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A veces ia Naturaleza es vengativa, y como la telegrafía sin hilos ha sido una victoria del hombre luchando contra la Naturaleza, ésta se venga á su manera, y ya que el inventor suprime los hilos de conducción, la onda hertziana le obliga á emplear muchos hilos, centenares de metros, en cada una de las dos estaciones extremas. I As! por ejemplo, en el punto de partida se emplea, no un hilo de cincuenta ó setenta metros, sino muchos más, agrupados de distinto modo, ya en forma de pirámide, ya en manojos distintos, ya como verdaderas cuerdas de un arpa colosal. Si el lector quiere tener un símbolo de este nuevo sistema de telegrafía, imagine algo así como dos arpas gigantescas, una en el punto de partida, otra en el punto de llegada. La primera no canta armonías sonoras, sino algo así como armonías eléctricas. No emite ni ondas acústicas ni ondas luminosas visibles, sino ondas hertzianas, que es como si dejéramos armonías eléctricas. El pequeño aparato que está al pie del arpa que declamos, es el que provoca la vibración del éter, y esa corre por las cuerdas y luego se extiende por el espacio. Perdone el lector todas estas comparaciones é imágenes y perdonen sobre todo los técnicos, si á tales medios de propaganda acudo; pero también la propaganda científica tiene sus procedimientos, sus convencionalismos, sus símbolos y sus telegrafías sin hilos. Tenemos ya una serie de ondas eléctricas que han partido del transmisor, y que hacia el re; eptor se dirigen á través del espacio: son las ondas hertzianas, es decir, vibraciones del éter, como son, ó se suponen que son, las vibraciones luminosas, pero con una diferencia que ya apuntamos en nuestro primer artículo y que es fundamental, á saber: que las ondas hertzianas son mucho más anchas que las ondas de la luz visible; así éstas se miden, pudiéramos decir, por milésimas de milímetro, y aquéllas por metros de anchura. O de otro modo, las vibraciones de ia luz visible son mucho más rápidas que las vibraciones de la onda hertziana. Por lo demás, la velocidad de marcha ó de transmisión de unas ú otras ondas es la misma. Y al llegar á este punto surgen dudas en todo espíritu juicioso. ¿Qué ventaja puede tener esta luz invisible sobre la luz visible, para las transmisiones telegráficas? ¿Por qué hemos de acudir á la luz más obscura y no á la luz más clara y luminosa? Pues ahí está la clave, ó una de las claves de este complicado y sutil problema de la telegrafía sin hilos. Sí, con la luz visible puede establecerse una telegrafía sin hilos; pero hoy por hoy, mucho más imperfecta, de menos poder, de menos alcance que el sistema de Marconi ú otro sistema análogo. En efecto: La luz visible tiene un inconveniente. Encuentra. por ejemplo, un muro, pues contra él se estrella; detrás la obscuridad. Encuentra una pantalla, pues pasa por el borde casi en línea recta; detrás de la pantalla la obscuridad casi; cuando más una vaga penumbra que á poca distancia se apaga, y allá en el gabinete del físico, la difracción, fenómeno muy sutil de la óptica. De suerte, que el foco de luz más poderoso, si ámodo de pantalla encuentra una colina, pasará por encima de ella rozándola, y en línea recta; no bajará á iluminar el valle de más allá; seguirá, decimos, hasta que la masa de aire que va atravesando la extinga por completo, En la telegrafía de la luz visible, las colinas, las montañas, la curvatura de los mares, son obstáculos que las ondas luminosas no pueden salvar. El rayo de luz al llegar á uno de estos bordes no se dobla para invadir con sus vibraciones la parte que queda detrás. Este es uno de sus grandes inconvenientes, y en las ondas hertzianas conviértese en ventaja inmensa. Porque la onda hertziana, ó digámoslo de otro modo, el rayo de luz hertziana, cuando encuentra un obstáculo no penetra en él, ó al menos así parece resultar de ciertas experiencias, Tiene que pasar por el borde, pero al llegar se dobla é invade el espacio que está detrás. Para esta luz no hay penumbra, como