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ABC JUEVES, 15 DE NOVIEMBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL CONTRAPUNTO ISABEL SAN SEBASTIÁN MANGONEO JUDICIAL El intercambio de cromos togados entre Casado y Sánchez constituye una gran decepción para quienes esperaban la regeneración del PP UÉ gran oportunidad ha perdido Pablo Casado! Al abordar la renovación de la cúpula del poder judicial, estaba en su mano demostrar que, bajo su liderazgo, el PP recuperaraba la brújula de los principios, rompía con lo peor de un pasado que lo llevó a naufragar en las urnas y adoptaba una conducta capaz de devolver la ilusión a muchos de sus votantes fugados... En lugar de aprovechar la ocasión, la ha tirado a la basura. Nada nuevo bajo el sol, a poco que hagamos memoria, la verdad. Mariano Rajoy ya prometió en su primera campaña electoral que resucitaría el espíritu de Montesquieu con una reforma destinada a liberar a la Justicia del control que sobre ella ejerce la política, en aras de garantizar su independencia, y apenas llegó al despacho hizo exactamente lo contrario. O sea, se comportó de manera idéntica a la exhibida por Pedro Sánchez, quien bajo su identidad de líder de la oposición criticaba con dureza el mangoneo del que son objeto los jueces por parte de los partidos mientras que ahora, en calidad de presidente del Gobierno, protagoniza gustoso el bochornoso espectáculo de esa manipulación obscena. Resulta increíble la capacidad de transformación inherente al sillón de La Moncloa. Su influjo es tan potente que torna lo blanco negro a la luz de la conveniencia. Las promesas que persiguen votos, ya se sabe, están para no cumplirse. ¡Q ¿Pero faltar a un compromiso ético antes incluso de alcanzar la codiciada poltrona? Semejante actuación indica o bien una ausencia total de convicciones, difícilmente compatible con la imagen de regeneración asociada al nuevo dirigente popular, o bien la existencia de alguna hipoteca inconfesable pesando sobre sus espaldas. Cualquiera de esos escenarios es desalentador. Casado tenía el deber político y moral de romper con esa práctica repugnante desde el punto de vista democrático que es la intromisión del Legislativo en lo más sagrado del Judicial. No me sirve la excusa de que todos sus predecesores lo hicieron, ni mucho menos el argumento del y tú más con respecto al PSOE. Es evidente que nada cabe esperar de un jefe del Ejecutivo embustero, respaldado por 83 míseros diputados, aupado hasta su posición merced a una maniobra parlamentaria secundada por golpistas, separatistas y populistas de extrema izquierda. Una moción de censura basada en la sentencia de un juez generosamente recompensado con un puesto en el CGPJ, por cierto. Precisamente porque Sánchez no representa únicamente al socialismo, sino al frente popular que ostenta el poder actualmente, de forma legal aunque ilícita, el líder popular estaba doblemente obligado a marcar una distancia nítida. Lejos de hacerlo, no solo ha entrado en ese juego sucio, sino que ha cedido la mayoría de ese Consejo a la izquierda que se autodenomina progresista y no hace ascos al independentismo, en un momento crucial para la judicatura, cuando el Supremo se dispone a juzgar la intentona golpista con su prestigio socavado por la reciente actuación de su Sala Tercera. ¿Por qué? Ignoro los motivos que han llevado a Casado a participar en ese infame intercambio de cromos togados. ¿Costumbre, ambición, pago de servicios prestados, necesidad de silenciar bocas, compra de impunidades? Sea como fuere, su gesto constituye una gran decepción para muchos de quienes veían en él una esperanza de regeneración para unas siglas duramente castigadas por un pasado reciente de relativismo y corrupción. Si se ha tratado de un error, es muy grave y debería ser corregido de inmediato. Si, por el contrario, estamos ante un síntoma, el diagnóstico para el PP se vuelve crítico. IGNACIO CAMACHO SNOBISMO DE QUEROSENO Este postureo ecológico casa mal con la afición al transporte discrecional aéreo. Que de momento no es eléctrico C JM NIETO Fe de ratas OMO este Gobierno no puede o no sabe gobernar, se inventa a cada rato una ocurrencia. Se trata de mantener la función en cartelera, de echar carnaza al debate para que la opinión pública se entretenga. Lo malo es que estas alegres ventoleras disfrazadas de proyectos no son una simple eutrapelia, porque su misma formulación, por inconcreta que sea, repercute de inmediato en las inversiones nacionales y extranjeras. Cualquier frívolo anuncio de esos que el Gabinete vende como si fuesen ideas implica un coste económico y monetario que por lo general paga la cotización de muchas empresas cuyos accionistas tienen la pésima costumbre de tomar a los dirigentes públicos por gente seria. El último, por ahora, ha sido el de la prohibición de vender coches de combustible mineral en 2040; un terremoto para un sector de enorme importancia estratégica. Entre plantas de fabricación, auxiliares, talleres y servicios de venta, además de las gasolineras, la industria de la automoción mueve en España el 10 por ciento del PIB y es una de las que más empleo crea. No parece el juguete más apropiado para manejarlo con tan poca solvencia. Bajo el impecable mantra de la sostenibilidad, la izquierda ha resucitado contra el coche su viejo furor antimaquinista. En las carreteras lo penaliza con reducciones de velocidad y en las ciudades lo arrincona con una creciente legislación restrictiva. Algunos dirigentes podemitas de Madrid se han sincerado al declararlo un epítome de la depredación capitalista; en realidad lo estigmatizan como un símbolo de la autonomía individual que para el progresismo en boga debe ser implacablemente combatida. El Gabinete Sánchez ha elegido una vía más oblicua parapetándose en el paradigma del cambio climático y la ecología. Pero su propuesta depende de un desarrollo tecnológico que se caracteriza en la actualidad por su potencia disruptiva. Es cierto que los cambios van muy deprisa pero también que los gurús no siempre aciertan en sus profecías. La desaparición del automóvil contaminante es una hermosa utopía cuyo cumplimiento depende de la ingeniería técnica, no de la social, y menos aún de la prestidigitación política. Mientras el vehículo eléctrico sea más caro, tenga más impuestos y no disponga de redes de recarga rápida de baterías, no habrá ejercicio de voluntarismo que acabe con el diésel y la gasolina. La prohibición es una medida autoritaria y arbitrista que sólo puede causar a plazo corto impacto negativo sobre la economía. Todo eso le importa al presidente provisional un bledo. El año 2040 queda muy lejos; con suerte no seguirá en el puesto y a mí también me va a pillar muy viejo para conducir otra cosa que un carrito ortopédico. Pero resulta chirriante y superfluo ese postureo snob de gobernante posmoderno cuya caprichosa afición por el transporte aéreo quema en cada trayecto cientos de litros de queroseno.