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ABC LUNES, 13 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 VIC LA CERA QUE ARDE RAFAEL GONZÁLEZ AGOSTO Quiero pedir perdón por haberme sentido tan perdido como un padre no debe S EL DEDO EN EL OJO MARIO FLORES EL DEMONIO SE HACE HOMBRE Rousseau ha causado mucho daño con su buenismo M E pregunto de qué pasta puede estar hecha una persona que deja a su perro encerrado en un coche al sol sin ventilación para que muera lenta y atrozmente. O qué tiene dentro de sí quien es capaz de abandonar a decenas de animales sin alimentar, sin agua, en condiciones higiénicas inexistentes y abocados a la muerte a cámara lenta. Estos casos se dan con mucha más frecuencia de la que imaginamos. Hace solo una semana, en Benamejí y en Lucena, fueron detectados estos casos aterradores y sanguinarios protagonizados, a mi parecer, no por esos pobres animales, sino por esas repugnantes personas que jugando a ser Hitler decidieron someter a la tortura y a la muerte a unos seres vivos. Cualquiera de ellos habría sido un magnífico kapo en cualquier campo de exterminio nazi. Como psicólogo podría explicar el caso atendiendo a los rasgos clínicos de la personalidad de quienes cometen este tipo de actos monstruosos: dureza emocional, falta de capacidad para desarrollar empatía, rasgos psicopáticos, incapacidad para sentir compasión o inexistencia de sentimiento de culpa o auto- responsabilidad. Todo eso está muy bien para establecer un diagnóstico que permitiera desarrollar un programa terapéutico en la cárcel donde debieran pudrirse. Pero como persona con derecho a experimentar emociones por encima de la condición propia de psicólogo, mi diagnóstico es otro: hijos de mil padres, desalmados, malparidos, hijos de Satanás... no sé si me explico. Pero el sufrimiento animal no solo se limita a este tipo de comportamientos. No hemos de soslayar ahora la cantidad de seres vivos que durante el estío son maltratados en pueblos y aldeas de nuestra geografía para solaz de gente ávida de emociones psicopáticas que se desarrollan al albur de la violencia. Y, de manera sostenida todo el año, tampoco hemos de olvidar a esos pobres perros atados con cadenas de medio metro a bidones de metal, expuestos al frío o al sol, o a esos otros cuya vida se limita a profundizar en el surco que dejan sus pobres patas mientras giran sobre sí mismos porque no tienen posibilidad de otros movimientos. Os maldigo. Una y mil veces. La capacidad del ser humano para generar sufrimiento ya fue divisada por filósofos como Hobbes, quienes creyeron ver en el hombre a una máquina de destrucción que había que domesticar por medio de la civilización. Contradecía, de este modo, al ¿tonto? de Rousseau, precursor de la filosofía progre del buenismo que venía a afirmar que el hombre es bueno por naturaleza pero es la sociedad la que lo pervierte. Ya lo creo amigo Jean- Jacques, ya lo creo. A mi parecer Rousseau ha causado tanto daño a la humanidad como hoy lo está haciendo la música latina, no en vano la pretendida rehabilitación de los delincuentes que en España nos obliga a contemplar violadores reincidentes en la calle o asesinos etarras tiene que ver con su meliflua visión de las cosas. ¡Mal rayo os parta! Aunque Europa hoy- -al igual que España es una entelequia que se va por el sumidero y caerá como lo hizo Roma a manos de los bárbaros, todavía conserva ese espíritu ilustrado que permitió que muchos países alcanzaran un destacado nivel de civilización. Y ese nivel de progreso (que no de progresismo) quedó reflejado en el trato que dispensan a sus animales. España está hoy a años luz de eso. Es más, aquí el maltrato animal forma parte de nuestras señas de identidad. Y sí, claro, también me conmueven el sufrimiento de las personas pero hoy quería hablar de esas mejores personas que nosotros que son los perros. Ellos nunca habrían gobernado con 85 diputados. ON pequeñas tus manos y casi no pueden agarrar todas las piedras de la playa que has cogido. Eran días en que la diversión consistía en hacer dibujos en la arena, atesorar conchas y bañarte con papá y mamá. Me miras en la fotografía con tus inmensos ojos azules, tan claros y hermosos como los de tu hermano. Él estaba más entretenido en matar medusas desde la orilla con la imaginación que sólo un niño posee, con la que todo es posible, con la que se puede soñar despierto y creer en la magia. Las fotografías, elegidas casi al azar, cuelgan ahora en la pared de un piso bastante vacío, que sólo se llena un poco cuando estáis en él, algunos fines de semana, algunas quincenas de verano, en algunos ratos sueltos que ya no se rigen por convenio, sino por vuestro criterio cada vez más maduro. Ha pasado el tiempo en un abrir y cerrar de ojos y esos momentos enmarcados, que a mí me parecen de ayer, no los recordáis porque quizá habéis tenido que olvidar muchas cosas después, de otros veranos, de otros años confusos, sin papá y sin mamá en aquella playa y en aquella semana que sería un final y un principio para la vida con toda su crudeza y sus retos. Agosto es el mes que os vio nacer como yo te vi hacerlo en una noche calurosa, cuando trajiste unos rizos oscuros que nada ayudaban a adivinar el rubio ahora de tus cabellos. Tu hermano lo hizo con más pelo, en un puente agosteño en el que no quedan en las ciudades ni los pájaros, y un par de años antes. Agosto, pues, se convirtió en el mes de las promesas, de los compromisos, de los miedos primerizos y de la esperanza. En estos días de agosto cumplís años y yo me siento un poco más mayor. Cumplo años con vosotros cada vez que os veo más grandes, más independientes, distintos quizá a lo que imaginé. Es una sensación extraña, porque sois mis niños pero ya no cogéis mi mano ni compramos cromos de fútbol o cacharritos para una cocinita que hace tiempo quedó empolvada en alguna habitación. Agosto me trae los años pasados, los errores cometidos, los que siguen estando presentes y las ausencias de quienes se fueron para siempre. No tengo mucha idea de qué regalaros salvo mis palabras y mi amor. No tengo más. No tengo el manual de instrucciones. No tengo más certezas y sí muchas incertidumbres. Supongo que no he sido el mejor padre. Bueno, en realidad lo sé. Trato de convivir con mis defectos y mis escasas virtudes, de que eso no os afecte en demasía y de animaros a exprimir la vida con honestidad. Quiero pediros perdón porque a veces me he sentido tan perdido y triste como se supone un padre no debe parecer. Sigo un poco igual, pero ahora sois más mayores y quizá lo entendéis mejor porque os ha tocado madurar fotografía tras fotografía, verano tras verano. Algunas de esa fotos cuelgan en la pared. Les da la luz de una Córdoba ausente, de vacaciones. De un mes de agosto en el que yo estoy muy mayor. Con el corazón lleno de arrugas y de amor infinito hacia vosotros.