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Cuando la distancia se duplica, la luz se hace cuatro veces menor; nueve veces menor cuando se triplica, y así sucesivamente, que tal es la famosa ley de la relación inversa de los cuadrados de las distancias. Pues aun suponiendo que dicha ley subsista para las ondas hertzianas, la pérdida de intensidad para estas últimas en una distancia dada, es menor que para la luz ordinaria. Acaso con una nueva imagen nos diéramos cuenta de este fenómeno. Imaginémonos que el éter del espacio es como un inmenso Océano por el que todos los oleajes se transmiten en todos sentidos: el oleaje de la luz ordinaria, como el oleaje de la luz hertziana. Pero el Océano de éter no es mar libre, si se me permite la palabra, es un inmenso archichipiélago cuajado de infinitas islas y de infinitos islotes, que no son otra cosa que las moléculas de la atmósfera, es decir, las moléculas de oxígeno, de nitrógeno, de ácido carbónico, de vapor de agua y de todos los demás gases que en el aire flotan. Por este inmenso archipiélago de infinitas islas tiene que avanzar el oleaje luminoso, y así al avanzar encuentra innumerables obstáculos, y contra cada uno de ellos va dejando una parte de su fuerza. El oleaje luminoso está constantemente rompiendo contra los islotes aéreos. Contra ellos se refleja, y al reflejarse, se debilita. Pues repetido esto á través de kilómetros y kilómetros, bien se comprende que la luz, lo mismo que las ondas hertzianas, vayan perdiendo su intensidad en razón inversa del cuadrado de las distancias, como antes decíamos. Sin embargo, cuanto más estrechas son las ondas, la reflexión contra los islotes es más fácil, y la resaca, por decirlo así, es mayor. Al menos, esto suponen algunos físicos. Así es que Ja luz ordinaria pierde más en reflexiones, -resacas, remolinos é interferencias que las ondas hertzianas, las cuales, como son ondulaciones más anchas, pasan por entre los islotes tranquilamente, plegándose á ellos sin debilitarse en movimientos tumultuosos. Por esta razón afirman los defensores de la teoría que hemos expuesto, que las ondas hertzianas se debilitan mucho menos que las ondas estrechísimas de la luz á igualdad de distancia recorrida. Apuntamos ideas, aventuramos imágenes; no pretendemos, ni mucho menos, dar demostraciones. Resumiendo: las ondas hertzianas son muy anchas, son muy flexibles, se reflejan difícilmente ó no se reflejan en las moléculas del aire, y por lo tanto, van desgastando su energía más lentamente y van plegándose con más facilidad á todos los accidentes del terreno, y aun á todos los accidentes atmosféricos. De aqu 1 se deduce que son más aptas que las ondas de la luz ordinaria para las transmisiones telegráficas. Cuando una onda hertziana parte del transmisor, mejor dicho, de sus antenas, ó hablando con más propiedad, de la serie de hilos que constituyen el arpa eólica de la trasmisión; cuando la onda se dilata en forma esférica alrededor del punto de partida, parece que los únicos obstáculos que ha de encontrar en su camino han de ser ¡os accidentes del terreno, las colinas, los valles, las montañas, la curvatura de los mares, el aire de la atmósfera, y los gases que en él flotan y nada más. Estos son los obstáculos, éstos los enemigos, y la lista parece agotada. Pues no es así; ¿ni quién es tan candido que cree conocer á todos sus enemigos é imagina que puede sujetarlos á una lista y á una determinada enumeración? No: ellos brotan á cada paso como seres de generación espontánea. Según parece, ó según resulta de las últimas experien cias, se ha presentado un nuevo enemigo de la telegrafía sin hilos. Enemigo formidable, que para pequeñas distancias no puede hacer mucho mal, pero que para miles de kilómetros ejerce una influencia funesta. Y este enemigo es nada menos que el Sol. La luz visible, la luz del día, hace guerra, una guerra mortal á la luz obscura, es decir, á la onda hertziana. Luchas de familia, que son las más encarnizadas: enconos de la luz contra la luz, de la luz que se ve, contra la luz que no se ve. Y al fin y al cabo tal conflicto se comprende, ó parece comprenderse; y empleamos la forma dubitativa porque estas hipótesis y explicaciones provisionales son hipótesis de hipótesis. Por eso decimos que la acción de la luz solar parece comprenderse. Porque si las ondas anchas de la luz obscura se encuentran constantemente en su camino con las ondas estrechas de la luz solar, no debe causarnos sorpresa que semejante concurso ó combinación de unas y otras ondas perjudique á la libre transmisión de las ondas hertzianas. Ahora bien; el problema no puede tratarse á fondo más que en forma matemática ó en forma experimental, ó á la vea de uno y otro modo; y ni uno ni otro procedimiento tiene cabida