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DOS HÉROES TESTIGOS DE LA CATÁSTROFE Son del Valle de Polaciones, de un pueblecito llamado Lombraña, en la provincia de Santander. Son hermanos, Aniceto y Felipe Madrid, y trabajaban en su oficio de aserradores á cincuenta metros del puente de Montalvo, en unión de otros cinco obreros vizcaínos. Refieren así lo que ocurrió: Habla Felipe. Estábamos cortando unos árboles; hacía un sol abrasador. Los trabajadores del campo raso, de los cuales hubo diez ó doce desperdigados por allí durante la mañana, á la hora de comer desaparecieron, asegurándonos que no volverían porque el calor les sofocaba mucho. Sólo quedaron, de que yo me acuerde, una muchachona y un zagalón; por cierto que éste cruzó por debajo del puente minutos antes de pasar el tren, y al oir el pitio de la máquina, sacó un pañuelo y agitándolo saludó á los viajeros; algunos de éstos que iban asomados á las ventanillas, contestaron al muchacho. Miré mi reloj para ver si el tren llegaba á la hora de las pasadas tardes: eran las tres y cuarto y un poquito más. Habla Aniceto Madrid con mucho más desparpajo que su hermano. Es hombre listo que se fijó en todo y lo describe con frase muy gráfica. Yo me fijé en que aquella tarde corría el tren mucho más que las anteriores; como estaba todo tan en silencio, sonapa el tren al entrar en el puente como un trueno. El puente parecía que temblaba. De pronto vi que hacia la mitad del tren empezaron á caer coches al río, y al mismo tiempo oí un restallío que debió ser de la máquina segunda, por lo que luego vimos. Yo creo que los enganches del tren se rompieron por los vagones de enmedio; los de atrás y los de alante caían á la vez, formando al caer como una cuña con la parte delgada hacia el río. Aniceto se esfuerza para darme á entender que cayeron simultáneamenti los coches delanteros y los zagueros, aunque éstos últimos empezaron á caer un poquito antes. Y sigue asi su relato: Los coches formaron una hacina en una extensión de veinte varas cuando más. Mi hermano Felipe vio que la máquina de alante parecía que arañaba el suelo, y, aunque las ruedas daban vueltas, no se movía, hasta que se desenganchó y pudo seguir andando algún trecho. Pasó todo en un abrir y cerrar de ojos. A 1 caer el tren no se oyeron gritos; pero después pedían socorro que daba compasión de oírlo. Acudimos allí al instante los vizcaínos y nosotros. Algunos viajeros se salvaron por sí mismos. Salían huyendo por el campo, pero al poco tiempo volvíanse para ayudarnos. Pocos vi ilesos. Las hachas y las sierras de nuestro oficio nos sirvieron allí; sin ellas, nada hubiésemos podido hacer. No sabíamos á quién acudir, porque desde todas partes nos llamaban. Los gritos eran ordinariamente los mismos: ¡Dios mío! et ¡A mí, por Dios! ¡Agua, por Dios, agua! ¡A mí, á mil Empezamos á auxiliar por los sitios que teníamos á nuestro alcance, por los coches de abajo; desde los vagones de arriba, los gritos implorando nuestro socorro eran incesantes. No nos dábamos abasto para acudir á tanto desgraciado, y eso que á la media hora de ocurrida la catástrofe, un conde que vive cerca mandó á los criados de su casa para que nos ayudasen, y á las seis vino todo el pueblo de Cenicero, cuando nosotros estábamos tan rendidos que no podíamos ya ni levantar los brazos. Salvamos muchísimas personas y algunas se nos morían al poco tiempo de ser extraídas de entre los escombros. Casi todos los viajeros estaban heridos en la cabeza. Yo salvé á un señor, y entre mi hermano y yo intentamos sacar á una señora que parecía estar muerta y sólo estaba desmayada; por mucho que tirábamos, no conseguíamos quizá más que hacerla daño; en lo más empeñado de nuestra tarea, todos los que trabajaban se retiraron, y á voces nos decían que huyésemos de aquel sitio, porque el