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las gentes dti Norte- -donde todnv a es invierno- -descienden á la ciudad de luz, que apenas puede, tantos son ellos, albergar á sus huéspedes. Y entre sus huéspedes cuenta este año Sevilla dos ilustres: el héroe irlandés comandante Mac- Bride y Maud Gonne, su esposa, la hermosísima defensora de la independencia de Irlanda, cuyo retrato publicó A B C en uno de sus números anteriores. A su paso por Madrid logramos celebrar con ellos una entrevista. Interesantes por todo extremo son estas figuras de entusiasmo y de acción, que surgiendo junto á nuestra inactiva actividad colorean el gris monótono de nuestra historia contemporánea; de estas gentes que rompiendo la quietud contemplativa peculiar de la vida moderna, hacen de la idea la obra, trocando una convicción en muchas batallas. Mac- Bride es un moderno digno de haber nacido en tiempos de leyenda. Es irlandés. Irlandés en Jrlanda significa enemigo de Inglaterra. Se nace en odio á la usurpadora; se vive en el amor déla soñada Dulcinea que tiene nombre de Independencia. Los cantos populares dicen libertad; las madres amamantan el espíritu de los chiquitines con catequística de independencia: -Irlanda ha de ser libre; Jrlanda será libre. -Y sueña la isla toda, la pequeñuela y débil, sueños legendarios contra el poder de la grande Inglaterra, moderna señora del viejo mundo. ¿Qué motivo pudo impulsarle- preguntábamos á Mac- Bride- -á dejar su país, yendo á buscar fatigas y acaso Ja muerte en tierra africana? Y respondía: -Mis compañeros y yo hemos peleado en el Sur de África por odio á Inglaterra. Soy irlandés, y tanto como amo á mi patria aborrezco á su conquistadora. He trabajado en mi país por la libertad; un día Inglaterra, ansiosa de nuevas dominaciones, quiso hacer su esclavo á un pueblo libre, y allá fui á combatir contra ella por amor á la justicia. En efecto; Mac- Bride, con el fervor guerrero de un cruzado, marchó al Transvaal, cuando después del J aid de Jameson consideró inevitable el conflicto. Fuerte en su labor de proselitismo, organizó militarmente á cuantos compatriotas se hallaban en el Sur de África, y así pudo ofrecer al presidente Kruger, el día mismo en que se declaró la guerra, un regimiento más: la brigada irlandesa, que ha realizado prodigios de heroísmo. Mac- Bride hace una pausa; después, con la tranquilidad imponente de los grandes convencimientos: -Hemos peleado contra Inglaterra en África; ahora nuestra grande ambición es pelear contra Inglaterra en Irlanda y por Irlanda. -Sí- -interviene Maud Gonne apoyando la opinión de su marido con simpática vivacidad. -Esta vez Inglaterra nos cogió desprevenidos, porque Irlanda, después de treinta años en poder de los parlamentarios, carecía de organización con que aprovechar las dificultades de su enemiga; pero ya hemos aprendido que no se conquista una independencia con palabras, sino vertiendo sangre, y estamos dispuestos á verterla. Sabremos aprovechar la primera guerra en que Inglaterra tenga que intervenir. La voz de Maud es musical y sugestiva como pocas. Oyéndola se comprende el éxito de su propaganda libertadora. Últimamente ha dado, acompañada de su marido, una serie de conferencias en toda América, para obtener prosélitos en favor de la causa nacional. ¿Y qué impresión les ha causado España? -Excelente. ¿Ustedes- -interroga Mac- Bride- -aborrecerán á los ingleses? ¡Aborrecer! No tanto. El irlandés se indigna. ¿Y el Peñón de Gibraltar? Explico entonces que nosotros, los españoles, no somos tenaces para el rencor; que nuestro patriotismo no se forma de odios á banderas ajenas; que nuestro sol, nuestro buen sol, nos hace tolerantes y aun olvidadizos; que los viejos rencores se vengan á coplas y se perdonan después. ¡Oh! ¡oh! -El entusiasmo de Mac- Bride hacia España decae notablemente. -Ahora van ustedes á Sevilla; allí, mejor que en parte alguna, podrán convencerse de que el odio á Inglaterra no existe en España. Andalucía fraterniza con los ingleses; en Sevilla los hay á centenares. -Yo creía- -dice el buen irlandés- -que allí no consentían á los ingleses más que para explotarlos. -Y se asombra