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en España que su volubilidad es la más grande de las volubilidades femeninas, porque cambia de parecer y de representantes cada lunes y cada martes. Pero todos estamos en el secreto de lo que es la representación nacional y reconocemos de buen grado la razón que asistía á aquel diplomático belga para decir que los españoles no podrán ser nunca enteramente dichosos porque tienen tres en migos invencibles: un sol que les hace ser indolentes, unas mujeres que les hacen ser esclavos y una política que les vuelve locos. Pero volvamos á la apertura de las nuevas Cortes, cuya ceremonia se verificó el lunes último con toda la pompa y solemnidad que tales actos revisten siempre en España. El discurso puesto en labios de S. M por el Gobierno es tan breve y vago, que más bien parece la nota oficiosa de un Consejo de ministros. Su única novedad consiste en anunciar la publicación de un decreto concordado relativo á la situación jurídica de las órdenes religiosas. De los demás problemas planteados, nada concreta el discurso de la Corona, limitándose á mencionarlos en muy pocas palabras, en las que tal vez los ministros habrán puesto muy buenos deseos, de los que se dice que está sembrado el Infierno. T- ¿3 v! SI ÍL Í Fots Muñoz de Baena APERTURA DE LAS CORTES DE 1903 I I SU MAJESTAD EL REY DESCENDIENDO DEL COCHE DE LA CORONA EN LA PUERTA DEL SENADO SU MAJESTAD EL REY PRESIDIENDO EL SOLEMNE ACTO DE ABRIR LAS NUEVAS CORTES El mismo tema, con variaciones más extensas, fue el de la oración pronunciada por el Sr. Silvela el sábado en los salones de la Presidencia. Acentuó un poco la nota liberal, y en este sentido fue algo á manera de rectificación á la reacción que respiran las circulares del Sr. Maura. Mas extenso e intencionado fue el discurso del Sr. Villaverde, que mas que presidente futuro de una Cámara, pareció un presunto presidente del Consejo de ministros. A la mayoría se lo dijo para que lo entendiese quien deba entenderlo. En fin, los prohombres del partido liberal han dado de lado sus diferencias, proclamando jefes de las huestes liberales del Congreso al marques de la Vega de Armijo, y del Senado al Sr. Montero Ríos. ¿Sera verdad tanta abnegación? Dios y el tiempo... y Moret lo han de decir. E NTRE SEMANA. YUGALES DIÁLOGOS CON- -Di me, ¿no te agradaría que esta tarde diésemos una vuelta por la Pradera? ¿Por la Pradera 7 (Horror! ¿Nosotros á San Isidro como un matrimonio de paletos ó como dos novios de los barrios bajos? ¡Qué ocurrencias tienes, querida míal ¿Que íbamos a hacer nosotros en la Pradera? -Pues mira, lo que hace muchísima gente; ver los puestos de rosquillas, los merenderos al aire libre, los bailes populares. Beber agua de la fuente milagrosa, rezar un momento en la ermita... Y comprar dos pitos -No, nada de pitos, marean; pero hartarnos de sol... -Si, y de polvo y de peste de aceite... ¡Pero qué capricho tan raro el tuyo ¿Por que te ha entrado el deseo de ir este año a la Pradera? -Vaya, te lo voy a decir francamente- por Zacconi. ¿Por Zacconi Ahora lo entiendo menos, ¿que tiene que ver el ilustre actor italiano, tan intelectual y tan exquisito, con esa vulgar y plebeya romería del Santo -El no tiene que ver nada, t pero yo le he visto a él en quince noches morirse quince veces con quince clases de muertes violentas, distintas y quiero ir a la romería para hallarme ante gente que baila, que come y que bebe; oír gritos y cantares, pianos de manubrio, risas, chicoleos, contemplar, en suma, el cuadro, todo lo plebeyo y ordinanote que tu quieras, de la alegría humana bajo un cielo azul y sobre una pradera polvorosa, y olvidarme de las quince muertes violentas, distintas, que nos