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Chismes y cuentos B spaña es el país de los errores gordos, no se si por- que se la ha considerado siempre cuna, vivero y estufa del oscurantismo, ó porque nuestra imaginación meridional, y por consiguiente calenturienta, se presta maravillosamente á la invención y propaganda de las patrañas más absurdas. Y una de las fábulas más corrientes y que conviene descuajar lo más pronto posible, si hemos de europeizarnos, es la de que todas nuestras corporaciones legislativas y administrativas no sirven absolutamente para nada. El español más taciturno y silencioso está harto de hablar pestes de diputados á Cortes, diputados provinciales y concejales de Ayuntamiento. Cuando no se les acusa de cosas peores, se les tacha de perezosos, abandonados, débiles y aficionados á perder el tiempo. Recientes y palpables están las pruebas de todo r contrario. Precisamente en estos días esas tres importantísimas colectividades han dado un solemne mentís á los calumniadores, y creo que los más recalcitrantes no habrán tenido más remedio que bajar la cabeza. Vean ustedes: Centenares de artículos dz fondo, macizos y pesados, como es uso y costumbre, han caído en un mes como poderosas mazas sobre el Senado y el Congreso, llenando de improperios á los representantes de la Nación, porque después de muchos discursos largos y floridos no han hecho nada práctico. ¿Es así como cumplís nuestro mandato? -preguntan airados los articulistas. ¿Es así como procuráis el bien de la nación que os ha honrado con tan alta investidura? Habéis dejado sin resolver la cuestión religiosa, el conflicto de las huelgas que no se acaba nunca, el proyecto de escuadra poderosa y terrible, la reforma de la ley Municipal, el servicio militar obligatorio y tantas y tantas cosas esenciales para la vida del país, ¡y os marcháis tranquilamente á las frescas playas á dormir una siesta perniciosa para los intereses generales! Pues bien, no se puede cometer una injusticia más grande. Con rapidez vertiginosa, á los cinco minutos de quedar constituido el Congreso, empezó á funcionar la Comisión encargada de entenderse con las Empresas de ferrocarriles, y con tal habilidad y perspicacia llevó á cabo su cometido, que precisamente coincidió el acuerdo de conceder cuatro mil kilómetros de recorrido á cada diputado, por cuenta de los fondos públicos, con la catástrofe del puente sobre el Najerilla. Y ahora que levante la voz quien se atreva á decir que los Cuerpos Colegisladores se van á veranear sin haber hecho nada importante. tro tanto, ó poco r enos, ha ocurrido con la Diputa ción Provincial. Que si las amas dz cría no cobran, que si los niños no lo pasan muy bien que digamos en el Hospicio, que si en los hospitales no se atiende debidamente á los enfermos... ¡calumnias, calumnias y calumnias! Tan sosegada y ordenamente marcha la administración de los intereses de la provincia, tan impecable es la organización actual, que los señores diputados en sus reuniones obligatorias no tienen asuntos de qué tratar porque todo está como la seda, y se ven obigados á poner en prensa las imaginaciones para hablar de algo y justificar el importante cargo que el voto de sus conciudadanos. les ha conferido. En un apuro de éstos, y como quien no quiere la cosa, han tomado un acuerdo cuya trascendencia no se puede ocultar al más romo. ¿Cuál? Que de los fondos municipales se costeen unos fajines preciosos para que los señores diputados puedan lucirlos cuando y como se les antoje. Así, á primera vista, parece que la determinación es una tontería. Pero no es sino un acto de diplomacia y alta travesura que revela las dotes de mando de quienes lo ejecutan. Porque de ahora en adelante no podrá darse el caso de que la duda nos abrume, y podremos conocer á los diputados provinciales por la vitola, sin tener que preguntarnos á nosotros mi: m; s: -Ese empaque parece de persona de fuste. ¿Será diputado provincial