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dedillo las aficiones y gustos de los señores socios para darles, sin equivocarse, el trato que merece tan distinguida concurrencia, y en eso del recuelo, como en otros detalles de la industria, no se sabe brujulear... antes del año el paradero es el hospital... Entendido de otro modo: sin esplendideces, con quinqué y sangre fría, estos establecimientos son una cosa así como una Lonja del almidón ó una cartera de ministro con empréstito y todo, créanlo ustedes. La otra noche varios amigos tuvimos ocasión de conocer de cerca estos Fornos en pequeño. En el de la plazoleta del Rastro, toda la más escogida tertulia de las dos de la madrugada nos saludó cariñosamente, y hasta las señoras nos brindaron un traguito de café en su mismo vaso. Allí vimSs personas conocidísimas: literatos, políticos y toreros; el Echegaray, el T omanones (un cojo) el J everte, el Bombita... Y lo mismo en el de la Berenjena (plaza de) el salón estaba echando chispas. ¡Oye tú, Mariquita Guerrero, que te has sentao en mi frasco! ¿Es de Jerez... ¡Es de osas! ¡Que no hubiera sido de vitriolo! ¡No eres tú naide apretando... Náa, que ya has cerrao la Arrendataria pa toa la noche... ¡Señores, quien quiá colillas que las busque! -Oiga usted- -me atreví yo á preguntarle al Vega Armijo, un señorón de patillas blancas, con otros detalles y defectos visibles, ¿vienen ustedes por aquí todas las noches? ¿Todas? ¡Quisiéramos! Pero á veces... ¿De modo que cuando otros urgentes negocios no les reclaman, están ustedes por este sitio? -Eso es; fuera de las recepciones, asuntos profesionales y jiras quincenales, aquí venimos sin faltar noche. Tenemos nuestros turnos y tertulias. ¿Ve usted ese rincón de las columnas? bueno; pues ahí se sienta nuestra aristocracia más joven, el señorío alegre, el juguetón ¿usted comprende? que viene á apurar el último sorbo de café á la salida de los teatros. Todos personas muy decentes, bien trajeados y ¡con cada sortija, que me río yo! Esta otra parte déla izquierda la ocupan las señoras casadas, ó simplemente comprometidas, pa el caso da igual. Y esta otra es el pedazo de las niñas solteras que buscan esposo, ¿Y están ustedes hasta la madrugada? -Eso sería nuestro deseo; pero el dueño dice que no le conviene. A la media hora de haber entrado, y cuando supone que no se renueva la parroquia, se sube en esa silla y nos dice que se va á cerrar el café. Entonces nosotros ya sabemos nuestra obligación: hay que salirse del establecimiento. Desocupado que está, cierra efectivamente las puertas un cuarto de hora, pero pasado este tiempo, las abre de nuevo, y á todos los que entramos otra vez nos cobra los diez céntimos por servicio... Y así cada treinta minutos. Atravesando la Plaza Mayor, llegamos al café de los Angeles, situado en la plazoleta de Santo Domingo. El local estaba lleno de gente del pueblo: viejas y viejos, muchachos divertidos y unas madrileñitas del arroyo muy guapas, muy graciosas y que daba pena verlas tan jóvenes y tan mal cuidadas. ¿Quieres venirte conmigo, y te tendré como merece tu carita de cielo? -le preguntó á una un amigo. ¡Vamos, usted está guillé! ¡Separarme de éste... ¡Ni pa princesa consorte! Y al mismo tiempo que esto decía, nos señalaba con sus ojos negros y llenos de pasión á un chulito de Ministriles, aburrido, anémico, sucio, tuerto y con una pierna de menos. MANUEL CARRETERO No alcanzaba para pagar la casa. Abandonar esta era quedar mal y tener recursos para vivir un día ó dos más á lo sumo. Deliberaron marido y mujer, y convinieron que, para lo que les esperaba en esta vida perra, preferible era quitarse de en medio. Dicho y hecho. Compraron un frasco de ácido nítrico, vulgo agua fuerte, y se suministraron el contenido á medias. En gravísimo estado fueron conducidos al hospital, cuando los vecinos, percatados de lo que ocurría por los gritos desgarradores de la mujer de Abbott, dieron parte á las autoridades. La mujer falleció. El marido