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54 CULTURA LUNES, 24 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es cultura ABC Catálogo La pérgola de la Victoria, los barrios de Fray Albino y Cañero y el colegio de la Aduana son obras suyas llón de la Expo del 29, que fue uno de los pocos permanentes tras su conclusión aunque fuese derruido en gran parte en la década de 1960. Estilos cultos La profesora Bellido Gant apunta a que en este trabajo el arquitecto puso lo mejor de sí y fundamentó su proyecto más en estilos cultos que en la arquitectura popular. La idea era reflejar, sobre una parcela de más de mil metros, las señales de identidad arquitectónicas de Córdoba y por ello, como no podía ser de otro modo, se optó por darle protagonismo a la Mezquita- Catedral. La torre de San Nicolás quedó como reflejo de esa Córdoba que los visitantes veían al llegar a la ciudad por su entrada norte y que en esos años se estaba revalorizando y poniendo al día con la urbanización del bulevar de Gran Capitán. Sáenz de Santamaría comenzó a trabajar también más tarde para la Diócesis de Córdoba. A los barrios se unieron varios templos, como la iglesia del Carmen de Cardeña, la de los Dominicos de Doña Mencía o los trabajos de ampliación que realizó en San Pedro de Cardeña. En este apartado está el colegio de la Aduana, que se construyó como noviciado de la Compañía de Jesús y que también ha sufrido en ocasiones durante los últimos años el desdén administrativo y el vandalismo que suele cebarse con los edificios que caen en el olvido. Hay que sumar no pocos edificios privados en algunas de las vías más importantes de la ciudad. Bloques en Las Tendillas, en Cruz Conde, en Colón y también en chalet Pilar de San Antonio, en la avenida del Brillante. O el edificio de Seguros Aurora en Gran Capitán, o los cines Osio y Lucano... Pabellón de Córdoba en la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929, diseño de Sáenz de Santamaría ABC Sáenz de Santamaría, el arquitecto de Córdoba dentro y fuera de ella Murió hace 50 años con obras como el pabellón de la exposición de 1929 FÉLIX RUIZ CARDADOR CÓRDOBA Un día de Navidad de 1968, hace ahora justo medio siglo, fallecía en Córdoba el arquitecto Carlos Sáenz de Santamaría de los Ríos. Figura indiscutible del oficio durante varias décadas, dejó un ingente legado. Aunque una calle lo recuerda, no ha sido objeto sin embargo este profesional de una monografía a la atura de su obra y de su potente aliento creador, algo demasiado común en la arquitectura cordobesa. Aún así, profesores como el sevillano Víctor Pérez Escolano, que lo considera clave en la evolución arquitectónica de la ciudad, o el cordobés Francisco Daroca se han centrado en ocasiones en su obra. Al igual que la profesora de la Universidad de Granada María Luisa Bellido Gant, autora de un extenso y pormenorizado artículo sobre el arquitecto y su diseño del pabellón de Córdoba en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, del que aún se puede ver una réplica de la inconfundible torre de la parroquia San Nicolás de la Villa. Lo que se deduce de estos trabajos es la enorme vocación de Sáenz de Santamaría, que comenzó a trabajar en la ciudad en los años 20 y siguió en activo hasta el final de su vida. Cuatro dé- cadas de profusa labor que dieron para mucho y que marcan hoy el día a día de los cordobeses, pues son abundantes los edificios que llevan su firma. También barriadas enteras como la de Fray Albino y la de Cañero, realizadas en su condición de arquitecto de la diócesis y con el impulso inicial del propio Fray Albino. A Sáenz de Santamaría le dio tiempo de hecho a vivir el tránsito hacia el Movimiento Moderno y se le considera precursor del racionalismo en la ciudad junto a profesionales de la talla de Rafael de La- Hoz Saldaña- padre de De La- Hoz Arderius y abuelo de De La- Hoz Castanys- o de Secundino Zuazo. Los primeros datos que se tienen de su trabajo en Córdoba datan de los años 20, ya que en 1926, bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera, consiguió plaza como arquitecto municipal. En esa etapa histórica comenzó a diseñar la Pérgola de los Jardines de la Victoria o del jardín del Compás de San Francisco. También hizo el planteamiento de la Cruz del Rastro o la pavimentación de los alrededores de la Mezquita y la reforma de la Puerta del Puente. Y, por supuesto, del Pabe- Teatro Trama abierta L A CULPA Autor: David Mamet. Dirección: Juan Carlos Rubio. Intérpretes: Pepón Nieto, Ana Fernández, Magüi Mira y Miguel Hermoso. Versión: Bernabé Rico. Lugar: Gran Teatro. Fecha: 21 y 22 de diciembre de 2018. MIGUEL ÁNGEL DE ABAJO Dirigida por Juan Carlos Rubio, La culpa de David Mamet, es una trama abierta con cuatro personajes, en la que un psiquiatra (Pepón Nieto) se niega a testificar en un juicio sobre asesinato múltiple. El resto de personajes, su mujer (Ana Fernández) un amigo (Miguel Hermoso) y la aboga- da del acusado (Magüi Mira) aportan cada uno un aspecto diferenciado del argumento, lo que hace que confluyan en el texto cuatro argumentos que se tocan entre sí, pero defendiendo posiciones divergentes. Esto es muy teatral, pues da conflictividad a la acción. Hay otro aspecto comentable en esta manera de escribir y es que en la obra se destaca el individualismo de los personajes: cada uno va a lo suyo y defiende su posición. El autor parece que se decanta por el protagonista (el psiquiatra) pero el vuelco del final parece querer despojarle de simpatías. Deja a propósito cabos sueltos en la trama, pero el problema es que los ingredientes o motores (la homosexualidad, la religión, el asesinato, el qué dirán) parecen ingredientes caprichosos, poco fundamentados, lo que resta solidez al texto. Una pena, pues el texto plantea pre- guntas complejas, actuales e interesantes, pero parece un catálogo de temas contemporáneos más que una dramatización. Esta carencia se suple con los actores. Sobre todo destaca el relieve y la sinceridad de Pepón Nieto; el resto, aunque hace un buen trabajo, resultan un poquito distantes y fríos. Muy bien la dirección de Juan Carlos Rubio en cuanto a ritmo, así como en la acertada estilización que aplica a la interpretación, evitando el realismo explícito. La escenografía, de Curt Allen Wilmer, va en esa línea de estilización alusiva de la dirección, con un espacio ambiguo que permita dar versatilidad a las ambientaciones. Estas se logran y redondean con la eficaz iluminación de José Manuel Guerra. La obra deja un regusto como de plato sin terminar de aliñar, o cocido al que le falta un hervor. El aplauso se notó frío en la función del viernes.