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ABC SÁBADO, 25 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA EL RESENTIMIENTO DE LOS HIJOS DE PAPÁ No es el resentimiento de los perdedores el que desentierra los huesos de Franco E STE macabro episodio del traslado de los restos de Francisco Franco merece recordarse como una de las expresiones más repulsivas del resentimiento patrio. Sobre Francisco Franco se pueden hacer, desde luego, muchos juicios ideológicos e históricos. Nadie podrá negar, sin embargo, que se mantuvo en el poder durante casi cuarenta años sin tener que enfrentarse a ninguna oposición reseñable, ni interior ni exterior. Mientras Franco gobernaba pacíficamente en España, entre aclamaciones y muestras de afecto colectivo, fueron muchas las dictaduras coetáneas derrocadas: podemos recordar, por ejemplo, lo ocurrido en Cuba con Batista; podemos recordar lo ocurrido con Somoza en Nicaragua; podemos recordar la portuguesa Revolución de los Claveles. Y, desde luego, podemos recordar lo ocurrido en países de la órbita comunista como Hungría, Checoslovaquia o Polonia. En todos estos lugares, la insatisfacción popular hizo saltar en mil añicos el poder dictatorial. Entretanto, en España, la mayoría de los españoles estaban encantadísimos con su Caudillo; y la oposición comunista languidecía sin apoyos entre la población, como antes le había sucedido al maquis. Alguien podría aducir aquí que en muchos de los países mencionados hubo revueltas populares porque las potencias extranjeras las alimentaron desde fuera. ¡Y tendría razón, en efecto! En cambio, las grandes democracias occidentales no tardaron en ben- decir a Franco; y aunque siguieron cultivando una retórica antifranquista para consumo de exaltados e ilusos, se apresuraron a entablar relaciones diplomáticas y a sellar tratos comerciales con el régimen franquista. La España de Franco fue pronto aceptada en todos los organismos internacionales; y mantuvo una relación especialmente privilegiada con Estados Unidos. Políticamente, a medida que la guerra quedaba atrás, el régimen de Franco fue adquiriendo contornos cada vez más democristianos. En el ámbito laboral, sin embargo, mantuvo una legislación protectora del obrero que luego ha sido minuciosamente desmantelada por los sucesivos gobiernos de la etapa democrática. Fue tanta la falta de respuesta política a su régimen, que Franco pudo dedicar especial atención al bienestar material de sus gobernados. Así se explica, por ejemplo, que desde 1960 a 1970, la renta per cápita de los españoles pasase de 290 a 900 dólares, y que la economía nacional creciese a una media del 8 por ciento anual, hasta convertir a España en la novena potencia industrial del mundo. A la muerte de Franco, la distribución de la población activa era la propia de una economía sana y pujante (mucho más sana y pujante que la actual) un tercio dedicado a la agricultura y ganadería, un tercio a la industria y un tercio a los servicios. Franco logró la formación de unas nuevas clases medias con trabajos estables y bien remunerados. Y pensó que este franquismo sociológico sería su mejor aval ante la Historia. Si se hubiese preocupado de estudiar un poco de psicología de masas, habría advertido que siempre los beneficiados acaban desarrollando resentimiento contra su benefactor. Aquellas generaciones del franquismo sociológico quisieron seguir medrando con la democracia; y, como no soportaban reconocer su adhesión servil a Franco, como no soportaban reconocer que sus patrimonios habían sido asegurados y acrecentados por Franco, se inventaron una mitología antifranquista, que sus hijos mamaron desde la cuna, hasta desarrollar ese resentimiento baboso y nauseabundo, tan peculiar de los hijos de papá que no quieren que se sepa cómo sus familias salieron del agujero. Porque no es el resentimiento de los perdedores el que desentierra los huesos de Franco; es el resentimiento de los hijos de papá del franquismo sociológico. IGNACIO CAMACHO LA PALANGANA Llarena tendrá que buscarse sus abogados porque el Estado al que representa le ha mostrado la jofaina de Pilatos IENTRAS Sánchez agita con una mano el espantajo de Franco para convertirlo en el eje de una campaña electoral eterna a cuyos efectos ha rescatado el término frentepopulista de las derechas con peligrosas resonancias históricas sobre la CEDA con la otra le ha atizado por lo bajinis una puñalada de pícaro al juez Llarena. Al único servidor del Estado que en este momento sostiene la primacía de la ley en Cataluña sobre el apaciguamiento de conveniencia, el Gobierno le ha negado la cobertura de su propia defensa en una demanda formulada por Puigdemont para socavar su imparcialidad ante los tribunales de Bélgica. Se trata, según el Gabinete, de una cuestión privada que escapa de sus competencias; los golpistas fugados quieren desacreditar la neutralidad de un miembro del Supremo a escala europea y el Ministerio de Justicia entiende que el asunto no le afecta. Si eso no es una concesión (mal) encubierta al separatismo, que baje Dios y lo vea. El motivo el pretexto de la denuncia contra Llarena es que en una charla negó el carácter de presos políticos a los líderes de la sublevación que mantiene encarcelados. Es decir, que sostuvo que en España rige un ordenamiento jurídico de legitimidad ajustada al canon democrático. El casuismo con que el Gobierno evita ofrecerle respaldo se ciñe al ámbito extrajudicial, una conferencia, de las declaraciones del magistrado. Lo que la realidad sugiere, sin embargo, es otro gesto complaciente de la distensión con que el presidente obsequia a sus circunstanciales aliados. La estrategia de conciliación con los independentistas tiene en el próximo juicio del procès un enojoso obstáculo, y tal vez ninguna de las partes se sentiría incómoda ante un revés que cuestionase el prestigio del severo instructor del sumario. Erigido en el último dique del Derecho como ultima ratio Llarena se ha vuelto en medio del nuevo clima político un personaje decididamente antipático, un estorbo manifiesto para cualquier salida de tono blando. Pero como ni siquiera este Sánchez cesáreo puede negarle amparo ¡frente a Puigdemont! sin arriesgarse a un escándalo, ha optado por un endeble subterfugio argumental para lavarse las manos. El juez tendrá que buscar sus propios abogados porque el Estado al que representa y defiende le ha mostrado la palangana de Pilatos. Pero si la demanda de los prófugos tiene éxito ante la muy proclive justicia belga, la salpicadura de esa simbólica jofaina va a mojar a la nación entera. La causa procesal contra la insurrección quedará contaminada por la sospecha de falta de independencia, y los rebeldes habrán ganado otra batalla más en su empeño por presentarse como víctimas de una persecución torticera. Campo libre para el blanqueo de la revuelta. El pretor de La Moncloa no tendrá problemas: siempre podrá alegar que la judicialización del conflicto fue una mala idea... de la derecha. M JM NIETO Fe de ratas