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ABC LUNES, 24 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL CONTRAPUNTO ISABEL SAN SEBASTIÁN SIN HONOR, PERO CON FALCON Pedro Sánchez se ha ganado dos semanas de vacaciones en avión privado: es el precio de la traición L presidente rehén de la extrema izquierda y los golpistas, el único que ha llegado al despacho tras encabezar una lista electoral humillantemente derrotada en las urnas, disfruta ya de sus vacaciones con el Falcon que tanto le gusta a disposición de sus caprichos. Ha demostrado no tener honor, ni palabra, ni lealtad a sus siglas o a sus compañeros, que pagarán muy caras en las municipales y autonómica la justa indignación de los españoles, ni coraje para defender la Constitución que juró cumplir y hacer cumplir, ni mucho menos talla política, pero posee la potestad de viajar a donde le plazca en el avión oficial que pagamos los ciudadanos a escote. Es más; tan grande es su poder, tan absoluta su arbitrariedad, que ha dado órdenes estrictas para que la utilización de esa aeronave por parte de su insigne persona se considere secreto de Estado. ¿Cómo, si no, podría seguir usándola para asistir a un concierto de rock o a la boda de su cuñado? La ocultación es un pilar esencial sobre el que asentar que este infame mandato basado en el fraude. El presidente vendido a populistas y separatistas se toma dos semanas de asueto entre Doñana y Lanzarote. ¿Quién dijo crisis? Él no tiene un negocio que levantar ni una nómina que ganarse. Su negocio es conservar como sea el puesto que ob- E tuvo mintiendo al prometer elecciones y su nómina depende únicamente de lo que decidan sus socios, cuya característica común es el afán de dinamitar la Nación y la democracia. De ahí que haya dedicado los últimos días a tratar desesperadamente de agradarles, a costa de hincarse de hinojos ante ellos, deshonrando con su conducta todo que significa la Presidencia del Gobierno de España. ¡Nunca un billete de avión había salido tan caro! El presidente felón ha dejado hechos los deberes, justo es reconocerlo. Claro que su ejemplo y mentor, José Luis Rodríguez Zapatero, le había facilitado las cosas indicándole la senda a seguir mediante una proclamación solemne pronunciada con orgullo: Yo dialogué hasta con ETA En realidad, el verbo correcto habría sido claudicar Eso es lo que hizo ZP ante la banda asesina y es exactamente lo que emuló su discípulo hace unos días, al pasar mansamente por las horcas caudinas de Torra, a instancias del correveidile Pablo Iglesias, sin otro fin que prolongar su estancia en La Moncloa ni otra motivación que su desmedida ambición. Desde su escondite belga, el líder de la secesión catalana huido de la Justicia, Carles Puigdemont, había dado instrucciones precisas: Que fuese a Barcelona el jefe del Ejecutivo, acompañado de sus ministros, y se celebrase una cumbre de igual a igual con el Ejecutivo autonómico. Que hubiese foto de la reunión, foto de la vergüenza, para satisfacción de sus masas ávidas de escenificación patriótica. Que quedara claro a ojos del mundo que quien se rendía era Sánchez, con sus apelaciones al diálogo estéril y su omisión deliberada de cualquier referencia a la ley pisoteada por el anfitrión de ese encuentro. En cuanto a las promesas secretas... es de suponer que estaría sobre la mesa el indulto. A cambio, la violencia alentada desde la Generalitat sería de baja intensidad y se aprobaría en el Congreso el techo de gasto, como paso previo al Presupuesto. Un cambalache siniestro. El presidente Pedro Sánchez ha puesto realmente alto el listón de la vileza. Se ha ganado con creces esas dos semanas de vacaciones en avión privado: es el precio de la traición que juzgaremos los españoles cuando al fin se nos dé voz. IGNACIO CAMACHO CUENTO DE NAVIDAD Puso en el suelo su sombrero boca arriba, se ajustó la bufanda a la garganta y les pidió que tocasen un Ave María NTES de que un tumor en las cuerdas vocales lo apartase del canto había pasado muchas Navidades subido a los mejores escenarios. Superó la enfermedad pero su voz se vencía indefectiblemente en los ensayos y poco a poco se fue quedando sin contratos. Una escuela de música en Alemania le ofreció un trabajo; lo aceptó porque el olvido se le hacía más fácil de asumir en un país lejano donde de cuando en cuando se sacudía la abstinencia dirigiendo una coral de aficionados. Si preguntaba por sus discos en alguna tienda lo miraban como si pidiese una rara pieza de anticuario, de modo que en alguna ocasión se sorprendió a sí mismo buscando en Youtube el recuerdo de sus buenos años. Con el tiempo, y aunque el pellizco de la melancolía le siguiese apretando, se acostumbró a aceptar que el precio de seguir vivo era la renuncia al magnético nirvana del aplauso. En las vacaciones de Pascua regresaba a su vieja capital de provincia. Para vencer la cosquilla de la soledad le gustaba recorrer como un rito las calles donde había crecido con su familia y hacer un inventario mental de los vecinos, las tiendas y los bares que sobrevivían. Cada vez eran menos y cada vez la ciudad le parecía más distinta; hasta dejó de preguntar por los conocidos por temor a recibir malas noticias. Una tarde de vísperas de Nochebuena paseaba solo por la plaza de la catedral y entre un hormigueo de gente cargada de paquetes y de prisa le vino a la memoria el cosquilleo del día pletórico en que interpretó allí el Mesías Entonces reparó en una melodía que brotaba tras un grupo de personas arracimado en una esquina. Se acercó: seis músicos jóvenes tocaban instrumentos de cuerda vestidos de una etiqueta algo raída y tocados con gorros de Papa Noel comprados en alguna tienda china. Le llamó la atención el porte noble con que se esforzaban por mantener una prestancia digna. En una pausa pegó la hebra con ellos; eran búlgaros egresados de un conservatorio de Sofía que viajaban por Europa actuando en la calle para paseantes y turistas. Entonces le vino de pronto un impulso invencible como una necesidad íntima; dejó un billete en la caja de cartón, puso en el suelo su propio sombrero boca arriba, se ajustó la bufanda a la garganta y les pidió que tocasen un Ave María. Pensaba en Gounod pero ellos atacaron con gesto cómplice el de Schubert justo cuando empezaba a caer una suave llovizna. La voz le brotó primero dubitativa, remolona, fría, y se fue calentando hasta que en el benedictus frutus ventris la encontró en su textura exacta, templada, precisa. Se sintió iluminado, invulnerable, ingrávido al paladear cada nota como si fuese el último acto de su vida. Casi no oyó la ovación que aún sonaba cuando se despidió de los músicos con una inclinación de cortesía y se alejó flotando sobre los adoquines mojados, ebrio de un repentino vértigo de pundonor y adrenalina. A JM NIETO Fe de ratas