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ABC VIERNES, 23 DE NOVIEMBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 PUERTA GIRATORIA VIC NATI GAVIRA ¿Y TÚ QUE DICES? Las personas sin techo están tan cerca que no las vemos. Es hora de hacerles ver que no están solos A PERDONEN LAS MOLESTIAS lante. Pero tampoco representa una incidencia marginal del sistema de (no) contratación. Resulta lo suficientemente habitual como para que la administración pública y el pueblo soberano nos hagamos algunas preguntas interesantes sobre el modelo de relaciones laborales que se están apoderando de nuestros días y desvelando nuestras noches. La hostelería da empleo en Córdoba y provincia a más de 15.000 trabajadores. El dato, como cualquiera puede entender, recoge el número de empleados dados de alta en la Seguridad Social. Los jóvenes (y no tanto) que fotografiábamos en los párrafos de arriba no figuran en esa estadística. Lógicamente. ¿Cuántos son? Eso es difícil de calibrar. Pero muchos. Demasiados para un país que se reclama civilizado y que tiene la obligación de ofrecer un trabajo digno a sus conciudadanos. Eso si queremos darnos golpes de pecho con la Constitución en la mano tal como acostumbramos con cierta frivolidad. En China hay decenas de miles de talleres donde millones de personas trabajan jornadas interminables siete días a la semana. Por salarios de miseria. En Tailandia, en Bangladesh o en Brasil, la escala de la indecencia desciende unos cuantos peldaños hasta tocar el subsuelo de lo innombrable. Son los tigres emergentes con economías altamente competitivas, indican los expertos de la cosa. Las imágenes de la esclavitud del siglo XXI circulan por las portadas de nuestros periódicos mientras el camarero nos pone otro botellín sobre la mesa. Realidades a 9.000 kilómetros que metabolizamos como material de ciencia ficción. Despojos de un mundo ajeno a nuestra galaxia. Aquí estamos a años luz de las cadenas de explotación que trituran a seres humanos en la segunda economía del planeta. De acuerdo. Pero hay días en que nos esforzamos peligrosamente por parecernos. Lo que queremos decirle es que, a veces, no hay que mirar muy lejos para detectar una situación de abuso más allá de lo soportable. Solo basta con levantar la vista del periódico cuando vayamos a pedir la cuenta al camarero. ARISTÓTELES MORENO CINCO EUROS La explotación laboral no es un hito de ciencia ficción que sucede a 10.000 kilómetros de aquí. Cuando pida la cuenta, piense en ello IENTRAS usted se toma un botellín de cerveza y una tapita de salpicón, un camarero en algún lugar cobra cinco euros la hora por su trabajo. Puede que no sea en el establecimiento donde usted lee ávidamente la penúltima bufonada de Rufián en el Congreso de los Diputados. Es probable. Pero si no es aquí, será más allá o, tal vez, a la vuelta de la esquina. Lo mismo la tarifa no asciende a cinco euros ramplones. Quizás sean seis castañas del ala. O puede ser que cuatro con 75 céntimos. Que también. Lo que sí es seguro es que ese muchacho (o muchacha) que está siendo apaleado laboralmente no tiene contrato de trabajo. Es decir: que su vinculación profesional depende de un compromiso verbal, que no comporta cobertura social ni sanitaria ni cotiza a efectos de pensión, y cuya verificación depende de la arbitrariedad del señor que paga. Y que si mañana va de patitas a la calle, que irá, no tendrá derecho a desempleo ni perrito que le ladre. Es probable también que soporte jornadas de trabajo de diez, doce o catorce horas. Las que hagan falta. En hostelería, se sabe cuando se empieza pero nunca cuando se da de mano. Eso depende de las exigencias del negocio, de las variables del día y de la discrecionalidad del paganini. O sea. La vida misma. La vida en crudo. El cuadro que acabamos de pintar no retrata a la generalidad del sector. Eso que vaya por de- M l principio de la enfermedad, su situación económica no era una amenaza, al menos no la percibió así. Fue después, cuando la pensión por invalidez no aparecía y las fuerzas no le permitieron salir a trabajar más, cuando empezó a desquebrajarse todo a su alrededor. La soledad llegó antes que el desapego familiar, un entorno ya devastado por el desencuentro y la estrechez. Sin saber explicar aún los motivos, un día se vio viviendo en la calle. No fue una situación buscada. Nunca pensó que llegara a ocurrir, pero en el precipicio de su memoria no podría decir cuando lo entendió todo por perdido. Hasta ese momento podía reconstruir episodios de una vida al uso, con sus luchas, sus tristezas y, a cuentagotas, la alegría cotidiana que a veces le deparaba un rato de charla, una misión cumplida, un lance de fortuna al encontrar un empleo mejor que el anterior. Cuando se vio en la calle todo se transformó en una oscuridad espesa que no le permitía ni recordar ni sentir su vida anterior. La calle carcomió en poco tiempo su autoestima y el miedo inmovilizó los recursos con los que siempre había contado para salir adelante. Ya no había nada que decir porque el silencio es una condena autoimpuesta a la que la calle otorga cierto valor de protección y seguridad. Los días siguientes a su desahucio resultaron traumáticos, solo la acogida de los voluntarios que trabajan en la red municipal aliviaron esa espiral de desesperación. La unidad nocturna le abrió un camino para recuperar la voz y la palabra, volvió a comunicarse, a participar de la vida que había arrinconado por impotencia. Esta es una historia que nos resulta lejana, distante de cualquier acontecimiento que afecte a nuestra propia vida, pero tiene el nombre de alguien que un día disfrutó de todo o parte de lo que la sociedad entiende por normal Ellos y nosotros no somos diferentes, nosotros podemos ser ellos y, sin embargo, los hacemos invisibles hasta cosificarlos en la esquina, en el cajero, en el portal más cercano a nuestra casa. Por eso, Cáritas diocesana de Córdoba reserva el próximo domingo para sensibilizarnos sobre la situación de las personas sin hogar. Nos llama a conocer sus vidas y recortar la distancia y la ignorancia que nos separa de ellas, se nos invita a conectarnos entre sí para reconocer la equidistancia que existe entre un hogar y la calle. En Andalucía, 6.000 personas sin hogar fueron atendidas por Cáritas diocesana durante 2017. De ellas 800 son hombres y mujeres que son o acabaron en Córdoba sin techo, sin hogar, sin familia; aquí son atendidos por más de veinte profesionales y muchos voluntarios jóvenes dispuestos a devolverles la dignidad, para que puedan recuperar sus capacidades destruidas y olvidadas. Están tan cerca que nos los vemos. Es hora de hacerles saber que no están solos. ¿Y tú, que dices?