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CASOS DE JUSTICIA PARA M. C. HORRIBLE DESGRACIA. -Ayer en el kilómetro 22 de la carretera de... el automóvil dirigido por los jóvenes y ariswcráticos sportmens M. de R. y C. de L. chocó contra un árbol, arrastrando en su caída á los ilustres conductores, que corren peligro de muerte y hacen temer que la alta sociedad se vea privada de dos de sus más distinguidos miembros, celebres por sus caudales, por su elegancia y por la nobleza de sus nombres. La desgracia es horrible, y la pérdida sería irreparable si, no obstante los esfuerzos que se realizan, no lograran salvarse los desdichados jóvenes. Por miedo á ser los primeros en proporcionar horas de luto á familias insignes, sólo damos las iniciales de las víctimas. La catástrofe ocurrió, etc. etc. (De un periódico inglés, Caída. -Ayer tarde cayó del andamio donde trabajaba, un albañil. Quedó muerto en el acto. (De un periódico de provincias. a luz del aparato eléctrico, encaperuzado por ancha pantalla de latón, describía sobre la tierra un círculo brillante, donde gallardeaban planteles de rosales con sus capullos entreabiertos para recibir las fecundaciones húmedas del rocío, recortados macizos de boj y un grupo de acacias, que vestían sus troncos con encajes de enredadera, sus ramas con hojas verdes y sus hojas con caireles blancos. El resto del jardín se hundía en la sombra tramoyescamente, sin transiciones crepusculares. Dijérase que la vida terminaba allí, si el chillido de las aves nocturnas rasgando agriamente el silencio, y el aire remedando besos al partirse contra invisibles plantas, y el cielo recortando los límites del horizonte con salpicaduras de estrellas, y el canto de una moza sonando quejumbroso en la lejanía, no prestaran á los espacios, encalabozados por la obscuridad, cédula de existencia. Debajo de la lámpara, y sentados junto á una mesa, cubierta aún de manteles y de manjares, digerían su cena, apurando á sorbos el café que humeaba en las tazas, una mujer y un hombre. Ella era muy bonita. Sus cabellos rubios, mal trenzados, descollaban hasta el arranque de los hombros la espléndida mata de sus hebras, adornada con claveles rojos, que parecían cuajarones de sangre; sus ojos azules se posaban en los ojos de él, y sus manecitas de gran señora jugaban distraídamente con una cuchara de metal. El hombre, recostado en fresca mecedora de mimbres, hacía ir y venir su mirada del rostro de la hembra á las espirales de humo azul que dibujaba su cigarro, y de las espirales de humo azul al rostro de la hembra. No hablaban, si por hablar se entiende silabear letras y hacer frases; pero su silencio era una conveisación muda, un diálogo sin voces, donde, aunque no se oían, sentíanse palpitar recuerdos y esperanzas; caricias dadas y devueltas; goces sentidos al unísono; angustias sufridas en común; pedazos de existencia que pasaban de un corazón á otro por las intangibles sendas del mirar. Turbó aquella silenciosa plática el aleteo de un insecto contra los vidrios de la lámpara eléctrica. Una mariposa, atraída por el brillo del foco, revoloteaba en torno suyo creyendo so) vivificante la para ella asesina lumbre. Seducida por el resplandor luminoso que vino á interrumpir su sueño, comenzado tal vez entre las hojas de un capullo, fue la mariposa en busca de la luz y á su alrededor daba vueltas y vueltas... Al fin dio la última con titubeos de borracho; su cuerpecillo se pegó un instante al cristal; cayó luego sobre el mantel, y allí quedó atontado, inmóvil, con las alas de par en par abiertas. Aquellas alas eran un prodigio de suavidad y de color. Parecía que el sol, luego de descomponer uno de sus rayos en polvo de oro, lo esparció hecho partículas menudas sobre las plantas del jardín, dispuso que cada átomo se tiñera con los matices de una flor distinta, y agrupándolos luego, dejólos