luchó á brazo partido con la muerte, y se curó. La ley inglesa es inexorable: si dos personas intentan suicidarse y una de ellas sobrevive á la otra, la superviviente es acusada de homicidio. Abbott ha comparecido ante el Tribunal y ha referido sus desdichas. -Nos moríamos de hambre- -ha dicho el pobre viejo; -mi mujer no podía sufrir más. Ella me propuso envenenarnos. Yo aprobé su idea. Ella compró el ácido y me hizo beber el primero, diciéndome: ¡Animo, Joe, acabaron nuestras desdichas! Ella tuvo más suerte que yo, puesto que murió. La ley no dejaba al Jurado otra alternativa que declarar culpable á Abbott, y como no existían circunstancias atenuantes, la sentencia fue terrible y terminante. Pena de muerte. Oyó inmutable el fallo el reo, y al preguntarle si tenía algo que alegar, replicó: -Nada, señores; darles las gracias, porque eso es lo que yo quería: morir. El Jurado ha firmado una petición de indulto. Puede que el buen Abbott lo sienta y que piense que, sin querer, le han fastidiado. Porque, después de todo, se le priva de ejecutar su voluntad y se le hace reo de un delito que no ha cometido. Ni aun devolviéndole la libertad y asegurándole el pan de cada día se consideraría satisfecho, porque hombre de pundonor, como indudablemente es, se resistiría á vivir á costa del recuerdo querido de la compañera de sus desdichas. ¡La verdad es que hasta para ser desgraciado se necesita tener suerte! AEMECE Decadencia intelectual uchos intelectuales laméntanse públicamente de la incultura del pueblo, de nuestra inercia nacional, de que no entremos de una vez en la vía ancha que conduce á la civilización y al progreso modernos. De estos intelectuales, pocos examinan la causa de esa ignorancia, y menos los que se dicen interiormente: Revueltas hallo en mí mondaduras de ideas tomadas de diversos libros, de diversos autcves, reminiscencias con las cuales compongo yo las obras que llamo propias; rebusco y no encuentro en ellas nada mío, nada original; examino á los demás y caigo en la sospecha de que á todos nos falte el cuajo, la levadura propia; y nosotros, que abominamos del pueblo inculto, de la falta de obreros aptos para las múltiples necesidades del trabajo moderno; que tenemos agotada la gama del furor lírico con luctuosos discursos, artículos é infolios en que plañimos el decaimiento de la raza española, hemos de declarar que no aportamos una sola piedra á la construcción del edificio patrio, que nuestra obra es, en otro respecto, puramente negativa; cuando más, crítica. Esto debieran decirse muchos jóvenes, principal y casi única esperanza de regeneración, y, luego de dicho, arrojar la pluma y acudir solícitos á la escuela, proceder á la noble tarea de prepararse para el presente y para una vejez activa, ya que, trastrocando la naturaleza, pasaron una juventud, por lo inerte, letárgica. Filósofos, médicos, abogados, ingenieros, intelectuales, han labrado la historia alemana del pasado siglo. Los selváticos germanos, venidos ayer á la vida intelectual humana, hoy ejercen la hegemonía en muchos órdenes superiores. A nuestra vista han edificado su historia, la están haciendo; cada uno aporta algo: quién lleva su amor á la Naturaleza, cuál su ciencia, aquél su habilidad, otro su dinero, todos su fe. Del viejo espíritu alemán se nutren, é impulsadas por las generaciones pasadas las presentes, transmiten, mejorada, á las venideras la herencia recibida. En aquel país de los filósofos idealistas, con fe racional confían conquistar el cielo; con obras, la tierra. Aquí miramos sin amor el edificio ciclópeo intacto dos siglos hace; el edificio junto al cual yacen las generaciones de aventureros que hallaron continentes, de soldados místicos que conquistaban el cielo y de soldados recios que conquistaban el planeta; de filósofos picaros nacidos espontáneamente de la propia entraña del terruño nacional, y de filósofos eruditos, tan amantes de la ciencia académica, peripatética y tomista como de no dejar construir