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ABC MARTES, 14 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 VIC DESDE MI RINCÓN JOSÉ LUQUE VELASCO CON ENVIDIA SANA Pregunta al viento: ¿Tendremos la posibilidad de votar a un alcalde que haga en Córdoba lo que De la Torre ha hecho en Málaga? SCRIBO esta columna desde Málaga. Ciudad que conocí a los diez años cuando entré al colegio de los Jesuitas. Nunca imaginé que aquella Málaga pudiera dar el salto que ha dado para ponerse en muchos aspectos a la cabeza de Andalucía. No gozaba del patrimonio cultural que la historia había regalado a Córdoba, Granada o Sevilla. Ni el potencial agrícola que ya explotaba Córdoba. Pero tenía algo que llamó mi atención. Era una ciudad cosmopolita donde confluían personas de diversas nacionalidades y culturas buscando el clima y un favorable cambio de moneda. La sociedad acogió a quienes aportaban patrimonio e ideas positivas para la ciudad. Nunca fueron considerados explotadores o extraños. Así las cosas, muchos de sus hijos, compañeros de colegio, han hecho de Málaga su residencia y lugar de trabajo. Hoy es una ciudad cultural, llena de museos, líder en turismo y referente andaluz en tecnología. Málaga ha remontado puestos hasta ponerse a la cabeza de Andalucía y absorbe trabajo universitario y de calidad procedente de otras provincias andaluzas. Esto nos debería hacer reflexionar a quienes decimos querer tanto a Córdoba y evitar la fuga de cerebros que venimos sufriendo. Hace ahora dieciocho años, cuando Francisco De la Torre había cumplido los 58, Málaga le entregó la responsabilidad política de la cuidad. Licenciado en sociología, doctor ingeniero agrónomo, trabajador incansable y con larga experiencia laboral fuera de la política, es sin duda el artífice principal de ese cambio. Pero el mérito no es de él sino de la sociedad que lo mantiene democráticamente en el poder. Para Don Paco, como político, no hay nada más importante que el cumplimiento de su responsabilidad como alcalde. Se ha puesto al partido por montera cuando ha tenido que defender los intereses de sus representados. Las ideas positivas que han llegado a su mesa, vengan de donde vengan, las ha puesto en práctica desde el minuto uno. Se ha rodeado de los mejores, valorando la excelencia más que la militancia. Tal vez por ser así no ha conseguido un Ministerio o una Secretaría de Estado. Pero ha ganado elección tras elección y ha puesto a Málaga a la cabeza de Andalucía. Con 75 años bien cumplidos es el mayor valor del Partido Popular en Málaga. Aclaro que salvo que tenemos la misma edad y que lo saludé con ocasión de la boda de un amigo en la que ejerció de oficiante, no tengo el gusto de conocerlo con más detalle. Sólo lo que oigo de él y lo que veo de esta ciudad me llevan a escribir así. Repito que el mérito del desarrollo de Málaga está en un oueblo que mantiene en el cargo a un alcalde que, con fallos y omisiones que seguro habrá, gobierna para todo su pueblo por encima de cualquier interés personal o partidista. Con envidia sana me pregunto si tendremos la oportunidad de poder votar a un alcalde así para Córdoba. E PASAR EL RATO JOSÉ JAVIER AMORÓS NOSOTROS, LOS SECUNDARIOS Un aplauso dura más que una cerveza y deja más insatisfecho H ACER bien la digestión y estar bien escolarizado son vacunas muy eficaces contra la necesidad de triunfar. Un aplauso dura menos que una cerveza y deja más insatisfecho. Se nos pasa la vida buscando la gloria, y al llegar al tanatorio descubrimos que la gloria era la vida. La decadencia de una sociedad se nota en la calidad de los personajes que ofrece a la contemplación pública. Sin que nos diésemos cuenta, nos han ido cambiando los maestros. Nuestros modelos son ahora hombres y mujeres sin grandeza y sin ideales, pero con apariencia de ideales y de grandeza. La juventud no nota la diferencia, porque sucesivos gobiernos mediocres han suprimido de los libros las vidas ejemplares. Vivimos por personas interpuestas a través de una pantalla. Hombres y mujeres colgados de una pantalla, alterados, desterrados de sus cualidades mejores, expulsados de su propia humanidad. Máquinas para salir de nosotros mismos y para qué hacen falta las revoluciones. El poder es de los que están detrás de las pantallas, sin aparecer, sin mancharse. Ellos deciden qué es lo importante y lo accesorio, qué lo excelso y lo vulgar, quién ocupa el escenario y quiénes hacemos de espectadores. Ser es ser conocido, famoso, admirado. Ese es el tipo de gente que hace cabriolas para nosotros en las pantallas, para que dejemos de pensar, de leer, de vivir. Hay cerebros cuya exhibición debería estar reservada a la consulta del psicólogo. Y sin embargo, se muestran con desenfado en tertulias y ministerios. Hemos perdido el silencio. Y sólo podremos recuperarnos callándonos. Y acallando las voces de alrededor. Y tú, ¿qué piensas de ti? No hay que elogiar a los que viven del elogio. Eso sería fomentar una drogadicción. Que nos elogien ellos a nosotros. Que valoren el servicio diligente y cortés de un camarero, la amable indicación de un policía, el trabajo bien hecho de un albañil, la cura misericordiosa de una enfermera. Y que lo cuenten en sus pantallas, con nombres y apellidos y biografías. Para que la fama alcance a los que nos importan. La fama, esa vieja prostituta desdentada con la que tantos incapaces se amanceban diariamente en las pantallas. Grandes personas son las que nos facilitan la vida diaria, quienes hacen agradable la cotidianidad atendiendo nuestros requerimientos sin importancia: una camisa, una cerveza, el grifo que no funciona, la rueda pinchada... A ellos les debemos reconocimiento y elogios, y no a esos inútiles engreídos, superfluos y prescindibles, que creen que saben porque cantan, bailan, dan lecciones o meten goles. Hay que aprender a elogiar a nuestro prójimo de cada día, hurgar en sus méritos, porque al prójimo le gusta una alabanza tanto como a nosotros. Y pasar con desdén o indiferencia sobre la vida y las obras de los demás es negarlos, negarlos en su esencia, en su humanidad, que son sus creaciones, sus logros mayores o menores. Para que el grande triunfe no es indispensable que fracasen los pequeños, que sean ignorados. En el escenario cabemos todos, cada uno interpretando el papel que le haya correspondido: de Premio Nobel o de oficinista. El actor de raza no necesita que se achiquen los secundarios para lucirse. La vanidad es el motor de las inteligencias mediocres. Y para la vanidad, todos somos inteligencias mediocres. No puede perderse de vista que el hombre es superior al político, el hombre es superior al intelectual, el hombre es superior al artista. Sólo la mujer es superior al hombre, si se exceptúan las feministas.