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ABC SÁBADO, 25 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 VIC CARDO MÁXIMO JAVIER RUBIO RUSIA ES CULPABLE Ni treinta años después de aquel verano convulso de Yeltsin subido a un tanque, está de vuelta C DESDE SIMBLIA JOSÉ CALVO POYATO OPINIONES Se ha extendido la idea de que toda impresión, incluso cuando es una imbecilidad absoluta, es digna de ser respetada R ecuerdo que, hace algunos años, al terminar un curso, un grupo de alumnos planteó celebrar una cena conmigo, a modo de despedida. Nos reunimos en torno a la mesa una veintena de personas y hablamos de muchas cosas. Pasamos revista a lo divino y lo humano. A los postres una alumna, hija de padres españoles, nacida y educada en Francia, por lo que tenía la doble nacionalidad francesa y española, hizo una afirmación que atrajo el interés de los reunidos. Lo que más me llama la atención de los españoles es que siempre opinan de todo Añadió que sólo, en contadas ocasiones, había oído a un español decir que no tenía opinión acerca de un asunto del que se estaba hablando. Afirmaba que eso era algo bastante habitual en Francia. Supongo que esto último que decía mi alumna es cierto, pero lo que estoy en condiciones de aseverar, sin el menor resquicio para la duda, es lo de que los españoles opinamos de todo. Si juega la selección nacional de fútbol, todos somos seleccionadores, sabemos cómo ha de estar compuesto el equipo que va a saltar al campo y, por supuesto, cuál es la táctica que ha de emplearse para vencer al contrario. Si la conversación camina por derroteros políticos, algo bastante frecuente- -pese a que un elevadísimo porcen- taje de españoles asegura que la política es un asco- la posesión de una cartera ministerial se nos queda pequeña. Asumimos el rol de presidente de gobierno y afirmamos, haciéndolo con no poca rotundidad, que determinado problema que está creando en ese momento serias dificultades, somos capaces de resolverlo en cuestión de horas, a lo sumo en unos cuantos días. Si se trata de someter a examen una sentencia judicial, son muchos los que se embuten una toga con puñetas y opinan sobre su bondad o maldad- -generalmente se decantan lo segundo- -y se le enmienda la plana a una Sala compuesta por varios magistrados del Tribunal Supremo, sin haber leído la sentencia y no tener conocimiento de la legislación aplicable que ha conducido a ella. Pedimos, últimamente a voz en grito en la calle agitando pancartas, que se modifique la pena impuesta. Hay quienes sientan cátedra sobre el mundo de los toros y la tauromaquia, sin haber pisado una plaza de toros en toda su vida. Somos muchos los que tenemos un arsenal de medicamentos, verdaderas farmacias, en nuestros hogares porque somos muy dados, además de a la automedicación, a recomendar determinados tratamientos, cuyas virtudes ponderamos como si fuéramos expertos galenos, a amigos, conocidos y vecinos. En el terreno de la farmacopea recetamos sin complejos, incluso más que los, ahora bastante remisos con el recetario, licenciados en Medicina y Cirugía. Los ejemplos podían multiplicarse a muchos otros asuntos que, sin duda están en la mente del lector. Como quiera que opinar es una práctica que se realiza sin costo alguno, es completamente gratuita, y por añadidura se ha extendido la idea de que toda opinión, incluso cuando se trata de una imbecilidad absoluta, es digna de ser respetada, los españoles seguimos opinando de todo. Como yo, que lo hago desde esta columna, aunque no de todo. En este tiempo que nos ha tocado vivir cualquier opinión tiene su altavoz en las redes sociales lo que supone un plus añadido a una práctica que es inveterada en un elevado porcentaje de españoles. UANDO Francis Fukuyama, a la caída del comunismo, acuñó con gran éxito momentáneo su frase del fin de la historia no nos aclaró convenientemente a cuál se refería porque resulta evidente que la vaina no acabó con el fin de la URSS. Ni treinta años después de aquel verano convulso de Yeltsin subido a un tanque, Rusia está de vuelta en las páginas de los periódicos. Y de qué manera. En realidad, esa pervivencia en el desempeño de su papel como potencia regional (lo de superpotencia dejémoslo para China y, por supuesto, Estados Unidos) tiene que ver más con la geografía que con la historia. Un estado gigantesco desde la orilla del Vístula hasta la península de Kamtchaka a la fuerza tiene que hacerse presente en el tablero de la diplomacia. Si a ello se suma la inhibición estadounidense y la desunión europea, el resultado es el que estamos viendo estos días. Asombra que el periódico traiga tantas noticias relativas a Rusia en tan corto espacio de tiempo. Se nos informa de que el presidente ruso, el respetable sátrapa Vladimir Putin, ha acudido como invitado a la boda de la ministra de Exteriores austriaca sin que lo supiera nadie del Gobierno causando la conmoción lógica en un país gobernado por un partido populista de corte nacionalista de los que tanto agradan en Moscú. En Italia, sin ir más lejos, acarician se supone que más como amenaza que como posibilidad acudir a un fondo soberano ruso en caso de que un ataque especulativo hunda su prima de riesgo ante la negativa de Bruselas de permitirles manga ancha en el gasto. Es una ofensiva perfectamente orquestada donde cada uno cumple su misión. Putin, a diferencia de los impenetrables e inaccesibles jerarcas de la época soviética, se ha encargado de afianzar lazos personales con cualquier personaje político europeo capaz de poner en jaque la UE y cuanto representa como la amistad que mantiene con el vicepresidente del Gobierno italiano, el impresentable Matteo Salvini. Incluido nuestro Puigdemont y su delirio secesionista, apoyado descaradamente con estrategias de manipulación informativa. Pero si las relaciones públicas y el agasajo de líderes de opinión, siempre maravillados de la defensa de los valores más ortodoxos no surten el efecto esperado, para eso están los hackers atacando a grupos republicanos críticos con el nuevo zar y empeñados en extender la democracia liberal sin más adjetivos, como acaban de descubrir en Estados Unidos. Rusia está presente en Europa en este tiempo de un modo que ni intuíamos dos décadas atrás. Como que, en vista del vodevil del Gobierno de Sánchez en torno al Valle de los Caídos y la sepultura del dictador Franco, no va a tardar en salir el Serrano Súñer de turno a gritar que, hoy como ayer, Rusia es culpable.