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OS DIPLOMÁTICOS EXTRANJEROS EN MADRID D ECUERDOS GRATOS. E I c o n d f d e T o v a r m i J -NOTABILIDADES Y nisíro de Portugal en BELLEZAS. PAZ DU- España; el barón de RADERA. Wrede, que representa al caballeresco poeta que reina en Suecia y N o ruega; M r Jules Cambon, embajador de Francia, y algún secretario como el de Rusia, príncipe Bemidoff, sobrino de Ja princesa Matilde Bonaparre, han venido á renovar el pei sonal del cuerpo diplomático extranjero acreditado cerca de la corte de España. Madrid ha sido siempre muy hospitalario para los distinguidos extranjeros que han venido á nuestra patria con cargos diplomáticos, y de muchos se guardan cariñosos recuerdos. ¡Qué simpático aquel barón d Ampach que representó durante mucho tiempo á Bélgica! Era un modelo de caballeros y un artista muy notable. En el teatro Ida representó admirablemente comedias francesas en unión del inolvidable M r Alfredo Weill, y se dedicó á estudiar concienzudamente la literatura dramática de nuestro siglo de oro. Seguía todas las temporadas á la corte cuando iba de jornada á La Granja y allí se convertía en un cazador infatigable. El rey D Alfonso Xi le apreciaba mucho y le llevaba como compañero á sus expediciones cinegéticas. Otra persona muy agradable fue el conde de Solms, embajador de Alemania, que tenía especial predilección por la pintura y que retrató á la dama más hermosa de Madrid, siendo sus retratos notables por el parecido. También tenía casa en La Granja, y la temporada que pasó allí Monseñor Rampolla instalado en el hotel del camino de Segovia, que puso á su disposición el Gobierno de acuerdo con el Real Patrimonio, solían conferenciar mucho el representante de León XI 11 y el del emperador Guillermo. El conde de Solms se parecía algo en la figura al general O Donnell, y se marchó con mucha pena de nuestro país cuando le obligaron á ello las combinaciones diplomáticas de su Gobierno. Entre las embajadoras hermosas que ha habido en España, merece especial mención aquella condesa del Barral, esposa del embajador que mandó Italia á la corte del rey D Amadeo. Era del tipo majestuoso y artístico de los Castiglioni, y deslumhraba por su belleza; ocupó el hotelito de la calle de Fuencarral, de donde salió el duque de Montpensier para su duelo con el infante D. Enrique, y donde algunos años más tarde dio la difunta marquesa de Viana, de grata memoria, su baile memorable de Pierrots y Pierrettes. Los tiempos en que la condesa del Barral vivió entre nosotros, no fueron muy tranquilos, pero ella supo hacerse muy simpática. La vizcondesa de Bresson, esposa de un encargado de Negocios de Francia, se distinguió mucho por su talento dramático, y era un encanto asistir á las representaciones que daba en su casa, acompañada de su esposo, que era también un actor de mucho mérito. El conde de Casal Ribeiro, ministro de Portugal, que después de algunos años de ausencia vino á morir en Madrid, fue un entusiasta de la literatura española, y se complacía mucho en tratar á literatos y artistas. Vestía, como en los tiempos del romanticismo, el frac azul con botón dorado, y llevaba la pechera de la camisa sin almidonar y con chorreras de encaje, constituyendo un tipo muy original y muy simpático. Antes que él, representó á Portugal en España el marqués de Valhorn, que fue el último que ocupó los salones de la casa de la calle de Fuencarral. Estaba casado con una señora muy distinguida, que dio suntuosas fiestas, en las que se presentó por primera vez su hijo, un joven de mucho talento, que ha ocupado después altos cargos en su país. Tipo muy notable fue el del príncipe Gortschakoff, embajador de Rusia, hijo del famoso canciller del Imperio moscovita, y gran coleccionador de bacías de barbero y de tinteros de porcelana. Recorrió de incógnito toda España en busca de sus cacharros favoritos, y llegó á reunir ejemplares muy notables de plata repujada y de barro con reflejos metálicos. En los grandes banquetes que daba, lucía una vajilla de oro estilo Imperio, que había pertenecido á su padre, y que era una maravilla artística. Murió al poco tiempo de dejar su puesto en España, y cuando se dispimía á volver á Madrid, donde quería vivir como un particular. El conde de Greppi, el marqués de Maffei y el barón Renzis de Montanaro, representante de Italia, dejaron en la sociedad de Madrid gratos recuerdos, lo mismo que M r Paul Cambon, el embajador de Francia hermano del actual. M r Paul Cambon era de una distinción y de una amabilidad exquisitas, y unía á su cultura el don de gentes, que tanto se aprecia. Fue, si no estoy equivocado, el primero que ocupó el hotel de la calle de OJózaga, que decoró con tapices de los Gobelinos, procedentes de los palacios reales de Francia. Su