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ABC JUEVES, 15 DE NOVIEMBRE DE 2018 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O LU C A D E T E NA ¡ES LA EDUCACIÓN, IDIOTA! POR JOSÉ MARÍA CARRASCAL La guinda de este desquiciado sistema educativo la pone el haberlo entregado a las CC. AA. cuando nunca debió salir del control estatal, como la Defensa o la Sanidad, ya transferida. Lo que conseguimos fue dar a los nacionalistas el instrumento para dinamitar el Estado zamos a descubrir el mundo fuera de nuestra esfera familiar y nos damos cuenta de los desafíos que nos aguardan. Algo que dificulta el salto a los estudios superiores y aumenta los fracasos en ella. Sobre todo si se le añade el tercer y no menor fallo de nuestro sistema educativo; el olvido de la formación profesional. Una de mis mayores sorpresas al llegar a Alemania fue ver que la mitad de los bachilleres la elegían sin que supusiera ningún demérito social. Que hijos de familias burguesas la cursaran, junto a hijos de empleados de su padre, fue para mí un ejemplo edificante. Pues de que el bachiller crea en el progreso, en el esfuerzo, en la convivencia y la solidaridad dependerá en gran parte del bachillerato que haya tenido y del ejemplo de sus profesores. Por no hablar ya de que un buen lampista o sanitario es tan necesario en una sociedad como un buen médico o abogado, Pero para eso la formación profesional tiene que estar reglamentada y puesta en práctica con el mismo rigor que cualquier carrera universitaria, con sus tres escalones, el de aprendiz, el de oficial y el de maestro (Lehrling, Geselle, MeisNIETO ter) con sus respectivas pruebas al finalizar cada etapa y sus correspondientes prerrogativas, sin que nadie pueda abrir en Alemania una peluquería, una panadería o una asesoría fiscal sin el título de maestro del ramo. La calidad de sus productos y la estabilidad de su sociedad se deben en buena parte a esa estructura laboral creada en la Edad Media y mantenida hasta nuestros días. S ÓLO están de acuerdo en que la educación es hoy la clave de la riqueza de las naciones, no la economía, como gritaba Clinton a un ayudante atolondrado, ni la libertad de mercado e ideas, como aseguró Adam Smith. De ahí en adelante, todas son discrepancias, ya que cada uno intenta imponer su educación para imponer su credo político, el mejor medio de idiotizar a quienes luego serán secretarios de Estado. Venimos ensayándolo desde la Transición, con cada nuevo gobierno instaurando su modelo educativo. Resultado: volver tarumbas a nuestros escolares, ya entre los últimos de los índices educativos europeos. El Gobierno Sánchez, pese a su minoría parlamentaria y el poco tiempo que lleva en el poder, quiere reformar la política (nunca mejor usada la palabra) educativa del Gobierno Rajoy (la Lomce) aunque, más que reformar, es volver a la de anteriores gobiernos socialistas (la LOE) con eliminación de reválidas, permitir pasar curso a los repetidores y hacer bachilleres sin acabar el bachillerato, al mismo tiempo que se cede a las Autonomías el pleno control de la política lingüística. Hasta qué punto es otro gesto hacia los nacionalistas para que sigan apoyándole en el poder no puedo decirlo, pero estoy seguro de que ése es el camino que nos ha llevado a las altas cifras de fracaso escolar. Que la educación es una de las asignaturas pendientes de esta España democrática sólo lo discutirán quienes están sacando rédito político de ella y los malos estudiantes. Como los presupuestos educativos crecen cada año, no puede atribuirse a causas económicas. Son otras más profundas que nadie ve ni quiere ver, y, dada su importancia, al ser la educación el mejor vehículo para la ascensión social, crear profesionales preparados para el mercado global y tener ciudadanos menos fáciles de engañar y más difíciles de esclavizar, me atrevo a señalar los defectos que desde su arranque lastran nuestra política educativa, sin hacerme ilusiones de que se tengan en cuenta. El primero es que el sujeto activo de la educación, que no es el colegial, sino el maestro. El alumno es el sujeto pasivo, receptor de la educación. El sujeto activo es quien se la proporciona, el profesor. Pero nosotros hemos invertido los términos dándosela al alumno, que siempre preferirá el camino más fácil, el de menor esfuerzo, también el menos provechoso, pues aprender siempre cuesta, mientras enseñar es una de las tareas más difíciles en la variedad de oficios que existen. Advierto que no se trata de saber mucho, que a menudo conlleva a la explicación farragosa y poco inteligible. Se trata, ante todo y sobre todo, de saber enseñar, de despertar el interés del alumno en el tema, sin el que nunca llegará a su fondo ni a dominarlo, limitándose, en el mejor de los casos, a recitarlo de memoria. Enseñar es abrir una mente virgen a los parajes descubiertos por nuestros antepasados en las ciencias y las letras o, mejor, hacer que esa mente vaya descubriéndolos por su cuenta. Ése es un arte, iniciado por Sócrates, que muy pocos dominan, por lo que debemos contentarnos con profesores que sepan interesar a sus alumnos en la materia que enseñan y tal vez despierten su vocación por ella. Pero el profesor es el más olvidado en todos nuestros planes de enseñanza, hasta el punto de que, una vez reducida su autoridad en el aula, cuenta fuera menos que los padres de los alumnos, sabiendo todos su parcialidad hacia sus hijos. Para resumir: hasta que no se restaure el valor del profesorado en su auténtica medida, cuantos cambios se hagan en la educación no servirán de nada. El segundo lastre de nuestro sistema educativo es haber minimizado el bachillerato hasta casi extinguirlo al dejarlo en dos cursos. Cuando es la espina dorsal de la misma. Y no me refiero sólo a la adquisición de conocimientos globales de ciencias y de letras, que dé al alumno o alumna una panorámica general para decidir su profesión según sus habilidades, sino también porque el bachillerato coincide, o debiera coincidir como antes, con la adolescencia, con el paso de niño a adulto, es decir, con la formación del carácter de cada uno o una. Siendo completamente distinto que tenga una formación abierta o cerrada, amiga o enemiga del saber, respetuosa con los demás o enfrentados con ellos, y así sucesivamente. Reducir el bachillerato a dos cursos, o tres, es minimizar ese periodo clave de la enseñanza, cuando empe- N osotros hemos recorrido el camino inverso. Las pocas carreras profesionales que teníamos, Escuelas de Comercio, de Náutica o Periodismo, donde en tres años se aprendía un oficio a fondo, se han convertido en facultades universitarias con gran título, pero apenas aprendizaje, produciendo a chorro licenciados sobrecapacitados para el ejercicio de su profesión, en paro, mientras las empresas piden expertos de otro tipo, sobre todo en el ramo de la informática, sin encontrarlos. Y no contentos con ello, hemos puesto de moda los doctorados y los masteres, creyendo que solucionan el problema, para encontrarnos con que lo agudizan, cuando no son estafas camufladas. La guinda de este desquiciado sistema educativo la pone el haberlo entregado a las CC. AA. cuando nunca debió salir del control estatal, como la Defensa o la Sanidad, ya transferida. Lo que conseguimos fue dar a los nacionalistas el instrumento para dinamitar el Estado, manipulando mentes jóvenes. En el País Vasco y Cataluña ya lo hemos comprobado, pero un vecino me mostraba el libro escolar de uno de sus hijos: La Comunidad de Madrid en la Prehistoria Cuando, más o menos, debió ser como todas: idílica. Algunos siguen todavía en ella. JOSÉ MARÍA CARRASCAL ES PERIODISTA