este caballero? Conque. tampoco puede decirse con fundamento que en la Diputación no se ha hecho nada este año. VA de los concejales no hay que hablar. Todas las inju rias del idioma, todos los dicterios procedentes del arroyo parecen pocos á la gente para mortificar á los celosos defensores del Municipio. Y ahí los tienen ustedes con el presupuesto en superávit, después de atendidos todos los servicios y cubiertas con exceso todas las atenciones. ¿Que no? Pues ¿cómo puede explicarse que los ediles gasten una sesión entera discutiendo acaloradamente si el Erario municipal debe contribuir con 35.ooo ó con 45.000 pesetas para la erección de un monumento que perpetúe la memoria de Sagasta? ¿Es creíble que si no sobrara el dinero á espuertas habían de reñir unas cuantas personas sensatas por si han de ser 7.000 ó 9.000 duros los que se empleen en una estatua prematura? ¿No es creíble, verdad? Luego sobra. Por cierto que antes, cuando los hombres eran unos tronchos, no se erigían estatuas hasta que había pasado un siglo de la muerte del agraciado, entendiendo que la generación coetánea no podía apreciar debidamente su nérito; pero ahora, como somos más listos, comprende- mos que el fallo de la posteridad ha de ser forzosamente igual al nuestro y nos apresuramos á hacer justicia. Claro está que todo esto que digo no lo digo precisamente por el caso que se discute. SINBSIO DELGADO L VERANEO EN PLAYA MADRID. M Pueden ustedes venir á ella mañana, esta tarde, esta noche, ahora mismo, si les corre prisa visitarla. El viaje es corto. No hace falta arreglar la maleta, y meter en la cartera un puñado de billetes del Banco, y subir al tren, y empaquetarse en un vagón, y prepararse á mal morir, con el nombre de puente Montalvo en la boca. Ni maletas, ni billetes del Banco, ni tren rápido, ni vagón de primera, ni caída probable en un Najerilla, más ó menos hondo, son precisos á esta excursión. Basta, si se encuentra uno á medio vestir, ponerse la americana y el sombrero, echarse al bolsillo una peseta en cuartos, ascender á un cangrejo, suplicando antes al conductor que tenga la complacencia de no descarrilar, y apearse frente al paseo de Rosales, cuando la noche lo sumerje en una semisombra, donde, el resplandor de los faroles trueca las ramas, balanceadas por el aire, en gigantescos abanicos, y la luz de la luna convierte las parejas humanas en desdibujados sueños de amor. Se tuerce un poco á la derecha; se sigue en esta dirección, tomando el andén izquierdo del paseo y bordeando los desmontes que se desploman eontra los bajos de la Moncloa y la ribera del Manzanares; se recorre un trayecto de doscientos pasos, tanteando cuidadosamente el terreno para no tropezar con novios sentados al pie de los árboles, con chiquillos tendidos á lo largo de los paseos, con grupos racionales de quienes se oyen las conversaciones y se pierden los cuerpos; se salva un barranquillo de juguete y el viajero tropieza con ancho terraplén, sobre el cual descuellan un aguaducho verde, seis ú ocho veladores, un par de docenas de sillas pintadas del mismo color que el aguaducho, un grupo de árboles y una guerrilla de estacas, que se unen por medio de una soga y procuran que la gente no caiga terraplén abajo y se rompa la crisma. A este aguaducho, á este montículo, á esta cerca de enlazados maderos, es á lo que llamo yo (perdóneseme la vanidad del posesivo) mi playa. ¿Por qué tal nombre? Porque de noche, al reflejo de las estrellas ó al resplandor melancólico de la luna, no parece aquel sitio un pedazo de 1 a parte central de España, un cacho de este Madrid que Manzanares trata infructuosamente de bañar; parece rincón de costa levantina, que la brisa refresca y las olas del Mediterráneo saludan con su voz incansable y triste. Quien visite durante el día los lugares á que me refiero, no podrá comprender el título de playa con que he tenido, no la ocurencia, la sinceridad de bautizarlos. En tales momentos, la