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PROTECCIÓN A LADIOS PRÁCTICOSLOS NIÑOS. MEDE REALIZARLA. URGENCIA DE UNA REFORMA Un niño observador- -como lo son todos los niños sanos, -saliendo de la iglesia un domingo, al contemplar las estatuas de piedra del Retiro, preguntó á su padre: ¿Por qué están los santos con las manos abiertas y los reyes con los puños cerrados? No halló mejor respuesta el interpelado que enseñar á su hijo el cuadro de Murillo que representa á Santa Isabel de Hungría curando á los tinosos, y llevarle más tarde en su compañía á visitar los pobres á domicilio. Cuando el niño fue hombre, comprendió que para gobernar bien á los pueblos no hace falta mucho palo, como proclaman los egoístas, sino mucho cariño, como aconsejó Jesucristo. Es la caridad un rosario de buenas acciones, eslabonadas, que nunca se acaban, y cuando la mano se detiene al pasar las cuentas menudas, es para tropezar con otra mayor. Es decir, que la limosna dada por muchos á manera de manotazo para ahuyentar al pedigüeño, no es eficaz por muy cuantiosa que parezca. Muchos de los que más protestan de las socaliñas y sablazos- -así los califican- -en favor de las obras benéficas, no suelen tener un presupuesto fijo voluntario para buenas obras. Por regla general, los más generosos no son los más ricos, y entre éstos no pocos, inconscientemente acaso, se dedican también á la mendicidad moral, importunando con súplicas, recomendaciones y exigencias á los que pueden dar honores ó influencia. La limosna ha de ser constante como el hilo de agua que surge de la rebosante acequia y va á regar la huertecilla del pobre. Pero el pobre ha de trabajar su pedazo de tierra, cumpliéndose la frase de San Pablo: Aquél que no trabaja, no debe comer. De donde se deduce que la primordial obligación de la sociedad es proporcionar trabajo al pobre, confortarle, ayudarle y protegerle, secuestrando al mismo tiempo al vago y obligándole á trabajar. Respecto al trabajo, hay que distinguir el esfuerzo muscular, no escatimado por el vago ó mendigo y mal dirigido siempre, de la verdadera disciplina del oficio manual regularizado y productivo. Los golfos corren jadeantes detrás de un coche, esperando la problemática propina del viajero al entregarle su equipaje, y consumen mucha energía, porque confían en que la moneda que le den satisfaga sus necesidades de momento y queden libres muchas horas para holgar. Probablemente se negarían á efectuar tan violento ejercicio á cambio dzun jornal seguro. Parécense al jugador, á quien no rinden las energías nerviosas que derrocha ante el tapete verde esperando la sensación viva de la ganancia inmediata, origen de placeres fáciles. Para el niño golfo, la calle es un amplio escenario; observado por todos, nadie reprime sus á veces mortales diabluras, como, por ejemplo, el loco afán de buscar el peligro y sortearlo ante los vehículos en marcha. Es cierto que la ley del más fuerte le abruma, que la explotación le enseña el arte de engañar, de ser cruel, de ser vicioso, de cometer faltas, preludio de crímenes, pero él cuenta con que sus fechorías serán perdonadas y hasta recompensadas, si al ejecutarlas lo hizo con gracia y picardía. La mentira en él es hija de hipócrita temor, pero casi siempre, á semejanza de lo que ocurre al hombre, es máscara con que disfraza sus apetitos. Hay, pues, que sanear la atmósfera moral que rodea al niño, evitando que sus impulsos se conviertan en actos conscientes y voluntarios. Así lo ha comprendido el ilustre Manjón al fundar sus escuelas de Granada, y así lo entendió Dora Bosco al crear los talleres Salesianos. Del hogar pobre ó miserable salen los niños como animalitos racionales en busca del pan. En las grandes poblaciones surgen de los barrios extremos, en las poblaciones rurales de las chozas del campo. El pequeñuelo tiene que aprender á ganarse la vida (esta es la frase vulgar que oímos siempre al pobre) y el