseguran á un Cardenal más. de las dos terceras partes de todos los sufragios emitidos, se verifica una comprobación minuciosa. Los escrutadores, que conservan los primeros boletines, abren la parte inferior para ver si el lema y la cifra convienen con los de la segunda votación. El secreto, pues, del voto sigue inviolable. Sólo en dos casos puede abrirse la parte superior de la papeleta que contiene el nombre: cuando el lema y las cifras adoptadas por dos Cardenales sean los mismos y se parezcan las letras hasta el punto de confundirse, y cuando el elegido obtiene las dos terceras partes de los votos más uno, para comprobar que no se ha votado á 2.3 Se doblan por la mitad las partes superior é inferior y se sella. En el reverso. de la papeleta hay dos viñetas sobre las partes correspondientes á donde van escritos interiormente el nombre del votante y la contraseña, ó sea el lema y la cifra. La palabra Tremen, indica que den- sí propio. tro está el nombre del votante; y la palabra Signa, que d se hahau las contraseña Poi twuisparcr. tc que Los votos se queman en la chimenea, agregando á la quema un poco de paja húmeda si la votación ha sido nulr, ara que sepa el poablo que espera en la plaza de San i- edro que la tiara sigue vacante, El día 19 de Febrero de 1878, en la sesión de la mañana, se anuló el primer escrutinio por ciertas irregularidades y no hubo lugar á la acumulación. Por la tarde, el primer escrutinio dio 26 votos al Cardenal Pecci y eii el de acumulación ocho más. A la mañana siguiente, en la primera votación obtenía 44 votos. Tenía la mayoría absoluta. Los Cardenales cuya soberanía cesaba bajaron sus doseles. El Cardenal Pecci era Papa. Desde el año 955, en que el joven Octavio, patricio de Roma, tomó con la tiara el nombre de Juan X 1 J, es usual que los Pontífices, al ser elegidos, cambien de nombre. Sólo Adrián VI y Marcelo II conservaron los suyos de bautismo. Pecci eligió el de León por el respeto y la gratitud que tuvo hacia León XII y por su devoción á San León el Grande. Puesto que Dios quiere que asuma el Pontificado, no h ¿de contradecidei, dijo Le n. XJlI al empezAi á serlo. Nuestro joven amigo el diputado Sr. Pellejín acude diariamente á las sesiones, bañado en sudor, porque el presidente del Consejo le envía todos los días un atento Besalamano rogándole que no deje de asistir á primera hora por si hay que votar ó que dar voces contra la minoría, y él se cree obligado á no desairar á su ilustre jefe y visita de casa. -Mamá- -pregunta todas las mañanas, ¿ha venido el Besalamano de costumble? -Sí, hijo mío. Lo acaba de traer la mujer que sube por la basura. ¿Cómo ha sido eso? -Porque se lo entregó en la calle el ordenanza de la Presidencia. ¡Ah! -Anda, vístete pronto para que puedas estar en el Congreso á primera hora. D. Paco te suplica que vayas temprano, con lo cual te da una prueba de confianza. Pellejín salta del lecho y dice á la doméstica: -Hágame usted cualquiel cosa ligela, poique me tengo que il á las Cotíes. Ante todo la disciplina del paltido. Yo no puedo desailal á Silvela. ¿Pero no salimos este verano, señorito? -No lo sé todavía, Yo me debo al paltido conselvadol, en cuyas filas milito. -Cuando el señorito no era diputado estábamos mucho mejor en esta casa. -Lo estalla usted, JLestituta, que á mí me gusta mucho más esta vida. ¿Quién eia yo el año pasado? Un meló palHculal, mientlas que ahola... ¿Es cierto que van á hacer gobernador al señorito? -Eso quiete Maula, pelo yo no me lesuelvo. Pol un lado me gustalía vel á mamá conveltida en gobelnadola maielna, y pol oílo me encuetólo muy bien en Madlid, como diputado joven de la mayolía. ¡Qué calor hará en el Congreso! -No lo dea usted, Lestituta. Aquello está flesquísimo; nos han puesto los asientos de iejilla y además siemple estamos bebiendo agua con azucaiillo, sin costalnos nada. ¡Qué suerte! ¡Tengo unos deseos de que hable el señorito en las Cortes! -El olio día estuve ¿punto de pedil la palabla pala defendel al malqués de Vadillo, polque me da mucha labia que le ataquen las oposiciones, siendo como es una pelsona tan simpática y tan leligiosa. Peüejín, después de almorzar, se dirige al Congreso con el propósito de realizar un acto cualquiera que le saque de la obscuridad, pero nunca encuentra ocasión. Sin embargo, la otra tarde, cuando habló Moret contra Silvela, Pellejín, levantándose altivo, gritó con voz chillona: ¡Eso es inexacto! ¡Silencio! -dijo. uno. ¡Pido la palabla! -insistió Pellejín. ¿Para qué? -preguntóle el Presidente. -Para que se lea el alttculo cuatlocientos tleinta y lies del leglamento. Los de la minoría liberal le dirigieron miradas de odio; riéronsele en las barbas los republicanos, siseáronle los carlistas, y díjole, por último, el Presidente: -Ruego al Sr. Peüejín que guarde silencio. -Es, que... -No tiene su señorita, digo, su señoría, la palabra. -Soy un diputado de la nación y me cleo con el mismo delechq, que el señol Molet pala habla! ¡Fuera! ¡Que se callel Callóse Pellejín, y en aquel momento, de la tribuna de señoras salió una carcajada histérica... ¿De quién era aquella carcajada? De la mamá de Pellejín, que, al ver atropellado al hijo de sus entrañas, había caído con una horrible convulsión nerviosa. Trajéronle agua los ujieres, aflojóle el corsé una señora compasiva, hízole aire con un abanico una joven abonada á la tribuna, y la calma se restableció al fin y al cabo, pero la mamá de Pellejín decía toda nerviosa: ¡Es un atropello lo que se hace con mi hijo! Sí, señor, un verdadero atropello, y no tengo inconveniente en decírselo así, en su cara, á Villaverde. ¿Por qué no se ha de leer el artículo 433 del reglamento? Voy á aconsejar á mi hijo que presente una proposición censurando la conducta del presidente. -Tranquilícese usted, señora, -la dijo otra abonada. -Por supuesto que Silvela habrá tenido un gran disgusto, pues quiere muchísimo á mi Atilano y siempre le está dando- pruebas de confianza. Todos los días le envía un Besalamano cariñosísimo pidiéndole que asista á la sesión. Ya ven ustedes si esto es de agradecer. Probablemente Pellejín insistirá en su deseo de darse á luz como orador parlamentario, y no dejaremos de tener al corriente á nuestros lectores de todo lo que le suceda en la presente legislatura. Luis TABOADA DE TODO UN POCO O R G A N I Z A D A POR INICIATIVA D E L NOR J T E A M E R I C A N O GORDON- BENNET, se ha celebrado la carrera de automóviles de Dublin, esperada con mucha ansiedad porque se creía que después de las terribles consecuencias de la carrera París- Madrid no habría aficionados resueltos á correr nuevos peligros, ni Gobiernos que los autorizasen. Hubo, sin embargo, caí retas y desgracian y