lumbre del sol, acusando descaradamente líneas y perfiles, no permite á la fantasía fingir paisajes y á la imaginación descomponer la realidad. El sol, como el gran arte, no miente nunca. Da lo que hay debajo de sus rayos, siquiera sus rayos abrillanten con divinos matices lo hermoso que hallan, ó destaquen con sublime brutalidad lo feo y lo repugnante que tocan. Por eso, á las horas de sol, es el trozo de paseo que conduce á mi playa, planicie abrasadora en que se alzan árboles de hojas polvorientas y casas de corriente edificación; por eso, quien bordea entonces el desmonte, descubre, en primer término, las casillas cobradoras del odioso impuesto de consumos, los agrios vericuetos y desiguales escaleras que conducen á las vías del Norte, algunos ventorros donde malcomen trabajadores y soldados, y múltiples estercoleros donde picotean las gallinas y dan volteretas los chicos. He aquí lo que se descubre á las horas de sol desde el aguaducho que, con la pintura chillona y resquebrajada de sus tablas, de sus mesas y de sus sillas, hiere los ojos, y solamente puede distraerles merced al espectáculo de los traperos y traperas que expurgan la basura; al y ir venir de los trenes que se deslizan sobre los ráils; á las visiones poéticas de la Casa de Campo y el Pardo; y al lejano panorama de la sierra, que aún ostenta en sus más altas cumbres brillantes salpicones de nieve. Eso es lo que durante el día, juntamente con un calor de cuarenta grados, pueden encontrar los curiosos, si tienen el capricho ó la necesidad de ir al paseo de Rosales. No hay entonces brisas que arranquen á la frente el sudor con sus manecitas húmedas é invisibles; no hay olas que rompan contra las arenas; no hay confuso vislumbrar de profundas aguas; no hay barruntos de decoración levantina; no hay más que un barrio extremo de Madrid, vanguardia de la gran población que se descubre allá, más Jejos, sumergida en un baño de plomo. Pero cuando llega la noche, el paisaje varía. Así como el cuerpo, rendido por las tareas diurnas, busca en tales momentos descanso y frescura, el alma busca también entretenimiento, solaz; y ningún sitio tan á propósito para que el alma abra sus alas y goce, con ilusoria posesión, de tierras y afectos deleitosos, como aquel terraplén, semiiluminado por la luz trémula de las estrellas y por la anémica palidez de la luna. Las estrellas son dibujantes muy embusteros; la luna es una hembra que tiene, á semejanza de sus congéneres humanas, el cruel instinto de engañar; y aquéllas, difunvinando las tinieblas con sus resplandores, ésta, estafando la realidad de los contornos con su luz indecisa, transforman el amplio paisaje que se alcanza desde el terraplén, en paisaje marítimo visto desde una altura de la costa. Yo lo he contemplado multitud de veces, cerca de la barandilla de cuerda, volviendo la espalda á los edificios próximos á mí y encarándome con el extenso horizonte de tinieblas iluminadas que se extendía frente á mis ojos. El terraplén se desprende confusamente, con apariencia de acantilado, hasta un plano borroso que la luna tiñe con los matices suaves y plomizos propios, en noches veraniegas, á la arena de las playas meridionales. A la derecha rebordes blancuzcos (formados tal vez por materiales de obras en construcción) remedan, alzándose sobre ondulaciones negruzcas, espuma de olas que se deshacen blandamente; los focos eléctricos, puestos de trecho en trecho junto á la vía, parecen faros de un puerto invisible; las casitas, diseminadas por la llanura y alumbradas con farolillos solitarios, embarcaciones que hacen una pausa en su viaje. Más lejos aún, puntos de luz, apenas perceptibles, semejan lanchas pescadoras trajinando sobre las alturas del mar; mar que no se divisa, pero que se presiente; mar formado por las ondulaciones del terreno, que rampean hasta los últimos límites del horizonte, para que la luna las tina de azul prusia y las borde en plata; mar inmenso y