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S ANOUNO. NUMERO 6. CRÓNICA UNIVERSAL ILUSTRADA. ABC ilícitos, que sería lo que les rehabilitase ante los ojos del país. T a l es la situación d e la política en España, ante cuyo examen no puede repetirse ciertamente la célebre frase de que cada hecho que se registra en la historia de los pueblos, de un siglo á esta parte, es un testimonio de la fuerza irresisble del progreso. h T R A V É S D E LA F R O N T E R A CUA T R O C Í E N T O S T R E I N T A Y CUATRO SUICIDIOS. GOBIERNO DE MILLONARIOS La aldea de Balzberg, en el principado de Liechtenstein, ha realizado un acto sin precedente en la historia. T o d o s sus habitantes, que eran 434, se han suicidado. Se buscará el motivo de tan desesperada resolución en disgustos de orden político, de dificultades económicas, d e quebrantos administrativos... N a d a de eso; los negocios iban viento en p o p a Llegó á Balzberg un maestro de escuela llamado Franz Gunzberg, hombre tétrico, algo tocado d e la manía de grandezas, llamándose sobrino del famoso Gunzberg, consejero de r e y e s Lector asiduo de las obras de Schopenhauer y nutrido desde su adolescencia por las doctrinas pesimistas d e la filosofía alemana, procuró inculcar en sus discípulos las sombrías ideas de su cer e b r o Al principio protestaron las familias de los jóvenes alumnos. Balzberg perseveró en su apostolado con tanta suerte, que el pueblo ¡legó á participar de la fe del gran pesimista. Sus predicaciones de la escuela pasaron á la calle, á la familia, á la alcaldía. La divisa d e la nueva secta y de sus prosélitos consistía en principios tan siniestros como estos: La existencia es el más afrentoso de todos los males. El mal y el dolor reinan sobre la tierra. Vale más morar debajo que encima. Viva la muerte. Una especie de locura negra se fué apoderando del pueblo. A fuerza de oir al preceptor ensalzar el suicidio, los habitantes d e Balzberg se fueron haciendo á la idea de la muerte. Y dicho y hecho. U n día se reúne el consejo en la alcaldía. El burgomaestre Osfeit escribe una carta, que es el testamento del pueblo, á Juan 11, príncipe soberano y jefe de la casa de Liechtenstein. Se preparan las hogueras, en las cuales se echan hierbas aromáticas para que el sacrificio tenga un carácter pagano. Gunzberg, oficiando una especie de misa extraordinaria, cuyo rito había establecido previamente, entona un himno á la muerte, al que contesta todo el mundo con gran entusiasmo. El resto se adivina, pero no los detalles, que verdaderamente son aterradores. Los habitantes de la aldea se arrojan á las llamas. Las primeras sensaciones del sufrimiento hacen arrepentirse á algunos jóvenes, que prorrumpen en gritos horribles. Las madres sienten piedad y piden su libertad con la de sus hijos. Algunos hombres pierden la virtud del estoicismo y quieren también la vida. Los locos eran los más. La lucha entre los partidarios d e la muerte y los d e la vida fué encarnizada, feroz. El incendio, propagado con rapidez, ayudó á los sectarios en su obra destructora. La triste nueva fué llevada á Iníipruck por gentes que vieron desde lejos el horroroso drama. Cuando las autoridades llegaron, uno sólo de los habitantes de Balzberg, un joven de catorce años, hijo del burgomaestre, daba señales de vida. Los cuidados y los esfuerzos de la ciencia le han arrancado d e la muerte, y su relato es el que ha dado conocimiento de la tragedia de Balzberg. r o es ciertamente Grecia la nación más rica de E u r o p a pero sí la que tiene los ministros más ricos. Hablamos de los actuales. Para que los ministros no sean objeto de murmuración- -dijo en ocasión solemne un político es- FEBRERQDE 19O3 N Ú M E R O SUELTO, JO CÉNTS. 3 Cróriíca política j 3 o c a s novedades ha ofrecido la política en los últinaos ocho días. El instinto d e conservación obliga á los prohombres del partido liberal á poner los medios de limar asperezas y de hallar una fórmula que d é satisfacción á todas las tendencias que se manifiestan entre ellos. N o parece tan difícil que lleguen á un acuerdo sobre este punto; la dificultad mayor está en determinar si la dirección del partido ha de llevarla un solo jefe, ó si la jefatura ha d e radicar en dos ó más personas. Vencido este obstáculo, que no es p e queño, surge otro problema. La jefatura unipersonal ó varia, ¿ha de determinarla el voto d e los exministros ó la voluntad del partido en asamblea? Los ministros los nombra la Corona, dicen los que creyéndose en posesión de la doctrina liberal y democrática entienden que la representación del partido sólo el partido puede otorgarla. P e r o el jefe, que tenía la voluntad deK piartido, proponía á la Corona para ministros á aquellas personas que por sus servicios y sus méritos eran acreedores á tal distinción; replican los que no consideran necesaria la asamblea y temen que en la reunión del partido se exterioricen aún más las divisiones que le minan. A última hora ha surgido una nueva fórmula que parece conjurar por el momento ese peligro: consiste en deponer unos y otros sus intransigencias, unirse estrechamente para acudir á la lucha electoral, y una vez reunidas las C o r t e s determinar entonces lo que ha de hacerse. El procedimiento quizá no se estime muy práctico, pero hay que reconocer que es muy español: es el de trampa adelante tan propio de nuestro carácter. Vivir hoy; y mañana, ¡Dios dirá! El Gobierno entretanto continúa su labor