en artículos de pura propaganda. No podemos, pues, dar una explicación del fenómeno, pero de todas, maneras algo se sospecha y se vislumbra, aunque en forma confusa, sólo con el buen sentido. La onda hertziana es una superficie vibrante que se va extendiendo por el espacio, del mismo modo que una onda acuosa se dilata sobre la superficie del mar, ó si se quiere, como una onda acústica se transmite en forma esférica por el aire. Mientras van aisladas estas tres ondas de vibración, la eléctrica, la acuosa y la sonora, caminan sin perturbación alguna; pero si á ellas llegan otras ondas y las cruzan repetidamente, y las asaltan, por decirlo de este modo, á lo largo de su camino, se ve con la imaginación, sin penetrar en las profundidades del problema mecánico, que dichas ondas podrán ser grandemente perturbadas, y donde todo era armonía y palpitación regular, resultará confusión enorme y hasta anulación del movimiento primitivo. Si un oleaje asalta á otro oleaje, la regularidad de ambos desaparece, y tenemos la resaca, con sus torbellinos y sus espumas. Si á las notas de una orquesta se mezclan ruidos extraños ó las vibraciones de otras orquestas distintas, las armonías se combinan irregularmente, y toda regularidad y toda armonía desaparecen. Así no causa maravilla, -una vez que el hecho está comprobado, que la luz solar perturbe la marcha de las ondas hertzianas, y que para largas distancias pueda dificultar el empleo de la telegrafía sin hilos. Porque al fin y al cabo, este caso es análogo á los dos que hemos citado anteriormente: la luz solar es de la misma índole que las ondas hertzianas, como ya hemos dicho en otras ocasiones. Es un oleaje de éter que viene á mezclarse con otro oleaje; es otra orquesta luminosa que viene á mezclarse con la que engendró la vibración eléctrica, y como son armonías distintas, nada tiene de extraño que se perturben, mucho más cuando la perturbación se repite á lo largo de cuatro ó seis mil kilómetros. La orquesta eléctrica, y permítaseme este nombre, sufre el asalto constante de la orquesta solar, y mal dele llegar al aparato receptor, si es que llega. Y no insistiremos sobre este punto, porque compre i demos de sobra que hoy por hoy tales explicaciones se! vagas y poco exactas; dejemos al porvenir la explicación completa de hechos que hoy aparecen por la primera vez, y que no han podido, por lo tanto, estudiarse como deben ser estudiados, para que sea lícito aventurar hipótesis y explicaciones. Hemos seguido á la onda hertziana en su marcha á través del espacio; veamos qué le sucede al encontrarse con una estación receptora. Y aquí se plantea un nuevo problema: recoger la onda hertziana, aunque sea muy débil, y convertirla en señal telegráfica. Hace algún tiempo no hubiéramos dicho sino lo que acabamos de decir: convertirla en señal telegráfica, ó sea en cualquiera de las letras de los alfabetos en uso. Hoy debemos completar la frase diciendo: convertir la onda hertziana en señal telegráfica ó en señal telefónica. Pero esta última parte del problema merece otro capítulo: el capítulo de los receptores en la telegrafía sin hilos. JOSÉ ECHEGARAY también de la histórica Olbia (hoy pequeña ciudad del Sur de Rusia) Resultado de todo: que á petición de M Heron de Villefosse, conservador de antigüedades griegas y romanas, el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes ha ordenado que la famosa tiara de Saitafernes sea retirada de la vitrina bajo la cual se exhibía en el Museo del Louvre. Pero no termina aquí la cuestión. Las discusiones se mantienen vivas, al presente, sobre quién es el artífice que ha hecho la tiara. ¿Ha sido fabricada en Francia? ¿Lo ha sido en Rusia? M Mayence (Elina) dice que es obra suya. Un ruso, M Rachoumowsky, sostiene que la hizo él. Agreguemos, para terminar, que también se dice que hay cuadros de Velázquez falsificados en el Museo del Louvre. A TRAVÉS DE LA FRONTERA. MJS TER PIERPONT MORGAN El Napoleón de la Hacienda contemporánea el Rey de los trusts del acero y del Océano que de una y otra manera es llamado M Pierpont Morgan, es una figura de gran relieve en todo el mundo, pero muy especialmente en Inglaterra y en los Estados Unidos. Es el tipo más expresivo del verdadero monopolizador industrial de los tiempos modernos. No es ciertamente Morgan el plutócrata más colosalmente rico del universo, pero, vamos, tampoco es un pobretico comparado con los archimillonarios de su país. Su fortuna personal es de unos treinta y dos millones de libras esterlinas, que convertidas en misérrimas pesetas españolas al cambio del día, suponen más de i 260 millones. Aunque jamás especula, en el sentido qu se da á esta palabra en el argot bolsista, es el arbitro del mundo de los negocios y el economista más poderoso que ha surgido