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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA DOMINGO, 23 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO SOBRE LA BERZA IDENTITARIA De Serrat a la Lotería, todo indica que España existe E N algunos países califican a sus grandes entretenedores de tesoro nacional Tal era la consideración que merecían Johnny Hallyday y Aznavour para los franceses; o Sinatra, Elvis y Johnny Cash para los estadounidenses. Con ese mismo respeto continúan saludando los ingleses a sir Ray Davies, sir Paul McCartney o sir Elton John. Si aquí cuidásemos a nuestros artistas con la debida reverencia, Joan Manuel Serrat formaría parte del Olimpo de los venerables, por su calidad como poeta de lo cotidiano, por la eficacia con que entona sus canciones con ese vibrato un poco peculiar, pero que a él lo torna tan próximo y hasta por su bonhomía, aderezada con la sal de un puntillo pícaro y risueño. Serrat ya tiene 74 años. Ha superado sus reveses de salud y a veces se le percibe cansado. Pero sigue abarrotando allá donde va, sea en España, América, Londres o París. En el año en que algunos nacimos, el maestro catalán ya conmovía desde las tablas. Tras semejante tute está de vuelta de todo, es difícil que algo pueda sorprenderlo en un concierto. Pero un espectador majadero lo ha conseguido. Cantaba Joan Manuel en Barcelona su disco Mediterráneo de 1971, y un voceras del público lo interrumpió para exigirle que lo interpretase en catalán. Serrat detuvo a sus músicos, pidió silencio al respetable y le dio una lección magistral al nota, una reconvención irónica de tal calibre que al nacionalista sectario debieron darle ganas de desintegrarse bajo su asiento. Serrat le afeó su despiste le explicó que estaba cantando enteras y por orden las diez canciones de un disco compuesto y grabado en su día en castellano. Le pidió que respetase su espectáculo y su modo de plantearlo. Le recordó que cuando el intolerante todavía no había nacido, él ya trabajaba por el bien de Barcelona y Cataluña. ¿Por qué reaccionó así Serrat? Pues porque es una persona normal, que vive de manera natural su condición de catalán y de español. Sin mojarse tampoco demasiado, a lo largo del último año Serrat no ha dejado de indicar que el procés es un dislate y que él está, como lo estamos todos, hasta la zanfoña de que nos restrieguen por la cara una paranoia identitaria que solo sirve para alimentar odios y separar a las personas. Ayer el Gordo de la Lotería se repartió por 46 provincias. Dejó un reguero de dinero por todo el país. En las webs de los periódicos y las televisiones se repetían los vídeos de gente celebrando, de Bilbao a Granada, de Santiago a Barcelona, de Almansa a Huesca, de Torrejón a Guernica. ¿Y qué se veía? Pues a gente de idéntica pinta, que en calles muy similares celebraban sus premios con la misma liturgia y las mismas palabras. Españoles de aquí y de allá, de los de carne y hueso, no de los del laboratorio de Torra y Urkullu. De Serrat a la Lotería, aún va a resultar que España existe. A pesar de los esfuerzos dialogantes de Sánchez. LA FERIA DE LAS VANIDADES FRANCISCO ROBLES EL DESPRECIO DE TORRA Pedro Sánchez, que presume de altura física porque no puede ronear de otra cosa, se ha rebajado a la bajura moral e intelectual de un golpista fracasado E STE Torra no es aún el Herodes que ordenó la matanza de los niños que tanto juego les han dado a los pintores y a los exégetas. Torra no llega a ese extremo de crueldad, aunque en su imaginario particular sea capaz de identificar a los niños buenos y a los malos, a los catalanitos de pura cepa y a los charneguitos que nunca serán catalanes de primera. Quim Torra se ha identificado, en el belén que ha montado el del Falcon en Barcelona, con el otro Herodes, con el tetrarca que recibió la visita de Jesús durante la noche más importante y más decisiva de nuestra historia. Pilato lo mandó para que le aplicara la ley judía en un intento desesperado de quitarse el inminente muerto de encima. Pero Herodes no escuchó a Jesús porque la dignidad del Nazareno le impedía rebajarse hasta ese nivel. El tetrarca, soberbio e infame, lo vistió con una túnica blanca: el color de los locos. Y lo despreció antes de devolvérselo a Pilato como si fuera un regalo de Reyes que no es de su talla. Evidentemente la talla de Uno y otro no se podían comparar, pero Herodes no se dio cuenta. Pedro Sánchez, que presume de altura física porque no puede ronear de otra cosa, se ha rebajado a la bajura moral e intelectual de un golpista fracasado, de un xenófobo de libro, de un apóstol del odio. Y lo malo no es eso. Allá este doctor del embuste con su vida. Lo grave es que lo ha hecho como presidente de todos los españoles. Y eso es algo que marcará su carrera política futura, como marcó la del primer ministro británico Chamberlain su bajada de pantalones ante un tipo tan sanguinario como Hitler. A Pedro Sánchez lo han despreciado, explícitamente, los independentistas que no le han agradecido ninguno de sus gestos. Ni la rehabilitación del golpista contra la República que se firmaba sentencias de muerte con su apellido Companys, ni el nombre de Tarradellas para el aeropuerto de Barcelona, con lo bien que le viene su lema a esa instalación: Ja soc aquí. Ya estoy aquí, dijo el peor presidente de la historia democrática española. Y lo recibieron con flores amarillas y con activistas en las calles que nada tenían que ver con los que salían a aplaudir a Franco cuando visitaba Barcelona. La memoria histórica es así, queridos... La humillación de Sánchez tiene su cara oculta o su reverso, a elegir, en la necesidad de contar con el voto independentista. Eso le pasa por no ganar las elecciones. Pero le da igual. Es capaz de poner España en almoneda para salvar su cargo, su sueldo, su avión. A fin de cuentas es un pobre hombre, que no es lo mismo que un hombre pobre. Ha perdido la dignidad y lo sabe, pero le da igual. Se arrastrará ante un mediocre como Torra, ante un rufián como Rufián o ante un lunático como Tardá, que pretende seguir en el Congreso de los Diputados después de la independencia catalana para llevarse las regiones de Valencia y las Baleares. Y después de arrastrarse se mirará en el espejo para comprobar que es más alto que sus rivales. Aunque la realidad le devuelva una imagen rayana con la figura mítica del conde Don Julián. O de aquel Iscariote al que llamaban Judas.