pan se obtiene más fácilmente de la mendicidad que del trabajo. Al niño no se le puede exigir otra cosa que el esfuerzo para aprender, y la enseñanza bien sabemos todos que no se le proporciona. Los genios que sufrieron desamparo en su infancia, se aislaron y echaron raíces antes de dar ramas y frutos. El niño rico, planta de estufa, suele dar flor temprana, agostándose á veces antes de dar fruto. El niño abandonado no da flores, pero da frutos prematuros y amargos. Baste recordar que la delincuencia en la infancia reviste tales caracteres de sagacidad y tenaz energía, que se desorientan los educadores y sociólogos al estudiarla. Para proteger al niño eficazmente es preciso averiguar su procedencia y filiación social. Las sociedades benéficas, más numerosas de lo que se cree, proporcionan grandes bienes á la infancia, y no por ser poco conocidas merecen el desdén con- que por regla general se las trata. Les faltan recursos constantes y seguros, viven de limosna (hay que decirlo de una vez) es decir, que mendigan también como los golfos, sin que el Estado pueda ni deba imponerles multas ni penas aflictivas. Es más, algunas corporaciones suelen llevar niños á las casas para implorar piedad para la obra que los protege. Con arreglo al proyecto de ley del Sr. Maura, cualquiera puede acusar al guardador de valerse del niño para mendigar y pedir su castigo, lo cual, además de absurdo, sería cruel. El Estado no tiene recursos para las atenciones de fe. enseñanza ni para las exigencias modernas de la higiene; ¿cómo ha de tenerlos para la Beneficencia pública, de presupuestos tan variables y variados? Y él también im- plora la caridad pública aun para resolver problemas insignificantes y de momento, como se ha visto recientemente. Todos somos mendigos, todos pedimos una limosna para remediar nuestros males ó los del prójimo. Y esto último no es, desgraciadamente, eficaz. Al afrontar el problema de la protección á los niños hay que acudir, como se hace en el proyecto de ley de protección á la infancia de 1900, á todas las fuerzas inteligentes del país. Es un error creer que las Juntas de personalidades distinguidas no hacen nada. Se reúnen siempre con excelentes deseos, pero les faltan medios. Gentes poderosas y linajudas suben á las guardillas donde anida la pobreza resignada, ó acuden á los centros miserables á ponerse en contacto con los menesterosos. Diríase que los grandes de la tierra abren sus manos piadosas á tiempo que los humildes empiezan á cerrar los puños. Los medios materiales son los que hacen falta, y sobradísimos pueden obtenerse solamente con gravar con un pequeño impuesto, obligatorio en los espectáculos públicos de todo género, voluntario en los centros donde la vanidad humana derrocha el dinero á manos llenas. La Asistencia Pública francesa tiene ingresos comiderables, mediante el derecho de los pobres, que cobra á diario en todos los teatros, en las apuestas mutuas de las carreras de caballos, etc. Véase en la estadística de diversiones de España á lo que ascienden los ingresos anualmente, y se comprenderá, sin esfuerzo, cuan saneada renta podría obtenerse con ningún esfuerzo ni sacrificio por parte de los que se divierten. Además, si se recuerda las sumas que espontáneamente entregaron con fines benéficos determinadas sociedades de recreo, no será muy aventurado pensar que, aun prescindiendo de esos centros, podría contarse con la cooperación decidida de infinidad de establecimientos, como restaurants de moda, tiendas de lujo, etc. en las cuales los consumidores, y los mismos dueños, podrían contribuir á aumentar los derechos del pobre, mediante un sello de diverso valor que se adhiriese á las facturas respectivas. El que celebra un éxito con una comilona, el que gasta en un mueble de lujo que formará parte de un hogar feliz, ¿cómo se negará á contribuir á mejorar la suerte del que tiene hambre ó carece de albergue? El mismo Estado