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otros muchos que no hemos de enumerar aquí; porque el siglo xx ya tiene tarea, si ha de dejar satisfechos á los hombres del siglo xxi. De todos estos problemas, el de la telegrafía sin hilos ya está resuelto, teórica y prácticamente, y aunque no alcanza aún la perfección apetecida, no puede negarse que el triunfo de los inventores, y entre ellos el triunfo de Marconi, ha sido inmenso. ¿Y cómo se ha conseguido, cómo puede explicarse esta maravilla? Todos estos descubrimientos modernos tienen una ventaja, y es que se pueden explicar al público fácilmente. No será una explicación completa la que se dé; no será una explicación científica; no será penetrar en las honduras del problema, porque no ya en la telegrafía sin hilos, sino aun tratándose del hecho más común de la vida vulgar, en la profundidad y en la esencia de las cosas, nunca penetra el hombre. Pero será referir esta invención, y los fenómenos de que depende, á cosas y á fenómenos que son vulgares para nosotros. La analogía, la comparación, las imágenes, son nuestra manera de conocer: nuestros conocimientos teóricos son símbolos. La verdad desnuda, nadie la ha visto, siempre se nos presenta muy vestida, y gracias que no se nos presente muy disfrazada. De suerte que vamos á explicar la telegrafía sin hilos por medio de comparaciones é imágenes, para hacernos entender y para que estos modestos trabajos de propaganda no resulten demasiado áridos y por lo tanto completamente estériles. Hablemos primero del transmisor, ó mejor dicho, no hablemos de él todavía. Imaginemos un tubo encorvado, ó sea un sifón invertido, y echemos agua en una de las ramas. El agua bajará y llegará al punto inferior, y subirá por la otra rama. ¿Se detendrá cuando esté á nivel en las dos ramas del sifón? Si el tubo es ancho, si ofrece poca resistencia al movimiento del líquido, y éste ha bajado con suficiente velocidad, rebasará en la segunda rama la línea de nivel; de manera que pronto se iniciará un movimiento del líquido en sentido contrario, y así oscilará el agua en el sifón, como oscila un péndulo. Después continuará el movimiento oscilatorio, hasta que el rozamiento y las resistencias pasivas lo amortigüen, ó dicho en otros términos, hasta que la oscilación del agua se amortice. Pues en su esencia, ésta es una imagen del transmisor en el telégrafo sin hilos; sólo que no hay sifón, ni hay agua; de suerte que es lo mismo y es otra cosa. Son dos fenómenos que en nada se parecen más que en pertenecer, pudiéramos decir, á Ja familia oscilatoria. En vez de un sifón tomemos dos esferas metálicas con dos varillas, á cuyos extremos se han unido otras dos esferas más pequeñas, y coloquémoslas frente á frente, de modo que las dos esférulas estén á poca distancia una de otra. Ya tenemos el sifón de nuestro ejemplo, aunque en nada se parezca á un sifón. Y ahora, por procedimientos técnicos que no son del caso, llevemos á cualquiera de las esferas grandes cantidad suficiente de electricidad, que es en cierto modo lo que antes hacíamos al cargar de agua una de las ramas del sifón. Verdad es que ésta no es agua, sino electricidad; pero en rigor, ni sabemos lo que es electricidad ni lo que es agua. Son dos fenómenos á que damos dos nombres. Con el uno estamos más familiarizados que con el otro; es decir, que frecuentamos más el trato del agua que el de la electricidad; pero nada más. Son dos incógnitas. Como el agua por su desnivel pasaba de una á otra rama, aquí la electricidad por su potencial, ó si se quiere por su tensión, salta de una esfera á otra esfera en forma de chispa, chispa que se ve en el intervalo de las dos pequeñas esferas. Pero si las dimensiones del aparato están bien calculadas, el equilibrio no se establecerá desde el primer momento, sino que, como el agua subía con exceso en la segunda rama, con exceso llegara la electricidad á Ja segunda esfera, y volverá á saltar aun en forma de chispa de la segunda esfera a la primera, y así tendremos un movimiento oscilatorio de la electricidad. Oscilación que se ve dibujada empleando ciertos aparatos de Física que no podemos explicar en este momento. En suma, como el agua oscilaba, oscila