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ABC JUEVES, 27 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 VIC CRÓNICAS DE PEGOLAND RAFAEL RUIZ LAS CRIATURITAS No se podían creer lo que estaba pasando. Sus predios, mancillados. El cortijo, qué cosas, está en llamas. L VERSO SUELTO LUIS MIRANDA ALMINAR DEL SILBIDO La torre de San Juan se ha restaurado después de años en que nadie quería saber de ella T ENÍA a ratos pinta de edificio a medio derruir, como si fuese una de esas casas que no se pudieron restaurar en los años de la crisis y hubiera que conformarse con poner una malla tan antiestética como necesaria para evitar que los cascotes cayesen a la calle. Para quienes no quisieran mirar lo que significaba parecía demasiado antiguo como para derribarse sin remordimientos, demasiado poco rentable como para acometer una restauración y demasiado desconocido como para que tuviera relumbrón. Pocos sabían que el alminar de San Juan, que así se llama por estar en la plaza del mismo nombre y junto a la iglesia que fue de San Juan de los Caballeros, es en realidad el edificio completo más antiguo de Córdoba, que se dice pronto en una ciudad acostumbrada a ver a la historia quedarse, porque los templos romanos se derribaron, la Mezquita- Catedral se empezó a construir antes y tuvo ampliaciones posteriores y Medina Azahara es de casi un siglo después. Con su aspecto de reliquia de la historia y con la piedra desintegrada de tantos años de soportar las lluvias, el tráfico y que nadie se ocupara de ella, conoció desde sus alturas cómo las Administraciones que gestionan el dinero común se ocupaban de la Casa Góngora, una perla antigua como metida en baúl conocido por pocos y al que menos acuden. Adivinó la construc- ción de un Centro de Visitantes tan moderno como vacío, que sirvió para llenar titulares de medios de comunicación y que hoy es poco más que un dispensador de folletos que bien pueden entregarse en un quiosco portátil. Al pasar por este alminar que llamó a la oración de los fieles musulmanes desde el siglo IX hasta el XIII y que luego se adaptó como campanario cristiano y con una capa de mortero encima hasta que Félix Hernández lo descubrió en 1927, todo el mundo silbaba: el Ayuntamiento por no tener competencias, la Junta de Andalucía quizá porque en ciertos momentos parece que no le toca más que declarar Bienes de Interés Cultural y los reaccionarios que se dicen enamorados del patrimonio histórico tal vez por entender que sus comunicados tan intelectuales no tienen sentido si no entorpecen la libertad de nadie. En un mundo que sigue entendiendo que sólo lo público es capaz de emprender ciertas cosas, la asociación de vecinos Centro Histórico se lo propuso y convirtió los molinos en enanos: unió la aportación de las Esclavas del Sagrado Corazón, dueñas del edificio, la del Ayuntamiento de Córdoba, que otorgó 34.000 euros, la del Obispado y el arqueólogo de la Universidad. Con el dinero público pero también con la eficacia de quien sabe que no puede tirar con pólvora del rey el cuento es tan simple que cuesta pensar en que durante tantos años se le diera la espalda. En apenas un otoño con mucha lluvia, sin adjudicaciones que se eternizan ni empresas que piden modificados después de tener el contrato y con 94.000 euros de presupuesto, la torre de San Juan se alza para Córdoba como un descubrimiento: dorado como las viejas piedras de sus iglesias, con el miniado tesoro visigótico de las columnas, que los musulmanes reutilizaron, y el detalle de los arcos bicolores. Ahora que deslumbra con la noble estampa de anciano fuerte con cicatrices sólo falta que haya alguna plataforma de esas que no se han preocupado por el alminar y menos por financiar su reparación, se queje de que la Iglesia lo ha inmatriculado y sueñe sin decirlo con escuchar desde allí la voz del almuecín. A criaturita solo podía morderse los puños mientras veía arder el cortijo. Sus predios, lo que sus mayores le confiaron, se convertía en cenizas ante sus ojos. Lo que era suyo por derecho, casi por nacimiento, se desvanecía en la nada de un cielo refulgente. Aquellos despachos que en otro momento habían pasado de generación en generación, como el collar de la abuela, se convertían en nada, acaso el brumoso recuerdo de un futuro donde nadie tosía a la propiedad. Como Scarlett, en Lo que el viento se llevó solo podía ver Tara, la mejor plantación de algodón del sur, quemarse como la yesca. Con las llamas al fondo mientras la columna de humo alcanzaba proporciones épicas, solo le salía gritar aquello de a Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre! Las lágrimas, los pensamientos, se agolpaban en aquellas horas aciagas donde las cajas de cartón iban pasando de mano en mano, donde la promesa de un futuro al raso empezaba a tomar forma seria. Aquello era ira, pura ira. Como la que se tiene cuando se es víctima de un atraco, cuando entran de noche en casa fracturando una ventana. La indefensión del que, por pura violencia, se ve despojado no ya de la cartera sino además de la moral misma. El cortijo era la alhaja, el modo de vida próspero, la oportunidad de una vida alejada de los rigores del mérito, la capacidad, la transparencia. Los otros siempre estaban fuera, lejos. Ajenos a la vida del partido pero también a la posibilidad del ascenso, al contrato bueno, a los frutos de esa huerta que, bien regada, siempre había provisto de bienes a las criaturitas escogidas. Ahora había que entregar las llaves. Troya arde. Cartago borrada del mapa. La Junta en manos de las derechas. Lo peor. Por primera vez en su vida, sentía el síndrome del empleado medio, la desazón por el futuro. Eso que siempre le pasaba a los demás. La red de seguridades creadas en décadas de simbiosis políticamente impulsadas había desaparecido. Eso que sufre el común de los mortales, el miedo a empeorar, se instalaba en ese rincón del cerebro donde se alojan las incertidumbres. Los bárbaros, como en el poema, estaban llamando a las puertas. Dejando manchas de barro en las moquetas que solo pisaron los elegidos. Entrando en donde le estaba prohibido, donde no eran bienvenidos porque era un coto de caza particular. Mancillando el suelo sagrado, ese que hay que devolver a lo que siempre fue y siempre será. La criaturita se revolvió incómoda mientras, al otro lado del ventanal de su despacho, la vida hacía sus esfuerzos por seguir. Tara estaba ardiendo y al resto se la traía al pairo. Desbloqueó la pantalla del teléfono (oficial) y se desahogó a gusto en su cuenta (particular) de una red social. A Dios puso por testigo.