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2. ILUSTRADA. i rtTTTOgifWT ¡TW i fl 3 rV- V ffly EB gftEuV mratta EN ERO DE r 9o3. NÚ MER 0 su ELTO, lo CENTS. -s FOTOGRAFÍA FRANZEN SAGASTA V 1 A biografía de Don Práxedes M a t e o Sagasta, referida en cien ocasiones y una vez más con el triste motivo de su muerte, la sabe todo el mundo de memoria. Para nadie es un misterio que de los setenta y cinco años que vivió el ilustre patricio, consagró más de cincuenta á la defensa de las ideas liberales, con su palabra en la tribuna, con su pluma en la prensa, con las armas en la mano en las calles d e M a d r i d Su personalidad política llena medio siglo de la Historia de España; su nombre va asociado al p r o greso de la nación, que hoy le llora con rara unanimidad. Reconocen en él, los que profesan ideas liberales, al patriarca de las libertades españolas, y los menos conformes con el espíritu del siglo, al gobernante p r o b o personificación de la bondad y de la honradez. F u é una figura excepcional, porque sin ser un genio, fué el primer político de su época; sin ser el mayor talento de su partido, fué, sin embargo, el hombre insustituible; sin ser tribuno arrebatador, fué un orador temible; la Revolución le debió mucho, mucho le debe la Alonarquía... L a opinión exaltada, cuanao le censuraba creyéndole víctima de un error ó de una inconsecuencia, estaba deseando disculparle y volver á creer en él. L e faltó ser general para coronarse con la aureola que dan las victorias de la guerra. Espartero y Prim únicamente pudieron provocar mayores entusiasmos por sus triunfos militares; pero en punto á conquistar popularidad y á ganar el cariño de las masas, no le ganaron aquellas dos figuras que con la suya compartirán ante la Historia el mérito de haber sembrado en España las ideas del progreso político. F u é sobre t o d o un gran ciudadano. La sinceridad que le llevó á las barricadas en las calles y á los radicalismos en la tribuna, le hizo volver en otras ocasiones á la templanza cuando las responsabilidades del poder y las conveniencias de la nación le obligaron á ser reflexivo y á sacrificar los móviles del entusiasmo á los beneficios del orden. P u d o ser inconsecuente á los principios de su p o lítica; jamás lo fué á los impulsos de su corazón. El Sagasta íntimo, todo llaneza, bondad y cariño, es el Sagasta gobernante. Se embelesaba en su hogar con las caricias de dos ángeles que llevan su nombre; se embravecía en el Parlamento con el fragor del combate. y se conmovía en el puesto de jefe del Gobierno llorando de satisfacción al per- donar á Villacampa. A la política, con la que creía honradamente prestar un servicio á su país, lo sacrificó t o d o su tranquilidad y su porvenir, las afecciones íntimas, la salud por último, cuya ruina aceleraron las crueldades de que está lleno el ejercicio del poderD e cuantas frases se han hecho estos días con motivo de la muerte del insigne patricio, creemos que ninguna refleja tan exactamente la obra d e Sagasta como la del Presidente del Senado, al decir que era la representación de nuestras luchas por el nuevo derecho; el símbolo del nuevo espíritu penosamente infiltrado en las leyes que nos rigen. E n la apología de Sagasta dos virtudes contribuirán á dar luz esplendorosa sobre su nombre: la modestia y la honradez. Desde la obscuridad, desde la insignificancia llegó por sus propios méritos á la omnipotencia política. P o b r e nació y p o b r e ha muerto, á pesar de su tránsito por todas las grandezas humanas. Hermoso ejemplo digno de eterna alabanzal ¡Descanse en paz el hombre ilustre, y reciba su memoria sagrada entre los homenajes más sinceros, aunque más modestos, z ác A B C!