tranquilo, á cuya izquierda, y cortándolo con movible franja color de sangre, se yergue una legión de luces, entre las cuales aparece Madrid, no como población cimentada en firme, como ciudad fantástica, falta de cimientos, que flota entre una nube gris. Tal es el espectáculo que se divisa desde mi playa; tal el paisaje levantino que ofrece las noches de verano á la imaginación, ayudada por las indecisiones de la sombra, por el torpe lápiz de las estrellas y por la embustera luz de la luna, el poético mirador de Rosales. Paisaje al que nada falta para que la ilusión resulte total: ni el ruido de las olas, representado por el ir y venir del viento éntrelas hojas de los árboles; ni las frescuras de la brisa, embusteadas por el aire que llega á nosotros, luego de posarse en las cumbres del Guadarrama y absorber el húmedo beso de sus nieves; ni el apasionado cantar levantino, porque las guitarras lo acompañan también, mientras suena en las negruzcas ondulaciones que suben y suben hasta los límites del espacio coronadas de puntitos de luz; ni las poéticas imágenes de amor, que convierten las playas en templos, porque entre las cortaduras del desmonte, en los andenes de los paseos, junto á los veladores del aguaducho, mujeres y hombres hablan bajo y muy cerca, con cuchicheo ininteligible que el aire recoge y deposita, convertido en besos, sobre las hojas de los árboles, donde los gorriones anidan y los ruiseñores gorjean. Nada falta en mi playa para que sea durante algunas horas remedo fiel de otras playas con las cuales sueñan quienes, por sus obligaciones ó sus penurias, no pueden salir de Madrid. Nada le falta; y yo, que paso mis veladas en ella, tengo buen cuidado de no visitarla más que por la noche, á fin de que la realidad no me la presente tal como es, con sus árboles polvorientos, y sus vericuetos difíciles, y sus figones sucios, y sus hediondos estercoleros que los traperos expurgan y las gallinas escarban y los chicos convierten en gimnasio... JOAQUÍN D 1 CENTA A P U N T E S FINANCIEROS Huyendo de Madrid y de su temperatura áz 35 grados, lob especuladores é intermediarios, ó se han ausentado ya, ó se disponen á ausentarse; las transacciones son cada día más reducidas, no siendo el mercado ni la sombra de lo que era hace quince días. La liquidación de fin de mes se efectuó en buenas condiciones, así en Madrid como en el Extranjero: en Londres el dinero ha valido de 2 y medio á 4 y medio por 100; en París la doble del Exterior ha sido de 0,13 céntimos. A pesar de la desanimación general, ha mejorado el precio de la mayoría de los valores, influyendo en ellos la baratura del dinero y los cupones cortados al principio del mes. El Interior, alentado por repetidas compras del Contado, y á pesar de la resistencia de Barcelona, quedaba el sábado á 76,67, ganando 0,40 céntimos, ó sea la mitad de su cupón; en Londres y en París el Exterior, sin impresionarse con la persistente baja del consolidado y de la renta francesa, ganaba 0,60 céntimos, quedando á 89,50 en la última de estas plazas. Los únicos valores que no han logrado reponerse de la baja causada por el alza del cambio, han sido las acciones de ferrocarriles, que valían: el Norte 193 y el Zaragoza 3i5, sin ganar nada del cupón de 12 pesetas recientemente cortado A pesar de dominar el optimismo, se empieza á preocupar la especulación del conflicto surgido entre el Sr. Villaverde y el Ministro de Marina con motivo del proyecto de escuadra aprobado en Consejo de Ministros. Se considera muy probable que si el proyecto llega al Congreso antes de las vacaciones, presente la dimisión de su cargo el Sr. Villaverde y no presida la sesión en que se lea. La dimisión del actual Presidente del Congreso causaría deplorable efecto, sería una prueba más de que prevalece la tendencia de aumentar los gastos sin lograr antes la indispensable normalidad del presupuesto y aplazando además la liquidación de nuestras recientes guerras.