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ABC SÁBADO, 17 DE NOVIEMBRE DE 2018 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O LU C A D E T E NA CONOCIMIENTOS MENORES POR JORGE EDWARDS Entrar en el conocimiento de otro país por la poesía, por la conversación de cronistas y narradores, por cantantes y compositores del pasado, no es tan mala idea como podría pensar algún mal pensado. Como ahora se perfila toda una época de diplomacia diferente en el cono sur de nuestro continente americano, me digo que hay que empezar a estudiar, y a poner atención A crónica, género menor, no debe desdeñar los conocimientos menores y los detalles. Se podría sostener que la crónica es uno de los grandes artes de lo particular. El profesor chileno Carlos Peña, rector, filósofo, jurista y pedagogo, nos aconseja a todos, sin excluir a gobernantes y magistrados, leer más filosofía. Respeto su consejo y hasta podría decir que lo comparto, y que a veces, en noches de insomnio, me doy el lujo de abrir alguna página de Schopenhauer o de Federico Nietszche. Me permito añadir un contraconsejo al de don Carlos Peña: leer más filosofía y leer más poesía y poesía difícil, como el segundo Fausto de Goethe o la del vanguardista brasileño Haroldo de Campos, que enseñaba en la Universidad de Sao Paulo y solía escribir en las revistas mexicanas del gran Octavio Paz. Ya que nos estamos acercando al Brasil, pienso que conocerlo un poco mejor no nos hace ningún daño. Tuve la suerte de conocer el gigante brasileño por dentro a mis veintitantos años, en mi calidad entonces de joven chileno indocumentado. Había un grupo interesante, olvidado, que viajaba con plena fidelidad desde Santiago de Chile a las bienales de arte de Sao Paulo. Me acuerdo de los personajes principales de ese grupo como si fuera hoy: Leopoldo Castedo, el historiador español, con su célebre camioneta de aficionado a la arqueología y de historiador del arte iberoamericano; Sergio Larraín García Moreno, gran decano de arquitectura de la Universidad Católica de Santiago; Mario Valdivieso, también arquitecto; Nemesio Antúnez, pintor; Luis Oyarzún Peña, profesor de Estética; Enrique Bello Cruz, director de la revista Pro Arte Cuando ellos regresaban de sus viajes de exploración por el Brasil, las narraciones de los episodios principales del viaje por Lucho Oyarzún eran de la mejor literatura oral que me ha tocado escuchar en mi vida. En sus palabras, la magia brasileña volaba entre los campanarios y las nubes del barrio bajo de Santiago. Por mi parte, vendí algunos ejemplares de mi primer libro de cuentos, El patio, y tomé un avión de dos motores a hélice en el aeropuerto de Los Cerrillos. A las pocas horas de vuelo, mirando desde mi cabina unas canchas de aterrizaje de tierra roja, supe que hacíamos escala en la ciudad de Asunción del Paraguay. Al día siguiente, ya instalado en casa de amigos en Río, me encontraba en el segundo piso de una taberna del mercado municipal del puerto de Río de Janeiro, entre poetas y periodistas que cantaban canciones de sus provincias, de Minas Gerais o los confines de Ipanema, y ahora me digo que la música, la crónica, la poesía, difícil o no difícil, también eran esenciales. Se escuchaba la guitarra y la voz algo aguardentosa del bahiano Dorival Caymi. Y Acario Cotapos, que llegaba a la casa de Neruda en Isla Negra en compañía de músicos muy conocidos, don Alfonso Leng y Domingo Santa Cruz, nos hablaba a cada rato de su amistad con el gran maestro brasileño Heitor Villalobos. Comenté el tema con mi viejo amigo Rubem Braga en una de las mesas nocturnas de Antonio y uno de los señores que ocupaban la mesa de al lado, editor de música, me pidió la dirección y me mandó a la mañana siguiente un maravilloso álbum de música para piano de Heitor Villalobos: Bachianas brasileiras, Choros, y un largo etcétera. Fue un gesto, el de ese vecino de mesa, que me ayudó a entender el Brasil, y las flautas, los violines, los conjuntos corales de Villalobos, los sones callejeros, también contribuyeron a lo mismo. L usco ahora ese álbum entre discos de antiguo formato y compruebo que tendré que conseguir un tocadiscos antiguo y un técnico que me lo sepa instalar. Pero entrar en el conocimiento de otro país por la poesía, por la conversación de cronistas y narradores, por cantantes y compositores del pasado, no es tan mala idea como podría pensar algún mal pensado. Como ahoNIETO ra se perfila toda una época de diplomacia diferente en el cono sur de nuestro continente americano, me digo que hay que empezar a de Cachoeira de Itapemirim, que gritaban, y que estudiar, y a poner atención. Ya escribiré algo sohabían decidido identificarme como el sobri- bre el lusitanismo de Joaquín, que derivaba de no de Gabriela Mistral y que se llamaban Pau- esa estada de tres meses en Río de Janeiro y de lo Mendes Campos, Fernando Sabino, Newton sus apasionadas lecturas de Eça de Queiros, el Freitas o Rubem Braga. Comíamos maravillo- del primo Basilio y el de las aventuras de Fadrisos camarones y frente a nuestras ventanas se que Mendes. Eça era como el hermano mayor de encontraba la llamada Isla Fiscal, o Isla del Go- Machado de Assis, y yo, en los segundos pisos bernador, y me contaban que en esa isla, a fines del mercado de Río, fui conocido durante un rato del siglo XIX, se había celebrado una legenda- como el sobrino de Gabriela Mistral, broma que ria fiesta ofrecida por el emperador don Pedro dio para bastante. Así como Vinicius de Moraes II a los marinos del buque escuela de Chile que era el gran nerudiano de la nueva poesía, y como habían desembarcado en el Brasil después de Neruda, que contaba conversaciones en las cauna larga gira de instrucción por el resto del llejuelas de Catete con Gabriela Mistral y con Almundo. El baile de los marinos chilenos ya for- fonso Reyes, el gran ensayista de nuestra lengua, maba parte de la mitología y de las leyendas ca- que había sido embajador de México en el Brariocas. sil: cosas idas y vividas como escribiría otro Muchos años después, leyendo crónicas, me- gran brasileño profundamente conectado con morias, novelas de Joaquín Edwads Bello, el más Chile, Joaquín Nabuco, embajador de su país en lusitano de los clásicos chilenos, que escribió Santiago y autor de un notable ensayo biográfiun curioso Don Juan Lusitano y un no menos co sobre nuestro presidente Balmaceda, ensayo curioso Tres meses en Río de Janeiro. Descubrí que prologué alguna vez para una editorial braque un oficial de marina, pariente de Joaquín y sileña. de mi abuelo paterno, apareció en la casa famiMe despido entonces con el propósito de reliar de la calle del Teatro de Valparaíso, en uni- leer un cuento de Machado de Assis, y de termiforme de gala, con un monito tití en los hom- nar su novela de madurez sobre el tema de la bros que, según él, le había regalado en perso- dualidad y de la polarización acción extrema, na, al final del famoso baile en la isla, el Esaú y Jacob, novela sobre el destino y los falsos profetas políticos, casi siempre equivocados. emperador don Pedro II. Hacia el final de esa visita mía a Río me enJORGE EDWARDS ES ESCRITOR contraba en un bar que se llamaba Antonio, en B