caer como lluvia de belleza en las alas recién nacidas del gusano ansioso por volar. ¡Mira, mira qué encanto de animal! -dijo la mujer, cogiendo la mariposa con sus dedos de nieve y mostrándosela mimosamente al hombre. -Sus alas parecen la paleta de un gran pintor; una paleta hecha con terciopelos y con rasos. ¡Infeliz! ¡Qué esfuerzos realiza para escapar de entre mis uñas! ¡Tonta! Si te suelto, volverás en busca de la lámpara, es decir, en busca de la muerte. No quiero que muera. Sería gran lástima. Figúrate que allá en un rincón obscuro del jardín está aguardándola otra mariposa, su compañera, su cariño, su amor. Fuera crueldad separarlas, permitir que no volviesen á amarse, á producir hijos tan preciosos como ellas. Toma: cógela; llévala contigo, muy lejos, donde no lleguen los rayos de esta lámpara; suéltala en la sombra, para que mañana pueda disfrutar sin peligro los rayos del sol. Anda: sálvala; merece vivir. ¡Es tan bonita! El hombre cogió entre sus dedos la mariposa, y dirigiéndose al fondo del parque, volvió á poco rato en busca de su amada. Esta se había puesto en pie inquieta, nerviosa, mostrando en su hermosísimo semblante repugnancia y temor. Empinándose sobre la punta de los pies, golpeaba el aire con una servilleta y gritaba con acento lleno de rencores: ¡Estúpido y antipático bicho, no te escaparás! Un moscardón enorme, atraído por los reflejos de la lámpara, daba vueltas en torno de ella, hiriendo el aire con el insoportable zumbido de sus alas negruzcas. Su cuerpo rechoncho, su cabezota esférica, sus patas de ridicula configuración, impresionaban malamente los ojos. También fueron á despertarle, en el sueño que había comenzado sobre un montón de estiércol, los rayos del eléctrico foco; también giraba alrededor de éste, creyéndolo sol vivificante; también lo recorría en círculo con titubeos de borracho. Pero los reflejos de aquella luz, cayendo sobre su cuerpecillo hecho con tinieblas, transparentando sus alas, que parecían crespones fúnebres, y destacando el vello asqueroso de sus encogidas patitas, volvíanle más repugnante aún; y la mujer, contrariada por la fealdad del insecto, furiosa por el antipático zumbido de sus alas, perseguíale servilleta en mano. Uno de los servilletazos, más certero que los anteriores, cogió de lleno al pobre animal, y éste vino á caer sobre los manteles, donde quedó atontado, inmóvil, con las alas de par en par abiertas. La mujer, empujándolo con el pico de la servilleta, tiró al suelo el insecto, alzó un pié sobre él y le aplastó contra la suela de su botita blanca, gritando triunfalmente: ¡Muere ahí, asqueroso! ¿Por qué lo has matado? -preguntó el hombre. -Tú, hace poco compasiva para la mariposa, ¿eres cruel para el moscardón? También ese bicharraco tenía derecho á vivir; también allá en el fondo obscuro del parque está aguardándole otro insecto tan horrible como él, pero al fin y á la postre, compañero suyo, amante suyo... También es una maldad separarlos, impedir que se reproduzcan y se amen... ¿Por qué le has condenado á muerte? -Dices bien- -repuso la deliciosa criatura, con tono entre arrepentido y burlón. -Acaso hice mal; pero ¿qué quieres, hijo de mi alma? ¡era tan feo! Yo, espectador invisible de aquella escena durante la cual un insecto, porque era hermoso y brillante y rico en colores, había inspirado sentimientos de piedad á una mujer bonita, y otro insecto, porque era feo y humilde en ropa natural y repugnante de presencia, le había inspirado rencoroso desdén, traje, sin pensarlo, á mi memoria las dos noticias leídas por mí durante la mañana. La una era larga y contaba con todo linaje de detalles y adjetivos lamentadores el estrellamiento de dos jóvenes ricos, ociosos y elegantes, que habían salido á divertirse en un automóvil. Ocupaba más de una columna. La otra no llegaba á tres líneas: Ayer tarde cayó del andamio donde