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ABC MARTES, 11 DE DICIEMBRE DE 2018 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O LU C A D E T E NA BETANCUR, EL ESPAÑOL IRREDENTO POR MANUEL LUCENA GIRALDO Betancur entendía que las necesidades de los colombianos se concretaban en la práctica de lo que luego se llamó conservadurismo compasivo Vencida la primera carencia, la del provinciano sin fortuna, Betancur emprendió la carrera política a la presidencia de la República, que en efecto desempeñó en años tumultuosos, de 1982 a 1986 dadero combate del Estado colombiano contra la plaga del narcotráfico. Tras los sinsabores y dramas de la presidencia, Betancur abandonó la alta política para siempre. Esa fue su tercera carencia. Hoy se le recuerda como el dirigente de un ejecutivo débil, gestor de un proceso de paz fallido, obligado a enfrentar a fines de 1985 la tragedia del Palacio de Justicia y la terrible avalancha de Armero. En el primer caso, un comando de la guerrilla del M- 19 asaltó la Corte Suprema y tomó centenares de rehenes, incluso magistrados de las altas cortes. El violento desenlace a cargo de fuerzas armadas y de seguridad produjo centenares de muertos y desaparecidos, así como la sospecha de que Betancur, en algún momento, no estuvo al frente de la cadena de mando. En el segundo, el volcán nevado del Ruiz entró en erupción el miércoles 13 de noviembre y produjo una avalancha que hizo desaparecer la población de Armero. Las aproximadamente 31.000 personas muertas y desaparecidas motivaron un agrio debate sobre el retraso en la evacuación y la nula prevención del desastre. Forzado por las circunstancias, Betancur declinó en un discurso de 99 palabras la celebración del Mundial de fútbol de 1986: Como preservamos el bien público, como sabemos que el desperdicio es imperdonable, anuncio a mis compatriotas que el Mundial de fútbol no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales. No se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y sus socios. García Márquez nos compensa totalmente lo que perdamos de vitrina con el Mundial de fútbol E L fallecimiento del expresidente colombiano Belisario Betancur Cuartas a los 95 años abre paso a una nueva época. En este momento, según una consolidada tradición hispánica, todo son parabienes, pues nos cuesta mucho mirar de frente a la muerte. En la niebla que esconde el encuentro del personaje con su final en este mundo, escondemos los hilos conductores de las biografías. Necrológicas y obituarios, salvo notables excepciones de escritores educados en otras latitudes, constituyen formas de autocomplacencia muy nuestras. Nada de críticas por lo general, informativas, poco atentas a los detalles personales. Incluso connotados guerrilleros izquierdistas que combatieron con denuedo y hasta con las armas en la mano el civilismo pacifista de Belisario Betancur, basado en sólidas raíces morales y cristianas, hablan hoy de él como si hubieran perdido un abuelo preferido o un vecino patriarcal con el que coincidían en la escalera. Fue un excelente cuentero o cuentista, así que suministraba con inteligencia emocional lo que el oyente esperaba escucharle. En estos últimos años, en los cuales no descuidó sus deberes como presidente del patronato de la Fundación Carolina en Colombia, a la que defendió con coraje, se apoyaba en su memoria de provinciano prodigioso para hablar, casi al mismo tiempo, de la sabiduría retórica de los griegos antiguos y la sabiduría de la transición española a la democracia. Entregarle el micrófono en un acto público constituía tanto una necesidad como un riesgo. Se remontaba con la facilidad de quienes estudiaron un buen bachillerato a los griegos Jenofonte y Herodoto, seguro amigos y compañeros suyos de tertulia, pero el siguiente párrafo de su discurso remitía siempre a los lugares originales de sus carencias. La primera era su origen, pues nació en una vereda de lo que era entonces un pequeño pueblo antioqueño, Amagá, en 1923. Algún politólogo avezado, partidario de las metáforas discordantes, diría que el presidente Betancur así lo llamaban los colombianos, pues los presidentes no dejan de serlo jamás en las repúblicas serias, ni se convierten en jarrones chinos procedía del sur del sur. De un lugar remoto en la montaña más brava de Colombia. Lejos de ocultar su origen montañero, lo celebraba con la sabiduría de un político avezado y consciente de que detrás de sus connacionales habita siempre un campesino. Hijo de familia humilde, siguió el conocido itinerario de la meritocracia fomentada en instituciones eclesiásticas. Tras emigrar a Medellín, para poder sobrevivir logró una beca para cursar Derecho en la Universidad Pontificia bolivariana, magnífica entonces y ahora. Con el paso del tiempo, allí quedaría depositada su biblioteca, abundante en ediciones y estudios del Quijote, que muestran a NIETO los visitantes con énfasis en lo extraordinario del legado libresco. A los 28 años, Belisario Betancur fue elegido representante a la Cámara por Antioquia, por el partido conservador. Entre 1953 y 1957 fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente, donde se convirtió en uno de los críticos del general Gustavo Rojas Pinilla, el único y breve dictador militar del que los colombianos tengan recuerdo. El pacto de las elites concretado en Sitges (España) acabó mediante una huelga general con el gobierno militar y puso en marcha el Frente Nacional. Vigente hasta 1974, fue un sistema bipartidista, liberal- conservador, basado en una sólida opción civilista y modernizadora, que debía hacer frente a la sublevación golpista permanente de guerrilleros izquierdistas de línea cubana, soviética o china, de todo hubo, así como a la necesidad de sacar a Colombia del subdesarrollo. Betancur fue brevemente ministro de Educación en 1960, y en 1963 fue designado ministro de Trabajo y Seguridad Social. Hombre del sistema, Betancur entendía que las necesidades de los colombianos se concretaban en la práctica de lo que luego se llamó conservadurismo compasivo Vencida la primera carencia, la del provinciano sin fortuna, aceptado en el impenetrable reducto de la elite bogotana, Betancur emprendió la carrera política a la presidencia de la República, que en efecto desempeñó en años tumultuosos, de 1982 a 1986. Justo entre los liberales Julio César Turbay, autor de la famosa frase Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones y Virgilio Barco, un tecnócrata preparado y valiente, que empezó el ver- B etancur se dedicó con posterioridad a las academias, a sus amigos intelectuales, Gabo entre ellos, y al apoyo a fundaciones y universidades, que ocupó hasta el final de su existencia, pues sabía por experiencia biográfica que solo la educación salva a los seres humanos. El encuentro con España tras años dramáticos de vocación pública fue memorable. Betancur recordaba a todo español que se cruzase en su camino que había sido el último embajador de Colombia en España recibido por Franco y el primero acreditado ante el Rey Juan Carlos I, de cuya confianza disfrutó, según contaba con emoción, hasta tal grado que le confiaba en ocasiones al entonces Príncipe de Asturias, Don Felipe, para un viaje de estudios Reconocido en 2012 como español por carta de naturaleza, llevaba a gala ser nacional español. Ello le permitía realizar ante auditorios más o menos dispuestos apologías de la lengua española llenas de adjetivos arcaicos, basadas en el poder mágico de las palabras. Las mismas que seguirá entonando, en cadencia perfecta, desde el cielo donde habiten los hombres bondadosos. MANUEL LUCENA GIRALDO FUE AGREGADO DE EDUCACIÓN DE LA EMBAJADA DE ESPAÑA EN COLOMBIA Y ES MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA