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ÜAÑO UNO. NUMERO 22. CRÓNICA UNIVERSAL ILUSTRADA. Crónica política el Senado y camino de constituirse el Congreso, los ministros han celebrado frecuentes Consejos para ultimar, según han manifestado, la labor que presentarán á las Cortes. La revolución pacífica desde arriba, como quien dice. Fecunda y práctica necesita ser esa labor para que con su virtud destruya la mala impresión de que se siente dominado el país. Creyó éste que gran parte de esa obra podía hacerse desde la Gaceta, pero ni la buena intención siquiera ha dejado asomar el Gobierno en las columnas del diario oficial. La desconfianza pública está, pues, justificada, porque las Cortes harán poco en ésta su primera etapa. Mientras el Congreso se constituye y termina el inevitable y estéril debate político, se echará encima el tiempo de las imperiosas vacaciones y harto que hacer tendrá el Gobierno con reducir á la obediencia ó á la resignación, que aunque cosa completamente distinta surte iguales pasajeros efectos, las filas de la mayoría, entre las cuales se advierten síntomas de disgusto y de rebelión, como consecuencia del absorbente influjo maurista y de la debilidad del irresoluto Presidente. La resolución del Gobierno prohibiendo la carrera de automóviles en España ha sido bien acogida, porque con seguridad ha evitado más desgracias que las registradas entre París y Burdeos. Las gentes que no acertaban á comprender por qué habiendo trenes rápidos tan cómodos y seguros existían personas que prefiriesen el automóvil con todos sus peligros é incomodidades, han acabado por rebelarse contra la idea de que para satisfacer un capricho tan macabro haya de suspenderse el tráfico entre los pueblos, prohibiendo la circulación por las carreteras. Piensa, además, que si es tolerable que unos cuantos caballeros se destrocen por su voluntad contra un árbol ó en un despeñadero, no puede tolerarse que atropellen y revienten á tranquilos transeúntes que no tienen el mismo deplorable gusto. La medida de nuestro Gobierno ha sido una reproducción de la del francés. Y opinan muchos españoles que es lástima que en otras muchas cosas relacionadas con la política no imite también nuestro Gobierno al de la nación vecina y hermana. A la visita del Príncipe Enrique de Prusia la conceden algunas gacetillas importancia y hasta trascendencia política para España. Sucede esto siempre que nos visita algún personaje extranjero. No acabamos de convencernos de que las Cancillerías se ocupan poco de nosotros, y de que, caso de ocuparse la diplomacia, lo hace siempre, sea para bien ó para mal, guardando el mayor secreto. Por algo es diplomacia. ONSTITUÍDO simos hechos, que, por tales, son inapelablemente irrevocables. Y á nuestro Gobierno, ¿quién le indujo á poner á España en trance de que pudiese acaecer en el territorio nacional lo ocurrido en el francés? Única y exclusivamente se atendió para consentir que la carrera terminase en Madrid, á lo que ésta tenía de grandioso y heroico, es decir, de fugaz y peligrosísima manifestación del último esfuerzo del ingenio y valor humanos por el progreso del automovilismo. Y aquí de nuestro idealismo incurable, desdeñoso ó desconocedor de la realidad. Paz para los muertos, y aprendamos los vivos á no lanzarnos á volar porque tengamos alas, si nos falta aire en qué hacerlo. Sin carreteras construidas á propósito, es insigne temeridad emprender una desatentada carrera á velocidades enormes, inauditas, como la de cien y tantos kilómetros por hora. Y desístase ya de una vez para siempre de verificar estas lides industriales á que se da las pseudoaparíencias artísticas de nobles juegos de fuerza y aun de altos y generosos certámenes intelectuales. ¿Qué se iba persiguiendo en esa suspendida carrera de automóviles? ¿Cuál era en último y verdadero término el problema científico que se anhelaba resolver? Ninguno. Tratábase exclusivamente de hacer triunfar la marca de automóviles mejor y más perfecta conocida en todo lo descubierto de la tierra No podrá nunca justificarse que á este mezquino fin se hayan expuesto tantas vidas, y tantas distinguidas personalidades hayan ido y venido, compitiendo en diligencia y empeño como si se tratase de grande hazaña