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14 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA JUEVES, 15 DE NOVIEMBRE DE 2018 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO ESPERANDO Toda una prueba cumplir 70 años a la espera de tu destino UANDO se casó con el Príncipe Carlos con solo 20 años, lady Diana Spencer era una aristócrata rural inglesa, sencilla, ochentera y sin inquietudes intelectuales. Llegó al matrimonio tensa, temerosa de un marido muy dispar a ella y del que se susurraba que tenía una amante. La luna de miel confirmó sus aprensiones. En el frío de Balmoral, Carlos le leía obras de su admirado pensador sudafricano Van der Post y del psicoanalista Jung. Demasiado para ella, cuyos filósofos de cabecera eran Duran Duran y Elton John. Carlos, nacido en Buckingham, cumplió ayer 70 años, ratificando su récord: el ser vivo que más tiempo lleva aguardando un trono. La genética rema en su contra, porque Isabel II luce óptima para 92 años y porque la Reina Madre, copita va brindis viene, anduvo por Ascot hasta los 101. Para señalar su cumpleaños, el Príncipe posó con sus hijos, nueras y nietos. La foto da fe de lo mucho que se ha abierto la monarquía británica: la mujer de William es hija de dos exauxiliares de vuelo de la British y nieta de un picador de carbón; la de Harry es una exactriz de teleculebrones, divorciada y estadounidense (los dos datos que hace 82 años provocaron la abdicación de Eduardo VIII) El mundo es otro. Carlos, no. Es fiel a sí mismo, siendo al tiempo el más clásico y moderno de los miembros de la realeza. Moderno, porque abrazó de forma pionera causas que hoy son moda, como la agricultura orgánica y el ecologismo. Moderno, porque es el primer miembro de la monarquía británica con título universitario Artes en el Trinity College de Cambridge y ha escrito varios libros. Además concede entrevistas, mientras que su inteligente madre ha tenido el tino de cerrar bien la boca durante sus 65 años de reinado. Pero al tiempo es clásico, porque lo ha respirado desde la cuna, empezando por su acento, factor esencial en Inglaterra para marcar estatus (mientras sus hijos se han bajado un peldaño del soniquete de la clase alta para acercarse al de la BBC, Carlos sigue entonando como el patricio que es) Al igual que su madre, se peina como cuando era adolescente, con la única novedad de la coronilla, y es fiel a su sastre de Savile Row, Turnbull Asser, que le corta siempre el mismo traje cruzado, que abotona y a veces luce intencionadamente gastado. Clásico también por su odio a la arquitectura moderna, contra la que ha escrito un panfleto y que lo ha llevado a levantar una suerte de Disneylandia urbanística, Poundbury, donde aplica sus ideas. A diferencia de su madre, el método en estado puro, Carlos es hombre de extraordinarios y súbitos entusiasmos... que olvida raudo. Le gustan las estancias ventiladas, el dry Martini y el escocés, como denotan los coloretes, y garabatea ideas constantemente en papelillos que guarda en sus bolsillos. Como su madre, adora a los animales y el humor retorcido. Pero a diferencia de ella, que observa su neutralidad constitucional de forma exquisita, se ha enzarzado más de lo debido con una de las especies más dificultosas: los políticos. Carlos III de Inglaterra compondrá un rey peculiar. Pero a su modo encarnará bien una distinguida historia. C CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC CARMENA IGLESIAS: LUCHA EN EL BARRO Manuela Carmena viene de la misma horma que Pablo Iglesias. Pero con muchísima más experiencia E L populismo es un subjetivismo. El populista hace primar el carisma del líder como criterio único: esa unción sagrada da a todas sus decisiones valor profético. En el rigor populista, el líder lo es de carácter divino. Y la fe en su palabra pasa por encima de minucias confesionales: un populista puede ser creyente o bien ateo; en cualquiera de ambos casos, la luz del hombre providencial armoniza el asalto a una consumación de los tiempos que el populista siente estar a la vuelta de la esquina. No hay excepción a eso. Cuando, hace ya unos seis años, Pablo Iglesias afirmaba ahora es menos explícito el carácter populista y plebeyista de su movimiento, a todos cuantos hemos estudiado las derivas patológicas de los movimientos revolucionarios desde final del siglo XIX se nos disparó una señal de alarma. Que yo subrayaba aquí cuando Errejón e Iglesias inauguraron su escaño enarbolando una obra del teórico oficial del Estado nazi. Quienes vieron aquello como una gracieta de gamberros simpáticos se equivocaban. No hay irrupción populista sin matanza en familia: porque un voluntarismo tan personalizado exige la fijación de un solo guía que traduzca la voluntad del pueblo. Y cualquier competencia por el trono se convierte en duelo a muerte: el de Hitler contra Rohm en 1934, el de Stalin contra Trotski y la vieja guardia bolchevique en igual fecha; pero también las matanzas en familia de Triple A y Montoneros en la Argentina peronista. Que Podemos, cuya génesis se debe a Caracas y a Buenos Aires, haya aplicado idénticas ejecuciones internas no plantea contradicción. La fórmula de Lassalle tan ingenuamente repetida en los años setenta el partido se fortalece depurándose poco tiene que ver con ningún rigor analítico. Es un llamamiento a la fe en el Vicario del Pueblo, ése en cuya voz el destino histórico se expresa: depurar a los herejes es trazar el camino de salvación que lleva al inexorable paraíso. Primero, Iglesias le cortó el cuello a Errejón, sin que éste osara siquiera mover un dedo. Vino, luego, la caída de Tania Sánchez. Simultáneamente, la barrera sanitaria en torno a los demasiado marxistas de la Izquierda Anticapitalista. Cayó la burguesa Bescansa, cuya infidelidad tanto dolió al caudillo... Luego, topó con un hueso más difícil. Carmena viene de la misma horma que Iglesias. Pero con muchísima más experiencia. De su vieja tradición stalinista, la alcaldesa extrajo una lección clave en política: manda quien controla el aparato; y, en caso de conflicto entre aparato de partido y aparato de Estado, gana el que se apropia de las armas institucionales. Carmena se desentendió, desde el principio, de las historias internas de Podemos. Y se apoderó metódicamente de todas las palancas de ese miniEstado que es el ayuntamiento de una capital moderna. Llegado el momento, se compró literalmente a la media docena de concejales de Podemos que le eran imprescindibles para prolongar su mando. Iglesias, su exgeneral favorito y su organización madrileña quedan malheridos. Y, si se ponen farrucos, a la alcaldesa le queda su bala de plata: ofrecerse como candidata al PSOE y borrar del mapa a lo que queda de sus simpáticos muchachitos. Si ese último giro táctico se ejecutara, Podemos quedaría muerto en un Madrid que es su plaza fuerte; pero también el PSOE saldría descuajeringado ante sus más fieles electores. ¿Ganaría alguien? Sí, claro: Carmena. Personalmente. Es la lógica implacable de los populismos.