Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL PROCESO E N LA CÁRCEL DE MUJERES. INTERVIEW CON CE. C 1 L 1 A AZNAR A la amabilidad del abogado D. Andrés Aragón debo el haber conversado un rato con Cecilia Aznar, de quien se ha escrito mucho, pero á quien ningún periodista, que yo sepa, ha interrogado para presentarla al público bajo un aspecto distinto del que aparece en el papel de oficio emborronado por la curia. No. pretendí al verla agregar un nuevo dato á los muchos publicados sobre el crimen y las circunstancias que en él concurrieron. Tampoco imaginé decir algo que pueda servir de cargo ó de descargó á la criminal. Sería exceso de sensiblería ó de crueldad hacer de ella una figura interesante ó repugnante. El Tribunal, con sereno criterio, juzgará á la autora de un crimen harto vulgar, y al que han dado excepcional resonancia, para suerte ó para desgracia de la acusada, la impunidad de que disfrutó durante varios días, por deficiencias de la policía, la hoy célebre Cecilia. A raíz de cometer el crimen conocí á sus padres y á su hijo. Esta ingrata profesión de periodista tiene en ocasiones mucho de cruel, obligándonos á perturbar el dolor de una familia, haciéndola más preguntas que un catecismo para aumentar su desgracia al propalarlas por medio de la publicidad. Obtuve fotografías para Blanco y Negro y noticias para EtJmparcial, y en aquella odisea de la policía buscando á Cecilia por la frontera franco- española acompañé al delegado Sr. Puga, teniendo ocasión de conocer á los padres de la crimina! y de leer las cartas que Cecilia escribió desde Madrid antes y después de matar al señor Pastor. De todas las personas que por su parentesco con Cecilia tanto se citaron en los primeros días, las figuras más interesantes eran la del niño, inocente criatura sin discernimiento para poder apreciar toda su desgracia, y la del padre, hombre honrado y de tanto mérito, que en la nómina de la Compañía de los ferrocarriles del Norte, de la que es modesto empleado, figuraba recomendado por la laboriosidad y el celo en el cumplimiento de su deber. De su hijo y de su padre debía, pues, hablar á Cecilia, para apreciar hasta qué punto tiene conciencia del crimen que la franquea las gradas del cadalso ó las puertas del presidio. Cuando se presentó tras de la reja del locutorio, llevaba á su hijo en brazos. CECILIA AZNAR Se dijo que había usted marchado en el sudexpreso... -jTantas cosas se dijeron! También me colgaron el mochuelo de haber hecho locuras en San Sebastián los días de Carnaval, y no salí del Asilo donde. estuve criando los cinco meses que viví en aquella ciudad. En Irún podían conocerme, -porque allí viví más tiempo y á todas partes iba. Lo que es cuando salga no volveré por allá, como no sea pira recoger á esta criatura, si por no dejármela conmigo tienen que llevársela de nuevo mis padres Volvió á abrazar al niño, que inquieto ya trepaba por los barrotes de la reja, y al despedirme de Cecilia y salir del locutorio me preguntaba á mí mismo: ¿Es una desdichada sin conciencia de su situación, ó es un ser en quien el instinto de la vida ha forjado una ilusión que alienta el único sentimiento incapaz de extinguirse en los corazones más corrompidos: el del amor maternal? Huelga decir que en el curso de nuestra conversación hizo la Cecilia algunas otras manifestaciones que no recojo en estas líneas, porque, como he manifestado al principio, no pretendo predisponer al público en pro ni en contra suya; y no viéndola, no hablándola para formar idea de su carácter, en el que indudablemente se refleja lo que algunos calificarán de escasez de inteligencia y otros de exceso de maldad, cualquier detalle se interpretaría como consecuencia de un estado fisiológico especial ó como alarde de despreocupación, rayano en el cinismo. En la cárcel observa Cecilia una conducta ejemplar. En todas sus manifestaciones aparece tranquila, confiada, convencida de que el delito que cometió no es tan horrendo, ni de que la ley reserva para ella los rigores que piden las acusaciones. ¿Es