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De lo contrario, ¿nos avisarían? -Sea como fuera, no debemos seguir ascendiendo- -dijo Torm; -estamos subiendo como si nos tiraran para arriba. Los tres se habían envuelto en sus pieles. -Esperemos aún- -dijo Grunthe; -todavía estamos á unos cien metros del eje de la isla. La neblina se aproxima; vamos á entrar en una capa de nubes. Puede que el globo logre por fin ponerse en equilibrio. ¡Imposible! -contestó Torm. -Estamos á 4.000 metros de altura. El globo estaba en equilibrio cuando el peso de la caja con las botellas de champagne logró cambiar su movimiento, y, de subir ahora con tal rapidez, es evidente que una fuerza exterior nos lleva para arriba y que ésta va en aumento mientras más nos aproximamos al centro. -Debe usted de tener la razón- -dijo Grunthe. -Parece que estamos en el radio de acción de una fuerza y que la tierra nos rechaza directamente. ¿Soltamos un globo de ensayo? -No nos puede decir ya nada nuevo; es tarde. ¡Toma! estamos dentro de las nubes. -Conque ¡abajo! -exclamó Saltner. Torm abrió bruscamente la válvula de descarga. El globo moderó su movimiento ascendente, pero no bajaba. Los aeronautas tenían las miradas fijas en los aparatos. lih pocos minutos quedaría decidida su suerte. El gas salía COR mucha fuerza absorbido por el aire enrarecido. Si no conseguían pronto el descenso del globo, era evidente que hubiesen perdido el dominio sobre el mar aéreo. En este caso, se hallaban en frente de una fuerza que, independiente del equilibrio aerostático en la atmósfera, los alejaba de la Tierra. Y el globo no bajaba. Durante algún tiempo parecía quererse mantener á igual altura, pero el movimiento de remolino que kj empujaba hacia el centro de la isla no cesaba. No cabía duda que este eje no era otra cosa que el eje de la Tierra, esa línea matemática sobre la cual se verifica el movimiento rotativo de nuestro planeta. Con fuerza, cada vez mayor eran atraídos hacia ella. Pero cuanto más se le aproximaba el globo, con mayor ímpetu era empujado para arriba. Los aeronautas comenzaban á sentir las molestias corporales que suelen acompañar á la elevación á las capas de aire enrarecido. Los tres se quejaban de fuertes latidos del corazón. Saltner tuvo que soltar el anteojo; los objetos se confundían ante sus miradas; la respiración iba dificultándose. -No hay remedio- -gritó Torm. ¡La cuerda rasgadora! Grunthe la tomó. El objeto del aparato rasgador es arrancar una tira de ¡a envoltura del globo de un largo igual á la sexta parte de la circunferencia del mismo y así se consigue en caso urgente desalojar de gas el globo e. i pocos minutos. Pero... ¡falló el aparato! Tiraba de la cuerda y no cedía. Debía de haberse enredado en las mallas del globo. Era imposible reparar el daño. El globo seguía subiendo. La Tierra había desaparecido; solamente se veían nubes... nubes. ¡Los aparatos del oxígenol- -ordenó Torm. Aunque tenían la intención de mantenerse á una escasa altura, no se sabía si las circunstancias los obligarían á subir hasta las regiones más elevadas, y para este caso se habían provisto de oxígeno comprimido que permitiera la respiración. Era preciso recurrir á la respiración artificial. Los exploradores se sintieron con nuevas fuerzas, pero el frío se hacía más y más temible. Notaban que sus miembros iban entumeciéndose. Narices y dedos perdían la sensibilidad, y frotándolos, trataban de volver la circulación á la sangre. El globo seguía elevándose; más y más aumentaba la velocidad conforme iba aproximándose al centro. Siete mi! ocho mil... nueve mil metros indicaba el barómetro en el transcurso de un cuarto de hora. Ya habían traspasado la altura mayor á que había llegado hombre alguno. Inmóviles y apretados el uno contra el otro se manteníanlos tres; habían practicado el cierre artificia de la barquilla, ya que les era imposible cambiar la marcha del globo. No podían hacer más que resguardarse contra el frío. Ningún medio de salvación se presentaba; bajo la influencia del frío aniquilador, iban perdiendo toda energía. El vuelo hacia las alturas era MI I F 1 ni imninmifl lamni n irrrmrunjiii mnn