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ABC VIERNES, 27 DE JULIO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 PUERTA GIRATORIA VIC NATI GAVIRA UNA VIDA NORMAL El pabellón Vista Alegre es un refugio extraño pero seguro para inmigrantes de paso en Córdoba hacia un destino incierto M PERDONEN LAS MOLESTIAS pendiado a sus vecinos del sur, del norte, del este y del Peloponeso como no se recuerda desde los años de la diplomacia caníbal de Gengis Khan. No hay edificio que haya dejado en pie ni acuerdo internacional que no haya derribado con su estilo pendenciero de macarra de discoteca. Nada se le ha resistido. Ni el pacto contra el calentamiento global, ni el consejo de derechos humanos de la ONU, ni la integración de la Unesco, ni el equilibrio explosivo de Oriente Medio, ni la alianza euroatlántica, que acaba de vapulear como a un muñequito de feria. Al señor Trump, como a Atila, el planeta le trae al fresco. Le importa un pepinillo en vinagre. Visto al trasluz del colosal discurso de Obama con ocasión del centenario del nacimiento de Mandela, el jefe de los hunos de hoy queda reducido a escombros y material de deshecho. Trump es un mendrugo al que la providencia ha colocado a los mandos del planeta. Ni más ni menos. De manera que tenemos a un piloto suicida conduciendo a toda velocidad en dirección contraria del universo. Así que abróchense los cinturones. Su penúltima ocurrencia ha sido arremeter contra la industria de la aceituna negra andaluza. Cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo. Y cruje a aranceles a todos los productos que llaman a la puerta de sus territorios. Las exportaciones de aceituna negra cordobesa se han reducido un 42 por obra y gracia de este señor que se pasea por el mundo repartiendo coces y reventando globos en las fiestas infantiles. Hoy han sido las olivas, mañana serán los viñedos y más pronto que tarde embestirá contra la política agraria común en su conjunto. No se alarmen. Pero no se relajen. Los productores cordobeses aventuran pérdidas de 8 millones de euros al año y consecuencias nefastas para el empleo agrario y la industria alimentaria. Nada que no encaje como un guante en el perfil de este Atila de nuestro tiempo que cabalga a lomos de la zafiedad y tritura todo lo que pisa. El señor Trump es la prueba palmaria de que nacionalismo y xenofobia son dos caras de la misma moneda. Una aceituna negra que podría atragantársenos cualquier día de estos. Avisados quedan. ARISTÓTELES MORENO ATILA Trump ha consumado el ataque contra la aceituna negra. Nada que no estuviera en el guión del jefe de los hunos de hoy Q UÉ esperaban ustedes de Atila? ¿Que repartiera caramelos en la puerta de los colegios? ¿Que ayudara a las abuelitas a cruzar el paso de cebra? El jefe de los hunos era el jefe de los hunos y, por tanto, estaba constituido estructuralmente para aplastar territorios y fulminar la hierba por donde pasaba. Exactamente igual que un alacrán está concebido para clavarle el aguijón al saltamontes aunque ello le cueste acabar ahogado en las turbulentas aguas del río. Cada época tiene su aceituna negra. Y esta es la época de Donald Trump. El Atila de nuestro tiempo. El bárbaro que ha nacido para dinamitar puentes y demoler todo vestigio de civilización. En solo 18 meses, el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha aniquilado, destrozado y pulverizado más que el caudillo de los hunos en sus diecinueve años de reinado en el siglo V. Desde esa óptica, hay que admitir que el proyecto del señor Trump se ha ejecutado con una exquisita eficiencia. Un proyecto disgregador, de acuerdo. Pero un proyecto, al fin y al cabo. En apenas año y medio, ha logrado sublevar a toda la prensa estadounidense, desafiar al aparato judicial, denigrar a las mujeres, desdeñar a las minorías y, en definitiva, darle una patada a la constitución americana hasta ponerla al borde del abismo. Ha resucitado los demonios segregacionistas, rescatado la infamia supremacista y vili- ientras los cordobeses aspiramos a unos merecidos días de descanso y el sol en todo lo alto señala un destino de pueblo o playa, doscientas personas inmigrantes encuentran en el Polideportivo Vista Alegre un refugio extraño pero seguro. Esa seguridad que nosotros cada día administramos a cuanto hacemos y que en parte es regalada solo por haber nacido en esta porción del tiempo y del espacio. Ellos estarán de paso, merced a una política migratoria que aspira a convertirse en referente europeo y que por lo pronto cuenta con guarismos abultados, como signo de un macabro reparto de pobrezas y necesidades. Cuando los gobiernos desperezan sus alas y se proponen orillar sus cálculos, siempre afloran los rostros tras las cifras. Todos los estados accederán a la división de estas personas en grupos menores en un ejercicio de solidaridad fundada en la acogida sin hacer demasiadas cuentas. Los inmigrantes que han llegado a Córdoba, para después ser desplazados a otros destinos, no conocen nuestra identidad, nuestra manera de contar los días ni de celebrar la vida, sienten que están en tierra firme y que cualquier destino es mejor al suyo. Eso es todo. Seguir viviendo es toda frontera de su existencia. Esta es una relación puntual y posiblemente efímera con Córdoba. En contraste con nuestras seguridades inamovibles, resultamos pequeños e indolentes. Nuestra vida se sostiene en luchas fútiles e inacabadas, terminan en logros imposibles de equiparar a la que enfrentó cada uno de estos inmigrantes que han llegado a la ciudad. En contraste, exponemos una existencia lineal y previsible que desdeña cada día como una posesión sin riesgos, alimentada de comodidad y ambiciones materiales. De ellos extraemos frases terribles que explican cómo seguir vivos tras cruzar el infierno. Nos hablarán de vidas de esclavitud y de huida y sus palabras nos resultarán usadas por otros y expresadas por otras manos, en un relato que guarda similitud al que hemos prestado atención de media intensidad tantas veces. Ahora ellos están bajo nuestro cielo y respiran el mismo aire que nosotros, sienten nuestro calor, beben nuestra agua. Conexiones que nos dan cuenta de lo cerca que estamos y lo vulnerables que podemos llegar a ser si la vida te dice: huye. En medio del estío, con la cadencia de días de desocupación y ambición moderada por volar lejos y compartir culturas, llegan al lado de nuestra casa los que atesoran en su vida todo el coraje para defenderla. Salvar la vida como único oficio es el noble impulso que los sostiene. Entretanto, mientras llegaron y otra vez se marchen atendiendo a una suerte de reubicación administrativa, su presencia entre nosotros debiera intervenir en nuestra vida normal, para abrir el corazón y la cabeza a todas las vidas posibles. Nuestra dudosa vida normal está plagada de insatisfacciones porque el presente, demasiadas veces, deja de ser el fin y se convierte en medio de pretensiones que no se detienen en el inabarcable regalo de la vida.