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A TRAVÉS DE LA FRONTERA. LA CHARTREUSE Y EL CHARTREUSE La reciente discusión promovida en las Cámaras francesas sobre las Ordenes religiosas, de la cual discusión salen muchas de éstas tan mal paradas que van á parar poco en la nación vecina, ha dado motivo á que se hable mucho de la Chartreuse, y, por consiguiente, del licor que lleva su nombre. Afamado y saboreado en todas partes, no es España de las naciones que menos consumo hacen del exquisito brevaje, ora dorado, ora verde, y nunca con más motivo podrá decirse ora pro nobis. Muchos de sus consumidores le llaman chartrús, muchos chartrós, muchos chartrés; pocos como DJOS y Moliere mandan; pero todos convienen en una cosa, que es lo esencial: en que hay pocas bebidas más deliciosas. Se creía que su origen se remontaba á muchos siglos. Nada de eso. Hace sesenta años nadie conocía el chartreuse Hasta la guerra de Francia con Italia, las plantas que los padres cartujos recogían en los montes servían para hacer un elixir maravilloso, muy útil para algunas enfermedades y sobre todo para íos desmayos. Un día que las tropas francesas llegaron al Gran Som para vigilar la frontera, por temerse un levantamiento (todavía la Saboya no era francesa) los oficiales, después de recibir espléndido hospedaje de los frailes cartujos, daban un paseo con el prior de la Orden. Llegaron á la destilería, modesto cobertizo donde el hermano Garnier manejaba unos alambiques pequeños y nada modernos. Terminaba la tarea, y, según la costumbre seguida, los residuos de las plantas que habían servido para la fabricación del elixir, habían sido arrojados á un rincón del soportal. Entre los oficiales se hallaba el médico del destacamento, que habló ai prior diciéndole: Hacéis mal en tirar estos residuos. He probado un poquito de esta mezcla de hierbas y lo encuentro muy bueno. Creo que bastará hacer un jarabe de azúcar y macerar un poco de esta mezcla para hacer un licor excelente Algunos días después, cuando el destacamento regresaba de las alturas y la oficialidad entraba en la Cartuja buscando la suculenta comida que los hijos de San Bruno la ofrecían á diario, figuraba sobre la mesa una botella de licor, color oro pálido. Se abrió la botella en honor de los oficiales, y por unanimidad se reconoció que aquel licor era el mejor de cuantos se bebían hasta entonces. Más tarde el destacamento se incorporó á la guarnición de Grenoble, y los que habían gustado el riquísimo licor, se convirtieron en sus más entusiastas propagandistas. El chartreuse estaba inventado y acreditado. Llovieron pedidos sobre la Cartuja. Se montaron destilerías, se hicieron nuevos edificios, y la industria de los frailes cartujos adquirió tanta importancia, que hoy representa un negocio de muchos millones. Como se ve, el origen del riquísimo licor tiene algo de lo que Calderón de la Barca contó en la famosa décima de La vida es sueño, puesto que un sabio, un verdadero sabio, el prior de la Chartreuse, observó que iba otro sabio cogiendo las hierbas que él arrojó. AEMECE OS REYES EN LOS TEMPLOS. VISITA DE SAGRARIOS Desde el siglo n de la Era Cristiana existe la costumbre de adorar el Santísimo Sacramento, colocado entre los fulgores de numerosos cirios en el altar que llamamos Monumento. No sólo la gente del pueblo, personajes de ilustre prosapia y príncipes iniciaron desde tan remota fecha la costumbre de ir á pie á rendir tributo al Salvador Sacramentado. Las ordenanzas antiguas de nuestras villas y ciudades contienen no pocos detalles acerca de la lucida forma en que deberían visitar los Monumentos el día de Jueves Santo las respectivas corporaciones. Pero á quien cupo el honor de prestar gran brillantez á tan solemne acto fue á la casa de Austria, pues si bien desde Recaredo no se interrumpe por parte de los reyes la costumbre de visitar Jos Sagrarios, es natural que, conforme se iba logrando la unidad nacional, los monarcas, cada día rodeados de mayor esplendor, hicieran se reflejara éste en todos los actos á que asistían personalmente. Del tiempo de Carlos es el siguiente curioso documento, firmado en i 6 de Marzo de 1760 por el caballerizo mayor de aquel rey, duque de Medmaceli: Haviendo resuelto S. M andar las estaciones la próxima Semana Santa, llebando la carrera desde el R. 1 Palacio del B. n Retiro á la Iglesia de los Italianos, por la calle del Baño, salir á la del Prado, por la de León á la de Cantarranas, bajar á Jhs. Nazareno, bolbiendo á subir por la de Francos á la de los Capuchinos, para restituirse por la Plazuela del Spiritus S. al Retiro, ha mandado reconozcan las casas de la carrera, haciendo quitar los tejadidos y canelones