aquí la electricidad. Y éste es el aparato de transmisión, que en el fondo es el aparato de las experiencias clásicas de Hertz. Estas oscilaciones de la electricidad, que realmente no son más que vibraciones de esta substancia, se van á transmitir todo alrededor del aparato, como se transmiten las vibraciones de la luz en ondas luminosas, como se transmiten las vibraciones del aire en ondas sonoras, como en el mar se transmite una perturbación del líquido en forma de oleaje. Todo es lo mismo: ondas líquidas, ondas sonoras, ondas luminosas, ondas hertzianas, es decir, ondas engendradas por la oscilación ó vibración de la electricidad en el aparato que antes hemos descrito. Claro es que dicho aparato al pasar del gabinete del sabio á la práctica, al servir de base á la invención de Marconi, ha tenido que sufrir grandes modificaciones; pero esto importa poco para nuestro objeto, que es el de dar una idea aproximada, aunque con aproximación grosera, de la invención en que nos ocupamos. Para la transmisión de tales vibraciones eléctricas en un gabinete, basta la chispa oscilante; para la transmisión á largas distancias, hay que agregar al aparato una antena. Decíamos hace un momento que la vibración eléctrica que se produce en el aparato de Hertz, era en el fondo algo parecido al oleaje del mar, á Jas ondas acústicas ó á las ondas luminosas, y vamos á precisar más las ideas. Las ondas hertzianas, es decir, las que nacen del aparato en cuestión, tienen de común con el oleaje del mar, ó con las ondas que engendra en el aire un instrumento musical, la relación de parentesco que existe entre todos los movimientos oscilatorios; pero con la luz, con las ondas luminosas, con estas vibraciones del éter, tienen parentesco más íntimo, tan íntimo, que la semejanza se convierte en identidad, porque las ondas hertzianas no son, en rigor, más que ondas de luz, de una luz que no se ve, pero que está en la misma escala, en el mismo pentagrama en que se escriben las notas de la vibración luminosa. Al menos esto admite hoy la ciencia. La luz blanca no es simple, es un conjunto de muchas vibraciones que engendran ondas de diferente longitud. La luz blanca es una orquesta que va del violado al rojo. Puede en el mar haber olas muy anchas y haber olas muy estrechas; pues en ese otro océano hipotético que llamamos éter, también hay olas de diferente anchura. Cuando son muy estrechas, engendran en la retina humana una sensación especial á que le damos un nombre: le llamamos, por ejemplo, color violado: es la nota más alta que vemos. Cuando la nota es mucho más grave, la ola es mucho más ancha y engendra en la retina humana otra sensación: la del color rojo. Pero la escala continúa bajando, y las ondas hertzianas, según la opinión, ó si se quiere la hipótesis (porque la ciencia vive de dos cosas: de hechos y de hipótesis) de los sabios, no son más que ondas muchísimo más anchas que las de la luz ordinaria que estamos acostumbrados á ver. Por eso no la vemos, porque sus ondas son demasiado anchas para nuestros ojos. De suerte que, en rigor, la modernísima telegrafía sin hilos viene á ser un telégrafo óptico; el agente que se emplea es la luz. Ya tenemos á la onda hertziana engendrada por la vibración eléctrica, es decir, á la ancha onda de luz que no se ve, brotando del transmisor y extendiéndose por el éter. Ahora faltan muchas cosas: falta describir el receptor, cuya base científica arranca de los preciosos trabajos del insigne físico francés Branly. Y falta ver por qué la onda hertziana puede ir mucho más lejos que un rayo de luz ordinaria. Pero estas materias son áridas, el artículo va siendo largo, y bueno será dejar el resto para otra ocasión. JOSÉ E C H E G A R A Y VO E L FHNUAEN C I EDREA C O L O N I FANTASÍA Los arbitristas de café son personas de suyo ridiculas y de las cuales nos burlamos muy lindamente; pero todos somos arbitristas de café cuando llega el caso. A cada cambio de Gobierno, á cada apuro del erario público, cuando los Ayuntamientos se renuevan y cuando los empréstitos se anuncian, es decir, cada tercer día, no hay español que no se sienta inspirado y crea tener en su mano la salvación de la patria. ¡Si me dejaran á mí! -decimos