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14 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA JUEVES, 27 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO HABLÓ HERNÁNDEZ Grandes lecciones desde Qatar sobre derechos democráticos RASE que se era un pequeño sultanato gasero con el mayor PIB per cápita del mundo. Allí mandaban siempre los mismos (la familia real local, con un poder absoluto e indiscutible) En el alegre sultanato los partidos políticos y los sindicatos estaban prohibidos. Las libertades de expresión, reunión y asociación no existían. Un escarceo adúltero, o un simple gin- tonic, te podían hacer reo de unos latigazos. Las mujeres tenían prohibido transmitir la nacionalidad a sus hijos, tal derecho era exclusivo de los varones, pues sabido es que para la avanzada cultura local los hombres son la cabeza natural de la familia En los juicios, el testimonio de ellas valía la mitad que el de ellos (o directamente era ignorado) La constitución del encantador sultanato estaba inspirada en la sharia, la rigorista ley islámica anclada en el medievo. El riquísimo país contaba con 2,6 millones de habitantes, pero solo 313.000 eran originales de allí, el grueso de la población la componían inmigrantes contratados para currar y sacar aquello adelante. Sorprendentemente y según la prensa inglesa untando a algunos compromisarios de la Fifa el pequeño sultanato logró hacerse con la organización de un Mundial de fútbol, hecho insólito, porque tradicionalmente no habían jugado ni a las chapas. Para construir los imponentes estadios se importó abundante mano de obra extranjera. Pero muy pronto las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos denunciaron que en el entrañable sultanato se trataba de manera infame a esos trabajadores, sometiéndolos a condiciones infrahumanas. En resumen, un oasis de buenas prácticas democráticas, derechos humanos y defensa puntera de los derechos de la mujer. Hernández es un extraordinario futbolista, que disputó 133 partidos con la selección española absoluta y antes pasó por todas sus categorías inferiores. Pero ahora, a sus 38 años, le ha sobrevenido una alergia galopante hacia España, de la que se lucró y con la que compitió sin problema alguno mientras le vino bien para su prestigio y cuenta bancaria. Con motivo de las navidades, el futbolista, hijo de un Hernández de Almería, se ha sumado a una campaña en defensa de los que él llama presos políticos (léase los xenófobos que en octubre de 2017 dieron un golpe contra España, su democracia y las legalidades estatal y catalana) El gran Hernández, de los Hernández andaluces de toda la vida, pide que el año nuevo traiga justicia y libertad para los héroes que querían romper España a la brava y contra la opinión de la mayoría de los catalanes. Hernández, que considera que en España no hay justicia ni libertad, trabaja en la actualidad en el sultanado descrito en el primer párrafo. Allí todo le parece estupendo. No dice ni pío mientras contempla mudo y sonriente al pisoteo todas las libertades elementales y de los derechos de las mujeres. Podría rematar el artículo resumiendo a Hernández con el castizo sustantivo que me está viniendo a la mente. Es innecesario. Hernández se encarga perfectamente de retratarse. É CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC EL ÚLTIMO Escucha, Israel, escucha el último de Varsovia ha muerto Y en medio de aquello, todos, de repente, rompieron a cantar Shemá Israel La cantata de 1947 fija uno de los momentos más intensos en la música de Arnold Schoenberg. Él mismo escribió el poema que le sirvió de base. Schoenberg había huido a tiempo: las leyes de exclusión racial forzaron, en 1933, su exilio en los Estados Unidos. Un superviviente del Gueto de Varsovia es su oración por los seis millones de judíos exterminados en los campos nazis. Esta mañana, mucho antes de que amaneciera, he leído la noticia: ha muerto en Israel el último combatiente del gueto. He vuelto a escuchar esos casi insostenibles seis minutos y cincuenta y un segundos que dura la cantata. En su espeluznante amalgama de alemán e inglés. Y en la angustia de las dos palabras que, en hebreo bíblico, cierran el canto: no se sabe muy bien si abriéndolo a la esperanza o cerrándolo en el sinsentido. Pero es que optar entre esperanza y sinsentido, ante el dato escueto de la aniquilación de un pueblo, es algo que tal vez un Dios pueda decidir. Nunca un hombre. Simhah Rotem murió el sábado pasado. Hubiera cumplido 95 años en febrero. Era el último de quienes tomaron las armas, en la clandestina Organización Judía de Combate (OJC) para dar una batalla insurreccional desesperada al ejército nazi en el oscuro laberinto de las callejas y las alcantarillas de Varsovia. Era el año 1943. Varsovia, su ba- rrio judío, había sido transformada en estación de tránsito hacia los campos de exterminio: 400.000 de los que por allí pasaron volarían en el humo de los crematorios de Treblinka y Majdanek. Paul Celan los sueña en el quizá más trágico poema del siglo XX: ...cavamos una fosa en el aire; allí no se yace apretujado... La muerte es un maestro de Alemania En 1940, cuando el gueto de la capital polaca es cerrado por el muro que lo convierte en inmenso, hermético presidio, Simhah Rotem tiene 16 años. Allí, dos más tarde, se transforma en Kazik, clandestino agente de contacto de la OJC: es un chaval rubio de ojos azules que habla un polaco impecable, nada mejor para hacer a diario la travesía subterránea que lleva del infierno al mundo externo. Y en el mundo externo le sorprendió la insurrección de enero del 43: dos mil soldados alemanes penetraron en el gueto; un puñado de partisanos los mantuvo a raya, con fusiles y pistolas rudimentarios, hasta mediado mayo. Trece mil judíos murieron durante el combate. Treinta mil fueron enviados a un destino de muerte en Treblinka. La Gran Sinagoga de Varsovia fue volada. Kazik rehace su ruta de alcantarillas, retorna al gueto, consigue extraer de allí a unos pocos supervivientes. Volverá a dar batalla, junto a los resistentes polacos, en 1944: la inhibición del ejército soviético propiciará una nueva derrota. Persevera en la guerrilla. Perdida toda esperanza para el judaísmo europeo, en 1947, acaba refugiándose en la Palestina británica. Luego, Israel: la única patria y la única victoria que conocieron los judíos de su generación. Era el último. Y yo, en la luz indecisa de la madrugada, he querido entonar mi laica oración fúnebre, mi escéptico Kadish. Por ese último. Después de él, ya nadie recordará el instante de absoluto que Schoenberg evoca al final de su cantata: cuando el recuento en alemán de los prisioneros, que van a ser llevados a la cámara de gas, se rompe y la voz colectiva de los que se saben ya muertos retorna al canto milenario: Shemá, shemá Israel. Escucha, Israel, escucha el último de Varsovia ha muerto.