digna de perpetua fama. Maravilla en verdad que los honrados y pacíficos fabricantes de automóviles, influyendo más ó menos sagazmente en los altos poderes, hayan producido vivo interés en las clases elevadas, y en el pueblo curiosidad y expectativa. Si con finalidad tan mezquina como la de su particular lucro han movido la opinión de tantos países, ¿qué no hubieran hecho si hubiesen tenido en su mano la explotación de un mundo descubierto? Nosotros, los españoles, tan inhábil y torpemente hemos procedido, que de la colosal empresa del descubrimiento de América, radiosa de fuerza y bríos superhumanos, hemos salido arruinados y vencidos por un pueblo de ricos industriales que nunca nada dieran desinteresadamente por el procomún humano. Saquemos la quinta esencia á los móviles de los modernos hechos y acciones; imitemos á los ombres contemporáneos que de lo menudo, fugaz y precario hacen soberbio espectáculo en que fija la mirada el mundo entero, y si obtienen la honra por adarmes, consiguen la riqueza por libras esterlinas ó por toneladas métricas; que á la postre, nosotros, bienhechores positivos de la humanidad, salimos con las manos en la cabeza, y ellos salen laureados y ahitos. La sangre derramada profusa é inútilmente en el trayecto de París á Burdeos hace estallar la indignación en todas las conciencias honradas; pero el duelo pasará, y dentro de poco tiempo otra hazañosa y descomuna! empresa de la industria locomotriz, y quién sabe si de la algodonera, causará nuevas víctimas y nuevas lágrimas. Decididamente, en nuestro tiempo vale más que luchar con moros, con vestiglos y endriagos, mover civilizadora guerra por unas minas de diamante ó por un venero de petróleo, y con las grandes operaciones de crédito y los concursos industriales no pueden compararse los austeros heroísmos de Grecia para detener al Asia en su avance sobre Europa. VIRGILIO COLCHERO S ¿MADRID, 28 DE MAYO DE i 9 o3. NÚMERO SUELTO, 1 0 ¿Y cómo se la procuraremos? -Con regaderas, digo, con rogativas. ¡Ca! eso era antes. Ahora, perdida ó amenguada la fe general, el cielo oye las súplicas de los labradores como quien oye llover, y no suelta ni una gota. Hay que pensar en otro medio más radical y efectivo para quebrantar nuestras tenaces sequías, y yo he dado con el medio. Gracias á mi proyecto de ley, la benéfica lluvia descenderá de los cielos en cuanto la pidan los labradores. -Entonces va á estar lloviendo siempre... ¡y tendremos que salir en coche cerrado! Mira, mira: abandona tu proyecto de ley, y que llueva cuando Dios quiera nada más. No se le debe enmendar la plana al Supremo Hacedor, y cuando Él ha dispuesto que vivamos en un país seco, por algo será. Yo en coche cerrado me ahogo. Además, no se luce una nada. ¿Abandonar mi proyecto? Antes dejaría la vida en los bancos de la comisión. Pero qué tontina eres; ¡si mi proyecto es sumamente divertido; casi más divertido que beneficioso! -Pues, ea, dilo de una vez. -Verás. Ordeno y mando la construcción de hipódromos en las capitales de las provincias que más padecen por falta de lluvia. Un hipódromo en Ciudad Real, otro hipódromo en Badajoz, otro en Jaén, etc. etc. y apenas la sequía amenace á los campos, zas, carreras de caballos en esos hipódromos. Antes de que se monten los jockeys, diluvia en toda España. ¡Calla, pues es verdad! -Desde que se construyó el Hipódromo de Madrid (y ya han pasado años) no ha dejado de llover ni un solo día de carreras. ¿Ves qué azul está el cielo? Mira el barómetro; señala buen tiempo; pregúntale á tu tía, que es reumática, si le duele algo; nada. Pues hoy llueve, ¿por qué? porque hay carreras. Llenemos la nación de hipódromos, y las lluvias serán generales. ¿Qué te parece mi proyecto de ley? -Me parece sublime y sumamente práctico. Sobre todo ahora, que por el fracaso de las carreras de automóviles no habrá ya en mucho tiempo más carreras que las hípicas y las carreras en las calles ante la Guardia civil. ¿Pero has visto qué serie de espantosas desgracias en la primera y única etapa de las carreras París- Madrid? El tango del automóvil se ha convertido en una danza macabra. -Todos lo preveíamos... y todos habíamos adquirido nuestros billetes de tribuna para presenciar el hule. ¡Qué lástima! Lo hubiéramos