la ciencia española. Y allí duermen también los jurisperitos que legislaron para dos mundos; los que hicieron estallar los moldes viejos del romano formulismo contractual y lo sustituyeron radicalmente, rápidamente, sabiamente por la libertad más amplia; reposan allí los creadores del idioma, los que le exaltaron á los cielos del arte, dándole alas para que volase en la oración, impulso para que se propagara, blandura para que se adaptase á la escala de todas ¡as ideas, y ritmo y riqueza; y allí descansan los que escribieron páginas en el libro de la ciencia universal: médicos, matemáticos, naturalistas, y los sabios que asombraron al mundo con su talento, y los narradores, y los dramaturgos vectidos de inmortalidad. Los cadáveres nuestros no serán conducidos á ese panteón. No nos hemos nutrido de ellos; no trabajamos en su tajo. Nosotros, intelectuales nacidos en tierra española, hemos decidido no recibir nada de nuestros antepasados, y renunciando á la herencia, nos hemos trasplantado á otras regiones del continente europeo; pero á las naciones no se las traslada como á las individuos, y ni conseguimos desarraigar al pueblo español de su inconmovible macizo peninsular, ni importar aquí las ideas, las costumbres de otras gentes. Y así estamos sin filosofía española, porque en la obra de nuestros místicos no laboran obreros ni lúcidos exaltados; y los que pudieran continuarla satisfacen sus aspiraciones mentales convirtiéndose en repetidores de Hege ó de Schopenhaüer, profundos pensadores, sí, pero de ideas, si no del todo extrañas, incompatibles é inconciliables con nuestro criterio y nuestro genio. Los legisladores del siglo xix no quisieron reparar en las aspiraciones sentidas por nuestros antepasados; resistía el pueblo el empuje de la irrupción francesa en Cádiz defendiendo el territorio de la patria, y los intelectuales permitían la intrusión de libertades exóticas, que en todo un siglo no se han cuidado de enlazar con las libertades españolas, que yacen perdurablemente en Villaiar. Nuestros hombres científicos, arrobados en la contemplación de los sorprendentes inventos hallados por el ingenio extranjero, no llevan al caudal humano una idea original ni deslumbradora; y el pueblo, ganoso de ver unido un nombre español á la gloria de un maravilloso descubrimiento, se embarca en el submarino del infortunadísimo Peral, y naufraga con él. Aliméntase igualmente la juventud literaria de la lectura extranjera, y muchas obras actuales viven de vida extraña en narraciones extravagantes y en dramas sin acción, de mortal decadentismo. No se nutre el árbol español por sus raíces, y está secándose; no vigorizamos el espíritu nacional en sus ideas, y le falta vida. Ideas encarnadas son las industrias, los canales, los buques, los productos y producciones de todas clases; no pretendan crear, con sólo su deseo, obreros que las ejecuten, los que debieran instruir y hacer amar al pueblo esas ideas, si ellos nada aman. Los que debieran inventarlas, las plagian. Con cerebro y corazón ajenos no pretendamos mover el brazo propio, que siempre faltará el nexo de los nervios transmisores. Pensemos y sintamos castizamente, y el pueblo nos entenderá; y juntos los intelectuales y el pueblo, volveremos á labrar la interrumpida historia de España. Que nos enseñen el mapa peninsular á los intelectuales para que un labriego no tenga que mentarnos los ríos patrios, á nosotros que sabemos los afluentes del Danubio ó del Rhin; que nos hablen de las gestas patrias, ya que en las extranjeras somos doctores; que nos digan en qué época se ordeña la aceituna, y cuándo se esquilan las ovejas y maduran los frutos de la vid, y cómo se llaman las aves que pueblan nuestros aires, y los árboles y los arbustos que crecen en nuestros campos; que nos enseñen por qué de Castilla salieron los dominadores, de las Vascongadas navegantes, aventureros de Extremadura, pensadores de Valencia y Baleares, é industriales de la tierra catalana. Que nos