inconsciencia? ¿Es confianza? ¿Es efecto de la encarnación del mal? Allá los médicos y los juristas se las compongan para hacer sntelos jueces el análisis moral de la acusada. Sólo afirmaré por propia cuenta que tu Cecilia Aznar no hay lágrimas ni sonrisa; ay en cambio dos seres que ejercen poderoso ¡fiujo en su ánimo: su hijo y su padre. La mostré un retrato del infeliz Ran on Aznar, i quien no había visto ni en fotografía desde que pasó por Pasajes para Madrid con el Sr. Pastor, y Cecilia alargó una mano por entre la reja, cogió el retrato, le contempló fijamente un momento, -y me le devolvió sin decir una palabra. Mejor dicho, sin pronunciarla, porque decir... ¡Dios sólo sabe lo que diría su pensamíentol Fots. Asenjo. CECILIA AZNAR Y CELIMEND 1 AUTORA DE LA MUERTE DE DON MANUEL PASTOR FRANCISCO GARRETA MORA VCUSADO COMO B ENCUBRIDOR CECILIA AZNAR DEL CRIMEN El niño que yo conocí en. Pasajes, sin apenas saber andar, enfermo de la vista, vestido con traje de piqué blanco y puntillas, cuya procedencia, por cierto, no se reputaba como muy legítima, porque de la casa donde últimamente había servido Cecilia habían faltado varias prendas semejantes, ha crecido, se ha curado, ha engordado. Es lo que se dice una hermosa criatura. La semana pasada vino de Pasajes con su abuela. Cecilia rogó y consiguió que le dejasen vivir con ella en la cárcel. Cecilia ha sido criminal, pero ni un solo momento ha dejado de ser madre en todo el sentido y alcance de la palabra. En las cartas que escribió antes y después del crimen hablaba con cariño de su hijo. En la que mandó á su novio después de matar á Pastor, se mostraba la mujer sensual, pero entre las impurezas de su lenguaje había algo muy puro, que era un recuerdo para su hijo. Mató, robó, salió á la calle, y lo primero q. ue compró con el fruto del robo, fue ropa para su hijo. Encuentro á Cecilia dos días antes de comparecer ante el Tribunal, tranquila, casi sonriente. ¿Ttene usted muchos ánimos? -la pregunto. -Sí, señor- -me contesta abrazando á su hijo, como si la necesidad de vivir para él la inspirase la contestación en vez de dictársela la conciencia. Ya sé que con lo que hice no he de quedar libre- -agregó después volviendo á la realidad, -pero tengo buen abogado, y en mi defensa se han de descubrir muchas cosas que la gente ignora; así es que confío en que habré cumplido con la justicia para cuando más me necesite en el mundo esta criaturita. -Y sin embargo, no pensó usted en ella la noche del crimen. ¡Es verdad! Si las cosas se pensasen mucho... Si nos dejasen pensarlas... -añadió evocando un recuerdo ó la conveniencia de expresarse así. ¿Tendrá usted muchas ganas de que pasen estos días de la vista del proceso? Si no han de separarme de mi hijo, cuanto antes pasen, mejor. Si no han de dejarle vivir conmigo en adelante, más quisiera que se aplazasen esas sesiones. Además, ahora veo todas las mañanas á mi madre, y luego Dios sabe si podrá ir á donde me lleven. Ni por un momento, como se ve, pasa por la imaginación de Cecilia que pueda esperarla una terrible sentencia. ¿Y su padre- -la pregunto, -no ha venido? No, señor, y me alegro. Pasaría peores ratos que los que está pasando. El pobre es muy bueno y todo se lo pasa en silencio. A la que espero ver mañana es á mi hermana... -Que la sopló á usted el novio, casándose con Fuentes, ¿verdad? Les aconsejé yo que se casasen cuando supe que se hablaban Mi hermana es muy joven, y las mujeres necesitamos un marido. ¡Si todos fuesen como mi padrel ¿Pensó usted realmente ir á ver á su hijo, como le decía usted á Fuentes en la última carta que le escribió? ¿Pero usted leyó aquella carta? -me preguntó como contrariada de que conociese las intimidades de amante que estampó en el papel. -Sí. -Al principio pensé ir. No sabía lo que me hacía, pero después cambié de idea y tomé el tren de Barcelona. Ya sé que anduvieron ustedes buscándome por Irún y Pasajes. JAJME IGLESIAS PARDELL A C U S A D O COMO E N C U B R I D O R DE CECILIA AZNAR DEL CR 1 niirin- imiimnmum t innru- ntn i