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ABC SÁBADO, 1 DE SEPTIEMBRE DE 2018 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O LU C A D E T E NA LOS VIAJES Y LA VIDA POR EMILIO LARA Me criaron entre libros, películas y vinilos, de modo que cada vez que íbamos a otra ciudad, a otra provincia, el viaje adquiría una cualidad de aventura, porque la literatura y el cine encendían mi imaginación días antes de la partida. Por eso, mi educación sentimental fue una especie de banda sonora en la que los viajes predisponían a vivir con más intensidad, a dilatar la alegría, a soñar con la posibilidad de algo memorable N aquellos largos viajes en el Seat 1500 siempre sonaba música. Si era verano salíamos antes del amanecer, con las ventanillas bajadas, porque el aire acondicionado era una utopía y había que aprovechar el fresquito. El coche tenía unos faros de saurio submarino, y desde que arrancaba, escuchábamos bien alta zarzuela cantada por Manuel Ausensi, Teresa Berganza o Plácido Domingo. Y si era invierno, los tres hermanos íbamos arropados con una manta fina a cuadros en el asiento trasero, escuchando casetes zarzueleros y la voz de barítono de mi padre, que se sabía todas las romanzas y coros. En mi casa, de chico, me colaba de polizón en las tertulias donde amigos de mis padres contaban sus viajes por medio mundo, y eso para mí era como leer a Julio Verne. Me criaron entre libros, películas y vinilos, de modo que cada vez que íbamos a otra ciudad, a otra provincia, el viaje adquiría una cualidad de aventura, porque la literatura y el cine encendían mi imaginación días antes de la partida. Por eso, mi educación sentimental fue una especie de banda sonora en la que los viajes predisponían a vivir con más intensidad, a dilatar la alegría, a soñar con la posibilidad de algo memorable. Entre los libros acopiados para leer estas vacaciones de verano estaba La vuelta al mundo en 80 músicas, de Andrés Amorós. Lo hojeé, me envicié y lo devoré, incapaz de esperar a leerlo en la costa cartagenera, porque me hipnotizó. Amorós, como le sucede a las personas muy inteligentes y creativas, tiene la cualidad de hacer asequible lo difícil, construir mundos a base de imágenes y palabras y emocionar sin proponérselo. El libro es una hermosa simbiosis de música, experiencias vitales, viajes, amistad y amor. Una alquimia perfecta. Una aleación de la capacidad evocadora de la música, la literatura y las ciudades amadas. De joven, un amigo mayor que yo me descubrió a Bach. Fue una epifanía. Entre sorbos de güisqui de malta, escuchábamos cantatas, fugas al órgano y a Glenn Gould tocar las Variaciones Goldberg. La Pasión según San Mateo es la constatación de la existencia de Dios, porque esa música, al igual que toda la bachiana, es la anticipación de una existencia perfecta, una rara e inefable nostalgia de lo que vendrá. Desde enmundo estuviese recién estrenado, al día siguiente del Génesis. De la misma manera que existe el amor a primera vista, tenemos flechazos con ciudades. Nos enamoramos de ellas al visitarlas por primera vez y, al irnos, pensamos con melancolía cuándo regresaremos. Me ha pasado tres veces, con Roma, Lisboa y Santander. Roma suena a Nino Rota, su fílmica Gran belleza se condensa en sus fachadas ocres y en sus inigualables plazas. Nos mantiene en el estado de permanente sugestión del enamoramiento. Es una Cinecittà sin artificios en la que Anita Ekberg podría volver a bañarse en la Fontana di Trevi. Si en Casablanca a Bogart y a Ingrid Bergman siempre les quedaba París, a mí, en Roma, siempre me queda la Via Margutta para recordar. e Lisboa me gusta su decadencia atemporal, las eses vaporizadas de los portugueses, los tranvías como pasaporte al pasado, sus modos educados y su olor a canela y a café torrefacto. Suena a un fado cantado por Mariza, capaz de conjugar lo antiguo con lo renovado. Es una ciudad de cuestas como precipicios y atardeceres de pan de oro a la que se le perdona cualquier defecto, como sucede cuando amamos con locura. En mi época universitaria cruzaba NIETO España para hacer cursos en las universidades de verano. Los días previos a mi partida disfrutaba tanto que, cuando me montaba en el autobús o en el tren, el viaje ya había adquirido una dimensión aventurera. Dinamité la rutina, conocí a personas variopintas y ciudades interesantes, aprendía tanto que necesitaba tiempo para procesarlo, me divertí de lo lindo y comprendí que unos cuantos días son capaces de condensar una vida entera. O cambiarla. Y me prendé de Santander. Quizá por ser del sur me gusta tanto el norte. Este verano volví a Santander, al palacio de la Magdalena, a participar en un curso de novela histórica en la Menéndez Pelayo. Estuve con amigos escritores y ví a estudiantes que atravesaron la geografía española con el gusanillo de aprender entreteniéndose, con la certidumbre de que lo mejor está por llegar. En el libro que me cautivó, el profesor Andrés Amorós habla con admiración de la música cinematográfica de Bernard Herrmann. No es para menos. El tema principal que compuso para Vértigo, de Hitchcock, es la música de amor más intensa que pueda concebirse. Es una buena banda sonora para las ciudades y personas que amamos. Y para el viaje de la vida. E D tonces, sueño con ir algún día en junio a Leipzig, al festival anual de Bach. No termino de entender los tatuajes ni a las personas a las que no les gusta viajar. No es necesario irse a las quimbambas para buscar algo excitante, diferente o exótico. El exotismo no es cuestión de distancia geográfica, sino de percepción, de apertura mental. Costumbres, pueblos distintos y fiestas exóticas existen cerca de nuestra provincia o comunidad. La calidad de un viaje no depende del lujo ni del dinero gastado, sino de las ganas de disfrutar y de la intensidad con que se vive, algo imposible de comprender para quienes viven encerrados en la realidad virtual de las pantallas. Me apenan los adolescentes que, criados en una burbuja sobreprotectora, sólo quieren tecnología y caprichos instantáneos y reniegan de los viajes familiares. Me entusiasman los jóvenes Erasmus que, en una crucial etapa de su vida, viajan a otros países con el espíritu de Marco Polo. Y me descubro ante las personas de avanzada edad que, para trasladarse en el tiempo, se inscriben en cursos de Humanidades de la Universidad para Mayores, leen novelas por puro gozo y viajan en grupo a la playa, donde contemplan el mar con una ilusión intacta, como si el EMILIO LARA ES HISTORIADOR Y ESCRITOR