ténder, que estaba en lo alto de la hacina, amenazaba desplomarse y aplastarnos. Nosotros seguimos sin hacer caso, porque lo mismo se nos daba entonces, señorito, de que hubiese dos muertos más, que de nada. Salvada la señora, fuimos á socorrer á un caballero que nos decía á gritos: ¡Dejadme morir; pero, por Dios, que me deis agua! Con un vaso que me trajo una mujer, probé á dar al caballero lo que nos pedía; pero como estaba de costado, se vertía el agua sin que pudiese bebería. Nos dio tanta pena, que decidimos salvarle á todo trance; como fieras trabajamos, consiguiendo sacarle, pero tan mal herido, que falleció á los pocos minutos, no sin que bebiese el agua que deseaba. También salvamos á una señorita vestida de blanco, que tan pronto como estuvo libre de pies y manos comenzó á revolver los escombros gritando: rjAntonio! Alguien se la debió llevar; pero pasado un cuarto de hora, desde un altozanillo clamaba: ¡Antonio! ¡Antonio! y así estuvo toda la tarde, que daba espanto oiría. Aquí acabó su relato Aniceto Madrid. Le preguntamos si el juez municipal de Cenicero ó los de primera instancia de Haro y de Logroño les habían interrogado, y contestó negativamente. Las autoridades judiciales, por lo que dijeron Aniceto y Felipe, ocupáronse únicamente de la identificación de cadáveres y del inventario de las joyas y metálico que sobre cada uno de éstos encontraban. Felipe y Aniceto me aseguraron que estaban dispuestos á declarar ante el juez todo lo que á mí me habían dicho. Los nombres de estos dos héroes que iban á permanecer ignorados, publícalos hoy A B C Solicitamos del Gobierno que los premie, no sólo con honores, porque eso tan merecido lo tienen, que si á ellos no se enaltece y honra, ¿á quién se va á enaltecer y honrar? sino con algún positivo beneficio que los saque de la pobreza en que viven. De lama. itar sería que, por habernos relatado lo acaecido en el puente de Montalvo, se es irrogasen á esos infelices gastos y molestias si, como parece racional, algún juez los interroga para deducir responsabilidades, y que, en cambio, ni el Gobierno ni la Compañía de ferrocarriles del Norte se acordasen de Felipe y Aniceto Madrid para premiarlos y honrarlos como á dos héroes, verdaderos héroes. VIRGILIO COLCHERO La casa de Víctor Hugo ETI último miércoles se verificó en París la inauguración del Museo en que ha sido convertida la casa que ocupó Víctor Hugo, el poeta de popularidad universal y que guardó para España cariño en sus cantos. La iniciativa del Museo corresponde por entero al célebre autor dramático Paul Meurice, amigo y discípulo del gran poeta. El es quien ha vigilado concienzudamente los trabajos, prestando el insuperable auxilio de sus recuerdos personales y el de su dilatada é íntima comprensión de la obra literaria del maestro. La casa está situada en la plaza de los Vosgos, antes plaza Real, lugar donde habitó la corte desde la época de Enrique IV, que dirigió las obras á su gusto, y ha sido vivienda de muchos personajes históricos famosísimos. M Paul Meurice pensó cor. muy buen acuerdo que el visitante del Museo debía, apenas traspuesto el dintel, impregnarse de los recuerdos de las obras de Hugo y vivir en un instante algunas de sus magníficas evocaciones. Para lograrlo dirigióse á eminentes artistas. En el gran salón del primer piso, rodeando el magistral retrato de Víctor Hugo, de Bonnat, hay una Tantina, de Carriére; Juan Valjean ante el tribunal, hermosa composición de Devambzz; y 1. a primera representación de Hernán: por Besnard, en el cual se destaca, entre la multitud qut gesticula, Teófilo Gautier con su renombrado chaleco encarnado y su melena. En la misma sala se ve el cuadro de Los Tunerales, extrañamente interpretados por el pintor japonés Yamamotta, y otras obras relativas todas á la vida del poeta ó á los