esposa, que estaba muy delicada de salud, hacía sólo una ligera aparición en los salones las noches de recepción, y él quedaba encargado de hacer los honores con una galantería eminentemente francesa. Se trasladaron á Constantinopla y sigue todavía correspondencia con muchas personas notables de Madrid, demostrando que no nos olvida, como nosotros no le olvidamos. El conde de Macedo, el anterior ministro de Portugal, y su distinguida esposa, se han quedado en España, y pasan el invierno en Málaga, buscando alivio á las dolencias de! conde, tipo perfecto del caballero y del diplomático de aficiones cosmopolitas y de reputación europea. El cuerpo diplomático acreditado hoy en Madrid es muy notable. Lazo de unión estos distinguidos extranjeros entre la nación que representan oficialmente y nuestra patria, son prendas de una paz que nos hace mucha falta y que nos conviene que sea muy duradera. KASABAL rando la mendicidad y el vicio nocturnos en la calle, y consolándonos con ver por la tarde, si hace sol, cómo pasea por la calle de Alcalá una juventud macilenta, pero distinguida, que maneja un junco como un fideo á guisa de bastón, porque los bastones fuertes y pesados, aunque poco snob, implican algo de ejercicio muscular, algo de vigor físico, algo de robustez y de masculinídad; juventud que con trasnochar, leer á Sienkiewitz, hablar de política y remangarse los pantalones, cree cumplir lucidamente su misión en esta vida, esperando entrar en la otra con junco, gabán- saco, botines y todo. ÁNGEL MARÍA CASTELL La vacunación obligatoria SPANTA recordar los estragos que debieron hacer en Europa las grandes epidemias. Leyendo las obras clásicas de los médicos prácticos, rebuscando en crónicas y manuscritos las descripciones y referencias de historiadores y literatos, compréndese fácilmente el horror y el espanto de las afligidas muchedumbres ante la infección implacable, traidora, que el vulgo denominaba con el nombre genérico de peste, y contra la cual parecía imposible luchar. Explícanse bien las crueldades populares tan magistralmente vislumbradas por nuestro Echegaray en su hermosa obra La peste de Otranto. De todas las epidemias, la más dolorosa y repugnante es la de viruela, que se ceba en los tiernos niños, á quienes mata ó ciega, destruye la belleza de la juventud y no respeta la virilidad, ocasionando en la época presente un verdadero oprobio para la nación que la cuenta, como M a rruecos, entre sus enfermedades habituales. A España no se la puede tachar ciertamente de indiferencia ó abandono para prevenir tamaño mal por medio de la vacuna, pues á poco de descubierto el preservativo por Jenner, envió en 1804 una expedición á nuestras colonias de América y Filipinas, dirigida por D Francisco Javier Balmis, practicándose las primeras inoculaciones con éxito completo. La lira del gran Quintana entonó una oda á tan inolvidable acto, que demuestra nuestro interés y amor hacia la que llamaba el insigne poeta: Virgen del mundo, América inocente. Madrileñerías se hacen, decirse; pero en Madrid muchas costumbres se importan del Extranjero. Hablando en términos industriales, podría decirse que se importan las primeras materias. Luego se elabora aquí el género, ¡pero qué género! De la más ínfima clase. Y con decir que las costumbres hacen leyes, sin tener en cuenta que las malas costumbres no pueden hacer sino leyes pésimas, nos quedamos tan campantes. Por ejemplo, una de las costumbres madrileñas es ir á las funciones por horas de algunos teatros. La primera materia de esta costumbre es americana pura. Nada más que la primera materia. La costumbre será buena, pero en América. Aquí resulta pésima. Para que fuese buena, como ío es en aquel continente, sería preciso que hubiese aquí lo que hay allí: teatros á propósito para esa clase de funciones. Teatros con amplísimos vestíbulos, donde la gente espera cómodamente, sentada, con calor en el invierno y fresco en el verano. No teatros como los nuestros, en los que el público espera de pie, al aire libre ó en portales donde las corrientes de aire y la falta de comodidades parecen obra preparada por los médicos necesitados de clientela. Porque ¿quién calcula el número de pulmonías, reumas, tortícolis, etc. que dan í la estadística doliente los teatros de Apolo, la Zarzuela, Eslava, Moderno, Cómico, Romea y alguno más? Hay que tener en cuenta también que, de las costumbres extrañas, no copiamos lo bueno. De esto prescindimos en absoluto para sustituirlo con todo lo malo que se nos ocurre, que suele ser mucho. Verbi gratis: podíamos copiar lo de la puntualidad en las funciones y lo de no fumar en la sala. Es verdad que nuestras inflexibles autoridades suelen conminar con multas á las empresas si los espectáculos no terminan á una hora razonable, y que