que hubiese en ella, á fin de asegurar el que no aya la más remota contingencia, como así mismo el que se componga el empedrado de las calles y ponga el mayor esmero en su Jimp. a y comodidad, y que aquel día no se bierta ni arroje inmundicia ni otra cosa alguna en ellas. Mas adelante, en el revuelto año de 1821 en que rei- naba Fernando V i l el entonces gobernador superior político de la provincia de Madrid, marqués de Cerralbo, comunicaba al Ayuntamiento de la villa y corte: El Rey ha señalado la hora de las cuatro y media de la tarde de mañana (19 de Abril) jueves para salir á visitar las Estaciones en las iglesias de la parroquia de Santa María, Monjas de Constantinopla, parroquia de Santa Cruz, convento de Santo Tomás, y siguiendo por la calle de Atocha, la de Carretas, Puerta del Sol, calle Mayor, á San Felipe Neri, y por la de Platerías y calle de Santiago, á la parroquia de este nombre, concluyendo en la Rsal Capilla de Palacio. Pero el rey Deseado no se decidió á salir á la calle, y se puso enfermo, no obstante tener el capitán general tomadas todas las providencias para que las tropas de la guarnición y la policía nacional local estuviesen dispuestas en sus cuarteles para cualquiera novedad que ocurriera Grave era la enfermedad del algunos años antes prisionero en Valencey: tascaba el freno fundido en las Cabezas de San Juan y fraguaba la muerte de los Mina y Torrijos. Bastante procesión tenía por dentro... Cerca de medio siglo después de la indicada fecha, el 17 de Abril de 1867, en aquel año en que el público del Real escuchaba con deleite á la Penco, la Carozzi y á la Nantier, á Tamberlik, Grazziani y Bonnehée en María di 7 ohan y en Don Juan... y siendo jefe del Gobierno D. Ramón María Narváez, salió de Palac o la abuela de Alfonso XIII, Isabel 11, á recorrer las Estaciones. Con la Reina iban su esposo D. Francisco de Asís y el príncipe de Asturias, D. Alfonso, que contaba á la sazón nueve años de edad; la infanta Isabel y elt príncipe Adalberto. Isabel II se puso un ostentoso vestido de tisú de oro y plata, con encajes también de plata y oro, recogidos con flores de lis hechas de perlas, labor de la entonces popular modista madama Carolina, predilecta de S. M El más tarde rey de España iba con uniforme de sargento de infantería, y su salida á la calle con los arreos militares constituyó la nota culminante de la solemnidad. Entre los dignatarios que seguían á la Reina figuraban los marqueses del Duero, Habana y Pezuela, y entre las damas de la Reina la princesa Pía, las duquesas de Baena y de Fernandina, la marquesa de Molins y las condesas de Corres, Puñonrostro, Paredes y Sástago. Cuatro magníficas sillas de mano cerraban entonces el vistoso cortejo. La última vez que los reyes de España visitaron los Monumentos fue el día 10 de Abril de 1884, hace ya diecinueve años. Vivía entonces el malogrado D Alfonso XII, y tan piadoso acto revistió gran solemnidad. Detrás de una sección de la Guardia civil á caballo, marchaban ciento setenta individuos pertenecientes á las Reales Caballerizas, dirigidos por un caballerizo de campo de S. M A continuación el personal de escalera abajo de la Real Casa, y seguidamente los gentiles- hombres, mayordomos de semana y grandes de España, éstos últimos cubiertos. El grupo que seguía á estas dos larguísimas hileras era deslumbrador. El Rey vistió uniforme de capitán general; púsose al cuello el Toisón de Oro y el collar de Carlos III, y cruzada al pecho la banda de San Fernando. La Reina doña María Cristina lució un magnífico vestido de raso blanco, bordado en oro, y manto de brocatel también blanco, y joyas de inapreciable valor. De la Familia Real iban las infantas Isabel y Eulalia, ambas con vestidos de seda azul celeste y mantos de terciopelo del mismo color, y la infanta Paz de blanco y manto rojo de terciopelo. Las colas de las cuatro augustas damas eran llevadas por mayordomos. Acompañaba á los Reyes la mayoría de la Grandeza española. Siguiendo á la Reina iban la princesa de Salm Salm, las duquesas de Medina de las Torres. Fernán- Núñez, Infantado, Bailen, Osuna, San Carlos y Ahumada; las marquesas de Miraflores, Monistrol y GuadaJest, y las condesas de Toreno, Villapadierna, Altamíra y Guaqui. Delante del Rey marchaban los grandes de España duques de Sexto, Fernán- Núñez, Baena, Medinasidonia, Tetuán, Valencia y la Roca; los marqueses de Salamanca, Casa Irujo, Malpica, Villamagna, Novaliches, Torrecilla, Castel- Moncayo, Barbóles y Mina, y los condes de Pinohermoso, Heredia Spínola, Guaqui, Guendulain y Fuenclara. También ocupaba el puesto que le correspondía el príncipe Luis de Bavíera. Cerca de los Reyes iban los ministros de la Corona con