pasado muy bien en Puerta de Hierro. Allí se hubiese reunido todo Madrid. Yo saboreaba ya con la imaginación la crónica de Montecristo: La marquesa de Tal con traje color de rosa y gran sombrero negro por el reciente luto de su tercer esposo, el cual, como no ignoran nuestros lectores, pereció á consecuencia de un vuelco. ¡Qué lástima! Las madrileñas no tenemos suerte. ¡Pero si eso del automóvil es un desvarío! ¿Qué se pretende con su velocidad? ¿Vencer al tiempo? Pues ya lo ha dicho repetidas veces desde el poder mi jefe ilustre D. Francisco Silvela: Sin el concurso del tiempo no hay nada viable. j Y ya lo ves tú: aquellos que se lanzan en carrera desenfrenada con el propósito de vencer al tiempo, matan unos cuantos canes y se estrellan después. ¡Pobrecitos perros! ¿qué culpa tendrán esos animales de nuestras diversiones? -La velocidad es una loca furiosa y hay que sujetarla con barras de hierro. Se comprende que la locomotora devore kilómetros sujeta entre los rieles, pero tú imagina que esa locomotora saltara de ellos en un paso á nivel y echase á correr por la carretera: ahí tendrías el automóvil. Al primer empellón sentaba de golpe al maquinista y al fogonero, convirtiéndolos en conductor y chauffeur, y al segundo los enviaba á la eternidad. El automovilismo es, sencillamente, un descarrilamiento constante. Atengámonos, pues, á las carreras de caba líos, que originan muchas menos desgracias y además producen benéficas lluvias, y atengámonos sobre todo á la sabia máxima de mi ilustre jefe: Es inútil luchar contra el tiempo; lo más sólido es aquello que se realiza con mayor lentitud. Hagamos, pues, la revolución desde arriba, rápida, radical y brutalmente... á paso de buey. Y los que no e lén conformes con esas máximas de don Francisco, ¡que vayan en automóvil á Burdeos! JOSÉ DE ROURE La carrera de automóviles T ambién las industrias tienen sus epopeyas como tienen sus saínetes y sus tragedias. La carrera épico- industrial de automóv; les, con más de lo segundo que de lo primero, ha terminado en tragedia cruenta. Fortuna fue para España que el fatal desenlace haya ocurrido en territorio extranjero, pero desgracia lamentable que nuestro sino malo nos persiga, yendo nuestro nombre adjunto á la catástrofe. La resolución del Gobierno francés ordenando suspender la carrera, es un acto legítimo de soberanía; así hubiera denegado su autorización para que se verificase! Las velocidades que hoy alcanzan algunos trenes expresos de los Estados Unidos é Inglaterra se han ido paulatinamente consiguiendo según las locomotoras fueron perfeccionándose. El tren ha ocasionado desgracias sin cuento en todas partes, pero bien se puede decir que tales desgracias han sido accidentes siniestros; esto es, casos fortuitos, imposibles de prever. La catástrofe de ahora, sospechada vehementemente por todos, ¿por qué no se ha temido por el previsor y preclaro Gobierno francés? ¿Han influido en la conciencia de ese Gobierno sugestiones y móviles que no sean los de la justicia, más todavía, los de la fraternidad cristiana? No queremos creerlo, pero tampoco quisiera nadie deplorar los tristí- E NTRE SEMANA. YUGALES DIÁLOGOS CON- ¿Qué escribes con tanto entusiasmo? Ahí una cosa muy importante, mujercita mía. Un proyecto de ley en beneficio de la agricultura que voy á presentar al Congreso apenas se halle éste constituido. ¡Jamás sospeché que tú tuvieras esa clase de proyectos! -Naturalmente; como que te complace más de lo justo abundar en la opinión de los liberalotes y jacobinos, quienes insinúan que nosotros, los diputados de la mayoría conservadora, no nos dedicamos más que á jugar al polo. Pues están completamente equivocados; servimos también para cosas muy serias, y dígalo sino mi proyecto. No se ha pensado nada mejor en provecho y defensa del campo. ¡Pero si á ti te aburre el campo! ¿Y eso qué importa? M e aburre, pero pienso en él; y más ahora que represento un distrito rural. Muchas noches, aunque tú creas otra cosa, me acuesto meditando qué necesitan nuestros campos sedientos. -Agua. PARÍS- MADRID A carrera de automóviles entre París y Madrid es el suceso culminante de estos días, y hace tiempo que las miradas se fijan en ese camino que han seguido las ideas, las costumbres, para unir es-