personajes de sus obras. El segundo piso es el en que Víctor Hugo vivió, pero no ha sido posible reconstituirlo con exactitud ni hacer que las habitaciones tengan la disposición primitiva. En él figuran los dibujos originales del poeta, todos ellos de originalidad sorprendente. Los cuatro muros e tan cubiertos de originales visiones, algunas de las cuales recuerdan el genio de Goya. Vénse luego los trabajos de escultura y ornamentación; muchos de ellos traen á la memoria los actuales caprichos del mod. rno estilo, y eso que por entonces los gustos eran muy otros. Tantos trabajos y tantas obras hacen pensar en cuáles serían las que el poet destinaba á escribir. La habitación en que murió también ha podido reconstituirse, con la sola novedad de que las paredes están cubiertas de dibujos y caricaturas. El lecho y los demás muebles son los mismos. En el cuarto de trabajo todo se halla en el propio lugar en que Víctor Hugo lo colocara. En e! tercer piso del hotel, que es aguardillado, está el museo íntimo. Allí se ve el semblante de Víctor Hugo rep- oducido de mil maneras distintas: en busto, de pie, joven, viejo, laureado, al óleo, á la aguada, á pluma y en fotografía. También están allí los retratos de los suyos, casi todos ejecutados por los mejores pintores franceses. En la última sala se ve la colección Paul Bsuve, que es el reverso de la gloria, ó acaso su consagración suprema; alfileres de corbata con el retrato de Víctor Hugo, zapatillas en que aparece su perfil bordado en seda ó estambre, pipas que muestran agujereado el cráneo del autor de ios Miserables, pastillas de jabón, plumas con su efigie, puños de bastón, tarros de tabaco, petacas, botellas de licores, platos, galletas, etc. El poeta cuya gloria Francia consagra no siempre caminó por la senda del triunfo, De sinsabores de todas suertes vióse muchas veces rodeada su larga vida, y algunas de las heridas que recibiera en la lucha son de las que jamás se curan. En vida sostuvo gigantescos combates, y muerto, hubo hombres que destinaron su existencia entera á destruir su gloria y aún á ridiculizarla, tal como Edmundo Biré en su extensa y poco envidiable obra Víctor Hugo y los contemporáneos, porque en todo tiempo hubo Aristarcos que no aciertan á transigir con que el genio sea hombre en última instancia, y muchos más que consideran su pobre espíritu como la medida del universo creado, que es monstruosidad mayor todavía. Cierto es que Víctor Hugo cuidó escrupulosamente de su nombradía, pero la vanidad es disculpable, y aun plausible, en quien reconoce fundamento sólido, y más disculpable aún si se considera lo que las grandezas, sobre todo la del espíritu que es la de calidad mejor, molestan y aun amargan la existencia de los demás. Quienes más regatearon la gloria de Víctor Hugo convinieron en reconocer en él un retórico sin rival, otorgándole unánimes la perfección del verbo: la que poseyeron Horacio y Cicerón y reina en las antologías para tormento de los escolares y alivio de los espíritus perezosos. Los mismos censores añadieron que de tal privilegio gozaría durante el transcurso de los siglos, y aun durante la eternidad. C. ROMÁN Y SALAMERO CRÓNICA, LA CATÁSTROFE El terrible y espantoso accidente ferrov ario ha sido un espectáculo muy español. Somos un pueblo apático, negligente, saturado de un indiferentismo egoísta, nada previsor, y, únicamente después de ocurrido lo que se pudo evitar, prorrumpimos en voces desaforadas clamando venganza, y aterrorizados ante los cuerpos exangües, y mutilados de las víctimas del siniestro, nos lamentamos dolientes, nos estremecemos con espasmos dolorosos de pavura, y buscamos rugientes y amenazadores alguien á quien poder señalar con el dedo, para gritar: ¡He ahí el responsable! ¡Muera! ¡muera! Responsables somos todos. Responsables, porque permitimos