que fomenta el juego, ¿no podría dar un tanto por ciento de sus ganancias? Convengamos en que, sin grandes esfuerzos, pueden obtenerse ingresos constantes. Dejarlo todo á la caridad inagotable de las gentes, es agotar las energías de los pocos (muy pocos, triste es decirlo) que dan en proporción de lo que tienen y á veces más de lo que pueden. Claro es que la administración y empleo de ese capital no ha de ser tarea de los Gobiernos; éstos tendrán solamente una alta inspección, como ocurre con los grandes Bancos de crédito. Los hombres de bien (que son más de los que parecen) contribuirán con su honradez y sus talentos al fomento y buena aplicación del dinero. La mujer española será la más eficaz auxiliar de esta gran obra. Ella visitará los refugios y asilos; ella llevará al pobre, no el socorro oficial frío, sino su tierna solicitud de hija, madre ó esposa. En tan cristiana y piadosa tarea desarrollará las poderosas energías que todos admiramos. Y veremos de qué modo los comedores del pobre (no las pitanzas del mendigo) le dan energías para el trabajo, noblemente ofrecido por los industriales y comerciantes, verdadera y redentora limosna; observaremos cómo se multiplican los consultorios para las madres necesitadas, dándoles leche para sus hijos y descanso para ellas durante los últimos penosos meses de la maternidad; tendrán un negociado de información donde toda noticia útil sea conocida, donde las corporaciones benéficas se comprendan y ayuden; se fomentarán escuelas- asilos, y se conseguirá acudir con rapidez á remediar los urgentes males, sin necesidad de enojosos expedientes, como un bien organizado servicio de incendios corre á sofocar un siniestro en sus comienzos... Y entonces, planteado seriamente el problema protector, será oportuno castigar con mano severa á cuantos exploten, maltraten ó martiricen al niño, sean quienes fueren. Mientras tanto, visítense las obras creadas en favor de los niños, véanse los resultados obtenidos, conózcase á muchos hombres redimidos por ellas desde niños, y contribuyamos todos al fomento de tan valiosas fundaciones, estudiando á diario las hermosas páginas, aún no deletreadas por el vulgo, de la Crónica del Hien. En cuanto á los Gobiernos, mediten si les conviene reclamar el auxilio de la caridad razonada y exigir por una ley los recursos indispensables para realizar esos fines, en vez de permanecer inmobles en sus pétreos pedestales, levantando los puños cerrados como las carcomidas estatuas que adornan algunos sitios públicos de España. MANUEL DE TOLOSA LATOUR situado á cuatro kilómetros al Sur de Bení- Ounif, término del ferrocarril Sud- oranés. El domingo, á las siete de la mañana, el Gobernador general dejaba Djenan Eddar en coche y volvía á Beni- Ounif. Su propósito era hacer un reconocimiento de las proximidades del oasis de Figuig. Al llegar á Beni- Ounif con todo su acompañamiento dejó el carruaje y montó á caballo para ir hacia el desfiladero de Zenaga, donde debía hallar al amel de F i guig. En efecto, encontró al amel, con quien conversó sobre los constantes disgustos que surgen en la frontera, mostrando el amel buenos propósitos del Gobierno marroquí y de su parte, pero pocas seguridades de lograr lo que se proponen, por las circunstancias especiales que atraviesa el lmperiQ. M Jonnart y su escolta avanzaron hacia Figuig á instancias del amel, llegando á una altura dominante de Figuig distante unos quinientos metros. La agitación que observaron entre las gentes del Ksour, armadas y en actitud belicosa, íio era presagio de nada nuevo, por lo que se resolvió volver para atrás, pero no por ej mismo camino seguido al ayanzar, por estar lleno de palmeras y cuevas No había andado el cortejo medio kilómetro, cuando sonaron tiros que denotaban claramente una verdadera emboscada organizada por los marroquíes. Pronto se generalizó el fuego, y M Jonnart y su escolta caminaron bajo una lluvia de balas. Se