nunca en la historia del dinero. Dirige al presente, puede decirse, el movimiento terrestre y naval, porque figura á la cabeza del trust de los transportes del mundo entero, manejando á su antojo dieciséis líneas de vapores y cuarenta y cuatro compañías de ferrocarriles, entre las cuales comprenden 3oo de los más grandes vapores y 3o.000 trenes de viajeros, que representan un recorrido de 108 millones y medio de millas, con un tonelaje de 1.200.000 toneladas. No satisfecho todavía Morgan, acaba de hacerse dueño de otras mil millas de líneas férreas, y anda en tratos para adquirir los ferrocarriles de Cuba. Su fisonomía es original; su vida es más bien la de un filósofo; sus aficiones artísticas no son las de un vulgar millonario; siente horror por las fastuosidades mundanas y por las vanidades de la moda. Se ha pretendido sorprender su vida diaria, el secreto de su poder, la razón de sus éxitos. Los escritores psicólogos han intentado estudiar esta personalidad excepcional, que se sobrepone á una concepción de Balzac. Todo inútil. La simplicidad de su vida íntima y la falta de misterio desconcierta á los más perspicaces. Cumplirá pronto sesenta años, y físicamente no ofrece otra apariencia estética que la expresión de una corpulencia hercúlea, de una gran energía y de una salud á toda prueba. Mide seis pies y pesa c 5 kilos. La frente despejada se prolonga en la curva del cráneo que la calvicie descubre. La nariz, que ha sido comparada á un trust, es, en efecto, un compuesto de extraordinarias protuberancias, una amalgama de brotes, que hacen de ella un órgano en plena vegetación. El bigote es fuerte y lacio como el de cualquier burgués. Sus ojos son obscuros y penetrantes. Cautivan por el poder de su mirada. El binoclo, que usa más que nada por constituir este aparato algo así como el símbolo de un hombre de negocios, no le sirve más que para que los dedos de su mano derecha jueguen. Viste correctamente, pero sin lujo, casi sin elegancia. Cuando está en Nueva- York, se levanta invariablemente á las ocho, y va á su casa de banca, que es la fortaleza, el cuartel general desús operaciones, en Wall Street, 23. Recibe á poca gente y habla lo menos que puede. Fuera de las comidas, no prueba el alcohol. Come frugalmente. Su distracción favorita es el yachting. A bordo de su barco, Corsario, se olvida de sus negocios, y es con sus amigos el hombre amable, risueño y decidor que encanta por su trato. El rey de los trusts ha hecho un deber el cruzar dos veces al año el Océano para venir á Europa, buscando en la travesía el reposo absoluto, sin ocuparse ni de leer. Su llegada á Europa es esperada con ansiedad por los vendedores de antigüedades. No hay en Londres ó París un cuadro de gran precio que no le sea ofrecido. Cuando se anuncia su salida de Nueva- York, los comerciantes de objetos artísticos de Italia, Francia y Alemania se ponen en movimiento para ir á visitarle. Su autoridad es grande en materia de arte; 2 sí es que no adquiere por capricho, sino por vocación. Por último, Morgan se ha casado dos veces, y no tiene más que un hijo, á quien ha asociado á todos sus negocios, haciéndole trabajar como trabaja él, y en quien piensa descargar toda su labor. Tal es el croquis de este hombre importante, de renombre y de poder universal, en cuya silueta no hay tal vez un blanco- obscuro que la dé relieve. Falta consignar una sola cosa. Hombre tan inmensamente rico y poderoso, ¿es feliz? ¡Cualquiera se atreve á afirmarlo! La fiara de Saitafernes stá dando muchísimo que hablar y que escribir el descubrimiento hecho en el Museo del Louvre de París, de la falsificación de la tiara de Saitafernes. Que qué tiara es esa, preguntará algún curioso lector que oye por vez primera hablar de ella. La legítima es un regalo valiosísimo que la ciudad griega de Olbia hizo al grande é invencible Saitafernes, un rey que floreció un par de siglos antes de Jesucristo. La otra... la que estaba en el Louvre, es, no digamos una vil falsificación, puesto que resulta una meritísima obra de arte, pero de todos modos una falsificación. Un día se presentó en el Louvre un marchand llamado Hochmann acompañado de un extranjero que ofreció en venta la famosa tiara por el precio de 200.000 francos. Los sabios discutieron. Se reconoció la autenticidad de la tiara y hubo dos personas espléndidas, los señores Reinach y Corroyer, que anticiparon los 200.000 francos del ala. Cobró el extranjero 100.000 y desapareció. Cobró Hochmann á los tres días los otros 100.000, y también desapareció. A los dos se los ha tragado la tierra. No hay Dios que dé con ellos. Al cabo de seis años se averigua que los citados caballeros pretendieron vender en Inglaterra y en la mi: r: o Francia otros objetos artísticos valiosos, procedentes AEMECE