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LUNES 24.9.2018 Editado por Diario ABC, S. L. San Álvaro, 8, 1 3, 14003 Córdoba. Diario ABC, S. L. Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción, distribución, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta publicación, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa. Número 37.524 D. L. I: M- 13- 58 Apartado de Correos 43, Madrid. Teléfono de atención 901 334 554. Centralita ABC 91 339 90 00. RAROS Y MALDITOS Victor Lustig TODO IRÁ BIEN Logró estafar a un chatarrero tras convencerle de que el monumento iba a ser derribado. Volvió a engañarle al exigir un pago adicional para sobornar a un ministro. Consiguió timar al mismo Al Capone y acabó sus días en Alcatraz tras ser condenado a 20 años por la delación de una amante SALVADOR SOSTRES EL HOMBRE QUE VENDIÓ LA TORRE EIFFEL COMO UNA DUCHA L PEDRO G. CUARTANGO arece imposible aún para el mejor estafador, pero Victor Lustig (1890- 1947) lo logró: vendió la Torre Eiffel en 1925 a un empresario parisino. Y cobró dos veces por el engaño sin ser denunciado por ello. La historia es tan inverosímil como real. Lustig leyó por azar en un periódico que el Ayuntamiento de París no tenía dinero para mantener la Torre construida para la Exposición Universal de París en 1889. Entonces se le ocurrió convocar a los seis mayores chatarreros en el hotel Crillon. Se presentó como alto funcionario del Ministerio de Correos y les informó de que el Gobierno había decidido derribar el monumento y vender la chatarra. También les apuntó que era una decisión que iba a ser mantenida en secreto. Tras la sorpresa de sus interlocutores, Lustig llevó a sus invitados a visitar la Torre en una limusina alquilada y les pidió que le presentaran ofertas. Un empresario llamado André Poisson picó y le ofreció una cantidad considerable por la chatarra. Tras recibir el pago de lo convenido, Poisson empezó a sospechar y Lustig le volvió a engañar al confesarle que el negocio no podía materializarse sin sobornar al ministro. El incauto chatarrero volvió a rascarse el bolsillo y, con una maleta llena de dinero, el estafador checo huyó de París esa misma noche en tren hacia Viena. Poisson no se atrevió a denunciarle nunca para no quedar en ridículo. Unos años antes, Victor Lustig se ganaba la vida estafando a los pasajeros que viajaban en los transatlánticos de París a Nueva York. El engaño era casi tan ingenioso como el de la Torre: les vendía una máquina de fabricar billetes. Metía tres billetes auténticos de cien dólares y les conven- P Red de dinero falso Lustig se especializó en estafas relacionadas con la falsificación de billetes, primero en Europa y luego en Estados Unidos El incauto chatarrero al que estafó hasta en dos ocasiones no se atrevió a denunciarle para no quedar en ridículo cía de que su aparato podía reproducir a la perfección cuatro al día. Cuando se daban cuenta del timo, Lustig ya había desaparecido. Tras ser investigado por la Policía francesa, Lustig huyó a Estados Unidos, donde también engaño a Al Capone. El ingenioso timador le pidió prestado 50.000 dólares para un falso negocio y, dos meses después, se los devolvió. Muy impresionado por su honradez, Capone le recompensó con 5.000 dólares. Volvió a París a finales de los años 20 con la identidad de un banquero estadounidense, pero la Policía le detuvo. Al quedar en libertad, emigró de nuevo a Estados Unidos y se metió en una red de distribución de billetes falsificados por su socio, un químico de Nebraska. En 1935, fue delatado por su amante, una mujer llamada Billy May, que se puso celosa al enterarse de que no le era fiel. Fue internado en la cárcel y se escapó de una forma rocambolesca antes de ser juzgado. Pronto volvió a ser capturado y el tribunal le condenó a 20 años en la isla de Alcatraz. De allí no salió hasta su muerte por neumonía en una enfermería de Springfield en 1947. Verbolario POR RODRIGO CORTÉS Francés, adj. Individuo que observa el mundo subido a otro francés. A arrogancia es la primera característica del catetismo cantonal. Me gusta cómo los independentistas de la independencia más triste del mundo, que ni ellos mismos se la reconocieron, huyendo como cobardes o entregándose a la Justicia como desarticulados montoncitos del Señor, se atreven a darle lecciones a Manuel Valls, ex primer ministro de una República Francesa que si a diferencia de la catalana existe es porque se defendió a sangre y fuego. Sobre guerras ganadas se escribe la Historia, siempre sedienta de cadáveres. Las provincias celebran derrotas y el pacifismo es un tampax. Me gusta que los que aceptaron la aplicación del artículo 155 como un edema digan de Valls que nos lo manda la Francia que odia la libertad. El populismo independentista tendrá que cargar de por vida con la humillación y la vergüenza de haber permitido que Ada Colau haya tomado su capital y es la explicación de todas las derrotas que estos tuiteros de la nada, secretarias solteronas con tiempo para organizar demostraciones, escribidores de panfletos subvencionados, o asesores de corruptas administraciones locales tengan la tonta presunción de mirar por encima del hombro a un exprimer ministro francés que generosamente se ofrece para rescatarles a su Barcelona del pozo okupa, mantero, contrario a la inteligencia, al talento y a la creatividad empresarial en el que ellos la hundieron. Barcelona fue la primera derrota del independentismo. Luego, entre Estremera y Waterloo, vinieron todos los demás naufragios. Un mismo hilo los cose: la letal mezcla de aldeanismo y de ignorancia, de autoritarismo de cacique de pueblo y de suficiencia ruralizante contra la razón y la libertad. Y ese comunitarismo falsamente cristiano, mucho más de ratoncillos que siguen al flautista que de hombres libres saliendo al encuentro de Dios; y ese desprecio de cualquier expresión que rebose el breve alcance de su sensualidad y de su imaginación. Prefieren el tam- tam autocomplaciente al conocimiento y por eso, mucho antes que un candidato de izquierdas o de derechas, catalanista o españolista, Manuel Valls es una higiene como una ducha contra la retrógrada altivez campesina que ha arruinado la ciudad.