Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES, 28 DE JUNIO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 VIC CRÓNICAS DE PEGOLAND RAFAEL RUIZ PAGAR POR LA SOMBRA Una tasa por colocar toldos parece una medida de recaudación más que de control del espacio público L Ayuntamiento de Córdoba, según le contamos en este mismo periódico, ha tenido la ideaca de cobrar un recargo en la tasa de veladores a los empresarios de hostelería que pongan sombrita para que sus clientes no pasen un mal rato al sol de julio. Según las ordenanzas fiscales pendientes de aprobación, la actual redacción del tributo, que simplemente pone un precio al metro cuadrado que se ocupa (ya sea por mesas, sillas o cualquier otro elemento) se pasa a una exacción específica que incluye esas cosas que se ponen en medio de la calle tipo mamotrero, los toldos abatibles que se fijan en las fachadas del bar (esos mismos de toda la vida de Dios) o las sombrillas cuando miden más de cuatro metros cuadrados, se sobreentiende que sumando la totalidad de los parasoles instalados. Se supone que este tipo de cosas se hacen para desincentivar la colocación de elementos en las calles y que el espacio público quede como una patena. Y parece loable, como se ha dicho tantas veces, que desarrollar una actividad empresarial en un lugar que es de todos, redunde de alguna manera en la caja que contribuye a su mantenimiento. Es verdad, porque lo es, que en muchas ocasiones la actividad de los veladores se ha salido de madre generando no pocas molestias y estableciendo calles donde la actividad de la ciudad quedaba condicionada por el negocio de la hostelería. El Ayuntamiento de Córdoba, y eso hay que reconocérselo al gobierno municipal presente, se tomó en serio este hecho con medidas correctas como no conceder todo lo que pedía en las solicitudes y algunas otras un tanto surrealistas como las famosas pegatinas en el suelo que se llevan las mangueras de Sadeco a la segunda pasada. De ahí a cobrar un impuesto obligatorio por colocar un toldo con el que guarecer a los clientes mientras se echan un pitillo parece que existe un mundo y que el personal, sobre todo el que tiene que pagar, no va a recibir de buena gana que el fruto de su salario se vaya en este tipo de pegos. En tanto a usuario frecuente, resulta que vivimos en un lugar donde la calle es el patio de recreo. Y claro que se tiene que procurar la convivencia, que el vecino que pueda ser molestado ha de contar con los instrumentos necesarios para que sus intereses tengan prioridad. De ahí a meterle la mano en la cartera a alguien por procurar un cierto bienestar de sus clientes resulta que va en la línea justamente contraria de una posición razonable. Si quieren hacerlo bien, basta con no autorizar a quien coloca esos armarios empotrados en plena calle, multar a quien corre más que los papeles y escuchar a quien tiene agravios con sus vecinos. Dejar calles transitables y que negocios y residentes puedan tener una convivencia normal. Que no es poco. E VERSO SUELTO LUIS MIRANDA DESARRAIGOS Los hombres no están fijos al suelo: el año pasado más de 2.700 cordobeses jóvenes dejaron Córdoba para comerse la vida D ESARRAIGO es una palabra que sólo se salva por ser eufónica. Para lo demás es imprecisa y algo mentirosa; una ruina como metáfora, porque para serlo necesita ser exacta, igual que una fórmula matemática. Como aquella burbuja inmobiliaria que se tenía que pinchar gradualmente, sin que nadie cayera en la cuenta de que ninguna pompa de jabón se deshinchaba como una rueda a la que se le ha clavado un cristal, el desarraigo es una palabra poética que habla de quienes tienen que marcharse de su lugar. Se les compara con los árboles y las plantas que se arrancan de una tierra para plantarse en otra, pero quienes la emplean se olvidan de que casi siempre estos seres siguen vivos y florecen si el lugar tiene más espacio y mejor luz. El desarraigo del hombre es en realidad un delirio porque no tiene raíces y se puede mover por sí mismo. Si las tuviera, aunque fuera en lo simbólico, no habría sido el agente transformador (para bien algunas veces) del mundo en que creció, no se habría establecido en tierras nuevas ni habría hecho moverse con él a los animales y árboles. El año pasado más de 2.700 cordobeses de entre 25 y 39 años dejaron la ciudad para trabajar sin desmayo donde los dejasen porque estaban, y están, en la edad para comerse la vida. Hace un par de años había algunos partidos que querían meterse votos en su urna a costa de hacer demagogia con aquellos que tenían que dejar las ciudades en que habían crecido para trabajar en otros sitios. Para los políticos el desarraigo sí era exacto, porque trataban a las personas como a olivos fundidos con la tierra, que no tienen más labor que dar fruto sin reparar en heladas, tormentas de sol y granizos. Las plantas no pueden elegir entre un sitio y otro: si el sustrato no es el apropiado o les da demasiada luz, si sus dueños las abandonan, terminan por hacerse esqueletos tristes; en el hombre y en la mujer está la esencia de la superación y de buscar los sitios en que habrá labores en que ocupar las manos y la cabeza. Al viajar, aquel que llaman desarraigado encontrará que el lugar en que ha podido trabajar no es el suyo ni están sus recuerdos, pero será capaz de no sobrevalorar la nostalgia, que está llena de trampas y mentiras. Sabrá que el pan de su vieja esquina es más amargo si hubo otro que le regaló la moneda para comprarlo y caerá en la cuenta de que su calle de siempre no es la cama acogedora de la infancia, sino una cárcel de angustia cuando no haya un lugar al que caminar para buscarse la vida todas las mañanas. No recorrerá la tierra que pisaron sus padres y los echará de menos, pero aprenderá que no es mala aquella en la que florecen las oportunidades de hacerse una trayectoria profesional con horizonte y en las que el esfuerzo y el compromiso no sean cualidades sospechosas. Los efímeros retornos son el mejor antídoto contra las triquiñuelas de la añoranza, porque el recuerdo podrá pintar cuadros de sonrisas, pero el terreno cambia o, lo que es peor, no cambia en absoluto como sí ha evolucionado el que se ha tenido que marchar. Los que se van al menos tendrán más vista que aquellos que se marchaban de la España pobre de los años 50 y 60, se fajaban en las ciudades prósperas y mucho más cómodas del centro de Europa y luego volvían para servir carajillos a los mismos que no habían sido capaces de sacar adelante a sus pueblos, agarrados como troncos sin vida a una tierra de la que sacaron poco.