pidieron refuerzos á Djenan Eddard, de donde salieron cuatro compañías que ocuparon distintos puntos y castigaron la agresión. M o sieur Jonnart y su comitiva regresaron á Beni- Ounif, de don r de salieron gentes para recoger los heridos dejados en el camino, que eran trece. Los figuíguianos se habían escondido DJENAN ELDAR. en los pliegues del terreno y en las palmeras, haciendo fuego a menos de trescientos metros. De haber vuelto la comitiva por la zona de Zenaga, seguramente el desastre hubiera sido mucho mayor. El Gobernador general volvió á tomar en Beni- Ounif el ferrocarril de vía estrecha, llegando por la noche á Ain- Sefra. A la mañana siguiente salieron de Ain- Sefra para BeniOunif por tren especial dos medias baterías. Tales son, en síntesis, los hechos ocurridos. M Jonnart dijo el mismo día que ocurrió lo relatado: Ya sé lo que deseaba saber sobre el estado de ánimos en la región entera. Veo que las gentes de Zenaga son irreductibles y que las autoridades marroquíes son absolutamente impotentes para restablecer el orden y la seguridad en esta región. En efecto, para castigar la agresión ha enviado obuses, cuyas bombas de melinita se encargarán de reducir á silencio... ó á polvo á los habitantes del oasis. El total de habitantes que reúne todo el oasis es de unos 15.ooo, entre los cuales no suele reinar la mejor inteligencia, rigiéndose por un sistema que consiste en elegir una junta ó consejo local compuesto de un consejero por cada cincuenta electores. El consejo elige un jefe y además se reúne cuatro veces al año para tratar asuntos de interés general para el oasis. Este se halla situado á unas diez jornadas al Sur de Oran y ocupa una superficie aproximada de seis kilómetros de longitud por cinco de latitud, comprendiendo un inmenso bosque de palmeras rodeado de siete Ksours -pequeñas aldeas- -unidas por una muralla. Los más populosos son: Zenaga, que tiene unas 600 casas; Ondaghi, donde reside el amel, representante del Sultán; El Maíz, El Hamman Tahtani, El Hamman Joukani, El Alid y Onland Sliman. Los puestos más próximos á Figuig son Beni- Ounif y Duveyrier. Ei primero está al Sur y, como hemos dicho, es el termino de la linea férrea que va de Ain- Sefra y pasa, por Duveyrier. A poca distancia, entre este puesto y el ferrocarril, hay un bosque de palmeras con un aduar en el centro habitado por gentes dependientes de Zenaga, y al cual no han llegado todavía las avanzadas francesas. Los puestos franceses están guarnecidos por tropas del ejército de Argel. El croquis que publicamos da idea completa de la situación de Figuig y de la marcha de la comitiva de Jonnart. Agreguemos que la frontera que Francia tiene que guardar por. Ja parte Oeste de Marruecos es de más de 1.200 kilómetros, y que lo que falta por averiguar es si entra en los propósitos del Gobierno francés guardarlas solamente ó si pretende ensancharlas para extender su imperio colonial. En este caso, que será de seguro el más probable, el castigo de los moros indómitos de Figuig, la ocupación militar temporal de algunos territorios y las circunstancias especiales que atraviesa el Imperio, pueden ser el pretexto para esa obra de expansión tan acariciada por nuestra naejón vecina y. J Estos asuntos de Marruecos no pueden ser por muchos motivos, indiferentes á España. El conflicto franco- marroquí I- -i L telégrafo ha dado cuenta del conflicto surgido en la frontera de Argelia y de Marruecos. El gobernador general, M Jonnart, deseoso de darse cuenta por sí mismo- -según la versión oficial- -de las medidas necesarias para evitar las frecuentes incursiones en territorio francés de los bandidos africanos, emprendió una excursión por la frontera acompañado del general O Connor, comandante en jefe de la columna de Oran. M Jonnart había llegado al punto extremo de su viaje y asistido á un banquete que los oficiales le habían ofrecido en Djenan Eddar, uno de losr puestos franceses X