lenta y estéril, á juicio de las oposiciones- -porque sabido es que nunca llueve á gusto de t o d o s -r e p o sada, juiciosa y fructífera, según los ministeriales, que alegan en su favor el exceso de recaudación obtenido por el ministro de Hacienda y la tranquilidad de que se disfruta en toda la nación, pues huelgas como la de Reus y como la d e los carreteros de M a d r i d recientemente iniciada, se deben, según los amigos del Gabinete, á causas por completo ajenas á los actos del Gobierno. Las oposiciones no se cansan de pedir la revolución de arriba á abajo en solemne momento ofrecida, y el Gobierno, aunque no lo dice, es indudable que piensa que lo primero que necesita para hacer algo, revolucionario ó no, es una mayoría parlamentaria suya. Y á este fin encamina sus trabajos, desplegando una actividad que, en los asuntos de índole orgánica y administrativa, determina un marasmo que exalta á los impacientes. El ministro d e M a r i n a ha concitado contra su gestión las censuras de la gran prensa, á las cuales ha contestado en un documento que sólo ha logrado excitar más los ánimos d e sus censores y arreciar una campaña que, si no está inspirada p o r los p r o pios marinos, lo parece. Al menos, podría afirmarse que no la ven con malos ojos. El ministro d e Hacienda calla, p e r o afirma que trabaja sin descanso para responder á la confianza que inspira su gestión al país. Callan también, sin decir lo que hacen, los demás ministros; y únicamente el d e Gracia y Justicia da pruebas d e su reconocida actividad, dictando disposiciones de carácter orgánico dentro de su ramo y preparando importante labor legislativa. La cuestión d e Marruecos toca á su fin con la derrota de las tropas rebeldes de M u l e y el Roghi (si manos extrañas é interesadas en revolver el río para ganancia de pescadores no vuelven á enmarañar la madeja) con lo cual se quita nuestro G o bierno un peso de encima. Los carlistas se muestran con grandes arrestos para la lucha electoral, sin que este propósito d e acudir á los procedimientos legales implique la formal promesa de renunciar á los violentos é pañol- -es preciso que tengan un sueldo espléndido; con el que tienen, apenas cuentan para el uniforme y para guantes. Quizá tenía razón; p e r o hay otro medio para evitar la crítica malévola sobre los ministros. Que sean éstos, como los que recientemente ha nombrado el r e y J o r g e d e Grecia, millonarios. Cinco de ellos, sobre t o d o son grandes señores que habitan los palacios más suntuosos de la suntuosa Atenas, en los que dan fiestas espléndidas á la alta sociedad ateniense y al mundo diplomático. Carafanos, Skonsés y Mavromichalis, tienen las primeras fortunas de su país. Roma es un C r e so. Zygomalos es también millonario. El único p o b r e tan p o b r e que sólo dispone del sueldo cuando es ministro y de la cesantía cuando deja de serlo, es el de Hacienda, D e l yanni. La designación para esa cartera está bien entendida, porque si Delyanni fuese también millonario, es probable que tratase al T e s o r o público griego con la largueza que tratan al suyo propio sus colegas. ¡P o r algo es Grecia el país de los sabios! AEMECE kj J J T. J R J J t K 3 i Q descontentadiza es la raza humana, y qué ambiciosa y qué exigente! N a d a le satisface, todo le parece poco, siempre quiere ir más lejos y subir más, y realizar nuevos prodigios. Y sin embargo, en estos anhelos constantes está su grandeza; y porque siempre se anhela más, existe el progreso. Aparece c na invención admirable, se realiza una de tantas maravillas como ha realizado el siglo xix, y aunque al pronto admire, y aunque se aplauda, no pasan mucSi s años sin que la invención que asombró sea desdeñada, criticada con saña, y al fin y al cabo caiga en el interminable catálogo de ¡as cosas vulgares. Así los caminos de hierro inspiran hoy pocas simpatías; se les acusa de pesados, de molestos, de pe ¡igrosos y de antiartísticos. Casi se echa de menos la düigencia y hasta la galera acelerada. P o r h o y todas las esperanzas se fundan en la locomotora e ¡éctrica, porque se espera que camine con velocidades de 140 kilómetros por hora. Esto ahora parece mucho; cuando se consiga, se dirá que era preferible la carreta d e b u e y e s O t r a maravilla fué el telégrafo. Y esta invención aún conserva cierto prestigio, porque al fin y al cabo, no puede negarse, que saberse en M a drid, por ejemplo, cada noche, lo que ha pasado durante el día en San Petersburgo, en Berlín, en Londres, en Nueva York y en California, indica cierto adelanto, y tales resultados no dejan de ser satisfactorios. Invención admirable, hermana gemela de la p r e cedente, es el teléfono. Entablar conversación con una persona de la famiüa ó con un amigo á 5oo ó á 1.000 kilómetros de distancia, algo sorprende y no deja de producir grata impresión, por más que ¡as voces resu ¡tan d é b ü e s á veces confusas, y por más que el servicio esté á merced de cualquier cambio atmosférico. P e r o hay algo en uno y en otro invento que molesta y que casi humilla; al público desde luego, y además á los inventoixs. Y este algo molesto y humillante, es el alambre ó el hüo metálico. P o r eso se han empeñado los inventores, con aplauso y asentimiento universal, en suprimir los hilos. ¡N o más hilos! dicen los espíritus independientes, como decían no más cadenas los liberales de antaño. Tales son los problemas del siglo xx, entre P ECHEGARAY OR DON JOSÉ