trabajaba, un albañil. Quedó muerto en el apto. JOAQUÍN D I C E N T A visto por el modo de su enseñanza, íiará varias mutaciones de manos; á la palabra, traerá un pañuelo, sombrero, silla, lío de ropa y un niño, y también buscará al tiro de un fusil una perdiz como un perro de caza. 1 Salamanquino, de edad de siete años, trabajará sobre su caballito sin riendas en la mano, y hará diferentes habilidades para divertir al público. -Dentro de la plaza del manejo habrá un tablado donde los caballos saben cada uno de ellos que han de subir; tres subidos en una gran mesa, y los otros, unos acostados, otros sentados, y otros de rodillas. -El Sr. Americano, solo y único en su trabajo, hará el salto de las tablas separadas; estas habilidades se variarán con el salto de una gran mesa capaz de contener cincuenta cubiertos; después del salto encima de la dicha, se pondrán dos bombas, que las saltará todas juntas, lo que agradará al público, -Este divertido manejo será variado por muchas escenas, acabando por el hermoso caballo tigrado, que se mantiene firme en medio de un fuego muy ardiente, el cual representará el monte Vesubio. Aparte de eso del monte Vesubio, que debía ser precioso, y de lo de las perdices como perros de caza, que ya van escaseando aun dentro de los circos, no hay duda de que vamos progresando. En nuestra época, la joven francesita se quedaría en pañales al lado de la Condesa X (que también ya está antigua) el señor americano, solo y único, podría quitar su mesa de cincuenta cubiertos para dejar sitio á la urna de Papuss (otro gastado) y el joven polonés se quedaría en Polonia poniéndose de pie sobre el caballo, porque por la barriga de éste sería capaz de andar cabeza abajo cualquier Diávolo de esos á quienes quiera Dios coger en una buena hora. JOAQUÍN LÓPEZ BARBADILLO A TRAVÉS DE LA FRONTERA. NADADORAS INTRÉPIDAS Cuenta la leyenda, con y sin música de Mancinellj, que el joven griego Leandro atravesaba nadando el Hellespont para ver á su adorada Hero. Tortas y pan pintado es atravesar los Dardanelos, cuyo trayecto es de unos dos kilómetros, con la travesía que hizo el 24 de Agosto de 1875 un inglés, Webb, saliendo á nado de Douvres y llegando á Calais después de veintiuna horas y cuarenta y cinco minutos de nadar. Es decir, pasando el Canal de la Mancha en una sola singladura. Treinta y siete kilómetros, que para Webb fueron más de cincuenta y seis, porque las fuertes corrientes le desviaron de la línea recta. Después de Webb, otros nadadores han intentado atravesar el Canal y no lo han conseguido. Ahora pretenden hacerlo tres bellas jóvenes y aristocráticas damas austríacas. ¿Será cierta ¡oh cielos! la frase de que ya no hay más hombres que las mujeres? La princesa Obslensky, la condesa Lubomirsky y la baronesa Walburgovon Jsacescu, son las tres intrépidas nadadoras que han resuelto realizar tan dura prueba. La baronesa es una viuda á quien no dejó fortuna su marido al morir. No se acobardó por eso. Solicitó y obtuvo un empleo en la Compañía de Ferrocarriles del Norte de Austria, y trabajando sigue todos los días en su oficina, menos los domingos, que dedica el día á su diversión favorita: á zambullirse en el Danubio y á nadar horas enteras. Es bien advertir que el bello Danubio azul el de los valses tan populares, no sólo tiene corriente muy rápida, sino que sus aguas son más frías que un demonio... frío. La princesa Obslensky pertenece á la más linajuda aristocracia húngara. Posee un magnífico palacio á orillas del Danubio, en cuyas aguas se pasa muchas horas del día acompañada á veces por su marido, á quien, sin embargo, la frialdad de las aguas de aquel río no acaban de agradarle. Pero el matrimonio vive feliz. Nunca mejor puede decirse que como el pez en el agua. La condesa Lubomirsky es una verdadera preciosidad. Joven (veintiocho años) esbelta, elegante, pero de una fuerza muscular