cuando le afirmo que desde tiempo remoto muchas andalucitas, y no feas, se casan con los hijos de la grande Albión. -En fin... y hablando de otra cosa... Ustedes, pasado el viaje de novios, volverán á su Irlanda. ¡Oh! -dice tristemente Maud Gonne- -es imposible. Mac- Bride está proscrito por el gobierno de Inglaterra. Si entrase en territorio inglés, sería apresado y condenado á muerte. -Entonces... Recorremos el mundo defendiendo la causa... Son interesantes, en nuestra vida de prosa, estas figuras de leyenda. G. MARTÍNEZ SIERRA chinos y persas. Grecia es el punto de partida de nuestra historia. Atenas funda baños y gimnasios, poderosos auxiliares de la belleza de la forma; pero Esparta, en cambio, prohibe los baños para evitar que los hombres se afeminen, condenando al fuego á los débiles y diciendo que son un gasto supérfluo para aquel Estado egoísta. Hay que llegar hasta Moisés para ver algunos preceptos higiénicos. Hay que avanzar hasta Roma convertida en ciudad para hallar algo que sea higiene; pues al florecer Galeno con sus obras, y sobre todo con aquella célebre Fisiología, colmada de tantos errores, es cuando comienza á organizarse la higiene. Se destruye el Imperio Romano, y entre el combate y las luchas religiosas pasan siglos de civilización perdidos para la humanidad. La construcción de las ciudades sólo busca lo estratégico y lo inexpugnable de sus posiciones: Us calles tortuosas impiden la renovación del aire; el baño es denigrante; la limpieza es indecorosa, y abunda, como consecuencia, en esta época la peste y la lepra. Casi nada hay que consultar científico en este período más que algunos comentarios de higiene de los niños. Pasado este tiempo vienen las prácticas de los árabes, y vemos consultar, tanto á los árabes como á los hebreos, y el mismo Alfonso X para la formación de las Tablas Alfonsinas: igualmente recomiendan éstos los baños, la limpieza y el recogimiento durante el centro del día. Después de todo esto aparece el período del Renacimiento, época que se sale de los estrechos límites en que estaba comprimida para dar corrientes amplias y luminosas á la ciencia. Coincide en este tiempo el queConstantinopla es abandonada por las demás naciones cristianas, excepción hecha de España, que la mandó socorro, y aunque tuvo que sucumbir bajo el yugo de los turcos, este hecho dio lugar á la diseminación de los sabios por todo el mundo. Surge Bacon con su sistema experimental, y ataca al dogma filosófico. Invéntase la pólvora, que iguala al débil con el fuerte, y surge la Imprenta. Pasada esta época, y viniendo los siglos xv, xvi y xvn, la Medicina forma ciencia especial; créanse hospitales, mercados; se legisla sobre cementerios, y la Medicina se empieza á ejercer mediante examen. Las ideas acerca del contagio adquieren boga. Se organiza, aunque imperfectamente, una administración sanitaria. Con el siglo xvn, la peste invade á Europa; se ignora el tratamiento, aun cuando se conoce la causa. La higiene no constituye ciencia hasta que las ciencias auxiliares no la prestan campo para desarrollarse, sin embargo de que ya la astrología se había convertido en astronomía, la magia en física, la alquimia en química; pero todavía no se había hecho con criterio lógico, y por lo tanto, no estaba sólidamente cimentada. Cuando llega el último tercio del siglo XVDI, los filósofos y enciclopedistas encauzan por distintos caminos las corrientes de la inteligencia. Se funda una sociedad Real de Medicina en Francia, y más tarde estalla la revolución francesa y abre grandes horizontes á la libertad de pensar. Seguramente que desde esta época acá, ninguna ha sacado más partido de los adelantos que la higiene. Para hacer sólido lo conquistado, científicamente hablando, es necesario hacer práctico á los usos de la vida común lo teóricamente adquirido. De tal importancia creo la higiene, que desde la instrucción primaria hasta la superior, debiera tener cabida; porque la costumbre de la humanidad constituye la historia de esta ciencia. DOCTOR J CLEMENTE treno desde que las leyendas de las montañas bajan al llano, que es la tierra épica por excelencia y en este primer tomo, después