el que más y el que menos, en voz alta ó aparte, -haría esto, lo otro y lo de más allá, y todo se arreglaba en un periquete. Y en el fondo del pensamiento se hacen revoluciones hondas, se cambia la faz del universo y se transforma á los hombres, convirtiéndolos en honrados, satisfechos y felices. El que no se haya sentido con fuerzas para salvar á la humanidad siquiera un par de veces, que levante el dedo. Sentado este axioma, y dispuesto á aguantar cristianamente todas las puyas, bromas y cantaletas de que yo haría víctima al prójimo, si el prójimo se pusiera en mi caso, he aquí que me decido, hoy día de la fecha, á pensar alto en cuestiones económicas, y lanzo á los vientos de la publicidad un plan maravilloso que acaba de ocurrírseme sin preparación alguna y de golpe y porrazo, como suele decirse vulgarmente. N o tengo datos de ninguna clase; hasta la lógica inflexible del sentido común, en que creo apoyarme, puede no ser inflexible ni lógica; pero esto de hacer cálculos y números á ojo de buen cubero con el santo fin de revolver el mundo, es una de las cinco mil maneras de perder el tiempo sin hacer daño á nadie. Y una vez terminado el preámbulo, indispensable en todas las leyes y decretos aunque se redacten en la mesa de una cervecería, vamos á entrar en materia. La conmoción profunda que sufren actualmente todas las naciones civilizadas; el hondo malestar que mina sus cimientos, amenazando dar al traste con las fortalezas de papel levantadas á costa de seculares esfuerzos, obedecen á un desorden administrativo universal. A consecuencia de él, las tres cuartas partes de la humanidad arrastran su vida entre dolor y miseria; los frutos de la tierra pródiga se reparten tan mal, que gozan de ellos hasta la hartura los desocupados, y bajan al sepulcro sin haber conseguido saciar el hambre los que con más fe y constancia riegan el suelo con el sudor de sus frentes. Claro es que injusticia tan enorme y mal tan intenso no se remedian en veinticuatro horas, y que el plan que someto á la aprobación de los inteligentes no pasa de ser un paliativo insignificante; pero mientras se logra el supremo ideal de que todos trabajemos en la medida de nuestras fuerzas y disfrutemos por igual de los beneficios de una civilización inmejorable, bueno es que cada uno pulverice un pedazo de cascote de las antiguas murallas y lleve su grano de arena al edificio nuevo. Sin querer me ha salido un segundo preámbulo. Vamos á ver si quiere Dios que de una vez abordemos el asunto. Creo, sin atreverme á jurarlo, porque me declaro absolutamente lego en materias económicas, que en varias ocasiones y en distintos países se ha estudiado ó intentado establecer el impuesto único. Mal debe de haber cuajado la idea, puesto que nadie habla ya de semejante cosa. Y, sin embargo, sobre ese tema hay que insistir hasta dejarlo resuelto si es posible, porque del reparto lógico y equitativo de los tributos depende que las fuerzas de una nación no se agoten tontamente. La balumba de contribuciones y gabelas que abruman á los ciudadanos, el defectuoso sistema de investigación y recaudación y la falta de criterio para señalar la medida en que cada uno ha de contribuir á levantar las cargas del Estado, sirven, por inexplicable contrasentido, para que queden presos en la complicadísima red administrativa los peces chicos y se escapen impunemente los gordos. Aquí pagamos contribución territorial, industrial, patentes, pólizas, consumos, cédulas, timbres, licencias, papel sellado, correo, aduanas... ¡por todo y para todo! y los centenares de impuestos de distintas clases y condiciones vienen á gravitar sobre el que á duras penas puede sostener su vida trabajando sin tregua, constituyendo en cambio pequeñísima carga para el que disfruta de ella tranquila y sosegadamente. Tan notoria injusticia nace de un error fundamental de nuestros hacendistas. Cada ciudadano debe pagar los servicios que el Estado le proporciona, en la medida que de él los exige. Para el que posee grandes porciones de tierra, explota minas, canales ó ferrocarriles, habita en palacios, corta cupones ó goza el producto de talleres y fábricas, la nación entera paga ejército que de- i ¡ii r mirnurrin n T n g