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ABC SÁBADO, 25 DE AGOSTO DE 2018 abc. es ENFOQUE 5 El Gobierno abandona a Llarena Una forma de deserción SALVADOR SOSTRES El juez Llarena importa por lo que es pero sobre todo por lo que representa. Su instrucción contra el golpe que se produjo en Cataluña desde principios de septiembre hasta finales de octubre del año pasado es mucho más que un auto judicial: constituye la respuesta de un Estado de Derecho al intento de ser derrocado por una minoría rebelde, con sus cabecillas y su agitación callejera, obviamente intimidatoria y violenta. Pablo Llarena es sólo un juez pero encarna el concepto de Justicia y de democracia en que se basan los países libres como el nuestro. El Gobierno es torpe no entendiendo lo que el juez Llarena representa, y si lo entiende y a pesar de ello le abandona a su suerte, negándole la cobertura legal, ha de saber que su mala fe resulta aparatosamente contraria a los intereses de España, y que podemos acabar pagando un alto y penoso precio. Precisamente porque los países serios resuelven sus problemas en los tribunales, en las Cortes y en las urnas, y no en sucias peleas callejeras colgando y descolgando lacitos, es fundamental que el Gobierno entienda los cimientos del Estado al que sirve, y que no se puede tomar a la ligera la defensa de su modo de vida libre ni la de su integridad. Y eso es lo que fundamentalmente ha defendido Llarena en su instrucción, y por eso Puigdemont y su banda de fugados han organizado esta insidiosa campaña de desprestigio internacional contra él, con la funesta complicidad de algunos jueces de otros países tan cantamañanas como algunos otros que, por desgracia, también tenemos por aquí. Abandonar al juez Llarena no sólo es abandonar a un representante de la Justicia que está siendo acosado física y judicialmente por los que quieren destruir España, sino dimitir de la idea de que una democracia moderna y garantista tiene no sólo el derecho sino el deber de defenderse. Si la decisión de despreciar a Pablo Llarena se ha tomado sin ninguna maldad pero con toda la ignorancia, es lamentable. Si quiere ser un guiño a los independentistas, es de una frivolidad y de una irresponsabilidad que en cualquier Estado seguro de sí mismo, y que hubiera superado el miedo de que le llamen fascista, sería considerado un acto de traición. Si Pedro Sánchez pretende, con cargo a este juez, distanciarse del PP, ha de saber que está acercándose muy peligrosamente al abismo. Durante los meses de septiembre y octubre tuvo lugar un golpe de Estado en Cataluña. No con la violencia de tanque y metralleta propia de este tipo de golpes durante el siglo XX, pero sí con toda la violencia que las nuevas tecnologías y la agitación callejera otorgan en 2018 a cualquier rebelde que quiera disfrazarse de pacifista con el tramposo argumento de no haber recurrido a las pistolas. Puede que haya jueces, españoles o extranjeros, que entiendan que este nuevo concepto de violencia no es exactamente el que recoge el Código Penal para justificar la rebelión y no vean claro este delito. Pero el año pasado hubo un golpe en Cataluña, un golpe con sus cabecillas y con su violencia y con el inequívoco y explícito objetivo de derrocar al Estado. Abandonar al juez que ha tenido la valentía de alzarse contra el victimismo buenista de los tiranos que fracasaron es una forma de deserción y una de las más cobardes ESPAÑA Arriba, las pintadas amenazantes que se hicieron meses atrás en las inmediaciones de la vivienda del juez Pablo Llarena (sobre estas líneas) en el municipio de Das (Gerona) ABC