de sentadas firmemente las bases de la investigación, procede á examinar poco á poco los cantares de gesta, perdidos en su mayoría, ó embebidos en los textos distintos de la Crónica general, de donde salieron los romances viejos. Pedimos al autor y al público perdón por no poder pasar los límites de esta insignificante noticia. El libro merece ser leído por todos, por los estudiantes y por los maestros, por los simples curiosos y por los buenos patriotas. F N. L. El libro de la semana T RATADO D E LOS ROMANCES V I E J O S P O R DON M A R C E L I N O M E N E N D E Z Y P E L A Y O T O M O I (XI DE LA ANTOLOGÍA DE P O E T A S LÍRICOS CASTELLANOS) M A D R I D i 9 o 3 PERLADO, P A E Z Y C O M P A Ñ Í A UN T O M O E N 8. D E 3 8 7 PAGINAS, 3 P E S E T A S Sobre higiene i i tratásemos de averiguar dónde tuvo su origen la higiene, seguramente que su primera manifestación racional la hallaríamos en Grecia; y aunque así fue, no son los griegos más c; ue herederos de más antiguas civilizaciones. Aduchos siglos antes teman civilización los fenicios, indios, Penetramos, de la mano del maestro, en el sagrado y obscuro bosque de la poesía épica popular en la Edad Medía. Crecida é intrincada es la selva y en ella se han perdido muchos viajeros. Enrédanse en los troncos seculares vegetaciones espléndidas de época reciente, y con las ramas silvestres, carcomidas por los siglos, se entrelazan otras que parecen iguales, pero que al cultivo deben su lozanía. Todos los autores, aun los más sagaces, se habían equivocado respecto de este dificilísimo asunto délos romances viejos. Sólo algunos beneméritos investigadores alemanes, siguiendo los pasos y hollando las veredas que trazaron Grimm y Wolf en la inexplorada cerrazón del bosque, habían logrado orientarse regularmente, mas no sin tropiezos y caídas. Después de ellos, pues debe recordarse que Grimm escribía á principios y Wolf á mediados del siglo xix, siguió enmarañándose y confundiéndose lo pocb que de los romances viejos se sab a. Amador de los Ríos, con su oratoria generalizadora y fastuosísima, y los demás historiadores y críticos que le copiaron, y por otra parte nuestros poetas románticos, espíritus ligeros y volátiles para quienes la Edad Media era un escenario adecuadísimo donde se podía disparatar á mansalva, todos contribuyeron á que se formase un concepto completamente zarzuelero y bailable déla parte más noble y hermosa de nuestra poesía, de lo más original y castizo que en ella hay. Fundándose en algunas de las adivinaciones geniales de Milá y Fontanals y en los definitivos trabajos del joven y ya ilustre Menéndez Pidal, uno de nuestros pocos sabios europeos, ha fijado el maestro Menéndez y Pelayo en este libro, con la seguridad misma con que Newton podía desarrollar una teoría matemática, todo cuanto hay de c -1o é indudable en la cuestión de los orígenes de la poesía 1 pica en Castilla y de la antigüedad verdadera de los romances llamados viejos; asuntos de trascendentalísima importancia, por cuanto no entrañan tan sólo una cuestión de literatura, que esto quizás sería lo de menos, sino que tocan y hieren puntos muy esenciales é interesantísimos referentes á la formación de la unidad nacional, á la supremacía de Castilla y á las especiales condiciones de la raza central, hoy tan vituperada y tan injustamente escarnecida; porque la poesía épica- -dice el maestro con poética expresión- -no es más que un espejo que agranda nuestra Historia. Con admirable delicadeza y segurísimo pulso va eliminando todas las supuestas influencias exóticas en nuestra poesía primitiva y descubriendo su carácter genuino y propio del te- I To sé qué hay de misterioso en el espíritu de la colec TM tividad, que la hace sentir y obrar de un modo determinado en las diversas épocas del año. En Carnaval, Pascua y Semana Santa nos domina, á pesar nuestro, la alegría bulliciosa, la predisposición á los goces tranquilos ó la melancolía. Las mujeres suelen valerse de todos los pretextos para acrecentar su hermosura por los medios que la moda pone á su servicio en las diversas épocas, y es preciso confesar que una de las que presta ocasión más propicia es la