su presidente D. Antonio Cánovas del Castillo. Como siempre ocurre en estos espectáculos, el pueblo de Madrid se echó á la calle á ver pasar los reyes y en muchos días no se habló de otra cosa que de la fastuosa comitiva, de los trajes de reyes y cortesanos y de las históricas sillas, transportadas por lacayos á la federica, y sobre todo de la silla del Rey, cuyos tableros pintados son una maravilla. Por cierto que en la ceremonia del Lavatorio y comida á los pobres en Palacio, de aquel mismo año 84, ocurrió un incidente, y fue que al hacerse el reparto de la comida entre los pobres, se le cayó á la Reina un plato de congrio con arroz, en el momento de ponerlo en sus manos la bella condesa de Guaqui, que en aquel acto lucía un precioso vestido de seda y terciopelo granate. Los Reyes y toda la corte rieron mucho el incidente. FIDEL PÉREZ M Í N G U E Z Las exploraciones en eí Poío Sur I a ciencia no ceja en su empeño de escudriñar las re giones polares. Después de muchas y heroicas exploraciones en ambos Polos, en las que palmo á palmo y á costa de muchas vidas se va rasgando el misterio, se realizan otras nuevas, se preparan algunas, empleando los más poderosos adelantos para vencer los obstáculos que opone la Naturaleza á los esfuerzos de los hombres de ciencia. La atención está fija ahora en el círculo polar antartico, donde trabajan combinadamente cuatro expediciones. De una de ellas, de la que manda el capitán Scott á bordo del Discovery, ha habido noticias recientes. El Grapbic, de Londres, las determina de una manera gráfica en el croquis que reproducimos, y que da idea bastante completa del avance logrado en el Polo Sur por las diversas expediciones que desde hace muchos años van á aquellas regiones. Los exploradores han podido penetrar entre los hielos y llegar primero á tierras antarticas hasta los 78 50 de latitud Sur. El frío fuá tan intenso, que llegó á marcar 64 grados bajo o. Y después á los 82 y 17 de latitud Sur, que es el punto más cercano al Polo antartico que se ha tocado hasta ahora. La región polar que ha explorado la expedición de Scott es la que se halla al Sur de Nueva Zelandia. Está limitada en la parte de Poniente por una inmensa muralla de hielo. Lo único conocido de esta región se debe á James Ross, que describió gran parte de esa cordillera helada. Scott, el jefe de la expedición británica, ha logrado avanzar más, según puede verse en nuestro dibujo, siguiendo la línea de costas y penetrando unos 200 kilómetros, hasta los 82 17 no sin correr grandes riesgos al escalar aquellas montañas de hielo y dar con tierra firme. El segundo jefe de la expedición hizo una ascensión, en la cual empleó cincuenta y tres días, llegando á alcanzar una altura de 9.000 pies. La respiración se le hizo difícil y tuvo que emprender el descenso, que fue peligrosísimo, hasta el punto de que deslizándose en trineo por una pendiente de hielo, hizo el recorrido de i.3oo pies en un minuto y diez segundos. Las sociedades científicas inglesas esperan mucho de esta expedición atrevida que Scott prosigue con gran entusiasmo y tesón. La jura de ía bandera l- ué un espectáculo muy hermoso el acto verificado el jueves pasado en la Castellana. En estos tiempos de desastres y desilusiones, cuando la leyenda se de hace y el escepticismo se extiende, es consolador ver la bandera, símbolo de esta España más adorable cuanto más desgraciada, siendo objeto de veneración y de muestras de cariño. Todo Madrid asistió á la fiesta. Nada presta tanta alegría á un pueblo como los soldados desfilando al compás de sonoras músicas. Las tropas en la calle y el sol luciendo en el cielo bastan para que el júbilo popular estalle en la vía pública. Y como todavía hay soldados, y como un sol deslumbrador no han de arrebatárnosle las escuadras del mundo entero, claro es que hubo ese día en Madrid animación extraordinaria. Desde las primeras horas de Ja mañana se vieron los alrededores del Hipódromo y del Obelisco llenos de gente. A las diez formaban las tropas de la guarnición y de los cantones de Leganés, Vicálvaro y el Pardo. Al pie del Obelisco se había levantado una tribuna y en ella un altar, donde se dijo Ja misa que precedió á la jura de la bandera. Delante del altar se colocaron S. M. la Reina, las infantas doña Isabel y doña María Teresa y los duques de Guisa, con todo el personal de la corte. S. M. el Rey, acompañado del príncipe de Asturias y de un brillante Estado Mayor en el cual figuraban varios capitanes generales y algunos agregados militares á embajadas extranjeras, se situó delante de la estatua del general Concha, dando frente á el altar. Terminada Ja misa, fue llevada cerca de la tribuna la bandera mTT n r r