con mansedumbre de bestias domesticadas que los accidentes se sucedan terribles y sangrientos, sin que la responsabilidad de las Compañías sea un hecho cierto; responsables, porque toleramos que los hombres públicos, los prohombres de la patria formen parte de esas mismas Compañías; y responsables porque no hacemos más que gritar al principio, nos cansamos en seguida de vocear estéril y estúpidamente, v viene la fatiga á enmudecernos, y llega el indiferentismo á apoderarse de nosotros, y nos despreocupamos de todo y nada nos interesa. A buen seguro que esto mismo se repetirá en el presente caso. Mucho vocerío en los comienzos, mucha agitación, y luego, al cabo de poco tiempo, nada; como si no tuviera importancia el siniestro ocurrido sobre el Najerilla. Y de tan espantosas escenas quedará sólo un montón informe y nauseabundo de cadáveres destrozados; llanto, dolor, desesperación y luto en los hogares de aquellos pobres seres trágicamente fallecidos; y una Compañía poderosa que probablemente continuará siéndolo. Y esto no puede, no debe suceder. Sea quien fuere el responsable, búsquesele y exíjasele responsabilidad. Allí, en el lugar de la hecatombe, se habrán revolcado seres vivos que, estremecidos sus cuerpos por la convulsión histérica del dolor, contemplarían con espanto en la mirada los cadáveres despedazados y en su sollozar maldiciente les prometerían justicia. En el lugar de la catástrofe habrá quizá cuerpos humanos atravesados por grandes astillas, troncos sin extremidades y cabezas cuyo gesto retrata la última contracción nerviosa de una vida cortada brutalmente, que con los ojos desmesuradamente abiertos, inmóviles, fijos, sus pupilas muertas en un punto del espacio, parecen demandar de Dios justicia en la tierra... Allí hay mujeres que perecieron abrazadas desesperadamente á sus esposos, madres que murieron con sus hijos en brazos, y en el trágico morir de aquellos desventurados debiéronse mezclar las voces de venganza y los gritos de espanto, el estertor de agonizares cruentos y el último suspiro de una vida, la blasfemia y la oración... Otros detalles vienen á dar, si posible fuese, un carácter más conmovedor á la catástrofe. Leo uno que me estremece. Al caer el tren, una mujer que viajaba con una hija suya, niña de muy poca edad, comprendió el grave peligro que corrían. Ni un momento pensó en salvarse; su preocupación de aquel instante eterno fue su hija, y arrojándola por la ventanilla consiguió salvarla. Yo no quiero pensar en la agonía de aquella madre. Murió sin saber si salvó á su hija ó la lanzó al abismo, ó imaginando tal vez que dejarla sólita en el mando era exponerla á una vida más amarga y una muerte más lenta y cruel que aquella que aleteaba en el Najerilla... Veo también que hay quienes, valiéndose del desconcierto natural, caminan como aves de cementerio, como hienas insaciables de carne muerta, sobre los cadáveres para robarles alhajas y dinero... Afortunadamente hay algo consolador, muy consolador, entre tanta escena dolorosa. La caridad, el amor, la abnegación y el interés con que las mujeres de aquellos lugares han prestado su generoso auxilio á los heridos en el siniestro. El alma de la mujer española es grande, sublime, eminentemente caritativa, y llega en sus sacrificios hasta la heroicidad. Todas las clases sociales han acudido solícitas á prestar su concurso generoso, y muchas hicieron de sus propias ropas vendas con que cubrir las heridas por donde se escapaban las vidas de aquellos desdichados, que se revolcaban furiosamente sobre la tierra ensangrentada... Tanto agonizar, reclama una satisfacción á la vindicta pública, y si todo quedara impune, como en nuestro país se acostumbra, seríamos una raza de egoístas sobre la que eternamente pesaría la maldición de Dios. JUAN VALERO DE TORNOS r m ih un iii