Semana Santa. En estos días de severo recogimiento, la mayor parte de las elegantes abandonan el sombrero por la airosa mantilla clásica, esa prenda tan española y tan graciosa. Nada tan bello como los vaporosos encajes de la mantilla, encuadrando entre sus ondulantes y rizosos encajes un rostro de esos en que hay algo de árabe y hebreo, y al que velan con entonaciones suaves. Hay en la mantilla algo genuinamente español: los calados de sus encajes, los arabescos de sus dibujos, parece que esconden, al plegarse airosamente sobre la cabeza, al caer sobre los hombros, los recuerdos de una raza aventurera que supo hacer de la mujer, en días ya muy lejanos, un culto y una adoración respetuosa, La mantilla de color negro es severa sin tristeza, melancólica sin afectación, nube de sombra que no agita los corazones; gasa flotante, ligera y sutil, que ondula, se pliega, se amolda y sujeta por invisible red de alfileres, dejando asomar ya los negros cabellos de reflejos irisados y azulinos, ya las trenzas de un rubio dorado, brillantes, ó de ese otro matiz pálido que envuelve los semblantes en plácida claridad de luna. La mantilla blanca es alegre, riente, parece el emblema de la inocencia; la nieve no es de blancura más inmaculada, y las flores, al reposar sobre su tejido, adquieren extrañas notas de color, enérgicos matices, que parecen surgir en virtud de un encanto misterioso. Ellas traen á la memoria las visiones de tiempos lejanos; evocan el rasguear de las guitarras, los romances heroicos y las canciones del amor y la alegría. No sé por qué la mantilla recuerda siempre aquella tierra encendida, ardiente, requemada por un sol africano, donde la gitana de tez morena lanza a) aire los cantares llenos de sentimiento que en cuatro versos resumen un poema. Durante estos días de Semana Santa domina el uso de las mantillas negras, y las madrileñas ofrecen en su visita á los templos uno de esos espectáculos que no se olvidan nunca, por la gracia y el donaire con que prenden los lindos encajes sobre sus elegantes vestidos de seda. Días después, en la Pascua de Resurrección, las vemos abandonar de nuevo la severa grandeza de su luto y pasar luciendo los trajes de vivos colores y las mantillas blancas cuajadas de flores naturales. Después de haber llorado sobre las gradas del altar durante esta semana, la mujer española acude presurosa á gozar de la clásica fiesta nacional. Sin duda su presencia y su atavío son el mayor encanto de esta fiesta. Esa corona de hermosas mujeres que rodean el circo, con sus lindos vestidos y sus mantillas de encaje, tan vaporosas, tan delicadas, tan frágiles, que se agitan y se revuelven en torno de la figura, dan una nota fresca, dulce, alegre y sonriente, que infunde aliento á los diestros y electriza la multitud. Y estas lindas cabecitas que hoy se inclinan en los templos, contemplan alegres y sonrientes la lucha de hombres y fieras, como las vestales romanas contemplaran la lucha de los gladiadores en los coliseos, y como las damas de la Edad Media presidían las románticas justas y torneos. Después, todo desaparece; acaba esta expansión del espíritu nacional, y las damas vuelven á aceptar Jas modas de allende el Pirineo ó de la sombría Inglaterra. Sin embargo, no es justo quejarnos demasiado; si la usáramos continuamente, quizá no apreciaríamos toda la belleza de nuestra clásica mantilla. Las mujeres saben que una de las condiciones de la belleza es la variedad, y por eso gustan tanto de cambiar sus adornos; pero esta época del año se muestra pródiga con ellas: primavera, flores y mantillas; no puede soñarse reunión más armónica de arte y belleza. CARMEN DE BURGOS SEGUÍ ft CTUAL 1 DADES CIENTÍFICAS. DESf CUBRIMIENTOS E INVENCIONES i rri A ir í 7ii nriD E c I so de la electricidad, el P- -ntar industrial un nuevo en- ELÉCTRICO mEAL DE EDI ON 8 TM E d Í S n a c a b a d e al m u n d U 1 S U 1 gendro de su portentosa inventiva. El acumulador soñado desde hace mucho tiempo por los electricistas, con las esenciales condiciones de poco peso, fácil manejo, exquisita limpieza, escaso coste y mucha duración, ha entrado ya en los dominios de la práctica industrial.