Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES, 17 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 PUERTA GIRATORIA VIC NATI GAVIRA DAD Las palabras que así acaban son, por lo general, bellas S PERDONEN LAS MOLESTIAS ARISTÓTELES MORENO AMNESIA El señor Bellido ha pedido las facturas del alojamiento de inmigrantes en Vistalegre. La memoria, se ve, es materia frágil E NTRE 1959 y 1973, más de dos millones de españoles tomaron rumbo a Europa para huir de la penuria. La mitad de ellos marcharon sin contratos de trabajo. Es decir, sin papeles. Muchos se sirvieron de las redes de emigración ilegal, que les ofrecían un modo de transporte clandestino y un falso trabajo. Lo que hoy se conoce ostentosamente como las mafias de la emigración. El 80 eran analfabetos y la mayoría no sabían situar Alemania en el mapa. Tenían que trabajar para sacar a sus familias adelante y punto. Las imágenes en blanco y negro de la fila de españoles desnudos pasando revisión médica en Hendaya son demoledoras. Retrataban a aquella España descolgada del mundo desarrollado cuyos ciudadanos eran tratados, a menudo, como ganado vacuno. Las condiciones de habitabilidad no eran, en muchos casos, más tranquilizadoras. Hacinamiento y precariedad para ahorrar costes y mandar divisas que permitieran sobrevivir a la mitad de la familia amputada. Hoy muchas de aquellas viviendas se conocen con el sobrenombre indecoroso de casas patera Los temporeros se llevaban la peor parte. Como siempre. Barracones y jornadas extenuantes bajo el sol y la lluvia. Andalucía entregó a buena parte de sus jóvenes en aquellos trenes transeuropeos con dirección a la incertidumbre. Fue de largo la comunidad que más emigrantes desangró. Era la más pobre. La más olvidada. Algunas estadísticas indican que uno de cada cuatro andaluces se vio obligado a meter su vida en aquellas maletas atadas con cuerdas. Decimos andaluces porque el 84 de los expatriados eran varones. Dejaban a sus esposas y a sus chiquillos y luego, cuando regresaban a casa, les abría la puerta un niño (o una niña) que avisaba a mamá de que había llegado un señor desconocido. Eso sucedió en los aciagos años sesenta. Antes de ayer. Veinte años atrás, otro medio millón de españoles habían cruzado los Pirineos buscando refugio. ¿Nos suena la palabra? No eran gente que se desplazara en busca de mejores oportunidades de vida. Eran seres humanos que huían de la cárcel y la persecución, en el mejor de los casos. Lo que el derecho internacional denominó poco después como refugiados y a quienes dotó de un estatuto universal de protección de obligado cumplimiento. Pues bien. Los refugiados españoles fueron confinados en el sur de Francia en campos de concentración bajo condiciones infrahumanas. Otros tres millones de españoles emigraron a América Latina la primera mitad del siglo XX. Lo hacían a bordo de barcos atestados de pasajeros, en una imagen que nos recuerda como dos gotas de agua a los paquebotes que surcan hoy el Mediterráneo en medio del mar bravío. Los sueños quiméricos que animaban el proyecto migratorio de aquellos desalmados de principios de siglo y los de estos otros tantos años después apenas se distinguen por el color de piel. Si sumamos los contingentes españoles enunciados párrafos más arriba, alcanzamos la cifra de casi seis millones de emigrantes agrupados en las tres oleadas más numerosas del siglo XX. Hace tres días el señor Bellido, líder de la oposición municipal, reclamó las cuentas del alojamiento y manutención de dos grupos de inmigrantes subsaharianos acogidos en situación de emergencia humanitaria en el pabellón de Vista Alegre de Córdoba. En total, sumaban 424 personas con un límite temporal máximo de 72 horas de estancia. El señor Bellido lanzó una pregunta al aire en los siguientes términos: ¿Vamos a tener que pagar los cordobeses la factura de los errores cometidos? La pregunta quedará atrapada por los siglos entre los márgenes de la memoria y el vértigo de la amnesia. IEMPRE me acompaña un pensamiento pueril que explico con frecuencia: las palabras que acaban en dad son buenas y bellas, en general. Felicidad, bondad, capacidad, hospitalidad y complicidad tienen para mí una semejanza sonora y semántica y por eso a la par que las descubría las encumbraba en mi escaso diccionario de sustantivos abstractos. Con ellas encontré el método sensorial con el que empezamos a unir palabras a sentimientos, construimos emociones y aprendemos a contarlas. Sobre todas ellas, la amabilidad es ahora en la que más reparo. Su evocación me hace regresar a la seguridad de que la propia morfología de algunas palabras es por si sola aire fresco, ahuyentadora de gestos sobrantes. La amabilidad es un regalo inesperado y por eso alienta y anima lo mejor del que tienes en frente, al que revelas su necesidad de ser amado. Ser amable es sencillamente identificar a todo aquel al que se puede llegar a amar y demostrárselo. En los días en que el verano dispensa un silencio glorioso a algunas horas de la ciudad, la amabilidad es más escasa. Tienen que llegar los días en que la rutina nos indique que no disfrutar ya de vacaciones no es culpa más que del paso inexorable del tiempo. Las caras largas representan el signo inequívoco de negación de la amabilidad, anticipadas siempre por un saludo articulado con desgana e indiferencia, en el mejor de los casos. Cuando las normas de cortesía no rijan en el comportamiento, la amabilidad destruye toda antipatía, y deberíamos intentarlo. Se puede tender a ser amable siempre, aún sin que medie ningún interés, porque esto último es impostura y suele acabar mal. Es sencillo, usted abra el ascensor al vecino, déjelo pasar y entonces en su código de relación habrá abierto una puerta principal cuya llave no es otra que la amabilidad, construida sobre todo con predisposición, más allá de gestos. Esta secuencia sencilla no resulta para muchos desconocida y trascendiendo al ámbito vecinal, una parte pequeña del sector servicios cordobés nos recuerda que tiene que elaborar más el trato para hacerse resistentes a la desgana y ganar así terreno a la amabilidad. Para muchos esta especie de sombra del carácter cordobés es un expresión castiza inquebrantable, una forma de estar en el mundo solo permitida aquí, esas cordobesas razones que exigen seguir abrazados a los que algunos entienden como sobriedad; una secuela del pasado de pensadores y filósofos que dejaron templanza y quietud, pero quizás no tanta indiferencia. Hay quien parece pensar que recibir clientela con explícita hospitalidad los devalúa como profesionales, y si la amabilidad se aprende, esta debería ser una asignatura obligatoria. Con profesionalidad todo se alcanza, también la sonrisa desinteresada. Necedad, incapacidad o infelicidad son la cara sucia de mis mejores palabras, así que prefiero retornar al diccionario de las cosas que no se pueden tocar y agradecer a Córdoba la sobriedad de los días en que no encuentras a nadie con quien desparramar la amabilidad como ejercicio gratis que celebra el encuentro diario, obligado y necesario.