que toda ella es sombra; así es que para una retina de prodigiosa sutileza, no existiría sombra arrojada detrás del obstáculo, lo vería lleno de luz si fuera capaz de ver una luz de esta clase. En suma, que la onda hertziana seN va plegando al terreno y á todos sus accidentes. Dobla la colina, baja por la vertiente opuesta de la montaña, cruza el valle, sube por la opuesta ladera y salva la nueva montaña del mismo modo, y contornea la curvatura del mar, salvando de esta suerte miles de kilómetros, yendo desde Inglaterra á Cronstadt, ó desde Inglaterra á Spezia, ó desde América á Inglaterra. Si me fuera permitida una imagen más, diría que el rayo de luz ordinaria es como una espada rígida: si encuentra el borde de una coraza, pasa y sigue. En cambio, el rayo de luz hertziana es como el látigo que se ciñe; no penetrará en la coraza, pero podrá doblarse y azotará el espaldar. Sucede en el orden físico, y para este problema concreto de la telegrafía sin hilos, algo de lo que sucede en el orden social, en las revueltas batallas del mundo, en esto que llama la escuela darwiniana la lucha por la vida; la rigidez, en más de una ocasión, es un obstáculo para el medro. El hombre rígido se estrella en ocasiones. Su rigidez moral le impide ir lejos. Sus fuerzas se aniquilan. En cambio el hombre de carácter flexible va plegándose á todos los accidentes que encuentra en su camino; baja cuando le conviene bajar, sube cuando la subida le brinda con la altura. Su flexibilidad es un arma, y á veces un arma poderosa. Pues esto mismo sucede en la telegrafía sin hilos, cuando se compara con la telegrafía que pudiera establecerse empleando la luz visible; es decir, la luz ordinaria. Los rayos de ésta son rígidos, apenas se doblan. Los rayos de los ondas hertzianas están dotados de gran flexibilidad. La flexibilidad aprovecha para el problema de que se trata. Todavía podemos presentar otro ejemplo, mejor dicho, otra imagen, para que se comprenda fácilmente la diferencia que existe entre las ondas hertzianas y las ondas luminosas que nuestra vista percibe. Esta diferencia ya la hemos indicado: las ondas de la luz ordinaria son muy estrechas; las de las ondas hertzianas, muy anchas. Si quisiéramos simbolizar unas y otras tomando una faja metálica y doblándola repetidamente en plegaduras paralelas, como se hace con una hoja de papel para formar un abanico, diríamos que la luz ordinaria se compone de pliegues muy menudos y muy estrechos y las ondas hertzianas de pliegues muy anchos que forman verdaderas ondulaciones. Pues es claro, es de experiencia vulgar, que el primer sistema será mucho más rígido que el segundo. Y que, por lo tanto, este último, al colocarlo sobre una superficie desigual llena de crestas y hondonadas, se adaptará mucho mejor á todas estas desigualdades que el primer sistema. La imagen es grosera y no es completamente exacta, pero en forma simbólica sirve para comprender la ventaja de las ondas hertzianas sobre las ondas luminosas ordinarias. Con la imaginación se ve á las ondas de luz marchar sin doblarse en el sentido de los radios á partir del transmisor, y á las ondas hertzianas plegándose á todos los obstáculos desde el punto de partida al punto de llegada. Primera ventaja, pero ventaja decisiva de las hondas hertzianas, para el problema de la transmisión sin hilos. Y no es ésta sola, tiene otras varias, que iremos estudiando poco á poco, porque estas materias, áridas de suyo, hay que darlas en pequeñas dosis. JOSÉ ECHEGARAY por vino del Rhin. Así como no se permite prestar ccSn Usura, no debe permitirse vender con un 200 ó un 3oo por 100 de ventaja. ¿Y cuando por no haber obras de empuje nos quedamos con las localidades en el bolsillo? -Entonces les sucede á ustedes lo que á los comerciantes, que para estar á las maduras, se exponen á habérselas con las duras. -Después de todo, el que no quiera pagarnos lo que le pedimos, que se vaya con Dios. -Le bastaría ir con la autoridad, si en Madrid la hubiese para algo más que para hacer política; si la hubiese, por