vuelvan á nuestra tierra y á nuestras raíces, que nos infundan el soplo de la vida genuinamente española, y sobre todo, que nos devuelvan la fe de nuestra raza, la viveza y la alegría de nuestros regocijados tipos picarescos, el amor á la leyenda nacional; que no á pesar de esto, sino por esto tendremos amplia y sólida base en qué edificar, y alientos para acometer los trabajos que demanda el moderno progreso. VIRGILIO COLCHERO A TRAVÉS DE LA FRONTERA. UNA HISTORIA MUY TRISTE Pocos relatos más tristes pueden hacerse que el del proceso que se vio hace pocos días ante el Jurado de Oíd Bayley. José Abbott es un mozo de cuerda á quien el infortunio perseguía con implacable insistencia. El buen hombre, porque lo es en toda la extensión de la palabra, y su pobre mujer, que también lo era á carta cabal, pasaban las de Caín para comer, porque ser mozo de cuerda, que era la profesión de Abbott, produce poco, aun en Inglaterra, donde hay tanto dinero... según dicen. La costilla de Abbott era camisera, pero, ni que los ingleses hubiesen dejado de usar camisas para que la infeliz mujer no hallase una puntada que dar. Todas sus gestiones para encontrar trabajo fueron inútiles. La miseria se apoderó de la humildísima mansión del matrimonio Abbott. Las semanas y los meses pasaron sin una alegría para marido y mujer. -Todas las mañanas- -ha declarado la portera de la casa ante el Tribunal- -salía Abbott para buscar trabajo, y por la noche volvía á su domicilio triste y descorazonado. Poco á poco el modesto mobiliario fue vendiéndose pieza por pieza. El casero- -también en Inglaterra los hay y de los que no perdonan- -reclamaba los alquileres y amenazaba con poner al desgraciado matrimonio de patitas en la calle. Cuando el plazo fue de pocas horas é improrrogables, Abbott recogió cuantos chismes quedaban en la habitación, cargó con ellos y los vendió al precio que quisieron comprárselos los prenderos. El producto de la enajenación ascendió á unas doce pesetas y media. La cantidad podía resolver una cuestión de hambre, pero na. un problema de Ja vida. Retazos higiénicos. E 1 teléfono, aparato destinado para transmitir á distancia la voz humana, es también vehículo comunicativo de enfermedades infecciosas. La membrana transmisora de TARLA este aparato puede recoger, además de la voz, un sin fin de microbios infecciosos (de la tuberculosis, pneumonías ó pulmonías gripales, sífilis, escorbuto, etc. los cuales puede muy fácilmente absorber la persona que utilice el teléfono previamente contaminado por un tuberculoso, un sifilítico ó un convaleciente de grippe pulmonar. No sólo es la membrana transmisora único medio de posible contagio infeccioso; también los aparatos aurículo- receptores del teléfono pueden ser agentes transmisores de muchas afecciones dérmico- contagiosas (herpetismo, forunculosis, viruela, sarna, y diversas enfermedades cutáneas) Se impone, pues, la necesidad de higienizar los teléfonos, así particulares como los públicos situados en casinos, redacciones de periódicos, oficinas, comercios, agencias, etc. El procedimiento para evitarla referida transmisión de enfermedades infecciosas, y que aconsejo á mis lectores de A B C, es muy sencillo: consiste sólo en tener la precaución de efectuar á diario en la tablilla ó membrana transmisora y en los auriculares- receptores de los teléfonos, frecuentes lavados con un pequeño trozo de algodón en rama aséptico previamente humedecido en una disolución de sublimado corrosivo al dos por mil (téngase presente que esta disolución debe ser manejada por persona experta, pues ingerida en bebida, por equivocación ó error, es eminentemente venenosa) Haciendo, pues, esta utilitaria desinfección, se logrará conseguir que los teléfonos sean sólo transmisores de la voz y dejen de serlo de una oorción de enfermedades infecto- con tagiosas. DOCTOR CORRAL Y MAIRA T DE R A N S M I S I Ó N D E R TTMPÍ PT M E D AriFQ E N F E RM p n A D E S INFECCIOSAS POR EL TELÉFONO, Y M E D I O S DE EVI-