Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES, 11 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 VIC DESDE MI RINCÓN JOSÉ LUQUE VELASCO ASCO Da pena oír a Susana Díaz decir que sin los votos de Vox la izquierda es mayoría o a Valenzuela aplaudir la manifestación antifascista M PASAR EL RATO JOSÉ JAVIER AMORÓS GROSERÍA Y FANATISMO Pablo Iglesias es un patán deliberado. Disfruta en el charco de la ordinariez. Eso explica que se hay convertido en un fanático C ualquier gesto de cortesía tiene un fundamento moral. Ceder el asiento a una embarazada o ponerse el vestido apropiado para ir a la ópera en el Teatro Real, prueban la superioridad del hombre civilizado sobre el neandertal que aún habita en algunos diputados. La grosería es una derrota de la inteligencia. Las malas maneras y el desaliño indumentario no nos igualan por abajo, nos envilecen por arriba. La falta de respeto no depende de la clase social, depende de la clase moral. La grosería es una manifestación del fanatismo, y no resulta casual que los comités de defensa de la republiqueta catalana, los comités de defensa del terrorismo etarra y los más esclarecidos dirigentes de Podemos sean constitutivamente descorteses. Equivale a decir constitutivamente fanáticos. Desgraciadamente, España lleva tiempo considerando una señal de pluralismo político y libertad de expresión el descomedimiento. A partir de aquí, parece razonable que se pueda aprobar el bachillerato con dos suspensos. Es un anticipo de la libertad para crecer en edad y necedad, hasta alcanzar, por fin, un ministerio con el Dr. Sánchez. Cuando a un pueblo lo abandona el desodorante del estilo, le crecen los rufianes. Pablo Iglesias es un patán deliberado, un cursi de la tosquedad. Disfruta en el charco de la ordinariez. Eso explica que se haya convertido en un fanático. Un fanático que se ha hecho a sí mismo. Incluso él, cuando nació, no tenía más que dos instintos: chupar y llorar. Aunque ha mantenido el primero, todo lo demás es adquirido. Fruto de la educación. De la mala educación. Es un autodidacta de la violencia y el odio. Ese mérito hay que reconocerle. Habla con odio de casi todo. En la comodidad de su mansión marxista- leninista va sintiendo que el asco crece en él como un suflé. Infatigable en el desprecio al discrepante, sueña con una sociedad de inútiles excitados por el olor del miedo, obedientes a su voz. Habla tanto que ha llenado España de testimonios contra sí mismo. Quiere por las malas lo que no puede conseguir por las buenas. Y acusa a los demás de su propia miseria doctrinal. Así actúan los tiranos. No ha podido ni sabido evitar que un partido político al que detesta- -Vox- -haya obtenido muy buenos resultados en las recientes elecciones andaluzas. Y como no soporta que la democracia sea el arte de aceptar con elegancia el triunfo del adversario, llama a sus cautivos a tomar las calles y arremeter contra el enemigo, para defender el estado de bienestar de Pablo Iglesias. Pero sus alborotados seguidores no deben hacerse ilusiones: como explicó el gran Ortega y Gasset, no hay maldad creadora No se da cuenta, pero lleva mucho tiempo viviendo de hacer el ridículo. Cuenta Paul Johnson, en Intelectuales basándose en una abundante y solvente bibliografía, que Karl Marx, el admirado maestro de Iglesias, gustaba de la violencia, tenía apetito de poder y tendía a explotar a quienes le rodeaban. Carecía de modales y siempre fue un ególatra. Los sentimientos y la opinión de los demás nunca le interesaron ni preocuparon demasiado. No pagó sueldo alguno a la sirvienta de la familia, que convirtió en su amante y con la que tuvo un hijo. Se negó a reconocer al niño. La sirvienta fue el único miembro de la clase trabajadora- -concluye despiadadamente Johnson- -que Marx llegó a conocer bien, su único contacto real con el proletariado. Otros lo describen, más resumidamente, como un hombre sin corazón, lleno de odio y amargura Nunca es tarde para cambiar de maestro. i compañero de página, el prudente y admirable José Javier Amorós, decía la semana pasada que escribir mucho sobre política achata la inteligencia, disminuye la sensibilidad y deja en la garganta un sabor agrio, de reflujo gastroesofágico ¡Cuánta razón! La política la practican los políticos. Y estos, no todos pero sí un considerable número, solo atienden la voz del patrón de la recua a la que pertenecen. Cualquier voz extraña es una pérdida de tiempo que carcome la moral de quien la emite. Pediré a mi Musa que me inspire temas ajenos a la política, para no verme obligado a callar hasta que los elegidos democráticamente entren en razón y sepan entregarse en cuerpo y alma a quienes representan, sin dejarse someter por quienes en los partidos gusta poner bocado y serreta a todo subordinado. Las elecciones en Andalucía han demostrado un alarmante déficit democrático en España. Las declaraciones de algunos políticos son la prueba del nueve de que ellos no son ellos sino sus partidos. Carecen de personalidad y demuestran estar sometidos. Son títeres cuyas decisiones no van encaminadas a satisfacer las necesidades de las personas a las que se deben y de las que dependen económicamente. Los hilos que los mueven están en manos de personas distantes y ajenas a sus representados. Así las cosas, Autonomías, diputaciones, ayuntamientos y todo eso que llaman descentralización, se nos presenta como un tinglado para colocar más títeres y tener domeñadas más voluntades. Digo esto al escuchar a un político decir que ahora le toca a tal o cual partido liderar Andalucía. Siempre pensé que los liderazgos corresponden a personas, no a partidos. De otra parte es penoso escuchar a la presidenta en funciones Susana decir que sin los votos de la extrema derecha habría una mayoría de izquierdas. Primer paso para decir que quitando a los que molestan siempre ganaría ella. Palabras propias de una persona déspota que de momento juega en democracia. O escuchar a la subdelegada del gobierno del PSOE en Córdoba, que no del gobierno de España, decir que le parece una buena cosa la manifestación no autorizada contra el fascismo cuando ella es la responsable del orden en la ciudad. U oír las descalificaciones de fascistas que se hacen de los muchos votantes de un partido que aún no ha tenido la oportunidad de demostrar ni una cosa ni otra. Estas y otras cosas que vemos a diario deberían ponernos en guardia frente a los políticos. Si demócrata es la persona que está dispuesta a dar su vida por defender a quienes piensan diferente, son muchos los españoles que están lejos, muy lejos, de serlo. Recordando las palabras de José Javier Amorós, corroboro que en estas circunstancias escribir sobre esta clase de políticos, a mí, empieza a producirme asco.