ejemplo, para amparar á las gentes, para corregir abusos, para imponer el cumplimiento de los reglamentos, para meter en cintura á las empresas de teatros y para hacer respetar el derecho que adquieren los revendedores de ejercer una industria lícitamente, esto es, sin abusar del público, tratándole como hermano en nuestro padre Adán, no como á primo. C. El arte del campanero T) uede afirmarse que este es un arte no ya liberal, libe ralísimo; que ni se puede ers: ñar, ni se puede aprender si no media por parte del neófito una afición decidida y una resolución firme, aun á prueba de coscorrones paternos, de castigos en la escuela, porque con la idea de ir á ver tocar las campanas y hasta ejercer de campanero aficionado en los toques más sencillos, se olvida del estudio y no piensa más que en la grande, en la mediana, er la chica y en el cimbanillo. Pocos chicos habrá que no se hayan regocijado ante la sola idea de subir al campanario á tocar. Y ninguno ha dejado de sentir viva curiosidad por ver de cerca esos instrumentos que producen tan intensa música. De chicos han empezado todos los campaneros á ejercer su profesión llevados por esa afición que luego han ido cultivando, desdeñando los inminentes riesgos de perecer aplastados por la campana, ó proyectados por ella contra la reja, ó lanzados á la calle desde muchos metros de altura. ¿Y tiene buen sueldo el campanero? -le preguntaba yo á uno de los más afamados de Madrid, acordándome de los graves peligros que tiene la profesión. ¿Buen sueldo? -me respondió. -Ninguno, Tiene solamente un ingreso eventual: percibe una parte en las funciones religiosas que se celebran. ¿Cobra según lo que toca? -Algo de eso, sí, señor. Y entonces me convencí de lo extraordinaria que debe ser la afición en quien sin más emolumentos que una pequenez se expone á morir aplastado. El mérito principal en tocar las campanas consiste no solamente en hacerlas voltear rápidamente, sino en repicarlas sin que ninguna de ellas uene á destiempo y pueda romper así la combinación armónica. No es una ciencia infusa, pero tampoco es cosa tar fácil como parece á primera vista dar un repique general son pocos los iniciados, los que saben ejecutarlo como es debido. Campaneros ha habido y hay que no lo pudieron lograr. Para repicar las cuatro campanas hacen falta dos campaneros, que se colocan en el centro del campanario, de espaldas el uno al otro, agarrando con cada mano la cuerda enganchada al badajo de la campana; para tocar bien han de proceder de común acuerdo, estar como si dijéramos identificados, algo así como si constituyeran un solo cuerpo con cuatro manos. Como se ve, aquí no peligra la vida, pero peligra la reputación del campanero, que para él vale tanto como aquélla. Para voltearlas ó volearlas, se sube el campanero sobre la parte superior del vaso, sirviéndose del cuerpo para impulsar la cabeza de la campana y hacerla girar en sus ejes; da vuelta hacia fuera, subido de pie sobre ella, y cuando está invertida, él sz ha pasado sobre la cigüeña y aprovecha los breves instantes en que tarda en volver á ocupar su primera posición la campana para escurrirse agachado gateando y entrar de nuevo en el campanario. Es cosa muy fácil, de no aprovechar el tiempo, de no permanecer sereno y... de no tener práctica, salir por encima de la reja impelido por la campana ó hecho tortilla contra el suelo del campanario si se retrasa algunos segundos. Se han dado bastantes casos de éstos. La campana grande de la parroquia de San Sebastián tiene á su cargo la vida de un pobre campanero llamado Frates, hermano de la florera establecida entonces en el atrio de dicha parroquia. El accidente ocurrió por los años del 70 al 72. Los tornillos de la campana le cogieron al dar la vuelta y le desgarraron el pecho de modo espantoso. En el año 81 ú 82 la misma campana dio un cariñoso bofetón á un aficionado, le tiró contra el arco del ventanal y le dejó sin ganas de volver á ejercer de campanero. La llamada mediana grande en la misma parroquia, hizo saltar por encima