han correspondido en las quince noches de abono. Quiero convencerme de que hay todavía quien goza y quien ríe y quien canta en el mundo, á despecho de Hamlet, y sin haber conocido á Osvaldo. Necesito sol, necesito alegría brutal, pero sana. Necesito jolgorio popular, necesito... -Necesitas rosquillas de Fuenlabrada de la verdadera tía Javiera. -No, eso no. ¿Por que? -Es la única muerte que se le ha escapado á Zacconi. Habrá que decirle que baje á la romería y se las coma luego en escena. Pero no se lo digas, ¡que baja! Ea, me parece que ya te he convencido, plan para esta tarde, un paseo por la Pradera. Para esta noche no tenemos plan; como te vas á la reunión de las mayorías en la Presiden- cía... Pues ya está: por la tarde á ver al Santo; por la noche á ver a Silvela. ¿Trato hecho? -No; lo del Santo, no. ¡Eres muy amable, indudablemente! ¿No has estado nunca en la romería -Sí, una vez; pero hace muchos años. -No importa; quien ha bajado una vez á la Pradera no necesita volver en toda la vida. Aquello es siempre lo mismo. Los mismos puestos de rosquillas y pitos, los mismos merenderos, los mismos bailes con los mismos organillos, los mismos ciegos con las mismas guitarras; hasta los mismos borrachos. Yo creo que los alquilan todos los años, ó mejor dicho, que los conservan en alcohol de un año para otro. El mismo polvo, los mismos paletos, los mismos churros... -jBah! si no es más que por eso, tampoco tu debes ir esta noche á la reunión de la Presidencia. Quien ha ido una vez no necesita volver en lo que le queda de vida, y tú ya has sido diputado, aunque no se si aquella mayoría era la misma de ahora. Pero, en fin, por lo que tu me has contado y por ¡o que cuentan los periódicos, siempre oís los mismos discursos y os dan los mismos fiambres, los mismos helados y los mismos vinos. Los mismos puestos de rosquillas y pitos, la misma música parlamentaria de los mismos organillos, el mismo lunch, el mismo calor, el mismo polvo, los mismos diputados paletos, los Fot Franzen mismos churros... Con que si yo no debo ir esta tarde á la Pradera, tampoco debes ir tú esta noche á la otra, -Pero mujer, ¿y que diría el jefe? -Pero hombre, ¿y que va á decir el Santo? -El Santo no dice nada; no se entera. Harto tiene con lidiar con sus bueyes. ¿Y tú crees que á los presidentes del Consejo no les sucederá lo mismo Mira, las fatigas que ha pasado el actual para nombrar senadores vitalicios. Después de todo, a mí no me importa. Aunque no vayamos esta tarde ala Pradera, puedes ir, si quieres, esta noche a la reunión de la Presidencia. Mejor, me quedare en casa y me probare el vestido de Laferriere que recibí ayer y que he de estrenar el lunes en el Senado para la sesión regia. El vestido es una preciosidad, y el sombrero de casa Virot, que he de llevar también, otra. No temas; tu mujer te hará honor en las tribunas. ¡Gracias á Dios que los hombres habéis inventado algo para que se luzcan las mujeres -Caramba, ¿tú crees que ese es el destino del régimen parlamentario? ¿Pues para que más sirve -Señoraje! régimen parlamentario es la salvaguardia de la libertad de los pueblos y de la firmeza de las instituciones. ¿Que sería de las naciones si no elaboraran las leyes los representantes que han elegido libremente los ciudadanos? -Sí, sí, tienes razón; no me sueltes un discurso. Oye: ayer me preguntó Paquito Vélez que cuántas protestas trae tu acta. -Sesenta y cuatro, y es de las más limpias. ¿Y vas á estrenar una cosa tan poco aseada? Ya tú ves, yo estreno en la misma sesión un traje de Laferriere y un sombrero de casa Virot sin mas protesta que una: la tuya cuando te presente la cuenta. Asi da gusto ir al Parlamento, y no como vosotros. (Sucios! José DE ROURE