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ABC VIERNES, 29 DE JUNIO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 PUERTA GIRATORIA VIC NATI GAVIRA LA REFORMA Vemos el avance de una sociedad que se jacta de su bienestar sin barruntar lo que está a la vuelta de la esquina L PERDONEN LAS MOLESTIAS nacionales. Las mujeres, ni un duro. Cero patatero. Si querían representar a su país al más alto nivel deportivo se veían obligadas a buscar un trabajo para pagar de su bolsillo los entrenamientos. Algunas chicas se amotinaron. Hay discriminaciones que tocan la propia dignidad. Por ejemplo, esta. Tanto que Silvia Juárez prefirió renunciar a las Olimpiadas de Atlanta antes que soportar tamaña humillación. Para denunciar lo primero y preservar lo segundo. De aquella vergüenza hace ya 22 años. Una eternidad o un suspiro, según se mire. ¿Han cambiado mucho las cosas? Depende. La campeona del mundo de duatlón, Mónica Ortiz, visitó las páginas de este periódico la semana pasada. Tengo anécdotas para no dormir, dijo en el curso de la entrevista. ¿Qué anécdotas? Por ejemplo, los piropos cutres que aún tiene que escuchar en medio del pelotón. ¡Qué culo! ha oído más de una vez a sus espaldas. O los cabreos ridículos de muchos hombres que no aceptan que una mujer los adelante. O los premios injustificablemente discriminatorios en algunas pruebas del circuito: un jamón para él; un chorizo para ella. Queda mucho camino por andar, lamenta Mónica Ortiz. Y tanto. Este es el contexto en el que la Manada se siente impune para invadir la libertad sexual de una joven de 18 años. El contexto de la supremacía y la masculinidad averiada en que se ha sustentado la educación durante generaciones. El mismo contexto en el que una de cada cuatro mujeres ha sufrido acoso o violencia sexual a lo largo de su vida. El contexto que limita a las mujeres a salir solas de casa por miedo. El contexto. Los miembros de la Manada abusaron de la joven de Pozoblanco al modo en que un cazador furtivo levanta complaciente un leopardo sin vida. Este es mi trofeo, este es mi ego triunfante. Luego compartieron el vídeo como quien se ufana de una hazaña viril entre la tribu. ¿Nadie le afeó la bajeza? ¿A nadie le ofendió? Silvia Juárez y Mónica Ortiz son dos deportivas de alto nivel que no únicamente han luchado en cuerpo y alma contra el cronómetro. También han combatido una cultura dominante que todavía hoy se resiste a morir. ARISTÓTELES MORENO EL CONTEXTO Las deportistas Silvia Juárez y Mónica Ortiz no solo han luchado contra el crono. También contra una cultura que se resiste a morir UIZÁS no le suene el nombre. Silvia Juárez. Hizo historia encima de una bicicleta de carreras. Fue la primera andaluza en participar en competiciones internacionales. Portugal, Noruega, Italia. Y pulverizó todos los registros cuando logró meter un pie en la prueba más importante del mundo: el Tour de Francia. La primera vez que disputó una carrera ciclista, algunos años antes, era la única mujer. Un pelotón de 70 hombres y Silvia Juárez. Apareció con la bicicleta, el casco y el culotte. Dispuesta a competir en igualdad de condiciones por un lugar en la meta. Quizás por eso (precisamente por eso) se produjo un silencio espectral. La cordobesa Silvia Juárez se sintió fuera de tiesto como un pingüino en una carrera de camellos. Es decir: como una intrusa en territorio exclusivo de hombres. Le llovieron los insultos. Ni uno ni dos. Un chaparrón. Pero ella se los echó en la mochila y no paró de pedalear. A Silvia Juárez, años después, no la expulsaron del ciclismo las ofensas, antediluvianas y frecuentes, que la persiguieron durante años. La echó el machismo institucionalizado que otorgaba a la selección española masculina lo que le negaba a las seis mujeres ciclistas del combinado nacional. Silvia Juárez era una de ellas. Los hombres cobraban un salario y recibían soporte logístico por representar a España en las competiciones inter- Q a reforma más urgente para los políticos de hoy no debería ser la de las pensiones, ni siquera la de la educación, porque ninguna de las dos tiene sentido sin una política que incentive la natalidad. Sin esta última, las otras dos carecen de sustento y explicación. Sin niños no se puede reconstruir la pirámide poblacional que garantice un futuro equilibrado entre gastos e ingresos del Estado. Sin niños, pierde eficacia cualquier revisión que consiga mostrar músculo, enseñar a quienes van destinados los cambios educativos; pocos niños en los que hacer descansar otro modelo del mundo a través de la enseñanza, hará de cualquier intento de transformación social un ensayo menos válido. Cuando las aulas sigan menguando, recordaremos que a más número de alumnos, mayores oportunidades para el talento y posibilidades de progreso común. Pensiones y educación forman el mantra del que son incapaces de abstraerse nuestros políticos, tampoco buscan un consenso real para remediar el desastre y encauzar su futuro. A vueltas de campañas electorales, todo queda en silencio y pocos han sido capaces de mirar de reojo los índices de natalidad como el verdadero problema que acucia desde hace años al país. Si la igualdad entre hombres y mujeres se ha llegado a entender como un reparto equitativo de cargas familiares, la maternidad nunca se ha contemplado como un bien social, sino como una circunstancia voluntaria y aleatoria que gravita en la órbita de lo personal y por tanto sometida a los vaivenes económicos y profesionales de las madres. No han sabido los políticos interpretar en estos signos de los tiempos la provisionalidad que aporta su propia falta de apoyo a las familias y la amenaza que supone para los subsidios que están obligados a garantizar, y que tanto cunde en la jerga pre electoral. Acostumbrados a intervenir en toda decisión humana, han preferido mirar hacia otro lado con la escasa creatividad de planes sociales que no han sabido dotar a la mujer de los instrumentos precisos que armonicen su estatus laboral con el deseo de multiplicarse. Hemos consentido una resignación en número cuando de tener hijos se trata. Para los que tienen que introducir cambios legislativos, esta realidad parece no contar. Hablan de pensiones y niños como asuntos separados, intentando escapar a una realidad que se niegan a contemplar. Córdoba es una ciudad de récord que contiene toda la vida de manera imperceptible hasta que algún aspecto de su naturaleza sobresale y, entonces, es cuando se nos sitúa en la esfera de lo extraño, somos el dato de recurso fácil para que hablen de nosotros en los telediarios: morimos más que nacemos en Córdoba. La natalidad ha caído aquí a niveles de hace 160 años, cuando los avances médicos y la precariedad alimentaria determinaban la existencia. Seguimos observando el avance de una sociedad que se jacta de su bienestar sin barruntar lo que está a la vuelta de la esquina.