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ABC SÁBADO, 29 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA UNA BATALLA SIN TREGUA Deseo una feliz batalla a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan H UBO un tiempo en el que, al llegar la Navidad, las naciones en guerra decretaban una breve tregua. Todavía en 1914 se interrumpieron las hostilidades en los frentes; y los soldados franceses abandonaron las trincheras y avanzaron desorientados entre la niebla, como muertos convocados por la trompeta del Juicio Final, hasta encontrarse con los soldados alemanes, con los que intercambiaron cigarrillos, mientras les mostraban las fotos de sus novias o de sus hijos recién nacidos, mientras los abrazaban y palmeaban en la espalda enteca, y juntos lloraban, haciéndose la ilusión de que la guerra había terminado, o que no había empezado nunca. Después de aquellas breves treguas navideñas, los oficiales observaban que a los soldados les costaba mucho más volver al combate y disparar contra quienes hasta el día interior habían sido enemigos sin rostro. Así que las autoridades francesas y alemanas, para evitar que estas confraternizaciones efímeras apagasen el ardor guerrero de sus ejércitos, prohibieron las treguas navideñas. Había que mantener el odio encendido, para poder ganar la guerra. Aquellos gobernantes malvados que decidieron prohibir las treguas en Navidad sabían lo que hacían. Y es que el amor, si es verdadero, siempre necesita encarnarse en alguien concreto (por eso la Navidad es la fiesta del amor por excelencia) necesita abrazar a su destinatario; mientras que el odio puede prescindir tranquilamente de la persona concreta y dirigirse contra cualquier entelequia o realidad abstracta, contra una muchedumbre o una estadística. Pero nuestra época, tan sibarítica en sus expresiones de maldad, ha instaurado algo mucho más abominable que el odio, que es un simulacro de amor que ya no se encarna en nadie concreto; un amor desencarnado que ama las entelequias y las abstracciones. Así, por ejemplo, en Navidad, se hacen exaltaciones amorosas de la Paz una Paz que, por supuesto, no es la que proclamaron los ángeles la noche de Navidad, sino más bien aquella paz proterva a la que se refería un cabecilla bretón llamado Calgaco, en frase inmortalizada por Tácito: Ubi solitudinem faciunt, pacem apellant Allá donde crearon la desolación, lo llaman paz Esta paz es la que pretendía, por ejemplo, Herodes; y para que no viniese ningún alborotador a alterarla exterminó a los recién nacidos (nuestra época, mucho más refinada que la herodiana, extermina a los nonatos; o, todavía más refinadamente, impulsa ideologías fundadas en el odio a la procreación) Nadie podrá negar que Herodes, como aquellos gobernantes que impidieron la celebración de treguas durante la Navidad, sabía lo que hacía. Pues el Niño que había nacido, a quienes los falsificadores de la Navidad presentan como un apóstol de la Paz venía en realidad a traer la espada y a incendiar el mundo, según declaró sin ambages cuando se hizo mayorcito. La Navidad no es, como pretende la maldad de los amantes de las abstracciones y el ternurismo de los pánfilos profesionales, una fiesta pacífica: Las campanas que celebran el nacimiento del Niño escribió Chesterton suenan como cañonazos Pues aquel Niño que nacía en una gruta venía a instaurar una guerra sin cuartel contra quienes como Herodes se encargaban de garantizar la pax romana: una paz pérfida fundada sobre la desolación, sobre la injusticia, sobre la mentira, sobre la iniquidad, sobre la abolición de la naturaleza, sobre el escarnio de las virtudes, sobre el exterminio de los inocentes, sobre la negación o envilecimiento de todo lo que aquel Niño venía a restaurar. Todo por lo que aquel Niño estaba dispuesto a batallar sin tregua. Deseo una feliz batalla a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan. IGNACIO CAMACHO LA SALCHICHERÍA Al abusar del secreto de Estado para encubrirlos, el presidente admite que parte de sus actos son semiclandestinos OMO las leyes de transparencia no existían en tiempos de Bismark, el legendario canciller prusiano pudo decir aquello de que el pueblo no debía saber cómo se hacen las leyes ni las salchichas. Un siglo y medio después rige un muy distinto paradigma que obliga a los dirigentes a actuar bajo el abierto escrutinio de la ciudadanía. Fuera de los asuntos de seguridad nacional, el margen del secreto queda muy restringido en la economía y en la política; las empresas saben que la opacidad de gestión está mal admitida y hasta las fábricas de embutidos se someten a una normativa de etiquetado estricta. La calidad de una democracia se mide por su nitidez administrativa; sobre todo en materia de gasto público es imprescindible que las cuentas, los contratos y los procedimientos estén a la vista. El Gobierno benéfico de Sánchez, que ayer celebró el día de los Inocentes exhibiendo un cómico y triunfal balance autosatisfecho, suspende (también) en este elemental aspecto. El presidente guarda bajo llave desde las facturas de sus desplazamientos hasta los programas antiplagio que supuestamente revisaron su doctorado fullero. Los documentos de sus negociaciones con los separatistas catalanes permanecen en el misterio pese a las demandas de la oposición para que los enseñe al Congreso, e incluso las gestiones para desenterrar a Franco su proyecto estrella se desarrollan bajo un velo de silencio. El Gabinete de la regeneración maneja materias clave con disimulo hermético, esconde compromisos y hurta al Parlamento los detalles de sus semiclandestinos trapicheos. A conveniencia de parte confunde reserva con escamoteo y discreción con encubrimiento. Siendo objetivamente más grave la ocultación de sus tejemanejes con Torra en una reunión a la que confirió carácter de encuentro diplomático y cuyo contenido somero se ha conocido porque su interlocutor lo ha filtrado casi resulta más ofensivo para la opinión pública el descaro con que el primer ministro ampara bajo el sigilo oficial los detalles de sus viajes privados. En su desahogado disfrute del poder ha usado un helicóptero militar para asistir a la boda de un cuñado y ha movilizado un Falcon para acudir a un concierto de verano, privilegios que sólo puede arrogarse quien se considera a sí mismo un bien de Estado. La negativa a revelar esos datos o el del importe de sus vacaciones constituiría en cualquier país europeo flagrante motivo de escándalo, pero Sánchez el transparente se ufana sin empacho de mantenerlos a buen recaudo. Una de dos: o en su arrogancia ni siquiera es consciente del daño que causa a su imagen ese abusivo desparpajo o teme que sea peor el conocimiento del despliegue en sus términos exactos. Sea como fuere, no hay modo de encajar en la sensibilidad de la política moderna tan gratuitos enigmas. El presidente de la limpieza ha montado en La Moncloa una salchichería. C JM NIETO Fe de ratas