extraordinaria, tiene pasión por el agua, sobre cuyas ondas vive, más que sobre la tierra. Las tres damas no se conocían. Su fama respectiva despertó primero la curiosidad, luego los celos. Se escribieron en son de reto, y acabaron por convencerse que no había razón para reñir, sino para nadar juntas y para hacer una travesía como la del Canal de la Mancha, que las dé gloria y las inmortalice. En efecto: se disponen á pasar de Calais á Douvres surcando las olas, que no tendrán perdón de Dios si el día de la prueba se enfurecen; porque ¿cuándo se habrán visto abrazadas y suavemente acariciadas con más amor y por cuerpos más peregrinos? Aunque en buena lógica, tampoco es de extrañar que en esas circunstancias se alborote el mar Se alborotaría, cualquiera. Los circos hace un siglo C i popular Perico Niembro, el feliz empresario del coso madrileño, va este año, según rezan los carteles, á servirnos las novilladas caniculares con entremeses sensacionales, con vistas al descuaje Yo no sé qué pensará la afición neta ante esta intromisi m del yanqui en el terreno propio del Enagüitas y el Microbio chico; pero de lo que estoy seguro es de que escaseará siempre el papel para ver espectáculos como el de Diávoh. Podrán ir los toros de capa caída, ó, mejor dicho, los toreros, que son quienes usan, aunque no siempre bien, tales prendas; mas nadie podrá negar que en cambio los espectáculos de circo, en el sentido no taurino de la frase, progresan á compás de los civilizados tiempos. Y para prueba de ello vean nuestros lectores la dulce placidez del anuncio que sigue, publicado en el Diario de Madrid del domingo 5 de Octubre de J 806, y comparen. Decía así aquel programa: El Rey Nuestro Señor (q. D g. se ha servido señalar el domingo 5 de Octubre de 1806 (si el tiempo lo permitiere) para la primera función ecuestre que por la Compañía de los Sres. Pepín y Breschard, primeros jinetes de la Academia de París, se ha de celebrar en la Plaza de los Toros, extramuros de la Puerta de Alcalá, propia de los Reales Hospitales General y Pasión de esta Corte, con el piadoso fin de que parte de su producto se invierta en la asistencia y curación de los enfermos de dichos Hospitales. Mandará y presidirá la Plaza el Sr. D Josef Marquina Galindo, Corregidor de esta Villa. A pesar de la aceptación que el año anterior ha merecido del público el esmero de esta Compañía, en éste tienen la honra de presentarse con nuevo aumento, en reconocimiento por la aceptación con que el respetable público de Madrid ha correspondido á su eficaz esmero: en esta primera función ofrecen, esperando produzca una agradable diversión á los espectadores, lo siguiente: -Se empezará la función con un paseo general para saludar al magistrado y público, con un gran coro de música bien concertado. -Dará principio con evoluciones militares á gran galope, seguida de una carga, cosa nunca vista. -El joven Polonés se pondrá de pie sobre su caballo, y hará otras habilidades. -El negrito bailará á la inglesa, corriendo el caballo á galope, cuyo baile será seguido de varios cambiamentos, de seis á ocho, cosa que sorprenderá al público. -El Sr. Breschard, nombrado el Parisién, hará una particular escena muy divertida y cómica, la cual será de mucho gusto al público; y después de la metamorfosis, hará un ejercicio diferenciado por el juego del aro sencillo, doble y triple. -La joven Francesita, después de haber subido, se bajará y se pondrá derecha encima de su caballo, haciendo una famosa pantomima, y saltará varias tablas, acabando el salto de las bombas. -La escena cómica del Sastre Inglés se ejecutará con dos famosos caballos saltadores. -El Payaso, después de haber divertido al público con varias bufonadas ridiculas, hará el pino abierto de piernas, acabando con el manejo del sombrero y el salto mortal. -El- caballo Conquistador, solo y único, jamás AEMECR