tienen terminantemente prohibido fumar en las localidades de los teatros; pero, ya se sabe... las costumbres hacen leyes y la costumbre- ¡y esta sí que es española neta! -consiste en que las empresas se pongan por montera las amenazas de la autoridad y el público las órdenes. Cierto igualmente que las autoridades empiezan por dar la razón al público en lo de no copiar lo bueno de las costumbres de otras partes. En otros países la autoridad se hace respetar. Aquí, no; y efecto de esta falta de energía es que, en teatros como los citados, se fume en los entreactos y se baje por última vez el telón á las dos déla madrugada. No hay gobernador nuevo de Madrid que no se proponga meter en cintura á los teatros que no cumplen lo que respecto á las horas anuncian en los programas. Y, efectivamente, no hay teatro que deje de hacer lo que á su empresa le venga en gana. Eso de que las funciones teatrales terminen á media noche, es costumbre extranjera. Pero es buena, y por eso no la hacemos nuestra. Y lo mejor, ó hablando con más propiedad, lo peor, es c (uz al desfilar por esas calles de Dios á altas horas, renegamos de Madrid, que tanta mendicidad permite por sus vías. ¡Que pesados, qué molestos son los innumerables pobres, de solemnidad unos, de oficio y vicio otros, que nos acosan con sus peticiones y el relato, dicho de carretilla y siempre el mismo, de sus necesidades! Están en la calle á esas horas, porque la gente que puede socorrerles lo está también. Si aquélla se retirase á las doce, el hampa nada tendría que hacer á las dos fuera de sus albergues. A los verdaderamente necesitados se les hacía un favor; á los viciosos se les quitaba ocasión de fomentar su vicio. En Inglaterra se ha creado ahora, y en algunos Estados alemanes existía ya, un impuesto muy crecido ala embriaguez. Se emborracha el que quiere, pero le cuesta la torta un pan; torta que es gradualmente mayor para los reincíd ¿ntes. El importe de ese impuesto se destina á socorro de los asilos de necesitados y vagabundos. Se consiguen dos laudables fines: combatir la embriaguez y hacer una obra de caridad. La ley es, como digo, extranjera; pero es buena. Por eso aquí no la implantamos. Nos parece más humano, ó por lo menos muy español, hacer vida desordenada, arrojando de los teatros á la higiene, tole OSTUMBRES MALAS E IMITACIONES PEORES Las costumbres suele Referir las vicisitudes por que ha atravesado el descubrimiento de Jenner, y sus perfeccionamientos hasta convertirse en lo que es actualmente, refutando las opiniones contrarias á la vacuna, es tarea innecesaria. En el ánimo de todos existe Ja íntima convicción de la positiva importancia é in. discutible eficacia del sencillo procedimiento, demostradas de modo brillante por los hechos. Profesores distinguidos de los hospitales como los doctores Huertas y Codina, han probado con trabajos concienzudos que la viruela reina de modo permanente en Madrid (y pudiérase añadir que en toda España) existiendo una ley estacional perfectamente descrita por este ÚJtimo, quien suscitó hace dos años una vigorosa campaña en la Sociedad Española de Higiene. De aquellos luminosos debates se dedujo la imprescindible necesidad de provocar una información parlamentaria que diera por resultado la promulgación de una ley en la cual fuesen obligatorias la vacunación y la revacunación, de igual modo que lo fueron en 1815 y 1855. Inspirándose en la urgencia de estas salvadoras disposiciones, el ministerio de la Gobernación ha publicado un real decreto que debe tener, é indudablemente tiene á mi juicio, fuerza de ley. M e recen plácemes entusiastas por ello el ministro de la Gobernación Sr. D Antonio Maura y el director general de Sanidad, el sabio doctor D. Carlos María Cortezo. Lo que importa es que el gran público y los médicos secunden con actividad tan oportuna orden, contribuyendo el país entero á que las vacunaciones y revacunaciones se multipliquen. Los modernos adelantos permiten obtener buena vacuna sin que exista el menor peligro ni la más insignificante molestia para los inoculados. El Estado tiene el Instituto de Alfonso X 1I1, en donde se practican con todo esmero dichas operaciones, proporcionando vacuna á toda España. Dignos profesores, tanto en Madrid como en provincias, cultivan esta especialidad en laboratorios particulares, obteniendo linfa en abundancia. Deber es de los padres, y singularmente de todas las buenas madres, apresurarse á garantizar la vida de sus hijos. Los filántropos y las corporaciones benéficas debieran también facilitar á las clases pobres el benéfico virus. Es indispensable destruir de raíz las preocupaciones del pueblo y de los ignorantes, eternos niños, quienes con mal humor y peor voluntad suelen recibir los generosos dones de la niiríirmnin i Ttimmraninnmni