de la reja á otro campanero y le estrelló contra las piedras en la calle de San Sebastián. De esto hace muchísimos años. Y á pesar de los muchos peligros de la profesión, ha habido campaneros que han muerto de viejos sin ocurrirles nunca el más leve percance, entre ellos José María Núñez, de San Sebastián; Isidro Feijas, de San Ginés, maestro en repiques, según me aseguran, y Julián, de San Andrés. Entre los buenos figuraban también Enrique Croker, sobrino carnal del general Croker, y existen en la actualidad Ventura Patino, Enrique el T (apa, de San Sebastián el primero y de San Isidro el segundo; Manuel Fernandez, de San Jerónimo; Toledo, de San Madrileñexías Nuestros tranvías siguen caminando á paso de tortuga... fatigada. A igual paso seguimos discutiendo los vecinos de Madrid, víctimas, cuando no de la mucha velocidad, de la poca, pero siempre víctimas, y las empresas que también han hecho pinitos en la Prensa echando su cuarto á espadas sobre lo que ocurre en otras partes. Muy cierto, como ellas dicen, que en otras capitales, por ejemplo, los tranvías marchan á bastante más velocidad que aquí; pero muy cierto- -y esto no lo dicen- -que en población alguna ocurren tantas desgracias como en Madrid. ¿Por qué? Nosotros creemos con toda sinceridad que se echa á las compañías más culpa de la que tienen. Y conste para espanto de la malicia que no conocemos ni de vista á un solo consejero de una de esas empresas, y que en virtud de la situación de la casa de Blanco y Negro y A B C situada en uno de los extremos de Madrid, todos los que en ella ganamos el pan nuestro de cada día tenemos que gastar diariamente unos cuantos perros en tranvía, sin que sepamos de qué color son los pases gratuitos. Ni gana de saberlo. Tenemos, pues, derecho á la queja. Y le tenemos también á razonarla. Desde luego nos parece mal, pero muy mal, que para evitar desgracias hayan de ir los tranvías al paso que van. Para ir de un barrio á otro es preciso, según la hora, que el viajero lleve consigo el almuerzo ó la cena si no quiere desmayarse de debilidad en el trayecto Eso de los salvavidas es música celestial. Lo único prácti j ería dar á cada transeúnte un globo para elevarse por Ico aires cuando viese que se le venía encima un tranvía. Y eso, se nos figura que no ha de hacerlo el paternal Municipio. Pero si en vez de lo que se hace y de lo que, según parece, se piensa hacer, se exigiese á las empresas: i. Dar á los conductores una instrucción que revalidase después en riguroso examen un tribunal competente. i. Asignar á los conductores un buen sueldo remunerador de su trabajo y compensador de sus desvelos y de su responsabilidad. 3. Señalarles la jornada de ocho ó nueve horas para que la fatiga por exceso de trabajo no merme sus facultades. Con todas estas concesiones que forzosamente habían de hacer las empresas, la responsabilidad de los accidentes debería exigírseles á los conductores, como se les exigiría ahora si tuviesen lo que no tienen: instrucción mecánica práctica; más jornal; mayoi descanso. Todo lo demás es andarse por las ramas. Las empresas no tienen la culpa de las desgracias que ocurren; pero la tienen de no contar con conductores que sepan y puedan evitarlas. 1 a reventa de billetes en los teatros de Madrid sigue ha ciendo las delicias del respetable público, que pone el grito en el cielo, donde seguramente no moran las autoridades. Para cualguier estreno del género chico cuesta una butaca tres reales en el despacho, cuatro en contaduría y... doce ó dieciseis en manos délos revendedores. -Pues tómela usted en el despacho ó en contaduría, -dirán los señores del margen. -Demasiado saben ustedes que eso no es posible- -puede contestárseles, -porque tienen ustedes mucho cuidado de adquirirlas con la debida anticipación. -Ejercemos una industria- -objetarán- -y pagamos la contribución que se nos exige. -Es verdad; pero el pago de la contribución no da derecho á dar gato por liebre ni á vender agua del Manzanares L O DE L O S TRANV I A S LA REVENT A DE B I L L E T E S